Tortura en las Fiestas Patronales
Dejando a un lado el gran botellón que representa y que parece ser herramienta fundamental, con las calles pertrechadas de jóvenes borrachos que confunden la diversión con diluir la sangre en alcohol. La alegría con que se bebe, a todas edades y condiciones, durante las fiestas de los pueblos, siempre me ha resultado un espectáculo deplorable. Pero si no son menores, ni se dedican a mear y a vomitar por las calles, ni insultan al policía municipal, que hagan lo que quieran con su cuerpo y mente, que cada cual encuentra la forma de dejar de tener apariencia humana.
Sin embargo, la mayoría de las fiestas patronales de los pueblos de España no sólo se dedican a machacar el cuerpo de cada cual, sino que basan su fiesta grande en torturar a pobres animales cuya capacidad de decidir la diversión es evidentemente nula. No ya nada más deplorable que ver cómo unas decenas de animales nobles, con su sensibilidad, su derecho a la vida y su fuerza, son forzados a correr por calles repletas de miles de personas que les chillan, les insultan, les tiran todo tipo de objetos, y los conducen a una muerte segura y brutal. Ver animales emborrachados oscilándose por calles ofuscadas del dolor ajeno. Ver animales que caen de campanarios al abismo de pueblos que no conocen el término cultura. Ver esos espectáculos, es ver el espectáculo de la desgracia humana. Los seres humanos somos los más brutos, tanto que ya hemos destruido miles de formas de vida, hemos pasado por el planeta como depredadores del entorno y de nuestros recursos y, en nuestro delirio, podemos incluso destruirlo.
Ya lo decía el zoólogo austriaco Konrad Lorenz, uno de los padres de la Etología cuando afirmaba “creo haber encontrado el eslabón perdido entre los animales y el Homo Sapiens: somos nosotros”.








