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Horizontes lejanos

Última actualización: 10/06/2009 08:31
Jordi Sierra Marquez
Jordi Sierra Marquez
PorJordi Sierra Marquez
Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936). Hijo adoptivo de Soria desde 1992. Hombre de cultura y formación multidisciplinar. Se considera, con palabras de Baroja, hombre humilde y...
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Estoy en ellos o, mejor dicho, los avizoro desde mi punto de observación. Más lejanos, imposible, y más cercanos, tampoco, por inverosímil que la afirmación resulte. Lo que veo, y lo que siento, es lo mismo que veía, y que sentía, cuando en mi infancia y en mi adolescencia de hijo de la guerra (yang) y de la posguerra (yin) iba al cine. Imaginario recóndito, indisoluble, tenaz. Programas dobles en los que casi nunca faltaba una película del oeste. De cowboys, decíamos entonces. Estoy, ahora, en territorio navajo, junto a la cabaña de John Wayne, en la linde de los estados de Arizona y Utah, metido hasta el pescuezo del alma en el corazón de Monument Valley. Decía John Ford que éste es el lugar más hermoso, pacífico y tranquilo de toda la tierra. Exageraba, quizá, pero yo, ahora, conmovido, seducido, embriagado por la serenidad y la infinita soledad de un paisaje en el que lo épico y lo lírico se hermanan, tengo que darle, así sea momentáneamente, la razón. Si el paraíso existe, se parecerá a lo que en este instante me rodea. El amanecer es aquí crepúsculo, y el crepúsculo, amanecer. Uróboros de los alquimistas, illud tempus, tiempo sagrado, sagrada escritura, érase una vez de las fábulas y las leyendas.

Sólo por esto ya merece la pena el largo viaje que emprendí hace cosa de tres semanas. ¡América, América! La de Mark Twain, la de Elia Kazan, la de Kerouac, la de Peckimpah, la del Nick de los mejores relatos de Hemingway. Apenas la conocía. Había estado, como casi todo el mundo, en Nueva York, en Miami, en San Francisco, y un poco, de refilón, en los alrededores de Boston, pero jamás me había adentrado con coche, carretera, manta y voluntad de nomadismo en las vísceras de este país extraordinario, a decir poco. He entendido, a lo largo de él, muchas cosas y casos de su idiosincrasia, de su historia, de la historia universal, de mi historia personal y de la historia del mundo —hic et nunc— en el que todos, con gusto o a disgusto, vivimos ahora. Ningún otro viaje, con posterioridad al que en los años peligrosos y felices de la Década Peligrosa me condujo al descubrimiento de la India, de Japón y, en general, de Oriente, me había impresionado tanto. Forzoso será volver, por escrito, a él, aquí mismo, en Dragolandia, o en las páginas impresas de El Mundo y, si Baeta me lo permite, en las de Siete Leguas. No puedo hacerlo ahora. He madrugado para escribir estas líneas. Son las cinco y media de la mañana. En el Far West amanece pronto. Colores indescriptibles transforman ya en prodigio cuanto me rodea. Su llamada es imperativa. Monument Valley me espera. Tengo que cabalgar por él. Un indio navajo me aguarda. Será mi guía y evitará que el caballo, y yo con él, se despeñe. No es literatura. Cuanto digo, va a misa: la oficiada, en mis años de niño de la guerra y de la posguerra, por John Ford, por John Wayne, por los realizadores y los actores de las decenas y decenas de películas del oeste que se rodaron aquí. Todos ellos estuvieron sentados donde yo estoy sentado ahora, todos ellos durmieron donde yo he dormido hoy (sólo hay un lodge, legendario), todos ellos vieron lo que mis ojos ven en este mismo instante, todos ellos salieron in illo témpore para cabalgar por este mismo valle, que es cañón, y llanura, y pinacoteca, y paraíso, y sueño, y horizonte lejano, mientras la aurora de los versos de Homero, de la épica de Aquiles y de la lírica de Ulises lo tiñe todo con sus rosados dedos. Se me saltan las lágrimas al pensar que la Natalie Wood de Centauros del desierto estuvo aquí. Me enamoré de ella en un cine de Siena: ponían Esplendor en la hierba. Otros ámbitos, otras voces, iguales sentimientos. En España, mientras tanto… ¡Pero qué importa España! Ajeno, y no sólo lejano, como éste, me parece su horizonte. Allá se las componga. Yo estoy en Monument Valley y un indio navajo me espera. Así es el Far West, que hace a los hombres y los gasta. Pásenlo bien. Yo ya lo hago. See you later.

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Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936). Hijo adoptivo de Soria desde 1992. Hombre de cultura y formación multidisciplinar. Se considera, con palabras de Baroja, hombre humilde y errante, escritor y viajero. Pretende ser un hombre sin etiquetas, que no tiene ni dios ni ley ni patria ni rey ni frontera ni bandera, que va a pecho descubierto y desnudo por el mundo.Su pensamiento político parte de un liberalismo heterodoxo y radical, construyéndose su propio sistema, entremezclando filosofía oriental, como el taoísmo o el hinduismo, con una defensa a ultranza de los derechos individuales, a la vida y a la propiedad privada. Antiestatista sedicente, en puridad puede ser considerado un anarquista individualista sui generis (anarquismo de mercado).
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