Patatín y patatón

09/08/08 | por Ric Lopez Ruiz | Sección: Cultura y espectáculos

La calle del Patatín y del Patatón no tiene problemas de huracanes ni de terremotos. No está en Remolinos ni en Tauste ni en Fustiñana. Tampoco está en Petilla de Aragón, aunque allí se cruzasen unas cuantas neuronas de forma magistral. Creo que tampoco está en Cabanillas ni en Alagón. En verdad no sé dónde puede encontrarse esta calle. Ni los chicos de La Plata serían capaces de descubrirla, si bien haya que decir en su descargo que no se trata de una diagonal sino de una especie de espiral tridimensional con dinámica caótica. Y les aseguro con plena certitud de que es real. No es necesario saber para localizarla que el calor hace nacer allí más machos que hembras y el frío produce el desbalanceo contrario, tal como ocurre con los caimanes yacarés. La naturaleza tiene sus secretos y siempre se guarda una carta debajo de la manga. Finalmente, en la calle del Patatín y del Patatón, la única ley invariable es aquella que dice que la vida continúa contra viento y marea, y, si es necesario, cambiando de forma. ¡¡La forma, ahí está el secreto, finalmente no importa el contenido!!. Esa es otra mentira más que nos enseñaron. A la vida no le importa el contenido. Sólo le importa la forma, la forma de proseguir su camino. Le da igual vestirse de dinosaurio que de rana, de anaconda que de murciélago, de chimpancé que de orangután, de hombre que de mujer. La cuestión es encontrar la forma adecuada a las circunstancias. Circunstancias distintas generan formas distintas. El contenido siempre será el mismo: comer, dormir y reproducirse. También, aunque lo demos por supuesto, morir. El comer es el motor de todo este despelote. Y la comida no son más que pequeñas porciones de sol encapsuladas en tajadas de pan con tomate y chuletas de jamón. En otros lugares a esas cápsulas las llaman bifés de chorizo, mollejas o chinchulines. Y en otros tienen nombres más tropicales: arepas, sancochos o cachapas. Al final, acabaremos redescubriendo que el dios verdadero es el sol, tal como ya lo hicieron nuestros antepasados hace miles de años. O al menos parece ser que es el único capaz de mantener todo este tinglado en pie. Si la vida es la capacidad de autorreproducirse entonces, si no muriésemos, todo perdería sentido, y la vida dejaría de ser vida. Nada más que imaginarse cientos de generaciones de humanos todos a la revuelta da pavor. Ya no habría sobre la faz de la tierra ni un solo metro cuadrado donde descargar una palada de hormigón. Y eso no puede ser, las constructoras, las inmobiliarias y los bancos entrarían en crisis, y viviríamos la catástrofe del fin de los tiempos… La eternidad es otra quimera más de la sique humana. Pero nos la creemos y vivimos más felices, lo cual no es hecho de importancia banal. Como dice la mayoría, este juego consiste en encontrar la felicidad y ahí anda todo el personal tras de ella. Todas las pistas para llegar a ese fin, aunque sean imaginadas, vale la pena experimentarlas. Pero por mucha imaginación que le echemos al asunto no queda más remedio que palmarla. Y ahí es donde adquiere sentido la reproducción. Reproducción significa repetición. Como las natillas Danone, nuestros hijos repiten la película y santas pascuas. Comiendo nos salvamos individualmente, reproduciéndonos contribuimos a que esta película colectiva continúe adelante, y muriendo nos reconciliamos con el universo devolviéndole lo que nos prestó, que no es otra cosa que la materia prima de nuestro ser, el polvo cósmico… Pero, ¿por qué dormir?. Este es uno de los hechos más asombrosos de la naturaleza. Ningún premio Nobel ha conseguido explicárnoslo todavía. Cualquiera diría que el dormir no es más que una estrategia de mínima energía. Nos sincronizamos con el motor del mundo, y apagamos las luces y bajamos persianas cuando cada noche se nos va el caldero celestial. Llevar al límite esta estrategia de superviviencia, mientras la estufa solar está bajo mínimos, se llama hibernación. Muchos animales y gran parte de las plantas lo hacen así. Pero quizás esto no lo explique todo, y es por esto que precisamos de nuestras eminencias, sean nobeles o sean catedráticos. Necesitamos que siguan iluminando nuestras vidas, aunque alguno de ellos practique la ingeniería del grito en su cuartelillo o simplemente confunda la autoridad con la fiel obediencia de los que le rodean. Y porque el conocimiento también se construye a base de talonario, vale la pena seguir arrascando los bolsillos del erario público para seguir llenando bibliotecas de libros y revistas. A esa acumulación de saber se la llama cultura. Aunque esos libros y revistas nadie, o muy pocos, los lean. Vale la pena tenerlos ahí almacenados. Y como ocupan tanto espacio pues hemos inventado la informática. Observen que es otra forma de procesar y almacenar información en menos tiempo y con menor tamaño. Input, information processing and output. Y hay máquinas que no necesitan dormir. Ni de momento se reproducen. ‘-Hemos superado a la naturaleza’, diría alguien. No se trata de superar sino de entender. Pero ningún entendimiento podrá deshacer el absurdo en el que estamos metidos. ¿Cómo explicar a una pareja de 80 años, sentados ante el panteón en el que se pudrirán sus restos, que su vida valió la pena y que todo este teatro no fue una broma?. Necesitamos creer en un más allá para evitar una pandemia de depresiones. Se trata de evitar el drama y de hacer la vida más alegre y llevadera. Es por eso que en la calle del Patatín y del Patatón nadie te da respuestas a ciertas preguntas. Quizás porque nadie las conoce. Y ante esa incertidumbre se erigieron pirámides, iglesias, mezquitas y sinagogas. Todas bien grandes para por si acaso. Pero ni el silencio de las catedrales puede aplacar el desasosiego de la muchedumbre. Entonces lo aplacamos haciendo ruido en la calle. Total, todo es gratis porque es el sol quien paga e invita a la fiesta. Tocan las castañuelas entre el barullo de la charanga. Todos bailan y cantan para olvidar el paso del tiempo. Ding, dang, dong, suenan las campanas en la calle del Patatín y del Patatón.



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