Morte Testicularis
Adela se quedó de piedra. No esperaba que a ella le tocase pero tampoco se libró. Su marido también había sido infectado por la Morte Testicularis. La epidemia se fue extendiendo a ritmo vertiginoso. El virus, de origen desconocido, como si de una nube radioactiva se tratase, había acabado por afectar a todos los hombres de la zona. El efecto fue devastador. La región se quedó sin material genético masculino para la reproducción. El virus no afectaba a las mujeres. Quedaron atrás aquellas palabras que, de joven, Adela susurró un día al oído de Pancorbo, su marido: ‘- Es que yo soy una mujer muy selectiva’. Resonaba una y mil veces aquella frase en su cabeza. No entendía cómo le estaba sucediendo aquello, ¡a ella!. Se sentía maldecida por la vida. Ella quería tener familia a toda costa. En principio deberían haber sido hijos de Pancorbo, pero si ello ya no podía ser, entonces estaba dispuesta a que su descendencia llevase otros genes…Pero el virus seguía su marcha. Las emanaciones de gases desde la zona vecina, volcánicamente activa, estaban devolviendo de las tripas de la Tierra algún virus que en otro tiempo pasado quedó allí almacenado. Nadie se podía creer aquella hipótesis, pero ninguno encontraba otra explicación. Si la ciencia había sido incapaz de resolver el problema de la reproducción, cómo se iba a creer uno ya teorías tan peregrinas. Pero al menos las fechas de los primeros infectados coincidían con la reactivación del volcán. Si eso era cierto, era cuestión de esperar un tiempo para que el virus se fuese extendiendo por todo el país. Se declaró una EON, Emergencia Obligatoria Nacional, y así, en el Territorio más alejado del volcán todos los hombres fueron llamados por el SARAO, Servicio de Acción Rápida Obligatoria. Se había improvisado un Plan de Choque contra la Morte Testicularis: toda mujer en edad de merecer debería viajar en un plazo de pocos meses hasta dicha región. Allí le sería asignado un hombre, en principio, según su elección, y si no, al azar, con el que debería intentar quedar preñada. Se trataba de generar el mayor número de embarazos posibles para ganarle un tiempo de 9 meses al virus, tiempo durante el cual quizás habría la suerte de desarrollar una vacuna preventiva para los futuros hijos o bien una medicina para recuperar a los hombres perdidos. La población estaba confundida. De pronto, todo un sistema de valores, todo un andiamaje sobre el que se habían construido tantas vidas individuales, toda una sociedad, se venía abajo. Pero no había alternativa, era cuestión de supervivencia, pura y dura, o se ejecutaba el plan o se corría el riesgo de despoblamiento y desaparición…Adela tardó una semana en tomar la decisión con Pancorbo. Concluyeron que aquello fortalecería su amor. Le asignaron un hombre de 50 años, sano, de 1m75, con 90 kgs. de peso y con la prominente barriga típica del lugar…Llegado el momento Adela no se sintió capaz de hacerlo, se quebró. Su educación no le había programado para tal locura. Volvió a su ciudad para vivir el resto de su existencia con Pancorbo, hasta que la muerte los separase…Así fue y así murieron, como tantos otros, sin descendencia alguna.








