La magia de Obaba

19/06/08 | por Ric Lopez Ruiz | Sección: Sociopolítica

La patria obabense era un conglomerado de aldeas y pueblos que se extendía sobre la planicie labrada por el río Kolo-Kolo y que se prolongaba por las laderas de los Baimeneos, montañas que albergaban suaves valles entre ellas además de algún que otro complicado y bien enhiesto pico. Desde el centro administrativo situado en Obaba, pasando por los densos bosques de Masalla y por los cabezos de Boria, hasta las playas de Caucasia y los fértiles campos de Mulillas Preñadas, todos los habitantes del Territorio se consideraban Obabenses. Pero el sentimiento no era homogéneo ni había acabado de esponjarse y sedimentar sobre toda la zona. Al fin y al cabo, Obaba, como entidad político-administrativa, no se sustentaba sobre ningún catálogo de valores ni de deseos, bien fuesen implícitos o bien fuesen explícitos. Obaba no era el producto mas que de su única filosofía vigente de por siglos: ‘Mañana amanecerá y ya veremos’. La mayor herencia cultural recibida, que se transmitía de generación en generación, no era otra que la de ‘- sobrevive como puedas’, lo que comúnmente se llamaba ‘picaresca’, que en ocasiones era considerada como un alto signo de inteligencia, incluso entre una parte de su clase dirigente. Es por ello que era habitual encontrar en Obaba grupos que unían sus picarescas con el único objetivo de dar lugar a otra más grande. A mayor picaresca mayor probabilidad de supervivencia. Hay valores, que si se dan en la vida cotidiana es porque se transmiten desde arriba hacia abajo, de lo contrario sería impensable su existencia. Pero quizás es que la cosa no daba para más, o quizás es que no había otra solución posible para las vidas individuales. En Obaba, no había planificación alguna, ni a corto ni a medio ni a largo plazo. Todo se iba improvisando sobre la marcha. Esta forma de funcionar generaba otra de las realidades habituales que le tocaba vivir a la mayoría de los comunes mortales: ‘- Ahora que aprendimos a jugar nos cambiaron las reglas’. Sólo las estaciones del tiempo y las fiestas patronales de cada población eran inmutables e iban marcando las horas en el reloj vital obabense. Todo lo demás era un simple dejarse llevar, un simple comer, dormir y reproducirse sobre los ricos pastos que proporcionaba el Kolo-Kolo a todas sus tribus… Pero aún había más. En dos concejos vecinos, Lacasa y Labaska, muy cercano el uno del otro, no se ponían de acuerdo con qué bandera colgar en sus ayuntamientos. En Lacasa sólo querían ver ondear la bandera de su localidad junto a la oficial de Obaba, si bien había un reducido sector de vecinos lacasianos que se sentía hermanado con Labaska hasta tal punto que deseaban cambiar la bandera obabense por la correspondiente labaskiana. La postura desde el otro lado no era simétrica y así hay que decir que ningún habitante labaskiano defendió nunca el poner la bandera de Lacasa en el balcón de la municipalidad de Labaska. Sí que defendían por el contrario el no querer poner la bandera de Obaba en su ayuntamiento. En el fondo, sólo había un deseo de fagocitosis desde Labaska hacia Lacasa para transformarse en un pequeño engendro labaskiano separado de Obaba, con el agravante y paradoja histórica de que Lacasa era un pueblito que preexistía a la propia Obaba, mientras que Labaska era no más que una creación administrativa obabense de los últimos años… Estos líos mentales eran típicos en Obaba. En otras geografías, más allá de los Baimeneos, se consideraba a Obaba un país folclórico que llevaba siglos perdido en confusiones y enzarzado en ridículas discusiones, infantiles a los ojos de cualquier persona medianamente cabal. Pero esa era su realidad y nadie podía obviarla, es más, esta realidad acababa por conformar todo su presente hasta llegar al auténtico hastío… Finalmente una bandera no es otra cosa mas que un trozo de tela pintado de varios colores y decorado con diferentes símbolos y geometrías. Pero si a un cerebro lo bombardean desde pequeñito con que ese trozo de tela representa unos límites geográficos, un colectivo social y una determinada historia, aunque sea tergiversada o inventada, entonces ya no hay escapatoria. Toda esa materia gris pasa a formar parte de un deseo colectivo frustado, el de una hipotética Arcadia, que nunca existió más allá de sus cabezas, pero a la que se supone que podría alcanzar su felicidad sin más ingrediente que con su bandera ondeando ‘libre’ al viento… Obaba y sus historietas de cómic para niños pequeños. Ridículas en el fondo pero trágicas en las formas y en los resultados. Era una parte más de la magia obabense y ninguno de sus habitantes podía escapar a ella.



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