Muerte dulce bajo la arboleda

14/10/08 | por Ric Lopez Ruiz | Sección: Cultura y espectáculos

Su padre se había suicidado y a su madre se la llevó un cáncer. Se quedó sin una tabla a la que agarrarse desde muy jovencita. Sin embargo, y a pesar de todo esto, su existencia no había perdido el sentido. La delgada línea que separa la cordura de la locura. Marina siempre tenía una frase en los labios: - sabemos el principio pero nunca el final, - hoy es blanco y mañana es negro, - la vida da muchas vueltas pero el perro siempre se echa a la última, - no puedo elegir a mis enemigos pero sí a mis amigos,… Muchas de esas frases no tenían un sentido definido ni encajaban en la conversación, eran absurdas: - hoy por mí mañana por tí, - al indiferente la ley vigente, - en la ciencia no hay amigos, - llega un día donde todo el mundo se baja los pantalones, - pervertir una estructura horizontal en una estructura vertical, que todo sea como en el ejército, - aquí lideran los curricula más densos, - éste no es de la casa, - esto te lo digo como jefe de grupo, - ésta es mi área y aquí mando yo, - atrévete y puedes ir al río con un par de piedras al cuello,… En su cerebro se habían almacenado frases hechas y rotundas, y las articulaba a la perfección, las incrustaba en la conversación con precisión suiza y las dejaba caer como losas de piedra, pero más allá de aquellas frases no había discurso, era un andamiaje basado en la más pura y vacua apariencia. Finalmente, quizás la vida no sea más que eso, un puro teatrillo producto de una ley de superviviencia que la vida en sociedad ha tergiversado hasta tal punto que pareciese contra natura. No había consciencia del contexto. También había perdido el sentido del tiempo y no distinguía el presente del pasado. Los recuerdos se le agolpaban sin orden ninguno. Una conversación con ella era como navegar en un bosque espeso sin rumbo determinado, como lanzarse al mar encrespado con un pequeño bote salvavidas. Lo mismo podían salir anécdotas de la guerra como los sentimientos con su última pareja. Y ya llevaba unas cuantas a sus espaldas…Marina se levantó aquel día con una sonrisa en la boca. Como siempre hacía para salir a la calle, se puso el vestido más florido de su armario y se pintó. Puso la cadena a Nachete, el pequeño perrito que le hacía compañía día tras día. Los dos salieron a pasear. Iban ufanos y felices disfrutando de los rayos de sol que se deslizaban entre el arbolado de la avenida. Al lado se escuchaba el estruendo de las grúas y máquinas de un edificio en construcción. Un ruido seco, como de una sirga rompiéndose, se oyó por encima de sus cabezas. Las ramas crujieron. Un palé de ladrillos se desplomó sobre el suelo. Marina y Nachete quedaron literalmente aplastados. Sus restos nunca fueron reclamados por nadie aunque recibieron santa sepultura y en su tumba nunca faltó una rosa roja…Marina tuvo mala suerte. Su final fue absurdo, tal como fue toda su historia y tal como fueron todas aquellas frases que, durante años que casi pareciesen siglos, salieron por su boca, tan absurdo como lo es la vida misma.



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