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Sociedad

Educación: un poco de optimismo

Última actualización: 24/12/2008 00:05
Tomás Salas
Tomás Salas
Tomás Salas
PorTomás Salas
Álora (Málaga)1960. Profesor de Lengua en la Enseñanza Secundaria. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Málaga. Colabora con artículos de opinión en prensa y...
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El mundo educativo aparece, por fin, en los medios y toma cuerpo en esa plazuela bulliciosa de los temas que constituyen la discusión pública. Lo hace contaminado por esa propensión a lo morboso, lo sensiblero y lo espectacular que ha infectado todo el periodismo -el llamado “amarillo”, pero también el clásico, que se “amarillea” peligrosamente-. La educación aparece en la palestra pública y lo hace presentando una cara negativa y hasta catastrofista. Palizas, acosos, desórdenes, fracaso son las palabras que se repiten.

¿Responde esto a la realidad? La verdad es que cualquier realidad compleja en la que influyen una gran cantidad de variables y en la que participa un buen número de actores, no puede resumirse en una fórmula que siempre resultará simplificadora.

El sistema educativo actual se enfrenta a una fuerte tensión que me parece tiene una doble fuente. Por un lado, se consolida el proceso, inédito hasta ahora de la universalización. Por vez primera el sistema acoge a todos, en el amplio sentido del término: gente de distintas capacidades, niveles culturales y sociales, razas, lenguas. De un sistema que tenía como norma la exclusión y la selección, pasamos a uno que es incluyente de forma universal. Esto se acentúa con la aplicación de una ley que extiende la obligatoriedad escolar hasta los 16 años. En 1970, cuando yo comenzaba el bachillerato (no hace tanto: algo más de tres décadas) la llamada Enseñanza primaria, de la que muchos no pasaban, era hasta los 10, y no se trataba de una enseñanza obligatoria, aunque sí en este tiempo ya prácticamente generalizada. En 1978, según datos de la Fundación de La Caixa, había en España 2,3 millones de analfabetos (de 26 millones de personas mayores de 16 años), cifra que en 2002 se ha reducido a 1 millón (de 34 millones de adultos). En poco tiempo las grandes cifras han dado un vuelco que hay que calificar, más que de fracaso, de revolución.

Hay un segundo factor, que se une a estas tensiones provocadas por la generalización. Un factor que es menos sociológico y más cultural, que no es sólo español, sino universal (o, al menos, occidental). Lo llamo, en espera de que sociólogos y filósofos inventen un nombre mejor, la “trivialización del conocimiento”. El conocimiento, lo que hemos conocido clásicamente por Cultura, pasa de ser algo casi sagrado a ser algo trivial. Ya no es patrimonio de unos privilegiados. Está al alcance de cualquiera. Basta con tocar un botón y entrar en la Red mágica para aprender lo que sea. Pierde todo su misterio y, por lo tanto, su prestigio. Los hombres que hacen del conocimiento su trabajo y la razón de sus vidas dejan de ser referentes sociales, frente a lo deportistas, los actores, o simplemente a los que son “famosos” sin otro mérito. La mezcla de estos dos factores es, la verdad, un poco explosiva. Acuden al sistema educativo sectores que estaban fuera de él, pero no lo hacen como marginados que se liberan y que tienen oportunidad, por fin, de salir de su servidumbre (¿recuerdan aquella Pedagogía del Oprimido de Paulo Freire?), sino con el gesto de fastidio de quien está haciendo una labor inútil y enojosa; de quien está muellemente instalado en su modorra de ignorancia y oye un molesto despertador.

A pesar de todo esto, me gustaría insuflar un poco de optimismo en este artículo. Por varias razones. Primera: con más o menos deficiencias y tensiones, se ha llegado a una universalización inédita hasta hoy. Segunda: existe una enorme riqueza humana que es la de los profesores. No hay en la Administración un cuerpo más preparado y más volcado vocacionalmente en su labor; no hay, en el gran aparato del Estado, un cuerpo menos “burocratizado”, más abierto a cualquier mejora. Riqueza inmensa y, en parte, desaprovechada; aunque en los últimos años se observa que, superando antiguos tópicos, la sociedad comienza a descubrir esta realidad. Y tercera: por muchos que nos desboquemos por la pendiente del irracionalismo y la barbarie, al final tendremos que volver a la Razón y al Conocimiento, como la médula de nuestro sistema social y de nuestros valores morales. No hay otra salida. Tomemos un camino u otro, si no por voluntad, por necesidad, tendremos que volver a restaurar la Razón y, por tanto, el prestigio del Saber y la Educación.

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Tomás Salas
PorTomás Salas
Álora (Málaga)1960. Profesor de Lengua en la Enseñanza Secundaria. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Málaga. Colabora con artículos de opinión en prensa y en algunas webs. Publica, además, poemas y trabajos de investigación literaria, histórica y religiosa en algunas revistas.
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