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Cultura

Naufragio

Última actualización: 04/08/2009 12:06
Tomás Salas
Tomás Salas
PorTomás Salas
Álora (Málaga)1960. Profesor de Lengua en la Enseñanza Secundaria. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Málaga. Colabora con artículos de opinión en prensa y...
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¡Qué horror! Si no hay Dios no hay nada. Por unos instantes (como si me detuviera de respirar) miro un mundo vacío de Dios, tal como existe para un gran número de seres humanos. El vetusto caserón levanta entonces bruscamente, por encima de la nada, su rostro ciego y lleno de salitre.  Y esos biombos, esos cofres y esos jarros son restos de un naufragio oscuro  que nadie recuerda ya. Son como los fósiles de las épocas anteriores a la humanidad.

          FranÁ§ois Mauriac
Nuevas memorias interiores

 ¿Quién desató la ardiente cólera imperial?
¿Quién trajo al ejército con sus tambores y sus timbales?
Los reyes bárbaros.
Una grácil primavera se convirtió en otoño sediento de sangre,
un torbellino de guerreros se extendió por el reino medio,
trescientos sesenta millares,
y pena, una pena como la lluvia.

              

              Ezra Pound                    
Lamento del guardián de la frontera

 

 

Mientras naufrago tranquilamente, en esta noche,
aquí sentado en mi sillón favorito; mientras espero
la inminente llegada de  los bárbaros,
que odian la retórica y los largos discursos,
qué lujo subrayar un poema de Eliot
con mi bolígrafo de plata,
antiguo regalo de un olvidado deudo.
Let us go, trough certain
Half-deserted streets.
Vámonos. Dejemos la puerta cerrada.
La decadencia
es un lento ocaso indoloro.
Llegará como una pequeña catástrofe
sin apenas estruendo, sin aviso.
La decadencia tiene cara de ángel sátiro y hambriento
con manos burdas que no saben
tocar la lira o ajustar un tropo.
El mundo se hunde, Señora, y no sabemos
si  salvar antes el cofre de las joyas
o aquella primera edición de Dante, tan preciada
por sus antepasados florentinos,
los que coleccionaban incunables y plumas de avestruz.
Todas estas naderías son cosas que heredé de mi abuela
y que guardo al recaudo de las voraces hormigas. 
Lujos superfluos sin realidad ni fondo.
Ya te dije que tomé lecciones de francés este verano,
aunque no termina de gustarme como digo 
a Valéry, tan oscuro que no acabo
de entender su CimitiÁ¨re,quizá
la próxima temporada  concluya la tarea.
¡Es tan escrupuloso el puñetero galo
que no puede escribir sin los gemelos de oro
y la corbata ajustada hasta la nuez!
Señora, déjeme besar su mano como una flor simbólica,
con una ligera inclinación de cabeza,
al uso de la antigua Monarquía Hispánica,
antes que  lleguen los bárbaros y rompan
nuestro último icono para hacer fuego.
¿A quién se le ocurre escribir esta simpleza?
Ce toit tranquile, oÁ¹ marchent des colombes.
Las palomas se escaparán sin que nadie las cace
y soltarán sus excrementos encima de algún busto.
El arte. El arte.  No sirve para nada.
Me gustaría, Madame, besar suavemente sus labios,
si no tiene otros compromisos más urgentes,
antes que la tarde caiga del todo y oscurezca.
Quiero llevarme del naufragio ese sabor a realidad,
a carne viva traspasada de venas. Que lo sepan:
no todo fue espejismo en nuestro mundo.
Sus labios han dejado
escapar tantas palabras dulces
que sería profanación cerrarlos al silencio.
Si fuese invierno, incluso agradaría
este fuego. No hace falta atizarlo. Puede usted,
sin embargo, arrojar algún oscuro  manuscrito,
de esos de tinta vieja y color apolillado, 
o cualquiera de esas estatuillas que adornan la estantería,
y hará una buena obra de limpieza
al tiempo que, desinteresadamente,
contribuye al holocausto como buen ciudadano.
No olvide, después, no llamar a los bomberos,
pues hace tiempo que se extinguieron como especie.
Señora, beso sus pies, que son sus miembros
más humildes y (ruego perdone la osadía) más eróticos.
Me ruboriza pensar en sus pies desnudos,
bajados del tacón de aguja como de un pódium,
caminando delicadamente sobre una alfombra roja
de largo pelo acariciante.
¡Qué blanca armonía de vals inaudible¡ 
Oigo, por fin,  a Mozart: suena
como un tan-tan lejano.
Alguna extraña tribu se habrá apropiado de su flauta.
Misterio. Estoy perdido
en cuestión de primitivos y sus gustos
musicales. Habrá que consultar
el grueso tomo de la Antropología de Lévi-Strauss,
ése que está en la esquina del estante y creía perdido.
Mas me temo que bien poco aclarará.
La música me trae un mal augurio
que ya sospechábamos. Oráculos
no han faltado en los últimos siglos, pero ahora
es firme. El agua llega al cuello
con cariz de  naufragio irreversible.
Podríamos, quizá, terminar la fiesta con un baile,
puesto que no importa ya ensuciar la alfombra roja,
pero me temo que este monótono tan-tan mozartiano
no es lo más adecuado para el minué que la ocasión requiere.
El sonido es cada  vez  más fuerte y se aproxima
como una manada de ciegos elefantes.
Los oigo aquí, debajo de mi mesa.
Esta invasión terrible e importuna
de contrarios sucesos nos espera.

Nos queda poco tiempo.
Sospecho que no podré, Señora, concluir
mi rosario de requiebros ya iniciado.
Quizá otra ocasión más sosegada
nos depare el futuro. 

Un corazón latiendo a borbotones.

El arte. El arte. No sirve para nada. 
 

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PorTomás Salas
Álora (Málaga)1960. Profesor de Lengua en la Enseñanza Secundaria. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Málaga. Colabora con artículos de opinión en prensa y en algunas webs. Publica, además, poemas y trabajos de investigación literaria, histórica y religiosa en algunas revistas.
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