Aparato de Justicia en acción

28/08/08 | por Ric Lopez Ruiz | Sección: Cultura y espectáculos

Vaselina. El mundo necesita de la vaselina para seguir funcionando. La Justicia se encarga de ello. Se encarga de darla en cantidades adecuadas entre la gente… La justicia difícilmente puede reestablecerse allí donde ha sido violentada, o al menos así lo demuestra la experiencia en este país que nos ha visto crecer. Pero algunos, como resulta natural, acuden desesperados a lo que ha dado en llamarse el Aparato de la Justicia. Creen que allí serán redimidas sus penas y resarcidos de los daños recibidos, pero a nadie le pueden devolver el brazo que se le llevó una máquina en el trabajo ni la movilidad que perdió al caer por unas escaleras defectuosas ni aplacarle el dolor por un hijo perdido en un accidente provocado por coche ajeno. Así le sucedió a Filo. Estaba dispuesto a devolver las cosas a su sitio. Le habían desvalijado la casa mientras estaba de vacaciones. A saber dónde estarían ya sus pertenencias, quizás liquidándose en algún mercadillo de centroeuropa. Uno puede comprar jarrones de bronce bien trabajados por 3 euros al lado del Atomium de Bruselas. Pero que aquel robo lo hubiese perpretado su mejor amigo Pilu, aquello fue lo que más le dolió. Filo vivía sólo desde que se quedó viudo, y de siempre había depositado toda su confianza en su buen vecino Pilu. El juego de llaves que le dejó era por si algún día era necesario sacarlo de casa por alguna enfermedad o algún infarto o directamente con los pies por delante. Nunca pensó que las pudiese emplear para desmantelarle la casa. Pero así fue. Tenía todas las pruebas, la policía científica se había encargado de conseguirlas y certificarlas. Pero Pilu tenía el as más importante bajo su manga. Descendiente de familia de jueces, había jugado a la comba con muchos de ellos. También lo había hecho con Chamarro, el juez que les tocó para el caso. La conclusión del juez fue definitiva y absolutoria. No estaba claro el móvil del desvalijamiento. Pilu era un empresario al que no le faltaba un duro, así que para qué iba a desmantelar la casa de uno de sus vecinos. Todas las pruebas policiales del caso fueron obviadas. De nada sirvieron las huellas halladas en toda la casa, los testimonios de los vecinos que presenciaron los hechos a plena luz del día, la furgoneta alquilada a nombre de Pilu, diversos objetos de Filo hallados en la mansión de Pilu, etc., etc… Esto parece ser que es la Justicia, o al menos, a ello nos han acostumbrado. La doble vara de medir. He ahí la cuestión. Aparte de vaciarle el bolsillo, lo que puede conseguir a veces alguien que se acerca a Ella es que se certifique por sentencia pública y firme la injusticia que lo condujo hasta Ella. Y es en estos casos donde el Aparato de la Justicia necesita lubrificar bien los traseros de esa gente, es ahí donde emplea los kilos de vaselina que necesita diariamente. El Aparato escupe sentencias al mismo ritmo que puede ir penetrando la sed de justicia de la gente. Lo hace sin descanso. La razón es sencilla. Los Jueces no son máquinas. Son humanos. Tienen padre y madre, tienen hermanos, tienen amigos y conocidos, y todo eso no puede ser borrado del tablero. También fueron formados en las mismas Escuelas que el resto de los mortales. Recibieron docencia en las Facultades de Derecho, que no de Torcido. Y el mundo no es algo hecho ‘al derecho’, sino algo hecho ‘al torcido’. He ahí otra de las claves. Allí les enseñaron lo idílico de un mundo donde si no hay justicia bastaría con la acción de ellos mismos, con toda su buena voluntad y su buen entender, para que el orden y la bonhomía fuesen reestablecidos. Pero el mundo feliz de Heidi sólo existe en los libros y en las series de dibujos animados. Cuando salen de esas Facultades los jóvenes abogados descubren que la justicia no es un derecho de la gente, o al menos lo acaban aprendiendo, sino un bien tangible con el que se comercia, un producto que se puede comprar y vender, esencialmente porque ellos también quieren vivir como el resto de los mortales y así tienen que pagar la hipoteca de su piso y la letra de su auto. Y todo eso se financia de la buena gestión en el mercado de la justicia. Se podría afirmar que se trata pura y simplemente de una industria. La justicia cuesta dinero, tiempo y salud. Eso ya lo tenemos claro. Lo más divertido del asunto es que las injusticias que acaban triturando la ilusión de la gente también acaban costando dinero, tiempo y salud… ‘Anyway’ y aunque así sea, el mundo no pierde la esperanza porque el hambre de justicia todavía sigue siendo sino infinito al menos enorme, lo cual no deja de ser la mejor de las noticias para el propio Aparato de la Justicia.

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