“Don’t stop: Stay hungry, Stay foolish”
Nunca falta gente con visión catastrofista: ‘- Atención señores y señoras, el mundo se acaba. Los hombres se volverán estériles, las montañas se secarán, los ríos se convertirán en ciénagas, las cosechas se perderán repletas de langostas, los mares ya no darán más bacalao y todos moriremos asfixiados bajo el sol infernal’… En fin, tampoco es para tanto, la vida es de por sí alegre y supera todos los pros y todos los contras que le pongan por delante. La política sólo es un accidente más de la vida en sociedad, unos señores que no tienen otra cosa que hacer más que repartirse unos cuantos sillones y poltronas para beneficio propio y de los suyos. Nada más. El mundo podría seguir funcionando sin todos ellos. Por mucha ideología y mucha bandera que enarbolen no consiguen hacer demasiada mella en la hormigonera social, allí donde todas las sangres y todos los fluidos están en permanente revoltijo. La vida se abre paso y sigue su curso. Los viejos se apartan a un lado y las nuevas generaciones tiran para adelante. Siempre los hay que quieren perpetuarse, que se sienten imprescindibles, que se creen que el mundo no puede seguir funcionando sin su presencia, pero los hubo bien grandes que se fueron al pozo y nadie se acuerda de ellos. Los hay que son felices con muy poco, si sus vecinos son gerentes la felicidad la alcanzan con ser directores gerentes. Si sus vecinos fuesen analistas serían felices nada más que siendo jefes de proyecto. Incluso algunos se conforman con ser testaferros de los negocios que se hacen en la factoría o taller chino del barrio. Su felicidad es así de elemental. Sólo necesitan crearse la paja mental de que son un poquito más que el vecino. Basta para ello que en su rótulo ponga una palabra más que en el rótulo del de enfrente. Digamos que la verdad del asunto es que esa palabrita demás es la que justifica que al final de mes se lleve a su casita unas cuantas monedas más que el resto de los mortales. Eso les puede permitir tener un pisito más decente, un cochecito más grande y hasta algunos pueden comprarse un chalecito a las afueras del pueblo. Parece ser que después de tantos siglos de monsergas de todo tipo, el concepto de felicidad no se ha modificado demasiado, al menos para una gran mayoría, y ahí anda todo el mundo tras de ella… Por nuestros lares la cosa no es diferente… Los acordes de flamenco suenan en la calle, las charangas van y vienen, los jovencitos y jovencitas se enamoran y se desenamoran, el bullicio se relame en su propio desconcierto, el verano pasa sobre los cerebros deslavados, los mayores esperan la llamada de la muerte en el banco de la esquina, los edificios se construyen y se deconstruyen, las plantas crecen y crecen y crecen, y después se entristecen, amarillean y se secan, los toros reparten cornadas a diestro y siniestro, la liturgia bautismal sigue haciendo reyes y reinas en los jardines purpúreos, los corazones, los huesos y los tendones se pueden romper pero también recomponer, las campanas de la iglesia siguen dando las horas por la mañana, por la tarde y por la noche, la vida sigue, sigue y sigue, y el mundo gira y gira y gira… Y la pluma del tiempo va engullendo nuestro presente y escribiendo su novela sobre el atril de la inocencia traicionada… (’Don’t stop: Stay hungry, Stay foolish’).








