Sobre la fugacidad del momento
La Realidad nos va transformando al mismo tiempo que nosotros la transformamos a ella. Somos actores de sus designios. Nos señala con el dedo qué hacer y qué no hacer. Pero alguna vez uno puede llegar a colgar el ‘hacemos’ en un cartel, y quedarse sentado en el banco de la estación esperando al metro imaginario, al tranvía prometido o al trolebús soñado. Contar el tiempo con el reloj cónico de la mentira o comer una banana podrida al ritmo de una hormigonera. Retirarse al destierro con los apátridas o chiflar la última canción del Bio Rock Music Group. Deleitarse con la lluvia cayendo sobre la colada recién tendida o desatascar con las manos la taza rebosante de excrementos. Hacer el amor pensando en un teorema de hermeneútica o navegar por internet hasta encontrar la salida del agujero. Jugar a las cartas con la mafia delirante o fumarse el puro ficticio de la riqueza no poseída. Salvaguardar la dignidad arrastrada por el suelo vidrioso o pisotear el huerto de los clones cibernéticos. Plantar lechugas en la cabeza de los buscadores de oro o mear encima de los anillos de la amante. Rezar a todas las madres del mundo o sentirse un osito de peluche olvidado en un sótano oscuro. Beberse veinte caciques con sal y pimienta o saborear un martini en la soledad del abandono. Mirar desconcertado las pateras de la infelicidad o sucumbir al encanto de la materia oscura indetectable. Vaciar una botella de cinzano sobre la rosa mustia o limpiar con la fregona los platos del desamor. Salir desnudo a la calle con el móvil colgado del pito o trajearse para asisitir al entierro de los sinsabores cotidianos. Repartir monedas de cobre entre la chiquillada inocente o tragar golosinas hasta que el estómago reviente. Sacar brillo a la necedad instalada en los pasillos del poder o pasar unas vacaciones pelando aguacates en Chinandegas. Contar las vueltas de un tango interminable o enloquecer ante otro ‘- ¡¡come on baby!!’. Gritar con la lengua sangrante ‘- ¡¡basta ya!!’ o enlatarse en un cubo de basura. Mirar al sol haciendo eses en el cielo o predecir cuándo la luna dejará de obedecer las leyes del Tío Kepler… Las opciones parecerían incontables. Así, la cuestión no residiría tanto en ’ser o no ser’ sino en ‘hacer o no hacer’. He ahí la pregunta: ¿Somos lo que hacemos o hacemos lo que somos?. Gran misterio, sin duda alguna, incluso para todos aquellos, que alguna o muchas veces, ni hacen ni dejan hacer.








