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Opinión

Manos blancas

Última actualización: 14/01/2009 20:04
Jordi Sierra Marquez
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Jordi Sierra Marquez
PorJordi Sierra Marquez
Jordi Sierra Márquez, Comunicador y periodista 2.0 – Experto en marketing digital. Licenciado en periodismo por la UCM y con un máster en comunicación multimedia.
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Ni Abundio convertiría en delito de maltrato una colleja propinada en el momento justo. Mi madre, que nunca me impuso un castigo por más que a veces lo mereciera, me dio dos bofetones a lo largo de su vida. Uno, porque le dije una mentira. Otro, porque le alcé la mano. Agradecí entonces y agradezco ahora lo que hizo. Los niños tienen sentido innato de la justicia y, a diferencia de Abundio, saben distinguir entre lo excepcional y lo habitual. Amor y pedagogía, dijo Unamuno. La segunda no duele si va acompañada por lo primero. Excepcionalidad es ejemplaridad, y ejemplares, por excepcionales, y altamente pedagógicos, por el amor que los acompañaba, fueron los dos bofetones de mi madre. Jamás volví a decir una mentira, y estoy convencido de que ese infantil y evangélico amor a la verdad me enseñó a ser libre. Sólo mentí, muchos años después, a quienes me interrogaban en las mazmorras de Sol, pero lo hice en defensa propia y estaba allí, precisamente, por amor a la verdad, esto es, a la libertad. Tampoco volví a levantar la mano a nadie. La de mi madre, en ambas ocasiones, lo fue de santo. Quedé inmunizado de por vida frente a los virus de la doblez y la violencia. No lo fui, violento, cuando en 1971, padre ya, arreé un sopapo a mi hija Ayanta. Tenía menos de tres años. La pesqué balanceándose sobre la barandilla del balcón de un cuarto piso. Su punto de apoyo era el ombligo. Me acerqué reptando por la tarima como un tigre al acecho, la agarré por los tobillos, tiré de ellos, le aticé la bofetada en cuestión y me caí redondo, desmayado yo, salvada ella, al suelo. Fue también, la mía, como lo había sido la de mi madre, mano de santo. Primera y única vez. Nunca más volvió mi hija a practicar acrobacias de funambulismo a quince metros de altura. Mi madre y yo tuvimos suerte. Hoy nos habrían procesado y condenado, alejándome a mí de ella y a Ayanta de mí, por un delito de malos tratos. ¿A qué extremos de estupidez estamos descendiendo? ¿Adónde nos lleva la repugnante moralina puritana de los monstruos generados por los sueños de la razón utópata del pensamiento progre? ¡Claro que las manos, como dice un anuncio necio, por obvio, de la tele, sirven para acariciar, recoger y proteger, pero también sirven para descargar una bofetada de amor y pedagogía cuando las circunstancias lo aconsejan! Por ejemplo: cuando un niño grandullón y caprichoso lanza una zapatilla contra el noble rostro de su madre (tampoco son modales lo de los zapatazos a Bush). Indulte ipso facto a la acusada, sin que medien subterfugios ni demoras judiciales, quien esté capacitado para hacerlo. La sentencia a la que aludo es ignominiosa. No soy yo quien lo dice. Lo dice toda España, ese país en el que Abundio abunda, juzga y manda. En el gobierno, en la oposición, en la magistratura y en la fiscalía no cabe un tonto más. Sería acto de justicia, y no delito, descargar sendos bofetones pedagógicos y amorosos en los mofletes de quienes por activa han perpetrado y por pasiva han consentido el crimen de lesa falta de sensatez contra el que arremeto. Manos blancas no ofenden. Las de una buena madre o un buen padre lo son.

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