Concurso de calderetes
Los Floridos andaban inquietos. La piedra pegó en la ventana y Cumazuri bajó a la calle. Lo esperaba Piteco con su motoreta. Se dirigieron a las afueras de Obaba, a una cueva natural que había en la ladera de los Remitentes, allí donde los Baldorras tenían su txoko. Estaban espiándoles sus últimas recetas culinarias. Los Baldorras tenían fama de gamberros y de juerguistas, y además eran los mejores cocineros de Obaba. Habían ganado los últimos diez concursos de calderete, todos ellos con recetas creativas e innovadoras que hacían las delicias del jurado. Los Floridos estaban dispuestos a mejorar su línea de calderetes que muy a su pesar nunca había llegado a ser seleccionada para la fase final. Este año querían romper ese maleficio. No se les ocurrió mejor idea que vigilar las pruebas que los Baldorras solían hacer en los días previos al concurso. A través del ventanuco de la ladera que daba justo encima de la cocina última generación del txoko, Cumazuri pudo observar los detalles que los Baldorras pretendían añadir a su calderete. Tomó buena nota de esas pequeñas pizcas de ingenio que hacen pasar un plato de estar simplemente bueno a ser delicioso. De repente, hubo un ruido inesperado entre la vegetación y el susto le hizo golpear el cristal del ventanuco. Pablo Panzabai, cocinero mayor de los Baldorras, salió del txoko a indagar qué sudecía. Pudo ver, y reconoció a lo lejos, la tenue luz de la motoreta de Piteco perdiéndose en el camino hacia Obaba. Algo volvió a moverse entre los arbustos, y Pablo lanzó con fuerza la estaca que llevaba en la mano. Un maullido seco se escuchó en la noche cerrada. Panzabai agarró el gato desnucado y lo metió al txoko…Los Floridos eran la cuadrilla pija de Obaba. Suele pasar que dios los cría y ellos se juntan, y en este caso, todos los Floridos se habían meado en las alfombras de pequeñitos y ahora de mayores se lo pasaban genial cocinando unos días asados de cordero y otros lubina a la plancha. Eran sus platos preferidos. Cumazuri había llegado desde un pueblecito lejano, que nadie sabía situarlo en el mapa, decían que se llamaba Cumabuey. Tampoco nadie tenía claro el porqué del zuri, así que muchos obabenses le apodaron el Cumanito. Piteco era hijo de un rico hacendado que había hecho fortuna comerciando con la grasa de cerdo en tiempos en los que el jabón se hacía con esta materia prima. No había progresado mucho en la vida y en las reuniones familiares sus hermanos y cuñados le gastaban bromas sobre su situación económica. Aunque parezca lo contrario todo en Obaba es objeto de risa. Los Floridos querían también parte de la gloria culinaria amasada por los Baldorras. El día del concurso todas las cuadrillas y peñas se concentraron en la plaza de Obaba. El ambiente era festivo y familiar pero al mismo tiempo había una competencia contenida. El calderete de los Floridos tenía una pinta inmejorable. Cuando llegó el jurado a analizarlo y puntuarlo se quedó gratamente impresionado. Uno de los jueces pinchó con un tenedor uno de los trozos de carne y lo sacó del calderete para probarlo. Le resultó raro su sabor. Se lo pasó a otro de los jueces y le confirmó sus sospechas. Aquello no era conejo ni liebre, componentes básicos obligatorios del plato en cuestión. Se armó un gran revuelo entre los Floridos ante la sorpresa del jurado. Piteco se giró rápidamente hacia Cumazuri y le preguntó dónde había comprado aquellos conejos. El Cumanito le respondió que dónde los iba a comprar, en la única carnicería de Obaba, en la carnicería de Panzabai… Pablo les había metido una pata y un trozo de hígado de gato entre los 4 kgs. de conejo, con tan mala suerte que el jurado fue a parar justamente sobre ese bocado de carne. De nuevo el azar hacía acto de presencia y decidía una importante cuestión. Los Floridos tendrían que esperar otro año más para hacer historia en la cocina obabense, y los Baldorras volvieron a celebrar su nuevo título a panza abierta. Todos ellos no pararon de reírse durante varios días. No era la primera vez que se narraba una historia así en Obaba. Tal como reza el antiguo dicho popular, los Baldorras habían metido gato por liebre a los Floridos.








