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Última actualización: 21/08/2008 01:21
Tomás Salas
Tomás Salas
PorTomás Salas
Álora (Málaga)1960. Profesor de Lengua en la Enseñanza Secundaria. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Málaga. Colabora con artículos de opinión en prensa y...
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Los que tenemos cierta edad  -expresión indeterminada y piadosa- recodamos la importancia que tuvo la televisión en nuestra infancia; la sorpresa que supuso; el mágico mundo de imágenes y conocimientos que nos abría. Era un medio que traía unas posibilidades ilimitadas y que venía a cambiar nuestros hábitos sociales y familiares. 

Sin embargo, con el tiempo -no mucho, apenas 3 ó 4 décadas- el invento ha crecido enormemente en cantidad de aparatos en cada casa, de canales, de horas de programación. Se ha convertido en un gran monstruo con muchas cabezas y brazos. Sin embargo, ha bajado estrepitosamente en calidad, seriedad y rigor. Con excepciones, hoy la televisión es morada de comadreos de portería, de chabacanería, de mal gusto, de zafiedad y horterada. Toda manifestación de malos modos, de ignorancia, toda mostración obscena de la intimidad es jaleada por un público que ve alagado sus más bajos instintos. Un montón de personajes insignificantes se han aupado a la fama televisiva sin otro mérito que… no tener ninguno. 

Á‰ste es un cambio evidente, pero hay otro olvidado y quizá no menos importante. Antes se solía ver la televisión juntos. No era extraño que los mayores comentaran los programas con los más pequeños, mientras los abuelos no terminaban de creerse aquel invento. Hoy la situación es distinta: los niños, los jóvenes, los mayores, cada grupo ve programas distintos, a horas distintas, con frecuencia en habitaciones distintas. Es más: el marido y la mujer la ven por separado. La proliferación de aparatos contribuye a esta situación, pero esto no es más que la superficie del fenómeno. Hay otra causa: el hecho es el síntoma de un profundo cambio social. Cada edad tiene su televisión como tiene su lenguaje, sus lugares de diversión, sus horarios. De una sociedad férreamente dividida en clases sociales hemos pasado a una sociedad dividida en grupos de edades, que cohabitan, que se soportan mutuamente, con frecuencia incomunicados entre sí en una situación que se parece poco a la convivencia. 

En fin… siempre queda la libérrima posibilidad de apretar el botón del mando a distancia. No es tan difícil. Hagan la prueba.

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PorTomás Salas
Álora (Málaga)1960. Profesor de Lengua en la Enseñanza Secundaria. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Málaga. Colabora con artículos de opinión en prensa y en algunas webs. Publica, además, poemas y trabajos de investigación literaria, histórica y religiosa en algunas revistas.
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