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Mascarillas

Última actualización: 08/06/2009 18:47
Jordi Sierra Marquez
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Jordi Sierra Marquez
PorJordi Sierra Marquez
Jordi Sierra Márquez, Comunicador y periodista 2.0 – Experto en marketing digital. Licenciado en periodismo por la UCM y con un máster en comunicación multimedia.
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Cuando Blasco Ibáñez llegó a Tokio en 1922 (o quizá en el 23. No tengo la cita a mano) se quedó muy sorprendido al ver que casi todo el mundo llevaba mascarilla. Lo cuenta en un libro interesantísimo, divertidísimo y hoy descatalogado: La vuelta al mundo de un novelista.

¿No anda por ahí un editor que lo rescate? Hágalo Baeta en Siete Leguas. Es un tocho, pero podría publicarse por entregas.

Blasco Ibáñez llegó al extremo de pensar, y así lo cuenta, que en Japón se había declarado una terrible epidemia de cáncer de nariz. No había tal, pero lo que sí se había producido tan sólo unas semanas antes, o acaso días, fue el mucho más terrible y temible terremoto de Yokohama, en el que murió un millón de personas y decenas de miles de casas de madera con paramentos de papel de arroz ardieron como si fuesen fósforos.

El centro de Tokio se convirtió en una inmensa hoguera, pero los vecinos de la ciudad no llevaban mascarillas para filtrar el humo que impregnaba el aire, sino para no coger la gripe ni contagiarla al prójimo.

Los japoneses son así: gente educada, muy mirada y siempre obsesionada por la higiene.

Lo eran ya entonces, cuando Blasco Ibáñez los visitó, y lo seguían siendo cuarenta y cinco años después, cuando servidor (de nadie) llegó a ese país y se estableció en él.

A mí también me sorprendió ver a los tokiotas provistos de mascarillas. No habían renunciado a ellas. Las llevaban por la calle, en el metro, en los trenes, en los tranvías, en los autobuses y hasta en las oficinas.

Fue precisamente en Tokio, casi recién aterrizado, cuando leí el libro de Blasco Ibáñez y comprobé que casi nunca hay nada nuevo bajo el sol. Ni siquiera en Japón.

¡Y tanto! Que se lo pregunten a los sufridos habitantes del país que tuvo la doble mala pata de ser colonia de gachupines, primero, y de verse obligado después, cuando los españoles se fueron con el rabo entre piernas, a vivir pared con pared y mejilla contra mejilla de los Estados Unidos por inapelables razones o, más bien, sinrazones de contigÁ¼idad geográfica.

No hay dos sin tres: la gripe del cochino. Méjico devuelve la pelota al país aledaño. Es éste quien ahora lamenta estar donde está. Pero, sea como fuere, y dejándome de digresiones más o menos sarcásticas, lo cierto es que las mascarillas cunden hoy no sólo en Japón, de donde nunca se fueron, sino en todas partes.

Yo mismo, hace cosa de cinco años, decidí ponérmela en el contaminado infierno de Madrid, capital de Vandalia, donde había tenido la desdicha de nacer, no tanto para dejar de absorber toxinas por vía respiratoria, sino también, y sobre todo, para pasar inadvertido. No soporto que la gente me reconozca por la calle y me aborde, me pida autógrafos o se dé codazos entre bisbiseos y miraditas sesgadas.

Eso cuando no llegan al extremo de preguntarme si les permitiría sacar una foto. ¡A mí, que nunca las hago, porque ni siquiera tengo cámara, y que estoy convencido, como los masais, de que las fotos quitan el alma! ¡Maldita tele!

El tiro me salió por la culata. Era peor el remedio que la enfermedad. Todo el mundo se fijaba en la mascarilla y ésta, que sólo tapaba la nariz y la boca, no era lo suficientemente extensa como para ocultar mi identidad. Pensé en ponerme capucha, pero desistí de tan disparatada idea, porque lo mismo me detenían, tomándome por un etarra o un esbirro de Ben Laden, y me sacaban en el telediario. De Málaga a Malagón.

Y ahora, como decía, las mascarillas cunden por doquier y salen, por supuesto, en los informativos de la caja idiota. ¡Si Blasco Ibáñez levantase la cabeza! ¿Cáncer de nariz? No. Homo protésicus, el de este siglo, al que se le cae la cara de vergÁ¼enza y respuesta de los animales a las vejaciones que el mono sapiens les inflige.

Todo el año es carnaval. ¡A la calle con careta! Preparémonos para el entierro de la sardina y el gorigori de Armagedón. Las mascarillas de esta primavera triste son máscaras mortuorias. John Donne tenía razón: el hombre no es una isla. Turistas, emigrantes, inmigrantes, movilidad de hormigas procesionarias, adelantos de las comunicaciones… ¡Toma globalización!

¿Por quién doblan las campanas de la OMS mientras los laboratorios farmacéuticos se forran con la venia de las autoridades sanitarias? ¿Cui prodest?

Dentro de muy poco, todos chatos. La revancha de la naturaleza nos desnarigará.

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