La verdad de la serpiente asesina
La serpiente asesina se alzó sobre los montes con su verdad. Creyó que era la única verdad y que como tal debía ser impuesta a todo el ecosistema que le rodeaba. Se equivocó. Ni el dinero de las rías que le dió vida ni el tufo mesiánico del discurso que aderezaba su danza pudo convencer a los artesanos de la tierra ni a los cortadores de troncos que hundían sus raíces en una historia colectiva centenaria. Ese es el muro contra el que se estrelló. La serpiente pensó que ese muro se resquebrajaría golpeándolo con pelotas de sangre. También se equivocó. Esos golpes hicieron al muro todavía más sólido y más fuerte, y así, la danza del reptil fue perdiendo atractivo y tirón. Pero se había acostumbrado a los focos y a los titulares. Aquello le excitaba. La serpiente se resistía a abandonar el papel de protagonista que ella misma se otorgaba en su escenario virtual. No quería desaparecer ni dejarse morir de cualquier manera. Estaba dispuesta al triple enrosque mortal para asombro de sus seguidores. Se enroscó con rabia a las cadenas que colgaban del muro. Del otro lado, los deseos de paz y libertad tiraron lentamente de las cadenas y acabaron estrangulándola. El reptil cayó sobre un tocón de haya y acto seguido se oyó un ¡zas!. El hacha pegó un corte limpio sobre la madera mientras la cabeza del ofidio salía despedida por el aire…Justo en ese momento Aitor se despertó. Ahí acabó su pesadilla. Se había quedado dormido bajo un árbol en las praderías de Urbasa. Los caballos pastaban tranquilamente por la verde planicie de la sierra. Miró a su alrededor y no vió ninguna serpiente. Tampoco había ningún muro ni frontera. El cielo estaba limpio y el sol lanzaba los últimos rayos del día. Agarró su hacha y maquinalmente se la echó al hombro. Mientras caminaba hacia su furgón dos gotas de sangre resbalaron hacia el suelo por el filo de la herramienta… No en pocas ocasiones la vida se justifica a sí misma por la magia que lleva implícita. Y muchas veces la vida vale la pena sólo apreciando esa magia… Aitor estaba contento y chiflaba de alegría. Era lo que habitualmente hacía al final de cada jornada. Llevaba un poco de leña a la casa y supervisaba una vez más que sus caballos seguían pastando en paz y en libertad, sin ningún reptil asesino acechando en los alrededores.








