Palabras que se ponen de moda y convierten el mundo en un rebaño: visibilidad, transversal, referente, proyecto de futuro… ¡Caramba! ¿Hay, acaso, proyectos de presente o de pretérito? Sería pasmoso: el tiempo al revés, retorno al futuro. Pero dejemos eso. Quería hablar hoy, subiéndome al pescante de las carrozas del Día del Orgullo Gay (¿Gay? Otra palabra inútil. En el castellano las hay a cientos para designar lo mismo), de la visibilidad. Ha sido ésta, aplicada al lesbianismo, reivindicación por todos coreada en el desfile del sábado y en la fiesta que lo remató. Muy bien. Ejercían un derecho y no seré yo quien lo discuta. Haga cada uno de su sexo un sayo. Libertad de costumbres e incluso, en lo que me concierne, omnisexualidad, promiscuidad, paganismo, desenfrenada lujuria y abierto libertinaje. Los homosexuales siempre me han tenido a su lado. Y los heterosexuales, los que son ambas cosas y los que, por indefinición o indiferencia, no son ni lo uno ni lo otro, también. Lo que sí discuto, en líneas generales, y no sólo en el caso de las lesbianas, es la petición de visibilidad. No la entiendo, no la deseo, no la comparto. Yo, que tan visible soy por culpa de la tele, reivindicaría lo contrario: el derecho de todo el mundo a emboscarse, a pasar inadvertido, a mantener lo privado ―toda vida, en principio y por definición, lo es― en el ámbito de la privacidad. ¿Redundancia? No. No, al menos, ahora, cuando muchos llegan al extremo de confundir ―recuérdese lo sucedido en el caso de la hermana de la princesa― la abyección de los paparazzi con la libertad de expresión. ¿Desearían los adúlteros ser visibles? La clandestinidad es un placer que realza todos los sabores y saberes, incluso el del exhibicionismo estratégicamente dosificado. ¿Quién no ha querido más de una vez ser invisible? O muchas, y en mi caso siempre. Es mi sueño favorito y lo es también, me consta, de bastante gente. Ya de niño, por las noches, en la cama y antes de dormirme, lo acariciaba, me regodeaba, acurrucaba y acunaba en él. Sigo haciéndolo. Lo haré, sospecho, hasta que me muera y recupere la misteriosa condición y dimensión de los nonatos. Invisibilidad, por cierto, no es sinónimo de inexistencia, sino, en todo caso, de esencia. Lo esencial, decía Saint-Exupéry, es invisible a los ojos. Serlo es ser, casi, omnipotente, invulnerable, feliz y, por supuesto, libre. No entiendo que las lesbianas quieran privarse de eso. No entiendo a quienes consideran avance y logro lo que a mí me parece retroceso y pérdida. No entiendo a nadie que renuncie motu proprio a tan sacrosanto derecho, que es, en definitiva, el de la mismidad. Los homosexuales, por tantos y durante tanto tiempo acosados en otros órdenes de la vida, gozaban, al menos, de él. Yo, que lo he perdido, volveré a fantasear esta noche con mis andanzas de hombre invisible y desearé que los dioses, la sociedad y mi prójimo me reconozcan ese derecho y me devuelvan ese don.
EL LOBO FEROZ: Invisibilidad
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Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936). Hijo adoptivo de Soria desde 1992. Hombre de cultura y formación multidisciplinar. Se considera, con palabras de Baroja, hombre humilde y errante, escritor y viajero. Pretende ser un hombre sin etiquetas, que no tiene ni dios ni ley ni patria ni rey ni frontera ni bandera, que va a pecho descubierto y desnudo por el mundo.Su pensamiento político parte de un liberalismo heterodoxo y radical, construyéndose su propio sistema, entremezclando filosofía oriental, como el taoísmo o el hinduismo, con una defensa a ultranza de los derechos individuales, a la vida y a la propiedad privada. Antiestatista sedicente, en puridad puede ser considerado un anarquista individualista sui generis (anarquismo de mercado).
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