La Revolución de las Mulillas

21/06/08 | por Ric Lopez Ruiz | Sección: Sociopolítica

Mulillas Preñadas, año 2027. Un día primaveral de mayo. La vida y la muerte no se dan tregua sobre el fértil valle que acaricia y ’solfea’ las curvas del río. Hasta los renacuajos y las ranillas del meandro, ranillas que devendrán ranas, no escapan a su lucha diaria… Los ojos de la culebra lanzaron un reflejo hacia el cielo, ese cielo donde no transitan los perros pero sí las rapaces. Y como siempre, allí estaba el azar, ese otro componente esencial de esta película llamada ‘existencia’. El destello pegó certeramente sobre el ojo de un águila culebrera. La reacción fue inmediata. Encorvó sus alas y como una flecha se dejó caer cortando el aire. Una uña de sus garras atravesó al ofidio por la parte baja de su cabeza, reventándosela de ojo a ojo, mientras el águila derrapaba por el suelo. Cuando recuperó el equilibrio, esperó unos segundos oteando los campos florecidos, echó a volar y su silueta se fue perdiendo en el horizonte con la culebra dando sus últimos coletazos. Todo esto ocurría al mismo tiempo que el próximo alcalde de Mulillas Preñadas, Pepecarlos Benítez, conducía su tractor Jondere con emisora, climatizador, asiento ergonómico y ducha con control termodinámico. No me pregunten en qué consistía este último avance tecnológico porque no puedo desvelarlo, les estaría adelantando el futuro y ese simple conocimiento podría llegar a modificarlo, generando una onda en el tiempo cuyo eco hacia el pasado acabaría también perturbando nuestro presente. En Mulillas hacía años que habían desaparecido los partidos políticos. Las ideologías habían muerto. Sus habitantes no querían saber nada ni entendían más allá de todo aquello que no estuviese relacionado con sus tierras, sus labores y sus cosechas. También estaban interesados en todos los avances que pudiesen mejorar el rendimiento de la cría de animales estabulados, cerdos y pollos principalmente. Ese era su mundo y ahí estaban sus límites. No necesitaban más para vivir. Había desaparecido la televisión, un viejo electrodoméstico capaz de generar imágenes que recreaban la vida en lugares lejanos. Llegó un día que se cansaron de ese atiborramiento de monigotes bailando en la pantalla de los salones de sus casas. Decidieron en pleno municipal deshacerse para siempre de aparato tan familiar. Sus vidas personales sintieron una liberación, y su convivencia colectiva ganó en salud mental. En ese mismo pleno decidieron también desterrar de sus calles las luchas políticas, o lo que es lo mismo, la lucha por los cargos y las poltronas. En los pueblos colindantes, sarcásticamente, se le llamó a aquello ‘La Revolución de las Mulillas’. Se dieron cuenta de que la labor municipal era simplemente un trabajo de gestión, como lo era el llevar las cuentas en la casa de cualquier vecino, y bien sabían que en todo problema de gestión siempre hay una solución que, si no es la mejor, al menos es la más adecuada. Bastaba, sin más, con tomar esa decisión, consensuada si fuese el caso, pero con determinación. El alcalde se encargaría de ello, con la ayuda y asesoramiento de una Junta Municipal. Y como eran pocos habitantes, y como si de una comunidad de vecinos se tratase, bastaba con establecer entre ellos un turno rotativo para desempeñar las funciones bianuales de edil principal… A Pepecarlos no se le habían olvidado sus años jóvenes en la ciudad. Había gastado muchas energías en aquella fase de su vida. No sirvieron de mucho, aparte de para descubrirle unas cuantas verdades y decepciones, y quizás alguna grandeza. Finalmente, en una ciudad, lo más que puede llegar a poseer la mayor parte de la gente es un trozo de aire donde acomodar unas plantas y un trozo de suelo donde poder dormir a unos cuantos metros de altura. Pepecarlos entró de lleno en los movimientos alternativos que proponían una urbanización más humanista y más acorde para el bienestar comunitario tal como lo sugerían las filosofías ecologistas de aquella época. Fueron tiempos febriles de concienzación colectiva y de colgado desenfrenado de carteles, día tras día, por las calles de su barrio. Así es como conoció a la mujer con la que más tarde formó una familia con 4 hijos… Pero todo aquello ya era pasado, ahora estaba cómodamente instalado sobre su tractor dirigiénsose a labrar una finca de 50 Hectáreas que tenía en propiedad. Se arrascaba la barba siempre que recordaba aquellos tiempos, que hasta de anarquista lo llegaron a calificar sus ex-compañeros. Le bastó llevar a cabo un borrado de sus circuitos neuronales y adaptarlos a su nueva situación rural de gran propietario. Había descubierto que finalmente la libertad del hombre se reduce a poseer un trozo de tierra sobre el que cultivar los alimentos con los que dar de comer a la prole. La libertad del hombre no puede ir más allá de la necesidad de su estómago. Todo lo demás no son mas que monsergas para grandes aglomeraciones humanas. Esa era su conclusión principal, de la que acabó plenamente convencido. Nada más que pura lucha por la supervivencia disfrazada de sermones multicolores. Pero había que echarle alegría a la vida, y, esencialmente, a otras partes del cuerpo, para que todo aquello tuviese algún sentido… Mientras el cuatrisurco horadaba la tierra sin descanso, Pepecarlos iba ultimando en su cabeza los detalles de su nuevo proyecto en la Alcaldía. Quería rendir homenaje a un producto que en el pasado fue como el ladrillo en los principios de siglo, una especie de maná que engrosó muchas cuentas bancarias y del que hasta las ratas vivieron de él. Se trataba del ‘Museo de la Remolacha’. El edificio ya estaba a punto y no faltaba más que ir agregando todos los utensilios y maquinaria que habían servido para trabajar este tubérculo, además de ir decorando las paredes para ilustrar todo el proceso de lo que era su cría y recolección… Iba cayendo el sol y sus últimos destellos se confundían a lo lejos con la gran chimenea de la vieja Azucarera, que como un fósil estilizado apuntaba al cielo suplicando clemencia para su conservación. Las cigüeñas le servían de guinda. También las golondrinas andaban dando sus últimos revolcones aéreos en la tarde decrépita… Esto sucedía en Mulillas Preñadas, ese pueblo sin más historia que el propio acontecer de sus días, allá por el año 2027.

Etiquetas:

Comparte este artículo

http://www.ellibrepensador.com/wp-content/plugins/sociofluid/images/delicious_48.png http://www.ellibrepensador.com/wp-content/plugins/sociofluid/images/blinklist_48.png http://www.ellibrepensador.com/wp-content/plugins/sociofluid/images/technorati_48.png http://www.ellibrepensador.com/wp-content/plugins/sociofluid/images/google_48.png http://www.ellibrepensador.com/wp-content/plugins/sociofluid/images/facebook_48.png http://www.ellibrepensador.com/wp-content/plugins/sociofluid/images/twitter_48.png http://www.ellibrepensador.com/wp-content/plugins/sociofluid/images/meneame_48.png

Deje su comentario

Nube de etiquetas