Al pan Pampurriña…
El cerebro humano tiene sus peculiaridades. Las funciones biológicas más básicas nos vienen dadas por pura genética, por pura biología, no es necesario entrenar esos circuitos neuronales. Se trata de los circuitos que controlan el comer, dormir y reproducirse, además de otras labores asociadas y necesarias para desarrollar aquellas funciones. Las tienen todos los animales que nos acompañan en esta nave terráquea que no para de dar vueltas sobre sí misma y alrededor del Sol. Al final acabaremos descubriendo que el Arca de Noé no es otra cosa más que el planeta Tierra, que nos transporta por el espacio con todas nuestras penas y con todos nuestros genes. Después tenemos circuitos neuronales en los que se graban los sentimientos básicos y primarios, que permanecen grabados durante toda la vida, aquellos que surgen con lo que uno tiene al lado cuando es pequeñito, como pueden ser los padres y los hermanos de la camada, y la cultura que envuelve todo ese periodo de infancia, incluida la lengua (o lenguas) materna(s). Después se van añadiendo nuevos circuitos neuronales en los que se van grabando conocimientos más o menos pasajeros. Los tiempos modernos inventaron unas estructuras colectivas llamadas Escuelas donde se ejecuta este trabajo. Le enseñan a uno a escribir, a contar, a socializar con los compañeros y al cabo de los años de estar encerrados en esos lugares pues uno hasta puede llegar a leer el Quijote, saber que hay unos edificios que se llaman Ministerios o incluso llegar a resolver ecuaciones de 2º grado. A eso se le llama Educación Elemental. Todo lo que uno añade por encima de ese contenido básico se le llama Educación Superior. Este sobrepeso en la cabeza no es necesario para vivir, y de hecho la mayor parte de la Humanidad vive sin él. Por ejemplo, algunos gastan horas y horas de su vida intentando hablar una lengua ajena a la suya. Es inútil, los circuitos sobre los que se graban estas lenguas son pasajeros y la información que ahí se guarda se pierde si no se usa. La lengua materna no se pierde porque constituye el molde con el que se genera el resto de la circuitería cerebral… Querer convertir una lengua en estandarte de una lucha sangrienta es por sí mismo ridículo. Acaba con el propio argumento. Si una lengua es una herramienta para la comunicación, matar por ella es destruir la propia comunicación. Pero es que llegado el caso, hasta la lengua es innecesaria para la comunicación, existe un lenguaje universal que es el lenguaje corporal, el de los gestos. Para comunicarse se necesita muy poco, y hasta sin manos y sin brazos es posible hacerlo, basta nada más que una mirada para decirlo todo. Pero llegar a convertir una bandera o unas fronteras imaginarias que no existen en motivo de muerte ajena puede ser no más que una paranoia mental… Así le pasaba al GIP, Grupo de Integristas de la Pampurriña. Llevaban 40 años con unos circuitos mentales equivocados, que no se correspondían con la realidad. Se habían quedado rayados y no encontraban la forma de desenrayar esos circuitos o de sobreescribir otros mensajes en esos circuitos mentales. Todavía no se habían enterado de que en el Territorio de al lado también tenían una bandera propia y que además se sentían muy a gusto con ella. Todavía no se habían enterado de que en el Territorio de al lado no tenían una sola lengua sino varias y que a todas ellas las querían y respetaban por igual. Todavía no se habían enterado de que en el Territorio de al lado tenían una historia colectiva centenaria que no la querían tergiversada ni manipulada. Todavía no se habían enterado de que en el Territorio de al lado su estatus lo decidían ellos solitos sin imposiciones porque así lo llevaban haciendo durante siglos. Todavía no se habían enterado de que en el Territorio de al lado en el pasado ya habían enterrado a unos cuantos Reyes, pequeñitos ellos, seguro, pero al fin y al cabo de sangre real. Todavía no se habían enterado de que en el Territorio de al lado nadie les prohibía poder estar y poder pasear y poder disfrutar de sus fiestas pero con respeto… El GIP no quería creerlo, no quería aceptar la realidad, su rayadura mental les impelía a mover una y otra vez su Pampurriña allí donde nadie les había llamado. Y una y dos y tres y mil veces más, y dale que te pego, venga Pampurriña por delante y por detrás, así hasta las mismas pampurrias, hasta el hartazgo total de Pampurriña. Además los integrantes del GIP se caracterizaban porque se tomaban todo muy a la brava, porque a duras penas sonreían y porque algunos tenían una cara de mala leche que, a veces, hasta los perros salían corriendo al verlos… Llegó un día donde el Territorio de al lado les puso dos condiciones para entrar en él: la primera que dejasen sus Pampurriñas en los trasteros de sus casas y la segunda que compartiesen sonrisas con los habitantes del lugar en vez de sus habituales malos rollos y su casi innata mala onda. El GIP se sintió ofendido, ¿cómo iban a decirle a ellos qué tenían que hacer o dejar de hacer?. En realidad nadie les obligaba a hacerlo pero si querían visitar el Territorio de al lado esas eran las dos sencillas condiciones a cumplir… Dice la Historia del Territorio de al lado que después de aquel simple edicto el GIP sufrió una transformación columbiforme y pasó a desarrollar diferentes programas de risoterapia en todos los herrialdes, cuyas fronteras acabaron por descubrir que sólo existían en sus cabezas. Así, se redefinieron como Grupo Interregional para la Paz, y después comprobaron estupefactos que la vida era posible sin estar continuamante bandeando la Pampurriña, menos todavía allí donde ya tenían bandera propia y nadie lo solicitaba. También dice la Historia que acabaron recuperando la sonrisa, y siendo felices, y que sus hijos se lo agradecieron. Sin darse cuenta habían reaprendido a vivir y los oscuros tiempos como Grupo de Integristas de la Pampurriña quedaron por siempre como un nunca-jamás.
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