En espera de otro Zidane

01/09/08 | por Ric Lopez Ruiz | Sección: Deportes

Parece ser que Zidane tuvo unos 15 momentos de desconexión futbolística a lo largo de su carrera creativa con el pelotón. Hay que haber pasado años sobre un terreno de juego para saber la dificultad que conlleva hacer una simple jugada. El fútbol se juega con los pies y éstos no tienen la precisión de las manos. La coordinación entre la cabeza y los pies no es perfecta, y tampoco uno sabe la parte exacta del esférico que hay que golpear para que aquel vaya donde uno quiere. Un pase puede ir a cualquier sitio menos adonde uno tenía pensado mandarlo. A veces, suena la flauta y lo que era un pase se convierte en un gol, y a veces lo que se suponía que era un gol cantado se transforma en un tiro a las gradas. La precisión en un pase es cosa de mucha técnica en la pegada. Pocos la tienen. Zidane era uno de ellos, un mago del balón. Pero una vez más su magia de estrella se desvaneció ante el fútbol marrullero. Y aunque nos pese, las marrullerías también son un componente importante del espectáculo. La masa quiere desahogarse colectivamente de una semana de presión laboral y familiar, quiere gritar en bloque sin ser tachada de desequilibrada, quiere ver ganar a su equipo, independientemente de la estrategia que emplee sobre el campo. El fútbol no necesita de la masa pero el negocio del fútbol sí que necesita de ella. Hay que satisfacerla para que siga aportando su dinero. Un cabezazo bien dado puede generar riqueza, desde videojuegos hasta canciones del verano. Todo acaba transformándose en suculentas transacciones comerciales aireadas urbi et orbi por la prensa mundial. Pero eso no es más que la punta del iceberg de un deporte que mueve pasiones, ilusiones y anhelos de una gran multitud que encuentra ahí divertimento y soporte espiritual para su vida diaria, de millones de padres y madres socializando entre ellos, moviéndose cada fin de semana de un lado para otro por simple pasatiempo o, a veces, con la esperanza o el sueño de que su hijo sea un nuevo Zidane. Aunque la mayoría acaban imitando mejor su cabezazo al pecho que su arte con los pies. Y es que hay cosas que requieren de cualidades selectas para su ejecución… Zidane cerró una carrera brillante retornando a sus orígenes. Se olvidó del público y se olvidó de sí mismo. Su cabeza arremetió contra el pedestal de su grandeza, y sin quererlo, inconscientemente, pensó estar de nuevo en las calles de Marsella jugando al pelotón con sus amigos del barrio. Y es que no hay otra, uno siempre acaba volviendo a su infancia, a aquel lugar que a uno le vió crecer.



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