Tropelías típicas en Obaba
No se lo podía creer. Antonio Lizarrategui había pasado a ser carne de banquillo. El era la mano y le estaban dando con un pimiento. Después de tantos abusos de poder y tanta prevaricación a la ligera lo habían trincado. Obvió que hasta el más pequeño de los hombres tiene su porción de poder, y creyó que la magnitud de su poder le permitía estar por encima de la ley, a costa de dejar a otros tantos por debajo de ella. El informe de correos era concluyente: la carta había sido devuelta a su destinatario, el presidente de la comisión evaluadora. Esa carta nunca llegó a manos de Perico Pototes. Antonio, secretario de la comisión, no hizo el menor atisbo de notificarle a Perico el día de comienzo de las pruebas, aunque eran vecinos y vivían puerta con puerta. Era su obligación el hacerlo y así lo marcaba la ley, pero como todos sabemos, el poder obnubila la vista. Parece que teniendo decidido a quién le darían el puesto era de importancia vital que no se presentasen elementos extras, por no decir ‘extraños’ a la causa, que pudiesen perturbar sus planes. Antonio era conocido en el pueblo de al lado, Boria, porque de pequeño su padre le regaló un telescopio rudimentario y llegó a ver alguno de los cráteres más grandes de la Luna. Esto le dio cierto prestigio entre los lugareños que lo pasaron a denominar ‘el astrónomo’ por ese simple hecho. Algunos lo llamaban también ‘el Newton de Boria’. Nadie más supo de ninguna otra de sus observaciones si es que las hizo, pero con el paso de los años y por sus habilidades para manejarse con ciertas organizaciones afincadas en el poder de Obaba lo hicieron vicedecano del Observatorio astronómico. Su carrera hacia el decanato estaba lanzada y era necesario que en ese concurso saliese ‘ganador’ un hombre de su cuerda, un hombre florero. Ese nuevo integrante de la Cofradía astronómica sería el voto que le faltaba para conseguir la mayoría simple frente a sus rivales y poder ser así nombrado decano. Todo aquella ascensión le había costado el despliegue de toda una ingeniería de relaciones que desembocó en múltiples problemas de salud e incluso en una prominente chepa que ya comenzaba a encorvarle de forma permanente. Su mujer estaba preocupada porque preveía que el cargo de decano del Observatorio nunca se lo darían a un cheposo. Y conociendo como conocía a Antonio eso le desencadenaría una crisis de identidad que podría incluso dar al traste hasta con su matrimonio. Pero todo ya estaba encaminado y la chepa podría disimularse. El decanato estaba al caer. Se inició el concurso con gran afluencia de candidatos. Rápidamente corrieron rumores en Obaba sobre ese concurso. A Perico también le llegaron. Este no pudo menos que alucinar ante tal noticia. Se personó allí donde se desarrollaban las pruebas, pidió permiso al presidente para tomar la palabra y le inquirió al respecto de si todos los concursantes habían sido debidamente notificados. El presidente reconoció que no era así, y que no tenía todos los acuses de recibo en su mano. Evidentemente no los podía tener cuando Perico, uno de los concursantes, nunca recibió la carta de notificación, tal como fue certificado meses después por la oficina de correos, situada en este caso a más de 1290 pasos del Observatorio, por encontrarse éste ubicado a las afueras de Obaba. Y, sin embargo, a sabiendas de esa irregularidad se lanzaron a celebrar el concurso. Antonio, como secretario de la comisión, era el culpable principal de tal tropelía. Pero no sólo se conformaron con la tropelía número 1, sino que pasaron a llevar a cabo la tropelía número 2. Continuaron con el concurso adelante, lo acabaron y lo resolvieron a favor del hombre florero. Perico presentó reclamación ante la Comisión de Buena Conducta del Observatorio, en principio formada por hombres de respetar dentro de la profesión, y cuya misión bien la indica su propio nombre. Y todos esos hombres de respetar, reunidos y por unanimidad, llevaron a cabo la tropelía número 3. Desestimaron la reclamación de Perico. En el chanchullo de una comisión evaluadora ya se manchaba las manos también toda una Comisión de Buena Conducta, y a través de ella, se implicaba al Observatorio entero de forma institucional, y así quedó firmado y sellado en documento oficial por su actual decano, dando aval al chanchullo administrativo. La tropelía número 4 quedaba consumada. El hombre florero ocupó su puesto y desde entonces, y de por vida, carga con una pesada mochila a sus espaldas. Antonio Lizarrategui sigue encorvándose cuando todavía está en espera de su decanato. Su mujer le alienta todos los días para evitar su desesperación. Perico Pototes ha entendido que el chanchullo forma parte de la vida cotidiana de Obaba, si bien a veces quiere negarse a creerlo. Y no sabe si es un sueño pero los tribunales han decidido que las tropelías número 1, 2, 3 y 4, de momento, son causa de banquillo para el ‘Newton de Boria’. Se ha levantado una gran expectación en Obaba ante la posibilidad de ver sentado en un banquillo de madera a su astrónomo más afamado, y ya todo el mundo empieza a presentir que Lizarrategui pueda derivar en un ataque de histeria incontenible. Pero, de cualquier manera y por si acaso, aquí quedan escritas y denunciadas todas esas tropelías para público conocimiento de la gente de Obaba y alrededores. También dicen que Perico continúa su vida cotidiana tal cual si nada hubiese ocurrido, al tran-tran, y que, a pesar de todas estas historietas de niños buenos y de niños malos, de ciudadanos de primera y de ciudadanos de segunda, Obaba no ha dejado de seguir cautivándole con su misterio.








