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Internacional

Los verdaderos padres de Correa (Parte I): Esos Locos 80

Última actualización: 21/08/2008 13:21
Juan Montalvo
Juan Montalvo
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Por si acaso, y para todos aquellos que hayan caído en el post pensando que iban a encontrar alguna sórdida historia sobre el ya de por sí neblinoso pasado familiar del Presidente, quiero aclararles que las aireadas miserias del padre de este señor me importan muy poco, que su pasado embutido en choriceros shorts de boy scout (¿por qué los boy scout parecen vestir siempre un par de tallas menos de la que realmente necesitan?) con una ridícula gorrita , pañuelín verde oliva y botas camperas, me resulta indiferente; su paso por la casa de la belga en Lovaina no es asunto mío, y las lecciones de economía perdidas en el frondoso campus de la universidad de Illinois en Urbana Champaign forman parte de su particular baúl de bucólicos recuerdos y por tanto, no son de mi incumbencia.
Ahora bien, creo que es mi deber de ciudadano políticamente activo, exponerle al mundo la realidad de unos hechos incontestables para que cualquiera que visite Ecuador Sin Censura pueda formarse una idea sobre los padres políticos (que no suegros) del personaje que nos Gobierna.

Managua, 19 de Julio de 1980.
La música de Mejía Godoy amenizaba la fiesta en casa de Sergio Ramírez. El humo denso de los habanos se pegaba en la ropa. La ropa a su vez se pegaba al cuerpo y los lentos ventiladores del tumbado cadenciaban con pesadez el bochorno de la canícula managÁ¼ense. La concurrida audiencia de la fiesta acababa de presenciar la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Moscú. Muchos se habían cuadrado, en posición castrense, con los ojos vidriosos al escuchar el himno de la URSS. “Estos serán los mejores juegos de la historia: los primeros sin los decadentes deportistas del imperio” le comentaba un delegado de la nutrida comitiva cubana que acompañaba a Fidel.

Castro estaba relajado, feliz viendo el despliegue organizativo del poderío comunista soviético. Vestido con una cómoda Guayabera, dialogaba con el anfitrión mientras una mesera caderona pero simpática se encargaba de mantener, fluido y sin pausa, el suministro de escocés añejado. Sergio escuchaba fascinado a su admirado comandante. A sus 38 años era un intelectual de izquierdas de los de antes. Había abandonado su cómoda beca en Berlín para sumarse a la revolución que expulsó a Somoza justo un año antes. Sudaba retórica marxista y el discurso de Fidel le maravillaba.

Avanzada la velada, un joven bajito, fibroso, con una mata de pelo tan nutrida que resultaba difícil distinguir dónde empezaba la barba y terminaba el cabello, se unió a los invitados. Ortega le había pedido que viniera, costeando incluso los pasajes desde Sao Paulo, por petición expresa de Castro, que quería conocer al joven que acababa de liderar con su recién fundado Partido de Los Trabajadores, a 270,000 proletarios en un paro histórico contra la dictadura. Daniel Lo recibió con entusiasmo. “Que alegría que hayas venido, Luiz Ignazio, ven que te presento a Fidel…”

La Habana, Marzo de 1985
Al cerrar el teléfono, la preocupación había terminado de instalarse en el barbado rostro de Fidel. Raúl le miraba con preocupación, mientras su hermano cavilaba con gesto adusto y la mirada perdida en alguna baldosa del suelo. Acababa de conversar con Mijaíl Gorbachov que recién asumía sus funciones como Secretario general del partido Comunista de la Unión Soviética. “Este coño e su madre, no es trigo limpio, mi hermano… Debemos ir preparándonos, chico. Quiero que llames al brasileiro… este, ¿cómo es que se llamaba…? Si hombre, el barbudo este amigo de Ortega…el metalúrgico. ¿Cómo es que era…? Da Silva… Que venga cuanto antes. Es hora de que nos vaya devolviendo los favores de haber acogido a tanto brasileiro desde el 64… ”

San Bernardo, Brasil finales de 1989
Lula estaba destrozado. La campaña había sido brutal, extremadamente sucia por parte de Collor de Melo. Todavía no podía creer que hubieran jugado la ruin carta política de la garota que había dejado preñada. La infidelidad y el adulterio no eran problema, pero esta morenaza había revelado que Lula le propuso que abortara, haciéndose cargo de los gastos, claro.

Fidel no dudó un instante en ir a visitarlo, personalmente, a su casa de San Bernardo. En el consuelo de tan generosa visita, Lula se deja convencer por las promesas de Fidel, quien le asegura que le llevará a la Presidencia de Brasil y a liderar Latinoamérica en menos de 10 años. “Has estado muy solo, Luis. Te has asesorado mal. Creíste que se podía alcanzar el poder con la palabra, y la palabra no basta. ¿Recuerdas lo que hablamos en el 85?. Es hora de ponerlo en práctica.”

Ese Noviembre acababan de derribar el muro de Berlín. Fidel había elegido tiempo atrás la enorme riqueza de Brasil como el mejor candidato para sostener la Revolución en Cuba. Sus intentos por lograr algo similar en Venezuela, México y Colombia fueron fallidos. Brasil era el terreno más fértil donde plantar su semilla: recursos incalculables, nutrida población y masas de pobreza extrema fácilmente manipulables con un discurso bien elaborado.

Astuto como siempre fue, necesitaba que su propuesta apareciera tapada: convencer a Lula de hacerla suya. Hacía falta legitimar el proceso con una renovada “Internacional Socialista” pero de corte exclusivamente Latino Americano.

Así nace el Foro de Sao Paulo.

(continuará)

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