No hay espejo que mejor refleje la imagen del hombre que sus palabras
Juan Luis Vives
Introducción
Bio-hemerografía
Trabajos de Roque Javier
Los poetas de la Generación Republicana
A los Escritores Jóvenes
Carta abierta al Director de La Estrella de Panamá
El Caudillo de Levita
Biografía de un Fantasma
Oda Simple
Intermedio Fúnebre, la muerte del poeta Korsi, la fama literaria
El Drama Panameño y la Nación
El Panameño y la Nación
A nosotros nos tocó destruir
Ricardo J. Alfaro
Las Ideas y el Panameño típico.
En la muerte de un panameño necesario: Octavio Fábrega.
Luis Camóens: Cuatro sonetos
Poesías
A modo de conclusión
Fuentes consultadas.
Introducción
La lectura es el arte de construir una memoria personal a partir de experiencias y recuerdos ajenos…Ricardo Pligia.
Octavio Méndez Pereira, afirmó de Roque Javier: “Tal vez el más enterado aquí de literatura de vanguardia”, afirmación dada luego de su estruendosa conferencia de 1933, “Los Poetas de la Generación Republicana”. Junto a Rogelio Sinán, se le considera como los impulsores- no precursores- del movimiento vanguardista en la literatura y las artes en Panamá.
Parco en su producción, a decir de Rodrigo Miró, hombre que siente el “pudor de la palabra”, polifacético, brillante, autor de cuentos, poesías, ensayos, y artículos periodísticos.
En esta compilación tratamos de ofrecer un pantallazo de lo mejor de su producción consultando los diarios, las revistas, archivos y finalmente el número especial que el INAC, editó en 1985.
Es decir, publicamos lo que hemos llamado, muy personalmente- lo más peligroso- de Roque Javier Laurenza, ni más, ni menos. Antes de entrar a su obra, el lector- racional- que no aspira a caer en la lectofobia, encontrará una Bio hemerografía útil.
A nuestro Roque, basta afirmarlo, se le puede comparar en cuanto a la calidad de su obra con el cubano Félix Benjamin Caignet*- ya que- muchas de sus afirmaciones, pese al pasar del tiempo aún se mantienen vigentes, demostrando con ello que en Panamá, en espacio tropical, gerentocrático, conservador, vaginal, de cudillitos mediocres, doble moralistas y acomplejado por la presencia de más de un siglo de los estadounidenses, aún no logra salir del hueco en que fue colocado. (Salvadas algunas elites y sectas que tratan de comprender la realidad y cometen la osadía de aspirar a transformarla.)
Quiero decir con esto que nada a cambiado, -relativamente- sólo se han modificado algunas cosas, producto del desarrollo del modelo impuesto desde afuera, verbi gracia de los “extranjeros” que vienen y esquilman al panameño, dejando a su paso sólo hambre y más miseria, como en el siglo XIX. (Cualquier coincidencia preguntarles a los españoles y su -no pasa nada)
Y es que la vida humana. La historia en su discurrir imparable como el del tiempo se va alejando de sus orígenes- al decir de Fernando Inciarte-, se va depauperando, degradando, corrompiendo y entonces, hay que volver, recurrir a esos mismos orígenes
Sin embargo el cambio radical, es siempre un paso adelante, acelerado; muy pocas veces pasos hacia atrás, y son necesarios para frenar la descomposición y la vuelta a la barbarie.
Pero, vale la pena afirmar como decía Roque; “no abusen del que creen inofensivo, porque…..” y eso es lo que tarde o temprano pasará. Todos esos que han abusado de este pueblo, de lo mejor de este pueblo pagaran y sus familiares, también como rezan las Biblias históricas “pagarán justos por pecadores” todos esos abusos, por que, el pueblo se cansa saben.
“Panamá es un país de religión católica pero de moral protestante y pragmática, donde la riqueza material es el fin de toda existencia y la sola razón de ser, donde Miami es una especie de Atenas y el “American way of life” un modelo y una meta….el dinero todo lo limpia y santifica: hay una total inversión de valores éticos…la corrupción, el enturbamiento moral no es un fenómeno reciente: es el lento resultado de la penetración cultural” nos dice Roque.
Y esto lo afirmo con la convicción de que no le debo nada a nadie, soy un hombre libre, que puedo decir esto, sin miedos a nadie.
Volviendo a Roque, este hombre, junto a personas como Sinán, De La Rosa, Tuñon, Soler, Hugo Víctor, entre otros, son héroes panameños nuestros no de los dueños del país y muchos de estos mencionados se valieron de la oligarquía miserable del Club Unión, para servir a la patria y que el talento, que tanto les tocó forjarse y mil veces superior a esos ensacados, no se perdiera en la bruma de los tiempos.
Muchos de los trabajos aquí presentados han sido ocultados premeditadamente para que el panameño no avance, no piense, no reflexione sobre sí mismo, se mire en el espejo y corrija su rumbo, no eso no lo quieren los dueños del balón, ellos quieren que la gente siga en la modorra, en el sueño eterno del no despertar, del no darse cuenta y así seguir aplicándole a todos el juega vivo.
Pero hay otros sin embargo que tratan de encasillar a nuestro Roque, y hacerlo fósil de Academia, de cuarto refrigerado y hediondo a bolita de alcanfor, ¿queremos eso para nuestras joyas intelectuales, que se han colocado al servicio de Panamá o la humanidad?
Roque actuó bajo el sigma de una máxima vuelta a la luz por Ignacio Padilla: ” Crecimos en una generación para la cual el mundo entero es la nación y nuestra patria es la literatura, el mundo entero es inmediato. Entonces nos sentimos con absoluta legitimidad para escribir nuestra historia, sea en México, Argentina, China o Italia.”.
Andre Malraux dijo una vez que la cultura es la pariente pobre del capitalismo, eso es cierto pero en las cosmopolitas ciudades europeas -hoy- es una pariente rica, mientras que tratan de imponernos con la doble moral, a las demás naciones, la cultura de la pobreza.
Otro ejemplo más para sustentar mi deseo de poner a pensar a las jóvenes generaciones. Cuando alguien le recordó a José Luis Borges la humorada según la cual el primer hombre que comparó a una mujer con una flor fue un poeta y el segundo un imbécil- añadía él: y el tercero un clásico. Por ello es necesario siempre volver a comenzar, a recordar y a caminar por los viejos senderos.
Y esto lo afirmamos cuando ya ha pasado a la historia el dicho de los antiguos escribas ” Mientras el mercado no determine la forma en que se escribe, todo esta bien” Hoy sucede lo contrario.
*Félix Benjamín Caignet. (San Luis 3.3.1892-La Habana 25.5.1976) Escritor, poeta y compositor. Descendiente de franceses, estudia hasta la primaria, autodidacta en su formación literaria y artística. En 1899 se traslada con su familia a Santiago de Cuba. En 1912 colabora en revistas como Teatro Alegre, Bohemia, El Fígaro y el diario de Cuba. Para 1925, escribe la historia infantil, las aventuras de Chelín y Bobita en el país azul. Su primera obra musical Gilma, data de 1926, y su primera canción infantil, El ratoncito Miguel data de 1932. Crea las series radiofónicas Chan Li Po (1934) y La Serpiente roja (1935) pero su novela El derecho e nacer, fue la que lo inmortalizó. Introductor el género seriado, detectivesco con el suspense, el narrador. Dejó 300 obras inéditas como compositor, con temas famosos como: Te odio, dos besos, Cambalí, Quiero besarte, Mentira, Frutos del Caney, ojos de mar, te adoro, ojos que besan, Comprensión, Negro Mandinga, tú verá tú ba be. En comedias musicales Sor Cascabel, la canción de la estrella, Boca de gloria, marquesa Reseda, Lección de son: mulata sabrosa, entre otras que popularizaron el trío Matamoros. Su composiciones tienen metáforas simples, valores humanos y sincopas característicos. (Ana V. Casanova Oliva)
Bio-hemerografìa de Roque Javier Laurenza (1910-1984)
Para el hombre moderno el caos esta afuera, para el hombre primitivo adentro y el mundo externo lo ve armónico, y se disciplina para no contaminarlo.
Guy Davenport.
Poeta, escritor y diplomático panameño, de formación autodidacta y de extracción popular. Nació en Chitré, provincia de Herrera el 3 de diciembre de 1910, sus padres fueron Giuseppe Laurenza, de origen italiano y uno de los mejores fotógrafos junto a Carlos Endara a principios de siglo. Su madre Emma Bósquez de Laurenza, de culta y elevada formación intelectual, escribía versos, y procedía de la rama del General Aizpuru, a través de su abuela Adelita Aizpuru. Vivían cerca de las Bóvedas en al frente del Club Unión..
Era el menor de cuatro hermanos, Margot, Edita y Rubén Blades (padre del actual canta autor) Sus padres se separaron y su madre lo educó en todo, nunca asistió a la escuela.
Cuenta César Young Nuñez, que su tío Tomás Badiola, trató de criarlo desde chico, pero era rebelde y casi se dedica al boxeo desde joven, asistió al Kindergarten, y al no poder su tío con el muchacho ya que al matricularlo en una escuela se da cuenta que no va y se dedica a parrandear con sus amigos.
De regreso con su madre esta lo disciplina y estudia en casa y en la Biblioteca. Finalmente hacia 1925- a 1927, escribe crónicas deportivas en la Estrella de Panamá, visita el cabaret Metropole, y el lugar de juegos de la juventud el edificio Panazone. Su pandilla esta compuesta de Carlos E. Adames, Marcos Gandásegui (padre), Pablo Abad, Guillermo y Camilo Valdés, Gustavo y Camilo García de Paredes, Julio Briceño, Roberto y Rodrigo Miró, quienes de vez en vez visitan las librerías Preciado y Bennedetti, a comprar libros y discutir.
Es un enamorador, serenetero, y tertulia con frecuencia con Luis Caicedo “la Sierpe” en la Plaza de Catedral, un “maestro popular” de aguda inteligencia.
Conoce a Rogelio Sinán en 1930- a través de correspondencia común de los anigos- y junto a él inicia, – en 1931 - el movimiento renovador de la literatura panameña.
Reciben el apoyo de Demetrio Fábrega y Enrique Ruiz Vernacci. Publican algunas cositas en diarios y revistas con seudónimo. Viene el estallido luego de la charla que sobre el vanguardismo dicta Sinán en el Instituto Nacional (“Análisis estético de algunas poesías de vanguardia“, que luego paso a llamarse Los Poetas de la Generación Republicana). Luarenza hace un examen crítico de la poesía a lo largo de la República , y estallan los detractores injustamente, reflejo de ser, la primera crítica integral- salvas exageraciones y omisiones importantes- de nuestra literatura; sin genuflexiones. Publica y colabora con el periódico Mundo Gráfico, fundado en 1933. Forma un nuevo grupo con Rodrigo Miró, Luis Caicedo, y Leonel Urriola.
Integra el Comité de solidaridad y defensa de la España Republicana en Panamá, en 1936. Y forma parte de los que recibe lecciones del poeta/escritor León Felipe Camino, a su paso por el país, dictando conferencias en la Universidad de Panamá.
Rodrigo Miró: ” Entre los panameños con los que León Felipe hizo amistad, Roque Javier Laurenza y yo fuimos quizás los que más le frecuentamos. Solíamos acompañarlo diariamente hasta el Instituto Nacional, y hacíamos el trayecto a pie. León vivía en uno de los cuartos del segundo piso del Hotel Central, hacia el centro del patio interior y con frente a la Avenida Central. El poeta que usaba sombrero de fieltro gris y disfrutaba de permanente buen humor, se descubría reverente cuando pasábamos ante al cocodrilo plateado que colgaba frente a la entrada de la “Mueblería el Diablo” comercio anexo al antiguo teatro Cecilia, propiedad de Arturo Müller: el célebre “cocodrilo argentófago” que recordaría en su discurso de despedida.”
Hacia 1940 es traductor de cables internacionales para la Estrella de Panamá, del inglés al Español.
En 1941, Rodrigo Miró, lo incluye en su Índice de la Poesía Panameña Contemporánea, editada en Chile por la Editorial Ercilla. Roque utiliza mucho la palabra Ditirambo, que es un canto de petición al Dios Dionisio, el dios de las fiestas y los excesos, es también un subgénero en la lírica griega, a lo largo de su trabajo como escritor, se encontrará mucho esta concepción con que pensamos hace clara referencia al ser panameño.
Ese mismo año, encontramos que siente ciertas simpatías por la doctrina panameñista y es uno de los pocos intelectuales que vota en el plebiscito que ratifica la nueva Constitución.
Ingresa al Cuerpo diplomático del Estado, en medio de la Segunda Guerra Mundial y finalmente en 1942, se le envía como embajador primero a Brasil, Nueva York, Italia, Managua, México y Francia. Gracias al Canciller, el abogado Octavio Fábrega*.
Veamos la carta:
Panamá, Marzo 24 de 1942.
Señor Dr.
Octavio Fábrega,
Ministro de Relaciones Exteriores,
Presente.
Estimado señor Ministro:
Me es grato llevar a su conocimiento que en la sesión que celebró el Consejo de Gabinete el 20 de los corrientes se autorizó reconocerle al señor Roque Javier Laurenza, quien fue nombrado Adjunto a la Legación de Panamá en Colombia, y a quien se lo ha ordenado prestar servicios en la Legación de Panamá en Brasil, la suma de ciento cincuenta balboas (B/ 150.oo) para cubrir parte de sus gastos de viaje hasta Río de Janeiro.
Soy del señor Ministro muy atentamente,
Agustín Ferrari
Secretario General
AF:cchc
(Tomado de Archivos de la administración del Estado, Presidencia de Ricardo A. de la Guardia. 1941-1945. Archivos Nacionales de Panamá.)
Para 1948 gana un concurso de cuentos de Navidad de la Estrella de Panamá, llamado premio Demetrio H. Brid; con el cuento titulado ” Vida y Pasión del Teólogo Johann Georg Ritten”.
Otras misivas, interesantes y curiosas, encontramos en los Archivos de Dr. Ricardo J. Alfaro y es del tenor siguiente:
Roma, Diciembre 2 de 1952.
Señor Doctor
Ricardo J. Alfaro,
PANAMA, R. DE P.
Mi querido Dr. Alfaro:
Por la primera vez en todos estos largos años, me encuentro en dificultades, y me veo necesitado del socorro urgente de mis pocos amigos. Esas dificultades se explican del modo siguiente: El viaje costoso me obligó a tocar los dineros de Noviembre, y he tenido que vadear ese mes con la ayuda de los de Diciembre. Así las cosas, se presente otro problema: aquí exigen un mes de depósito y otro adelantado para ceder un departamento. Estoy, pues, obligado a permanecer en un hotel y usted sabe lo que ello significa.
Como siempre he manejado con acierto mis sueldos, estimo importante no tocar ni empeñar el dinero de Enero, porque hacerlo equivaldría a posponer el problema y no a solucionarlo. Además, en la primavera necesitaré de un perfecto equilibrio económico para atender a los gastos de la maternidad de Marie-Louise.
En tales apremiantes circunstancias, me he visto obligado- por la primera vez en mi vida diplomática- a la dolorosa situación de acudir a ciertos amigos- usted, Carlos, Tato y Ernesto-. De esta manera, salvaré mi equilibrio y podré iniciar, en Enero con la llegada de mi primer cheque, la vida normal.
Le ruego, pues, ver hasta qué punto puede usted ayudarme. Ya le pagaré cuando pasen estos próximos meses. Usted sabe que siempre fui ducho en multiplicar panes y peces, pero esta vez- y momentáneamente- mis artes no son suficientes para vencer los obstáculos. Dada la urgencia del caso, le suplico una respuesta a vuelta de correo.
Ya en mi próxima carta tendrá usted comentarios y noticias. Ahora la paz me falta, como usted bien lo comprende.
Marie- Louise lo saluda con afecto y respeto, así como a Doña Amelia. Yo le ruego recordarme con Rogelio.
Crea usted en mi agradecimiento, como siempre, y piense en mi devoto cariño,
Roque
Mi dirección: Roque Javier Laurenza, Legación de Panamá, Via Giovanni Severano 3. Roma.
Diciembre 15, 1952.
Señor Don
Roque Javier Laurenza
Legación de Panamá,
Vía Giovanni Severano 3,
Roma, Italia.
Mi querido Roque:
Hace ya varios días me legó tu carta del 2, pero por una parte quehaceres que ahora son más apremiantes a causa del viaje de dos semanas que debo hacer a Estados Unidos pasado mañana en la noche, y por la otra la necesidad de esperar ciertos datos relativos a mi cuenta bancaria en Washington, me habían obligado a demorar mi respuesta hasta hoy.
Sea lo primero celebrar tu feliz llegada al “bel paese la dove il si suona” y desearte que encuentres en él muchas venturas y éxitos. Lamento solamente que hubieras llegado en las condiciones difíciles que me expones. Esas condiciones, según me dijo Carlos, te las agravaron algunos amigos entregándote encomiendas que llevaron a cifra alarmante tu exceso de equipaje por avión.
Puedo hacerte de momento la adjunta remesa, que ojalá alivie en algo tus apuros.
En espera de tus próximas letras y con saludo muy cordial para Marie-Louise, recibe un gran abrazo de tu afectísimo y viejo amigo,
R.J. Alfaro.
RJA/jh
Roma, Abril 8 de 1953.
Señor Doctor
Ricardo J. Alfaro,
Panamá, R. de P.
Mi querido Doctor Alfaro:
Después de largos meses de silencio, en los que más fueron las penas que las dichas, puedo, al fin, enunciarle que mi averiada barca comienza a salir a flote gracias a una serie de circunstancias propicias. La cosa fue durísima.
Ya estoy instalado en un departamento cómodo, en buen lugar, junto al Tíber.
Es ahora cuando iniciaré mi vida romana, y a leer y a escribir con calma. Marie-Louise tendrá el niño entre el 25 de Mayo y el 5 de Junio. Está muy bien. Su fuerte raza alpina soporta sin penas la maternidad.
Dígale a Carlos que le escribo en esta misma semana. No lo hice antes para no caer en las lamentaciones inevitables.
Me dicen que está usted encargado de negociaciones importantes. ¿No viene usted a Europa este año?
En cuanto a mi vida de funcionario, toda va bien. Mantengo relaciones cordiales con el Ministro Ríos D. Trabajamos en la mañana. Y así nos queda la tarde libre. He aprendido a recorrer con pasos expertos el laberinto de las calles romanas, Stendhal en mano.
Escríbame y mándeme a pedir cualquier cosa romana que usted necesite.
Marie-Louise me encarga con todo afecto que salude en su nombre a Monsieur le President, y a doña Amelia.
Por mi parte, le ruego decirle a Jorge Luis que le recuerdo siempre y que si no le he escrito fue por mis penalidades, que no me daban paz ni ánimo para cartas. Y añada usted que ahora la cosa es diferente y que muy pronto tendrá directamente noticias mías.
Le agradezco su ayuda eficaz de Diciembre. No necesito extenderme en mis palabras. Usted sabe cómo soy sensible a la amistad y al cariño con que usted me distingue.
Alcibíades pasó por aquí. Cumplí con mi deber. Le dejé en el Hotel una tarjeta que decía: “El Secretario de la Legación de Panamá presenta sus respetos al Expresidente de la República, etc, etc., y se pone a sus órdenes en la Cancillería de la Legación para cualquier diligencia oficial, etc, etc.
En fin, Doctor Alfaro, ya puedo respirar, y aprovecho mis primeros momentos de paz para renovarle mi afecto y mi devota amistad,
Roque Javier
Mi dirección personal es como sigue:
Viale Julio Cesare, 11, Roma.
El periplo diplomático de nuestro Roque Javier Laurenza, es más o menos así: Brasil 1942-48, Francia(1): 1949-52; Italia: 1952-1958, Egipto 1959, Unesco 1958, Italia 1975, España 1982…en fin 10 años de Brasil, 30 en la Unesco (2) como secretario de prensa para América Latina etc. En Francia contrae matrimonio con la dama francesa, Marie-Louise de Laurenza con la que procrea dos hijos Pier y Valerie, donde residió, hasta que fue nombrado embajador en Madrid, España donde muere a inicios de diciembre de 1984, cuando tenía 74 años. Se le considero el maestro del estilo, un estilista de la palabra, un verdadero francotirador.
Su madre, Doña Emma, gran amiga de doña Amelia, esposa del Doctor Ricardo J. Alfaro, desde la época en que ambas jóvenes estudiaban en la Escuela de Bellas Artes del maestro Lewis, murió el 17 de junio de 1970.
De él dijo Rodrigo Miró: “Hombre de insaciable avidez intelectual, de seguro gusto, lo cual implica capacidad autocrítica, ha escrito relativamente poco, siempre a un nivel de auténtica excelencia. Apreciador de las cosas gratas que la vida brinda, satisfizo parcialmente sus aficiones de viajero durante los años dedicados al servicio exterior de la República, cuando tuvo la oportunidad de conocer gentes y países diversos.” Miró lo cataloga más como ensayista por excelencia.
Sus enseñanzas, más allá de la muerte
Según explicó Figueroa, el hallazgo de Leis es sintomático del sistema de valores imperantes en Panamá, donde parece residir la amnesia histórica, el desdén y el desconocimiento del pasado. Según dijo, este es un problema crónico que no pertenece a esta época, sino que es un conflicto de años anteriores.
“Recuerdo que el intelectual panameño Roque Javier Laurenza decía en el década del 70, que la sapiencia histórica del panameño promedio solo llegaba hasta el año de 1968. Lo anterior no quedaba registrado o causaba problema recordarlo” agregó Figueroa
(El Trayecto de una idiosincrasia, artículo de Karla Jiménez, La Prensa del 29 de octubre del 2001. Comentando a Alfredo Figueroa Navarro)
Según Guillermo Sánchez Borbón en un artículo que titula La República de los Sobrinos: “Roque Javier Laurenza, excelente escritor y un verdadero genio de la invectiva, sostenía que Panamá era la república de los sobrinos. “Cada vez que aspiro a un cargo en el servicio diplomático, se me dice: ese no, ese es para el sobrino de fulanito de tal, o para el sobrino de sutanejo”. (Guillermo Sánchez Borbón. La República de los Sobrinos, La Prensa, 2 de septiembre, 2001) Justo Arroyo, publicados en la Prensa.
Notas
* Octavio Fabrega (1906-1973) Diplomático. Con su Tesis “La posición jurídica de la Zona del Canal de Panamà.”, para ser licenciado en Derecho es considerada un clásico. En 1938 inicia como Catedrático de derecho de la Universidad de Panamá y director del diario El Panamá América, hasta 1941 cuando Ricardo A. de las Guardia le designa Ministro de Relaciones Exteriores. El firma el Convenio Fábrega -Wilson del 18 de mayo de 1942, que permite la instalación de más de 100 bases militares estadounidenses para la defensa del país en la Segunda Guerra Mundial. Regresa a la Universidad, ejerciendo de 1950-59 como catedrático de derecho internacional En 1957 participa en el Forum organizado por esta sobre La Neutralidad del Canal, con la exposición “Los Canales internacionales”. El 25 de sept 1965 firma la declaración Robles- Johnson. Su última obra fue: Evolución del concepto del Mar Territorial.
(1) A fines de ese año de 1949, fue condecorado por el gobierno nacional con al Orden Vasco Nuñez de Balboa.
(2) Organismo de la ONU, que significa Organización de las Naciones Unidas para la Educación, Ciencia y Cultura, (Unesco) creada en 1945, con sede en París, Francia. Roque se encargó también del boletín “Perspectivas” de ese organismo. Allí conoce al mejicano Jaime Torres Bodet, quien labora como director de la entidad del 26 de noviembre de1948 al 26 de noviembre de 1952, año en que renuncia por diferencias con el organismo, el que apenas contaba con 9 millones.
Obras
“El pueblo- desborde- viene
El pueblo- alborozo- canta.”
Demetrio Herrera Sevillano, fragmento del poema “Arribo” del poemario Ventana.
1929
A Una gentil Princesa (poesía) revista El Mundo, número 79, enero.
Consejo Inútil (poesía) revista La Raza, febrero.
Diana (poesía) diario cultural, El Banquete, diciembre.
1931
La Sombra (poesía) revista La Antena, número 1, Abril 1.
Presencia y Rechazo _________, número 2, Abril 25.
Adán __________, número 6, mayo 23.
1932
Mantiene una columna periodística en el Diario de Panamá, llamada El Arquero y su Blanco.
Dialogo frente a las Estatuas,(ensayo breve) El Panamá América, 21 de noviembre.
1933
Nocturno (poesía) revista Estudios, septiembre.
Los Poetas de la Generación Republicana. Conferencia dictada en el Instituto Nacional, el 17 de enero.
Polémica con Diógenes De La Rosa, La Estrella de Panamá….
La Espera, revista La Antena, número 7, mayo.
1934
Naufragio (poesía) revista Estudios.
La Espera, Mundo Gráfico, 15 setiembre.
En torno a las palabras del Secretario de Instrucción Pública. 26 de Abril. Estrella de Panamá.
El Liberalismo y la Revolución…..s/f.
1936
Elegía a John Flanders, poesía, en revista Frontera.
El Oposicionista, revista Frontera.
Nota sobre León Felipe, (Nota bibliográfica) El Panamá América.
1937
Sobre los escritores jóvenes, La Estrella de Panamá,17 enero, p 2-3.
1938
Carta contra el fascismo y a favor de España Republicana, 21 marzo.
1940
El Hombre que no usaba reloj. Diario La Estrella de Panamá, agosto 18.
La Mujer del 217. Diario El Panamá América, septiembre 29.
Una Lágrima.(cuento)
1941
Una Lágrima, diario El Panamá América, agosto 23.
1942
Noticia de cumpleaños, Mundo Gráfico, 5 de diciembre, p8.
1943
Caricatura de RJL. En Mundo Gráfico, por Alvarus, de Brasil, donde se encuentra destacado. 17 de julio.
1944
La Poesía panameña hoy (ensayo breve) revista Alfra, diciembre.
1945
Al Tiempo (poesía) ver Ródrigo Miró.
Sueño y mentira de Yanco Brayovitch, En defensa de Samuel Lewis. -ensayo breve. Semanario Mundo Gráfico, 22 set.
La Poesía panameña de hoy, revista Alfa, número 3.
El caudillo de levita- ensayo breve, revista Lotería, marzo 31.
El Español de Panamá y el Diccionario de Alfaro (nota bibliográfica) La Estrella de Panamá, octubre 10.
1946
El Espejo de la Sabiduría. Diario La Estrella de Panamá, julio 7.
1947
Oda sublime (poesía) El Panamá América, Dominical. 2 de noviembre.
Oda Simple (poesía) en la columna Fluotoscopio de Raimundo González, del diario La Nación del 22 noviembre.
La Espera (cuento) revista Acercamiento, octubre, número 145, director Olmedo Del Busto.
Biografía de un fantasma. Revista Epocas, septiembre 10.
Los Primeros poemas de H. Icaza Sánchez.Dominical de El Panamá América, 6 de julio y luego sirve de -prólogo- a libro del poeta, también fu publicado en Río de Janeiro, Brasil.
1948
Elegía (poesía) Revista Sur, de Argentina, número 160, febrero.
Muerte y transfiguración de Emiliano García, diario El Panamá América, agosto.
Vida y Pasión del Teólogo Johan Georg Ritten. Diario La Estrella de Panamá, diciembre 25.
El Creador de fantasmas. Diario La Estrella de Panamá.
1952
Carta – poesía- (A.J.L.B) revista Tierra Firme, número 3, marzo.
Los Trabajos y los días, columna periodística en el diario El País. (octubre)
1953
Cien años de poesía en Panamá, de Rodrigo Miró, quien lo incluye en la misma.
1954
Declaraciones (poesías), revista Centroamericana, número tres. Jul-sept, 1954.
1955
El Milagro de la Virgen de Jacatejé. México.
1956
Belisario Porras, El caudillo de Levita. Revista Lotería, número 12 de Noviembre.
1957
Intermedio Fúnebre. La muerte del poeta Demetrio Korsi, la fama literaria. Mundo Gráfico, 2 noviembre.
Un drama ontológico: El Panameño y la Nación. Revista Lotería, número 25, diciembre. Conferencia dictada el 26 de julio en la Universidad de Panamá, en Jornadas del Pensamiento Latinoamericano y Panameño, a las ocho de la noche en el Auditorio de la Facultad de Derecho.(reproducido en el diario El País, agosto 10) anunciado en el diario La Hora, 26 de julio, página 2.
Corrientes actuales de la literatura francesa, conferencia dictada el 20 de diciembre.
Aires del Mundo, columna periodística en el diario El Día, hasta 1958. (noviembre)
1958
El Drama del panameño y la nación. Periódico Letras de Panamá, número dos, enero.
1959
Tradujo El Canal de Panamá (El istmo Americano- Exploraciones de los trazados, negociaciones y estado de los trabajos, del libro del francés Lucien Napoleón Bonaparte Wyse; Le Canal de Panamá. Publicado en París en 1886. Publicación número 4 de la revista Lotería, Imprenta La Academia, 1959.
1961
Notas al margen de unos poemas de Eduardo Ritter Aislán, prólogo al tañedor de laud, de E.R.Aislán.
1962
Oda Simple. Revista Lotería, Noviembre, número 84. p 19.
1963
Eduardo Ritter Aislán. Columna Vértice, del diario El Día, Mi encuentro con Roque Javier en París, del 11 de octubre.
1964
Ortega desde América, (ensayo breve)Revista de Occidente, España.
Carta a Pedro Laín Entralgo. Ensayo breve, Cuadernos para el Diálogo.
1965
Artículo de revista Sobre Ortega y Gasset -Laurenza, Roque Javier. “Ortega desde América”. Revista de Occidente 24 (1965): 350-363.
1966
Rubén Darío (1867-1916) revista Lotería, número 124, marzo.
Las Musas al Servicio de la Patria, Reseña a cien años de poesía de Rodrigo Miró. Revista Lotería número 131 de octubre.
1971
Agradece al pintor Agostinelli el envió de un retrato suyo. Revista Lotería, número 185, Abril.
1973
Campo de juegos (recopilación de sonetos, realizada por sus amigos chilenos)
laquette, Rinconada de Maipú, Chile.
Comentarios de Rogelio Sinán, revista Lotería, número 212, septiembre.
En la muerte de un panameño necesario: Octavio Fábrega. Boletín de la Academia de la Lengua de Panamá, número 1, junio.
Las declaraciones de Anteo: ver Agustín del Saz.
Comentarios a Campo de Juegos, por Rogelio Sinán. Revista Lotería, número 212, sept.
Panamá y el problema de los particularismos culturales. Ensayo breve. La Estrella de Panamá, diciembre 16.
1975
Poema “Carta” en La Estrella de Panamá, del 25 de mayo.
1977
Prólogo a la Antología de Rodrigo Miró. Cien años de poesía en Panamá.
Revista de Cultura Brasileña: Cuatro Sonetos de Luís Camöes, Se puede hablar de la gloria y del infortunio de Luís Vaz de Camões; de gloria por el fervoroso culto que a su memoria y obra rinden constantemente los portugueses y brasileños, y de infortunio por el tenaz olvido en que las mantenemos nosotros, los de habla española, a pesar de que se trata, además, de un gran poeta de nuestra lengua
Poesía “Oda Simple” en diario La República, del 2 de noviembre.
André Malraux, un contemporáneo capital. Revista Lotería número 257, julio.
1979
Columna periodística en el diario La República: Aires del Mundo. (hasta 1983)
Vida, pasión y muerte de Juan Pastor Suárez de Lineja (1978)
Las ideas y el panameño típico.
Introducción al estudio de la “Salsa” y su variante panameña, A propósito de Rubén Blades.
1980
Columna Aire del mundo, se traslada al diario El Matutino, de la misma empresa.
Cuatro Sonetos de Luís Vaz de Camöes, diario La República, del 9 de noviembre.
Diferencias sobre un tema de Omar Jaén Suárez.
Las palabras inútiles y las semillas al viento.
Decadencia y caída del gentleman inglés.
1981
Poesía Oda Simple a la Patria, en diario La República, del 9 de noviembre.
1984
Suplemento del diario La República, del 23 de diciembre, en Homenaje a RJL
Tenorio Ruiz, Un debate con RJL. En La Estrella de Panamá, del 8 dic.
Resolución de la Academia Panameña de la Lengua, por su fallecimiento.
1985
José Manuel Faundes, Recuerdo de RJL, en La Estrella de Panamá del 16 feb.
Homenaje a Roque Javier Laurenza. Revista nacional de Cultura. INAC. Segunda época. Diciembre (compilación antológica)
César Young Núñez. Roque Javier Laurenza y la Rosada Celda del Caracol. Con una reproducción de algunos de los trabajos de RJL. Revista Lotería, números 348-349 marzo-abril.
Transfiguración de Emiliano García. Revista Lotería, número 348-349, marzo-abril.
1986
Entrevista de Dimas Lidio Pitty. Letra Viva. Ediciones formato 16, vicerectoria de extensión. Universidad de Panamá.
1991
El Panameño y la nación. Reproducción en Temas de nuestra América, número 112, de junio.
1998
El Panameño y la nación. Reproducción en la revista Tareas, número 100, sept-dic.
1999
Reproducción seriada de “Los poetas de la Generación Republicana” suplemento cultural Talingo, del diario La Prensa, números 331, 332,333, octubre.
Las ideas y el panameño típico. Suplemento Mosaico, diario la Prensa. Panamá.
2004
El Panameño y la nación. Reproducción en la revista Lotería.
LOS POETAS DE LA GENERACION REPUBLICANA
Roque Javier Laurenza
Knocking at empty rooms……
Ezra Pound.
Quisiera que mi voz no tuviera hoy acento personal que llegara a ustedes como una voz anónima. Y este deseo se fundamenta en que cuanto voy a decir aquí es lo mismo que puede expresar cualquier menor de treinta años que traiga ante sus ojos analíticos el panorama de la poesía panameña de los últimos tiempos. Hablar sobre un tema así, desde una tribuna como la que ocupo, es tarea delicada e ingrata, porque para ser digno del honor que se dispensa es preciso tratar de ser lo más exacto posible en la valoración de nuestros escritores en verso, sin permitir que lo abandonado a su propia suerte por la inteligencia sea salvado por la cortesía. En momentos como los actuales, es necesaria la más dura sinceridad en lo que se manifieste. Durante los treinta años que llevamos de jugar a la República nos hemos venido alimentando de halagadoras mentiras hasta construir con ellas una institución nacional.
Hemos tenido como palabra de origen el engaño y oculto siempre a nuestros ojos, con raro arte, todo aquello que en su plena verdad es desagradable. Es por esto por lo que ahora, cuando se comienza a decir la verdad, repercuten con tanta acritud en los oídos panameños las palabras de los jóvenes.
Si repasamos las antologías que andan por ahí, encontraremos, enseguida, que no ha sido una estricta pulcritud literaria la que ha decidido la escogencia de los trozos seleccionados sino la simpatía personal o política, unas veces, y el deseo de lucro, las más.
Hace ya un tiempo, un fino escritor francés al ver un grueso libro que yo tenía en las manos, abierto por el índice interminable me preguntó si era la guía de teléfonos lo que le mostraba. Tuve que responderle que no, sin rechazar la irónica pregunta; que era una obra antológica, editada por nuestra “Biblioteca de Autores Nacionales”.
Y sin permitir que se subleve el patriotismo, hay que pensar lo justo de esa pregunta, ya que es difícil imaginarse un pequeño país como el nuestro con tantos poetas de suficiente rango como para figurar antológicamente. Pero quizás, en el fondo, la razón de esta magnanimidad en el otorgamiento de la gloria responda a una profunda necesidad sociológica.
Los pueblos en gestación se apresuran siempre a crear sus valores. No se exige mucho para tener relieve en una nación recién nacida y se perdonan demasiadas faltas en la urgencia de las primeras edificaciones. No hay más que asomarse al panorama de la historia para ver ese aire transitorio que tienen las cosas de las sociedades en principio.
Así, pues, una República creada bajo la atención de medio mundo es indispensable, según el criterio propio, que tenga sus galas para lucirse. Necesita tener todo lo que poseen las demás naciones ejemplares, sin que pueda conformarse con una o dos glorias. Es preciso que tenga muchas, aunque vistas de cerca pierdan el brillo y la gloriosidad. Esto puede perdonarse que acontezca un momento. Lo malo es que en Panamá se ha prolongado demasiado esta falsa situación.
CRONOLOGIA Y ANÉCDOTA
Al leer los periódicos anteriores y posteriores al 1903, se puede observar cómo los poetas no vienen a gozar de aprecio e influencia sino después de la separación de Colombia y, sobre todo, en los primeros años de entusiasmo republicano. Se comienza a nombrar en la prensa al “señor general y talentoso estadista” y al “gran poeta, gloria de América, ruiseñor del Istmo”, etc.
Ya las glorias de Bogotá no nutren la vanidad colectiva y es preciso y urgente tener las propias. No hay una publicación de la época que deje de publicar, por lo menos una vez a la semana, largas páginas de versos con dadivosos juicios ditirámbicos en honor de cada uno de los poetas firmantes.
Al mismo tiempo, aparecen genios en las finanzas, pedagogos admirables, valientes militares y toda una serie de grandezas que justifican, sobre las razones económicas, la emancipación del Istmo. Los poetas comienzan a producir, estimulados por la risueña acogida del público que sabe practicar sus deberes ciudadanos. Se publican varios libros de versos. Los que tienen a su cargo la prensa y la crítica, otorgan espaldarazos a montones.
El laurel toca la frente de estos elegidos de los dioses, como se llaman unos a otros, y la República de Panamá cuenta para su mayor gloria y gala con una corte de poetas que mostrar al mundo. Pero, en verdad, se trata de unos cuantos poetas dignos de un modesto aprecio local y no de una posición de altura en el continente como quiere la torpe vanidad panameña.
Es la hora del “Heraldo del Istmo” y ” Nuevos Ritos”, publicaciones en las que se había mucho de la Patria. Demasiados versos y poca prosa de ideas. Comienzan a cantar Ricardo Miró, Aizpuru Aizpuru, Héctor Conte, Demetrio Fábrega, Julio Arjona, Enrique Geenzier, Hortensio de Icaza, José Oller, Zoraida Díaz, José María Guardia, Napoleón Arce y otros más cuyo olvido no menoscaba esta exposición.
Los poetas producen y el público aplaude. Pasa el tiempo. Llega la inauguración del canal y, poco después, el primer empréstito de Wall Street. Se aumenta el tren de empleados administrativos. La mayoría de los poetas gloriosos cuenta con el apoyo oficial. El Presidente también es poeta y sabe, como ninguno, aprovechar el valor de unos renglones con música.
Las revistas literarias, con tal de que publiquen de vez en vez una oda presidencial, gozan de largas subvenciones del Estado. Se derrocha oro y con igual largueza el adjetivo.
Un señor Palma pública sonetos al canal. Geenzier, un poema largo en alejandrinos no muy ricos. El poema es ditirámbico e ingenuo, fiel reflejo de la infantil mentalidad panameña frente al hecho importante del canal. Pasa el tiempo. Aparecen Gaspar Octavio Hernández, José Guillermo Batalla, Demetrio Korsi, quien firma en un principio Coorsi, Santiago Benuzzi, José María Pinilla, Elías Alaín, Ida Belli, Alberto de Alba y Santiago Mackay.
Sale a la luz “Esto y Aquello”, revista quincenal muy bien editada dirigida por Geenzier y Benuzzi, y de la cual más tarde ha de ser director Gaspar Octavio Hernández. Alrededor de esta publicación se agrupan casi todos los poetas. “Esto y Aquello” es una revista sin derrotero cierto y definido. Sólo gesto, mero grito de un falso esteticismo de segunda mano, el espíritu satisfecho de sus directores- niños mimados de la República- se refleja en cada página. En un editorial, curioso por lo característico, se puede leer lo siguiente:
“aquí no sólo tendrán acogida los poetas que gozan de la fama….Como en un mosaico, al lado de la prosa rococó del señor Benuzzi, aparece el retrato de la señorita Fulana de Tal, “bella flor del jardín istmeño”, etc. Cada número de esta revista es recibido con júbilo.
Los poetas cumplen rigurosamente su papel de halagados y halagadores. Un escritor declara en un prólogo que “soplan, justo es decirlo antes de terminar- el prólogo-, vientos propicios para las letras. Comienza ya a haber estímulos nobles, se descubren nuevos horizontes” y otras frases optimistas. Desde las oficinas de estadística hasta los despachos ministeriales, los jefes saben escribir un soneto. Miró y Hernández son los dioses mayores, alrededor de los cuales cantan los otros diocesillos.
Las mujeres fundan agrupaciones sin ninguna seria inquietud. El asesinato de Saravejo repercute en el mundo. La prensa panameña publica entonces poemas infantiles. Unos, a Francia; otros, a la patria del Kaiser. Pero la vida sigue los mismo. 1916: los poetas producen y el público aplaude. Aparece la primera antología poética, obra del Dr. Octavio Méndez Pereira. 1917: los poetas producen y el público aplaude. Entran los Estados Unidos a la guerra y, consecuentemente, Panamá. Un poeta- Miró- firma la declaración contra Alemania que motiva la célebre sonrisa de Guillermo II.
1918: los poetas producen y el público aplaude. En Noviembre, muere Gaspar Octavio Hernández. Y Miró queda como único Dios. La noticia de la paz es saludada con unos cuantos poemas sin importancia. 1919: los poetas producen y el público aplaude.
Se funda 2Ariel”, centro para tomar el té. Rodó y Darío. Miró y Méndez Pereira. Yo recuerdo vagamente haber asistido a una de las reuniones de esta sociedad, en las que mi madre, por ese entonces profesora, recitaba en compañía de otras señoras, mientras se repartían helados y bizcochos, que eran las únicas cosas que me interesaban.
A todo esto, los poetas han seguido gozando del favor oficial con los flujos y reflujos de nuestra política, pero, en términos generales, siempre a la sombra grata del presupuesto.
En los años siguientes la laguna de nuestra lírica permanece quieta hasta que llega el tormentoso autor de “Alma- América”, Chocano, a quien le rinden arrodilladas admiraciones los poetas indígenas. Alaín le dedica poemas y Korsi, con mucho más talento, le prodiga un homenaje conmovedor: le imita.
Valencia, Andrés Eloy Blanco, Francisco Villaespesa y otros poetas de renombre pasan por el Istmo. Los adolescentes literarios que se inician en esos momentos son la resonancia de sus pasos: Octavio Fábrega y Juan Morales, entre otros. Llega la inauguración de la estatua de Balboa. Concursos, premios, becas y puestos consulares y diplomáticos. Silencio. Los poetillas de siempre siguen publicando sus versos. Miró y Demetrio Fábrega no publican. Korsi, Geenzier y Batalla se encuentran en el extranjero. Y pasa un tiempo sin que la prensa se adorne con las acostumbradas páginas poéticas.
A fines de 1924 llegan a nuestras playas varios desterrados por el régimen de Leguía. Méndez Pereira es Secretario de Instrucción Pública y no vacila en levarlos al Instituto, contra la clerigalla opositora, donde quedan como profesores.
Los hombres del sur traen la mente amplia llena de cosas nuevas en arte y en política. Se dice por primera vez en este edifico ilustre que los viejos valores ruedan por todas partes deshechos. Los que son poetas, publican sus versos y sólo provocan una reacción de simple chiste y fácil ironía. Exponen sus ideas por medio del periódico y la conferencia. En una reunión celebrada en casa de uno de los directores de este plantel, el cisne de Darío queda sin su vistoso plumaje ante los ojos absortos de los intelectuales indígenas; más de nueve años después de la reacción de González Martínez en el norte y la del grupo de Ricardo Güiraldes en el sur.
Algunos quieren oponerse a la labor de los jóvenes peruanos, pero terminan por aceptarla. Entones, frente al probable éxito juvenil, se produce una reacción peligrosa: la de los profesores panameños de literatura. pero mientras sucede esto en lo literario, se ocasionan algunos choques entre los trabajadores y la policía, motivados por el problema de la vivienda.
El gobierno del señor Chiari estima que los desterrados tienen parte en la dirección de las masas inconformes, y decide deportarlos. Mas los hombres que enseñan las viejas cosas no se contentan y quieren asegurarse bien la victoria. El profesor de Roux, con su palabra impresionante, recita en “Los Sábados” del Instituto sonoros poemas de Chocano, Marquina y Villaespesa, y dice a su numeroso y arrobado auditorio que los que luchan por las nuevas tendencias no tienen razón.
El ilustre profesor no se detiene a meditar las profundas transformaciones operadas en el mundo. No existe para él un por qué cambiar la expresión artística. Y esto lo dice cuando ya en Rusia se ha tomado el camino de un formidable experimento; cuando en toda Europa y el resto del mundo una nueva moral pide su reino.
Por varias razones, vuelve la quietud al mundillo literario. De Roux está en Europa o, para ser más exacto, en Barcelona. Algunos cambios importantes en el gobierno han dejado a muchos poetas sin la bendición dorada. Los pajarillos emudecen. Comienza entonces un largo silencio que dura hasta 1928, en cuyo mes de noviembre se publica un trabajo de Enrique Ruiz Vernacci sobre la literatura nacional donde se comenta la aparición de un nuevo poeta panameño -Rogelio Sinán- que hace una poesía distinta de la acostumbrada entre nosotros y cursa estudios de arte en Roma.
Por extraña floración, aquí también se produce esa clase de poesía, pero sin rumbo ni seguridad.
En el mes siguiente – Diciembre de 1928-, Vernacci, ayudado por el Rector Moscote, dicta unos cursillos de literatura nueva, que sorprenden graciosamente y no tienen más eco que el de una risa ingenua. Vernacci no se propone explicar a su auditorio las razones de la revolución literaria, sino simplemente molestar a sus oyentes.
Con tal objeto, recita sin más ni más poemas de Cendrars, de Cocteau y otros franceses. Escéptico, no cree en la capacidad de los que le escuchan para evolucionar y se limita a juegos irónicos de erudición e ingenio. Pero de estos cursillos sale la amistad de Vernacci y unos jóvenes que se unen y forman un grupo a la sombra de un periodiquillo, algo así como el “Monterrey” de Alfonso Reyes en la forma, mas sin otro respaldo que una inquietud de brújula trastornada: “El Banquete”.
Los poetas nuevos producen y el público aplaude. Sigue embriagándose con los viejos vinos. Tantos años de orgía de palabras sonoras le han estragado el gusto. No tiene sensibilidad para captar el mensaje del tiempo nuevo. Mas antes de seguir, quiero dejar aquí dichas unas palabras sobre Enrique Ruiz Vernacci, el más fino de cuantos en Panamá han llevado el título de periodista. “Errevé”, siempre alerta, tiende el brazo a los nuevos.
En su casa se reúnen los conspiradores: discuten, repasan los valores en juego, muchas veces mientras el gordo y cordial “Errevé” golpea sobre la maquinilla el prólogo malicioso del libro de cualquier gloria nacional. porque la explicación de los muchos juicios ditirámbicos que éste ha hecho sobre nuestra literatura republicana, hay que encontrarla en su ironía.
No recuerdo bien si he sido yo el que ha dicho que en cada línea suya hay un motivo para que sus prolongados se disgusten con él. Y ahora, continuaré mi relato.
En los meses siguientes, aparece María Olimpia de Obaldía. La poetisa produce y el público aplaude, mas ya no es el verso de antaño; hay en éste una nueva inquietud. Sigue un corto silencio. Estamos en el año de 1930. María Olimpia de Obaldía es proclamada María Olimpia de Panamá. Discursos, versos, coronas. En esos momentos, llega Rogelio Sinán de Europa. Se refuerza el grupo de avance, que labora en la medida de sus fuerzas.
El Instituto brinda un nuevo fruto: Antonio Isaza, quien, sin unirse al grupo de Vernacci y los otros, comprende la llamada de su tiempo y olvida los consejos de los señores de Roux. Todo va bien. El Dr. Méndez, nuevamente Secretario de Instrucción Pública, promete nombrar a Rogelio Sinán en cuanto se inicien las labores escolares.
Pero llega el golpe de Estado de 1931. El Dr. Méndez deja la Secretaría. Vernacci se vé obligado a partir a Europa. La atención pública se distrae. No se habla más que de unos postulados- aún inéditos- de la “revolución”.
El nuevo Secretario se opone al nombramiento de Sinán porque éste “es vanguardista”. Mas la oportuna intervención del Lic. Manuel Roy decide al Secretario Quiróz a dar al poeta de “Onda” una posición en el profesorado. E inmediatamente se inicia en las aulas la reacción contra el espíritu clasicoide de los tiranos profesores de literatura.
A todo esto, el panorama político se encuentra más nublado que nunca. El señorito deportivo grita grita y gesticula. Las ambiciones buscan desesperadamente cauce para sus turbias aguas en el presupuesto. Los miembros con que se maneja la cosa pública son los aptos para un juego de foot-ball. Los doctores Méndez Pereira y Moscote se hacen de un sereno refugio intelectual: “La Antena”, primera publicación panameña de importancia que confía la crítica literaria a los del grupo de avance. El Dr. Méndez a invitación de la Escuela Normal de Señoritas, ofrece en ese plantel unas charlas sobre la nueva literatura. la actitud del autor de Emociones y Evocaciones” es la del hombre de fina inteligencia que ante un fenómeno cualquiera no se conforma con negarlo sino que se acerca curiosamente a su acontecer, deseoso de explicárselo: El Dr. Méndez Pereira hace su más óptimo esfuerzo por acercarse a la literatura de hoy; y si no consigue el éxito completo, gana, en cambio, un poco de atención por las cosas nuevas.
Estando así preparado el ambiente, llega a Panamá el agudo escritor peruano Luis Alberto Sánchez, desterrado por el gobierno de su patria por razones políticas. El Rector Roy brinda la tribuna del Instituto para que hable el biógrafo de González Prada. Y Sánchez dicta un curso sobre literatura contemporánea, admirable y doblemente fecundo, porque, por un lado, la tontería académica se da cuenta de que se trata de algo importante y no de un mero juego de muchachos; y, por otro, los jóvenes de vanguardia organizan y dan rumbo a su inquietud.
Así se ha legado a este año de 1933 en que, gracias a la oportunidad brindada por el Lic Roy, la gente nueva comienza su revisión pública de los valores que la República tuvo que improvisar para lucirse y que luego se han convertido en una calamidad, tiranizando el gusto.
En una calamidad, porque no han sabido- no han querido- ceder el paso a los que traen el mensaje del tiempo de hoy; y porque nuestro público inculto se ha acostumbrado a su obra sin querer entender lo mucho de mentira deliciosa, de pura broma, que hay en el éxito de ellos.
Y ahora que he rendido tributo a la anécdota, y antes de dar principio a la segunda parte de esta exposición, quiero manifestar a ustedes que yo sé que a muchos chocará el desencanto que hay en mis palabras, mas debo hacer notar que ese desencanto es el mismo de las de todos mis compañeros, los jóvenes que al par que yo examinan la vida panameña en lo que se refiere a esta costosa e inútil generación- parvenue del año 3- que deseo llamar, si ustedes lo permiten, la generación republicana.
CLIMA Y ESCENARIO
El Istmo es verde, rabiosamente verde. A lo largo del año, este color, hecho símbolo por los hombres, hiere los ojos con su continuidad. Por dondequiera que se mire, se encontrará siempre este leit-motiv en el paisaje. Sobre esta monotonía sin esperanzas, el sol durante todo el año manda sus rayos; y cuando llueve se hace más brillante el color de la selva y más intensa la furia del sol.
El Atlántico y el Pacífico oprimen con sus aguas verdes la cintura del Istmo, pugnando por sepultarlo. Y el calor, consecuencia de todo esto, es rey y señor en nuestro mundo. Blasco Ibañez y Waldo Frank han escrito sobre el terrible ambiente panameño. La abundancia de color impresionó al primero; el calor impresionó al segundo. Ahora bien, la crítica de aquí se ha valido de estos dos preponderantes elementos tropicales- color y calor- para justificar la actitud de escape de esta generación.
Ha dicho que nada tiene de censurable que nuestros intelectuales, influenciados por el mundo cromático que les circunda, aprecien más la apariencia, el parecer, que lo esencial.
También ha repetido, en su afán de justificaciones, la teoría que anda por ahí sobre la decisiva influencia del trópico, que los “verlaines” nativos repiten para excusar su literatura de evasión. Esa teoría expuesta, entre otros, por Waldo Frank en su “América- Hispana” (página 142.-Tradución española. Espasa Calpe. Madrid.) dice que “la igualdad de la temperatura interna del cuerpo y la del exterior, produce una unión instintiva entre el hombre y su mundo…El hombre reacciona contra esta unión instintiva de su cuerpo y de su mundo.
El calor uniforme y constante funde la carne y la tierra, y el hombre reacciona resistiéndose a la fusión y a la unidad, negando los dos: el cuerpo y el aire. Pero aun se ve forzado, por la experiencia de su cálido ambiente, a identificar la carne y la tierra, y entonces pone sus valores- su realidad- fuera de ellos. Busca un intelectualismo de escape….”
En nuestro medio, y refiriéndose a esta comentada generación, quiere decir que se escapa a Versalles sobre el cisne del poeta nicaragüense, en un viaje sin gracia, falso y doloroso. Pero de aquí, de estos argumentos de la crítica ditirámbica, surge otra de las acusaciones que los jóvenes del año 33 tenemos que hacerle.
La grandeza del hombre está, precisamente, en dominar las fuerzas que quieren derrotarle. Nosotros también, señoras y señores, vivimos en este trozo del trópico inclemente. Sin embargo, luchamos por acercarnos más y más a nuestra tierra para vencerla en su propia entraña o perecer con la satisfacción del esfuerzo. Sinán, que ha viajado por Europa, escribe “La Balada del Seno Desnudo”, llena de sabor tropical. Hernández en cambio; que no conoce más temperatura que la que sufrimos junto al Ancón, habla de la nueve terrible o del granizo que azota el rostro de su amada.
De un lado hay rebelión y posibilidad manifiestas; del otro, sumisión e impotencia, porque escaparse es y será siempre someterse a las fuerzas contrarias. Si mi generación se mantiene en la realidad, luchando con la naturaleza que quiere dominarla y contra la indiferencia e incomprensión de la sociedad, ¿por qué la republicana que contaba con la arrastrada admiración del público, no se rebeló dignamente? La palabra que está a punto de brotar de mis labios es tan justa como dura…
INFLUENCIAS LITERARIAS
La mayoría de estos poetas nace entre los años de 1880 y 1895; es decir, en pleno hervor modernista.
En 1883 han publicado ya poemas que tienden a salirse de las viejas formas José Asunción Silva, Manuel Gutiérrez Nájera y Julián del Casal. Años más tarde, en 1888 aparece “Azul” de Rubén Darío, y el modernismo queda fundado. Avanza. Se comienza a traducir a los franceses y a los autores europeos traducidos al francés. En 1896 publica Darío sus “Prosas Profanas”, libro que hace brotar dentro del modernismo lo que se conoce por rubendarismo y que es lo más débil de la obra de Darío, cosa que reconoce él mismo.
Pero esta obra es la que influirá decisivamente en los poetas de aquí. A estos poetas, hombres sin cultura, impresionables, tenían que llamarles la atención las primorosas filigranas de Darío. Antes que los formidables poemas del 2Canto Errante” y de “Cantos de Vida y Esperanza”, el colorista artífice de “La princesa está triste…”
Pasa el tiempo. Otros campeones del nuevo movimiento se van dando a conocer: Valencia, Chocano, Lugones….Al par, aparecen, siempre en traducciones, la ironía de Anatole France, el amoralismo de Wilde- traducido por José Martí- , el cristianismo de Tolstoy, el aristocratismo de Nietzsche, y otras novedades europeas.
Mientras , nuestras futuras glorias han alcanzado ya “la edad de los primeros versos”. Todas estas corrientes llegan a ellos y, como no cuentan con una sólida base cultural ni con un talento extraordinario, son influidos contradictoriamente hasta la tontería. Se presenta el caso de un poeta que canta a la humanidad, fraternalmente, y pide a los demás que hagan del arte algo exclusivo. Precisemos, como ejemplo, el caso de Geenzier que habla de “la estrecha frente de la ignorancia absorta” ante la lluvia de oro de sus versos, luego de cantar a la multitud. Y el de Miró, autor de un bello poema a Jesús, cuando dice que “desdeña el hombro de la muchedumbre” y habla de su “torre de marfil, sagrada”.
Si unimos a estas confusas influencias la música de “Prosas Profanas”, el desaliento de algunos románticos, un poco de Poe traducido, algo de Valencia y mucho de Chocano, tendremos los ingredientes del tónico espiritual que nutrió a las glorias panameñas mientras se formaban.
Así tenemos, pues, que, además de no haberse podido enfrentar al ambiente, se impresionan a la ligera, aceptando lo más brillante que se les presenta a la vista. Serán nietzscheanos que escriben a la manera de Wilde. Confusión e ignorancia. Pero no la confusión que nace por exceso de raciocinio e interior conflicto, sino la otra: la del ciego frente a los cien caminos que seguir.
CONCEPTO DE POESIA
Si queremos saber el concepto poético de esta generación, tendremos que buscarlo esparcido, aquí y allá, entre los muchos versos publicados, sin orden ni precisión. Lo más difícil es encontrar en sus escritos un juicio certero que dé el rastro de un postulado. Todos los poetas al comentarse usarán con largueza del buen adjetivo, y nada más. Yo he tenido la paciencia de leerme la colección de “Esto y Aquello” sin obtener provecho alguno. En esas páginas lo único que se dice es que la Pardo Bazán es una de las más grandes figuras de la literatura española y Geenzier uno de los poetas de mejor porvenir en América.
De modo, pues, que formalmente esta generación no tiene ni credo estético. Mas para que ustedes tengan una idea aproximada de lo que vagamente anhelaba, citaré unos cuantos versos que dejan traslucirlo. Y he dicho “lo que vagamente anhelaba” con toda intención, porque hacía todo lo contrario de lo que inciertamente tenía como arte poético.
Por ejemplo, Geenzier afirma que “poeta es la persona que siente profundamente- y yo recuerdo, de paso, que Nietzsche dice que para sentir profundamente es necesario pensar hondo-, y con ingenio y oído musical vierte sus sentimientos en palabras conceptuosas combinadas armónicamente, de manera que con su lectura se regocijen a un tiempo el oído, el cerebro y el corazón”.
Pero esto lo consigue solamente cuando escribe como Clemencia Isaura; es decir, cuando no es él sino una sensitiva poetisa quien se expresa. Luego dice que hay que juntar “en todo verso lo nuevo con lo arcaico”, pero esto lo ha dicho Chocano en “Alma -América”: “todo el vigor antiguo dentro del arte nuevo”.
Y, mucho antes, André Chenier en un verso memorable. El no lo consigue, porque de cosas arcaicas- seguramente que alude a las formas- no tiene nada y porque lo único de hoy que posee son unas cuantas alusiones al Broadway de Nueva York, y la novedad no está en los simples nombres sino en el espíritu.
José Guillermo Batalla postula lo siguiente:
“Para que el verso triunfe debe nacer con alas,
sin burdos oropeles ni artificiosas galas.
Solo el verso que fluye terso, puro y sencillo,
Es el verso que vive grabado en la memoria,
El único que vale la pena de cantar”.
Y después, en 1930, escribe estos versos que prueban la mucha sinceridad y certeza de lo anterior:
“Más tarde consumada
la infame ratería,
la tétrica bandada
de ladrones, alegre se reunía
en una oscura cueva abandonada.”
Gaspar Octavio Hernández, a su vez, pide siempre música. Como Verlaine la quiere “antes que toda cosa”. Más esta obsesión, sin un severo freno estético, le hace caer en excesos:
“…un bruñido puñal
de la más bruñida plata,
mata
como un puñal de cristal
o como un puñal de agata;
que el metal precioso mata
cual mata vil mineral.”
En cambio, cuando no tiene presente su afán, logra versos decasílabos, de pentasílabos perfectos, que recuerdan un poco a Bécquer::
Huérfanos virgen, niña errabunda,
Presa de males hondos y extraños,
Que contemplabas meditabunda…”
Y Ricardo Miró, para no dar más ejemplos, dice que:
“No es el verso corcel que se desfrena,
ni tampoco rugiente catarata…”
Pero no vacila, más tarde, en escribir el campoamoriano monólogo de “La Huerfanita” que consta de más de doscientos versos octasílabos. Imprecisión, inseguridad. Hay siempre una marcada discrepancia entre los propósitos de estos hombres y sus acciones que no es más que consecuencia lógica de la falta de definición estética, filosóficamente fundamentada.
De modo que tenemos, primero, una generación que resulta vencida sin luchar; segundo, que no tiene criterio para seguir las corrientes del pensamiento y, por último, que no la guía al escribir un ideal de belleza cierto y definido.
POLITICA Y LITERATURA
En estas semi-letradas democracias del trópico hay dos instrumentos, dos caminos, para obtener una posición burocrática de importancia: la pluma y el sable, la oda y la revuelta. En Panamá el sable ya no figura sino como simple metáfora popular para aludir a los pillos que asaltan carteras y amistades.
Los Estados Unidos, siempre “celosos del orden y la paz”, han obligado a los “generales” a guardar el sable- el de acero- que brillara en los gloriosos campos de “La Negra Vieja” y Cía., con napoleónicos resplandores. Sólo queda la oda como recurso.
De la oda en tono mayor se han valido los poetas de esta generación comentada para escalar las alturas gratas de la burocracia. Unos cuantos versos les han bastado para lograr toda clase de puestos, sin excepción de los que exijen una probada aptitud profesional. Como la poesía no es en ellos una profunda manifestación del espíritu, cualquier Presidente que sepa conmoverse con unos renglones rimados puede recibir, inmediatamente del triunfo electoral, una oda en la que se le llama con todas las dulces palabras del ditirambo.
Pero hay más. Una vez obtenida la bendición dorada y cuando ya el Presidente cantado no puede otorgar más favores, buscan nuevos “bolivares” y “sarmientos” que elogiar, aunque éstos se encuentren entre los propios enemigos del que aplaudieron.
Yo lamento que la invitación del señor Rector Roy no me diera tiempo de buscar en las colecciones de periódicos para constatar con el dato preciso mis afirmaciones. Pero en la conciencia de todos los que me escuchan está presente la fragilidad política de la mayoría d estos poetas.
Les hemos visto vagar, de un lado para otro, aprovechándose de todas la posibilidades, y en una variedad de rumbos pasmosa. Y esto cuando se han expresado, pues en muchos casos han guardado un cómodo silencio culpable, “sin atreverse a nada”. Hombres que sólo han tenido una mezquina hambre personal que satisfacer, para quienes la poesía no es destino sino simple vehículo de vida, instrumento sustituto del sable de otros tiempos.
Y un breve dato esclarecedor: casi todos estos poetas triunfan en la vida pública durante la presidencia paternal del Dr. Porras; cuando éste invitaba, en su lenguaje pintoresco, a los hombres honrados “a comer dignidad”
A punto estas cosas porque me parece, con José Carlos Mariátegui, que siempre la trayectoria política de un artista da cuenta de su trayectoria espiritual.
Y ahora que he indagado un poco, que los he contemplado panorámicamente, en conjunto, en términos generales, como individuos de una generación, trataré de acercarme a cada poeta de los representativos, siguiendo un orden particular.
JOSE GUILLERMO BATALLA O LA AUTOBIOGRAFIA
Nace este poeta en la ciudad de Panamá, en el año de 1886. Desde pequeño comienza a escribir versos, costumbre que conserva todavía. Va a los Estados Unidos en plan de estudios. Al volver al país, se alista en la política- en la política de aquí-, y se inicia luego en la diplomacia.
Ha publicado en grandes cantidades su producción, y es casi seguro encontrar en las páginas literarias que publican nuestros periódicos composiciones suyas, rigurosamente inéditas. Ultimamente ha publicado dos volúmenes de versos, prologados con mucha malicia por Gonzalo Zaldumbide, en los cuales recoge la parte de su obra que estima más personal y admirable. Batalla, como buen poeta de esta generación, tiene un elevado concepto de sí mismo, que lo hace caer en una confesión constante y minuciosa. El más cotidiano de sus actos, adquiere a sus propios ojos tal magnitud que no se resiste a dejar de contarlo en un poema.
Y al salir a la calle, por ejemplo, encuentra una elegante dama, piensa inmediatamente en un soneto; y si es un desfile bomberil lo que encuentra, una oda comienza a bailarle en la cabeza. Hace una poesía burocrática, sin altitud, de simple anécdota y resonancia domésticas.
Es el hombre que vive con el calendario frente a los ojos para no dejar pasar una fecha sin su respectivo canto. Poeta conmemorativo, sale a la calle a cantar a los bomberos, a las monjas, a los indios, a Martí, a Lima, a Francia, a Chile, a la Argentina, a Costa Rica y a las reinas del carnaval, para luego volver a la exaltación de sus actos más sencillos.
Nos cuenta, por ejemplo, cómo ha tenido que pasar el año nuevo; cómo ha visto a una amiga, en el templo, al ir a casarse. Pero en lo que insiste siempre es en el relato de sus amores. El amor es el caballo de batalla de este poeta. Con mucho cuidado, sin que se pierda un detalle, cuenta sus conquistas. Es algo así como un Casanova menor que dice en versos modestos su vida. En su propósito, llega hasta decirnos las palabras que le han dicho en la intimidad de un encuentro amoroso.
De una composición del segundo tomo, leeré lo siguiente:
“Nunca estuvo más bella que esa noche
perdida en las blanduras de su lecho.
La hablé de mis pasadas decepciones
De dicha y de dolor…
Para vencer la ruda resistencia
Que ofrecía a mis cálidos antojos,
En la llama gentil de la elocuencia
Arrojé el corazón, casi de hinojos.
Ella, entre tanto, oculta la radiosa
Faz en el lecho, sin abrir los labios,
Escuchaba abatida y silenciosa,
Mi largo y triste memorial de agravios.
Desesperado ante el cruel mutismo
La dije con dolor: “Quieres ingrata
Hundirme y que perezca en el abismo
De este desdén que mi ventura mata?”
Entonces alzó la pensativa frente
Buscó mi boca con sus labios rojos
Lloraba, sí, lloraba y es sabido
Que la mujer que llora cuando juega
Con la flecha quemante de Cupido
Es porque está vencida y ya se entrega
Juntos permanecimos muchas horas
Formando un nudo estrecho de ternura.”
Sé complaciente como yo lo he sido.
Acaso en la amorosa lid desmayas?”
¿Pero hasta dónde puede llamarse lo anterior poesía? ¿No será Paul de Kock puesto en verso? ¿Qué necesidad hay para decir estas cosas en forma tal? No es la falta de moral, no, la que me subleva, sino la falta de inteligencia. Cuando D. H. Lawrence, en su “Lady Chatterley Lover”, relata la más crudas escenas de la vida íntima, uno goza siempre.
Pero la obra del poeta nacional es terrible por la ausencia de arte. Mas no se vaya a creer que se trata de algún poema de juventud. No, señores, es uno de los publicados en el año de 1930, en un libro que su mismo autor califica de “raro pentagrama”, de “alcázar”, de “jardín” y otras cosas.
En esa misma obra sigue a Silva:
” Es la hora
de las bellas excursiones al país de los ensueños,
de las grandes confidencias,
de los íntimos secretos;
es la hora en que se evocan
los recuerdos
de la épocas felices
que pasaron y murieron
como pétalos marchitos
o capullos entreabiertos.
En la calma de la noche…”
Luego, en “El Secreto de tu Encono”, escribe como si quisiera que sus lectores recordarán la prosa:
” Tal vez tengas razón, pero no creas
que me enfado; conozco tus ideas
y el por qué de tus críticas y mofas…
Cierto es que procedí como un ingrato…”
Más adelante busca el ritmo de Chocano:
“…Yo el más bello
festín brindo de las grandes sensaciones materiales;
soy la flor de la lujuria, de la Carne soy el grito”
El de Bécquer también, pero esta vez con un poco de acierto y finura:
“Amar y padecer! La eterna rima
del heroico poema de la vida;
una sonrisa tierna
y una profunda herida.”
Pero, arrepentido de haber hecho poesía, vuelve a la sombra lúgubre de Julio Florez:
“Quiero que cuando muera
a mi sepulcro vayas,
más no a rezarme plegarias.
Acércate y aparta sin recelos
La losa que te impida ver mi caja,
Si que te cause miedo
La tétrica algazara
Que formarán de envidia los difuntos…”
¿ Y Batlla? Aquí está, como siempre, hablando de sus conquistas:
“Y surgiste ante mí, provocadora, falsa, entornando con pudor los ojos…”
Hemos visto la poca altura espiritual de los poemas de este poeta. Hemos visto que no tiene acierto ni elegancias para escoger el motivo poético. Ahora veremos si el verso que utiliza es lo suficientemente rítmico como para olvidar lo que expresa.
El verso más corto de Batalla, en sus últimos dos volúmenes, es de tres sílabas, por lo que no lo cito. En toda su obra abundan las combinaciones de endecasílabos y heptasílabos, sin gran tono; dodecasílabos descompuestos en versos tetrasílabos y octosílabos, sin ningún objeto. Citaré particularmente las clases de versos que usa.
Heptasílabos:
“Oh, niños de la escuela,
aprended de memoria
esta sencilla historia
que en sí nada revela.
Desde entonces, perdidos
Bosques y collados
De todos despreciados
Y de todos temidos.”
Octosílabos:
“No te ofrendo la oración
que mereces patria mía;
pobre es toda la poesía,
profana la inspiración.
Cuando embarga la emoción…”
Versos eneasílabos no he podido encontrar; aquí están estos decasílabos, que me parecen los mejores versos de la copiosa obra:
“Que junto al trono de tu belleza
no halle la bruja de la tristeza
cálido amparo, puesto de honor;
que eternamente la Diosa sea
la que ilumine cual blanca tea
tus soñaciones de paz y amor”.
Los endecasílabos son tan pobres que no quiero citarlos para que no se diga que lo hago por malicia. He aquí los dodecasílabos:
“Luzcan los altares su mejor tesoro;
perfumen templo todos los jardines;
y desde la vaga penumbra del coro
desgranen sus notas todos los violines….”
Los de trece sílabas:
“Pienso yo que la mano divina del Señor
nunca mostró más arte, ni un acierto mayor,
que al modelar tu linda figura escultural.”
Los alejandrinos:
“…que se le rinda culto ferviente al patriotismo,
porque estamos ya cerca del fondo del abismo
lúgubre y desdoroso de la relajación
y se impone el momento de la reconstrucción…”
Y por último, los versos mayores que hay en su obra: los de diez y seis sílabas:
“Al contacto de mis besos enigmáticos palpitan
las desnudas morbideces de la impúdica señora
y la virgen somnolienta, cuyas formas se marchitan
revolcándose en el lecho su carnal vigilia llora.”
Pido perdón por estas larga citas, pero yo necesito probar que cuando afirmo algo aquí si no estoy en la verdad, me acerco a ella. ¿hay en los versos citados pobreza de ritmo o no la hay? ¿Es Batalla un gran poeta? ¿Quién se atreverá a decirme que hace poesía o siquiera buenos versos? He aquí entonces que uno de los tenidos por nuestro vulgo semi-letrado como gran poeta no tiene elevación espiritual, ni bellas metáforas- que so cosa importante en el juego poético-, ni originalidad probada, ni acierto en el ritmo de su verso. Que me dejo llevar por la pasión, dirán algunos.
Sí, señores. Yo declaro francamente mi pasión y mi parcialidad de opositor. Hago todo esto con alegría y entusiasmo. No quiero saber de esos críticos que dicen a los vientos su imparcialidad, su objetividad, y que ya desde Nietzsche tienen su calificativo. Pero, en fin, José Guillermo Batalla ha ganado reiteradas veces el aplauso de la crítica indígena.
Se ha dicho de él que es un gran poeta. Gobiernos repetidos le han brindado el apoyo que su convenido genio y admirable obra se merece….Mas yo pregunto, ¿es justo que poetas así figuren como los primeros de un país?
ENRIQUE GEENZIER O EL MADRIGAL PERMANENTE
Nace Enrique Geenzier en 1887. Desde joven lucha tesoneramente por labrarse una posición en nuestro mundo social y literario. Se inicia con el verso patriótico, y el público le aplaude. Ya en 1914 es quien oficialmente canta a la raza creadora del canal interoceánico y suministradora de millones. Su poema “La Epopeya del Hierro” tiene la característica de reflejar, con fidelidad, la actitud de los panameños frente a la inauguración del canal.
Se cree ingenuamente que los Estados Unidos son nada más que mensajeros de la paz y la civilización; que indios y chinos, rojos y verdes pueden darse un abrazo sobre las esclusas gigantes. ¡El Canal! Nuestro público, embelesado con tanta música, bate palmas y se olvida de la terrible dentadura del cazador Roosevelt. La consagración nacional llega. Enrique Geenzier es otra gloria.
Gloria que además de su talento tiene una exquisita cortesía y una armoniosa voz para recitar en los solemnes momentos de la Patria. Y, sucesivamente, es nombrado Secretario de Legación, Cónsul, Ministro y Secretario de Relaciones Exteriores.
Es la de Enrique Geenzier una poesía cortés, de cumpleaños, matrimonios, fechas clásicas, carnavales, terremotos, inauguraciones y galanterías. Desde su primer libro “Crespúculos y Sombras” inicia la eterna sonrisa madrigalesca de “a las plantas de usted, señora”, “querido amigo mío”, ” Oh, Colombia, “Oh, España”, “Salve Reina”, etc.
Su verso tiene guantes de seda y escarpines. Críticos, obstinados siempre en el aplauso, encuentran que es un poeta lírico. En prólogos a sus libros, Byron y Tennyson salen como comparaciones. Yo creo todo lo contrario. Geenzier no es un poeta lírico desde que atiende demasiado a lo que sucede en la periferia de su persona.
El lírico, por excelencia, -Juan Ramón Jiménez en España y Ricardo Miró entre nosotros- es, mientras se hace más lírico, hombre poco afecto a la compañía social, al verso de ocasión. Lírico es para mí el poeta personal, íntimo. Geenzier no lo es. Su musa de la impresión de que lee por las mañanas la página social de los periódicos para enviar madrigales a las amistades celebradas.
Se puede observar cómo a medida que la obra de Miró se hace más poesía, van siendo menos las alusiones a la Patria del 3 de Noviembre. Para ser lírico hay que tener siempre la atención sobre uno mismo, asistiendo al mago espectáculo de las vibraciones de nuestra alma.
Lirismo igual soledad más silencio. Quien, como Geenzier, tenga su espíritu como una alfombra para que pasen en procesión todos los actos de la vida administrativa y social, no puede ser lírico. “La Tristeza del vals”, que es el poema que le ha ganado entre nosotros tal nombre, no pasa de ser un lacrimoso relato de viejo teatro francés para señoritas de comptoir.
Publicado por primera vez en 1921, con un prólogo como todos los prólogos del travieso Enrique Ruiz Vernacci, está escrito en versos alejandrinos la primera parte; la segunda en una combinación de endecasílabos y heptasílabos, terminando el vals, digo el poema, en alejandrinos.
Relata las emociones de un bardo de frac que tuvo una vez la suerte de encontrarse con una encantadora rubia que comprendió, en seguida, su alma, dándole un beso emocionante. El poeta está en un sitio donde una orquesta repasa la melodía del vals que tocaban la noche aquella del beso furtivo.
A la busca de besos furtivos se va la memoria del poeta:
“Y esa mujer ha muerto!….Su cuerpo blanco y puro
hoy duerme el suelo eterno en un rincón oscuro,
olvidado de todos aquellos que en la fiesta
llenaban sus oídos con mil galanterías,
mientras que desgranaban las notas de la orquesta
un vals lleno de quejas y de melancolías…”
Pero hay un mérito que tiene Geenzier y que yo no quiero escatimarle: es el de haber contribuido a la educación sentimental de gran parte de nuestra chicas bien. Recuerdo que una vez en un cocktail-party, me pidieron, con esa terrible costumbre nacional de las recitaciones, que dijera unos versos….”bonitos”, decía la niña antojada.
Recito entonces un fino madrigal de doña Zoraida Díaz de Strochm. Termino y el silencio más frío recoge mis palabras. Mas la gentil peticionaria me saca del apuro con este reproche: “Creía que iba usted a recitar “La Tristeza del Vals”….
Perdón, linda señorita, por esta mi herejía: Yo creo firmemente que la única vez que Enrique Geenzier ha logrado la emoción en el verso es al escribir los delicados poemas de Clemencia Isaura. De todos es sabida la deliciosa boutade del poeta.
En 1923 y 1924, aparecen en “La Estrella de Panamá” unos versos firmados con este nombre de mujer. la crítica de entonces, encabezada por el ecuatoriano Secundino Saenz de Tejada se levanta alborozada o, mejor dicho, excitada ante una mujer que n tiene reparos en decir sus inquietudes.
Mas por una de esas indiscreciones, frecuentes en los hombres de letras, se llega a saber la burla encantadora de Geenzier. Y Clemencia vuelve a su silencio dejando a éste como guardián de sus sedosos versos.
Voy a hablar de Clemencia Isaura como si fuese una persona de la vida real. Después de todo, ¿no tienen vida los personajes que el poeta crea? Pirandello y Unamuno tienen largas luchas con los suyos y hasta reciben indicaciones de su parte. Recordemos nada más los “seis personajes ” del italiano y “Niebla” del español.
Pues bien, a Clemencia Isaura me la figuro así: alta, no muy blanca, con el cabello claro, los ojos grandes y oscuros, llenos de misterio, como los de aquella otra admirable y otoñal poetisa que se llama la Condesa de Noailles.
Me la figuro escribiendo bajo la luz de una discreta lámpara, envuelta en una bata descuidada ¿Qué Escribe, con su graciosa letra d mosca, la poetisa? Me asomaré por encima de su bello hombro, a ver:
” Amor: por si vinieres esta noche,
sin llave he de dejar la cerradura;
y entrarás a robarme lo que quieras
envuelto en el cendal de la penumbra.
En mi tálamo blanco de azucenas,
Roto mi cofre por tu mano intrusa
Te ofrecerá mis perlas, mis zafiros,
Y mis rubíes de encendida púrpura.
Yo, mientras tanto, me estaré en un ángulo
Del camarín, sobrecogida y muda,
En la embriaguez que me produzca el verte
Robar todas mis joyas una a una.
Y luego, cuando el rayo de la aurora
Florezca en mis kimonos y en mis fundas,
Soñaré que te alejas en puntillas
Besando, ya al partir, la cerradura.”
¡Delicioso! Nuestra Clemencia, como la ilustre y ardorosa Safo, piensa en el amor que ha de venir. Ahora, señores, es un atardecer, un poco frío. Clemencia está a la puerta de su casa. Por el camino largo, viene un gallardo mozo. La poetisa la habla:
“Viajero: ¿Tienes sed?….Mi fuente es fresca
y grata y armoniosa, como el vaso
de una rosa cubierta de rocío,
y aplacará tu sed con sólo un trago.
Viajero: ¿tienes hambre?….En mis contornos
Crece el jugoso fruto perfumado
Del risueño jardín de las Hespérides
En espera del ante de tus manos.
Viajero: ¿Tienes frío?….¡No vaciles!
Mi predio es un magnífico remanso,
Y en él, como en las martas y vicuñas,
Tendrás calor y suavidad de rasos.
¡Tienes sed, tienes hambre y tienes frío!
Y yo pienso en el néctar de mis labios,
En la pulpa rosada de mis pomas
Y en el tibio vellón de m regazo!
¡Ah, Clemencia Isaura, cómo fueras panameña! ¿por qué hablas con tanta propiedad del frío y de las martas y vicuñas suramericanas?
Hace unos años, cuando todavía nuestra tribu moralizadora ignoraba totalmente los temas de alta cultura, un amigo mío, Enrique Ruiz Vernacci, habló en la Escuela Normal de Institutoras sobre Juana de Ibarbourou y Aura Rostand.
Chocaba a “Errevé” la insistencia de la poetisa uruguaya en hacer de sus cuerpo el sujeto de su poesía. Y resaltaba, en cambio, la suave espiritualidad de la Rostand. ¿ Pero es – pregunto yo- que las poetisas deben ser nada más que madres ejemplares y ascéticas esposas?
Jorge Simmel, el filósofo de la coquetería, está de acuerdo con la tesis de….pero perdón. No me acordaba ya que de quien tengo que hablar no es de Clemencia Isaura, simple personaje inventado por e poeta, sino de él yo no quiero decir nada, no me interesa.
No me gustan sus versos por las muchas razones que arriba he apuntado sobre la poesía de página social. Y, además, conviene que no se hable mucho de Geenzier, que a lo mejor a esta horas está ocupado en enviar algún otro madrigal…
DEMETRIO KORSI O LA RESONANCIA
Nace en 1899. Es el más joven de la generación republicana. Hijo de griego y panameña. Fuerte imaginación. Trópico. Nunca puede en él la mesura griega contener la impetuosidad afro-indígena. Desde los primeros años del bachillerato comienza a publicar versos en las primeras publicaciones del Istmo. Escribe sonetos al general Tomás Herrera y sigue a Víctor Hugo.
Es la hora de sus prosas en tono mayor. Piensa y escribe en héroe. Publica frecuentemente. Motiva largas discusiones de índole personal, y gana reputación de polemista. Hace política- la política de aquí- y consigue marchar como Cónsul a una ciudad de los Estados Unidos.
De regreso, vuelve a la política- a la política de aquí- y no sale bien librado. Permanece en compañía de un español de nombre Goñi. Publica poemas, discute, insulta. Admira a Chocano y llega hasta llamarse “el sucesor”.
Comienza a escribir la serie de poemas que forman su “Viento en la Montaña”. De nuevo la política- la política d aquí- le favorece y marcha otra vez a los Estados Unidos. Regreso al país. Nuevos artículos, nuevas polémicas, sus versos con un prólogo tropical de Manuel Ugarte, el tronante escritor argentino.
Permanece largo tiempo en Francia y se hace maestro en las artes de vivir y entrevistar. Ahora se encuentra entre nosotros preparando la edición de un nuevo libro de versos: “Block”. Pero casi estoy tentando a decir todo lo que sé de su vida y callar lo que puedo opinar de sus versos, pues su vida es más interesante que su obra. Su libro de versos más importante, que resume lo maduro de su labor, es “El Viento en la Montaña”. ¿Qué hay en él? Lo veremos, en seguida. Es un libro escrito a la sombra calurosa de José Santos Chocano. Libro sonoro que, seguramente, ha conmovido al fabuloso autor de “Alma-América” por el reiterado homenaje de sus páginas.
En una de ellas se lee lo siguiente:
“¡Ya la copla el aire cruza!
Ya repican las campanas!
Luego un ninño,
Y, otra vez, un hombre nuevo que batalla,
Y con sangre tiñe
El pomo de la espada,
En el gesto de salvar toda una raza!”
¿No recuerdan ustedes el poema “El Organo” de “Alma- América”? También de Chocano tiene los temas, además de los ritmos. Habla de las transmigraciones heroicas, de cuando él era un osado poeta, de espada al cinto, que se llegaba hasta los palacios a enamorar doncellas reales:
“Y sucedió en un siglo de lejana memoria:
Tú eras una princesa de romántica historia
Cuyo paso seguía mesurado lebrel,
Y yo era aquel felibre provenzal que la Gloria
Consagró eternamente con su verde laurel.”
Y más abajo, en el mismo poema:
“Que tienes en los rizos que adornan a tu frente
oro de más quilates que el oro del Perú!”
Al escribir una oda a su ciudad natal- Panamá-, tiene más presente la Lima que canta Santos Chocano. Dice, inconscientemente, poniendo de relieve sus simpatías, de sus calles que:
“…saben de altivos virreyes y de tapadas;
se oyen en sus plazoletas ruido como de estocadas,
voces cual de alabarderos, trotes cual palafranes…”
Y cuando, con razón, quiere ser Korsi, cuenta una apacible y burguesa diversión:
“Después fue el breve almuerzo:
las fresas, las manzanas,
las uvas, las conservas,
la radiante botella de vino, ¡descorchada
entre jocundos coros
de alegres carcajadas!”
que termina en forma trágica de film milnovecientos, porque resulta que el poeta del almuerzo es hermano de un muchacho que, según se desprende del poema y de la buena voluntad del lector, ha enfermado mientras dura el paseo; de tal modo que cuando llega el regocijado paseante a su casa lo encuentra muerto:
“Y una voz gimiente repuso:
-Tu hermano en la tarde llegó muy enfermo;
se acostó y al rato
Dios le recibía en su santo seno.
Reza por tu hermano…
¡Tu hermano…está muerto!”
En esta parte personal del libro, quiero decir cuando la sombra chocanesca anda lejos, traduce un poema de Edgar Allan Poe. La segunda parte del vendaval, “La Serenata de Pierrot”, como su mismo nombre lo indica, está formada por una serie de composiciones galantes, siempre bajo la evocación del gesto soberbio del poeta de Lima. Dice Korsi a su dama que él viene del pasado, como Santos Chocano a la suya. Y cuando la logra rendir a su elocuencia, repite, casi exclusivamente, un verso del poeta del Perú:
“Donde antes era esclavo me siento dueño ahora”
Luego, imitando los célebres versos de Chocano que terminan con aquella figura del jaguar que quisiera ser – Chocano- para “arrancarte las entrañas y ver si tienes corazón siquiera”, escribe:
“Yo quiero ser la fina madreselva
que abrió su floración en la mañana
para ofrecerte el perfume de la selva
apenas entreabras tu ventana.”
“Y ser quisiera el cinturón de armiño
que oprime tu magnífica hermosura
y eternamente y con sensual cariño
enlazar con mis brazos tu cintura…”
Hay en “El Viento en la Montaña” algunos poemas que tienen cierto valor por ser un intento personal, por su belleza verbal, por haber logrado acercarse al paradigma de Chocano. Me refiero a “Tamborito”, a “La Canción de la campana de la cárcel”, al “Istmo de Panamá”, a “Los cazadores de caballos salvajes”, al “Centauro y la ninfa”, a “Los ruiseñores ciegos” y al poema de “Las Palmeras”. Debo decirlo por lo mismo que vengo por toda verdad.
Demetrio Korsi es un poeta malogrado, unas veces, por el intento de parecerse a señalados ejemplares poéticos y, otras, porque su falta de cultura le impide tener severidad con su misma obra. En el poema de los caballos salvajes hay estrofas magníficas como esta:
“Se acerca el tumulto feroz de caballos salvajes,
que vienen sorbiéndose el aire en piafante locura.
¡Con pánico estruendo de cien abordajes
su rudo galope patea la extensa llanura!
Velos, el tropel descendió de la sierra:
Dejó de las frescas cañadas los glaucos confines,
Y, al golpe bestial de sus cascos, trepida la tierra,
En tanto que el viento prolonga un silbido en sus crines”
Homenaje más sonoro y más digno no puede encontrar Chocano. En el “Centauro y la ninfa” consigue dar cierta sensación de mitología griega traducida al francés y luego al castellano:
“Sonrientes y desnudas, entre las claras ondas
del río y bajo el bosque magnífico y pujante
bañando sus bellezas, están las ninfas blondas
en grupo bullicioso de vida palpitante.”
De pronto hacen silencio….Qué sucedió? En las calmas
Paternas del gran bosque se oyeron pasos lentos
Pero han cesado….y vuelven sus armoniosas almas
A dar sus risas suaves a los errante vientos!
Es un extraño monstruo. Mitad corcel. Su busto
Es de hombre, y con sus patas tritura los peñascos:
Sus barbas son hirsutas, y aunque es grave y adusto,
Atrás deja a los vientos el trote de sus cascos!
Son lindas e incitantes. Son hembras. Su blancura
Fascínale…y medita que, aunque ya tiene el lauro
Pudiera fácilmente llevar a la cintura
Su ninfa. Y, hacia el grupo, galopa….¡Es el centauro!
¿Qué mejor homenaje panameño, en buenos versos, para Rubén Darío? No cito las composiciones, en versos endecasílabos, “Las Palmeras” y “Los ruiseñores ciegos” por ser de todos conocidas y admiradas, lo mismo que su “Canción de las campanas de la cárcel”,- ¡Oh, “Ballad of Reading Gaol”!- Pero también Korsi tiene su parte entre las mejores composiciones de este libro de Korsi. Los poemas “Al Istmo de Panamá” y “Tamborito” me parecen lo más fuerte del libro.
En “Tamborito” hay bellas estrofas:
“Al Istmo de Panamá”, escrito en versos libres de arriesgadas combinaciones, tiene cosas así:
“Republiquita miscrocóspica,
ombligo del mapamundi, brújula de la eternidad,
faro de los atlánticos
puente de la inmensidad…”
Ahora quiero tejer un breve comentario a este libro de Korsi que le ha ganado el título de poetas de Panamá. Hablar de indios, de jaguares, de piratas, de tapadas, de palafrenes, de caballos salvajes, no es conseguir dar la nota panameña.
Aunque se hubiera limitado a cantar un pasado completamente nuestro, no sería el poeta nacional por la forma en que lo hace. Se ve muy bien que su propósito, más que dar la esencia panameña, es imitar a Chocano. Ya él mismo lo ha dicho en una carta a Enrique Ruiz Vernacci, que me dio a conocer Enrique Geenzier: ” No me importa ser el mejor poeta panameño. Me basta y sobra con ser el sucesor de la gloria americana de Santos Chocano”.
¿Y qué mejor intérprete de la obra que su autor? Yo creo, además, que no es la mera alusión al nombre nativo lo que da su carácter al poeta. Es preciso que el substratum espiritual sea producto de la tierra donde se escribe. Nicolás Guillén, el magnífico autor de “Sóngoro Cosongo”, tiene muchos poemas donde ni siquiera nombra a su tierra afro-cubana, y, sin embargo, toda ella se expresa en cada una de sus líneas.
No se trata de una cuestión de adorno, nada más, de adjetivos. Anda por ahí una novela de un norteamericano en la cual se dice muchas veces Panamá y “Salsipuedes”, pero así como menciona estos nombres puede decir la Habana, veracruz o Jamaica. No se trata de palabras simplemente sino de espiritualidad, de esencia.
Mi criterio estético me impide pedir al poeta una obra con muchas alusiones particulares, como quien manda recetas. Español es Federico García Lorca; cubano, Nicolás Guillén; uruguayo, Fernán Silva Valdés; argentino, Ricardo Güiraldes.
Pero quién amontona palabras sin ninguna sustantividad, no puede merecer el calificativo de poeta de un pueblo. Por decir cumbia, por hablar de Santa Ana y nombrar a Drake y a Morgan, no se logra un poema cuyas raíces lleguen a lo profundamente popular.
Me parece que la esencia de un país se consigue verticalmente. Quiero decir que sólo el que bucea en sí mismo hasta lo más profundo de su yo consigue captar la corriente del delicado y misterioso río que es el alma de los pueblos. Quien procede horizontalmente, quedándose en la mera superficie, haciendo más o menos bellas descripciones, llenas de nombres nativos, sólo puede hacer esta clase de poesía paramental y estruendosa del autor del “Viento en la Montaña”. El camino más corto para llegar a la verdad espiritual de un pueblo comienza en la propia alma individual.
DEMETRIO FABREGA O LA OBJETIVIDAD
Demetrio Fábrega nació en 1881 en Santiago de Veraguas y murió en esta ciudad en el año de 1931. Hizo estudios en Bogotá y los Estados Unidos y viajó largamente por Francia, Italia, España y demás países importantes de Europa.
Obtuvo el título de químico farmacéutico y consagrose con todo entusiasmo a su profesión. Al fundarse la Escuela Nacional de Farmacia, el gobierno le confió las cátedras de latín y química. Pero esta intensa labor profesional y docente no consiguió llevarlo lejos de la poesía.
Demetrio Fábrega es el poeta que representa en la generación republicana, el eco parnasiano. Más que los modernistas y Darío, son Leconte de Lisle y José María Heredia sus paradigmas poéticos. Su poema es siempre pintura, fotografía, estatua, nunca voz interior. Como Gautier, Demetrio Fábrega es un poeta para quien “el mundo exterior existe.”
Como un pintor del viejo estilo, se sitúa con su paleta y sus pinceles dispuesto a capturar la belleza. Su poesía es objetiva. El se propone describir, pintar. Vamos a seguirle, un momento, en su caza de palabras:
“No has visto descender desde la altura
de la montaña, entre tupidas lianas,
dos fuentes de agua ura
que al llegar a la paz de la llanura,
se buscan y se abrazan como hermanas?
Separadas nacieron, separadas
Bajaron por los recios peñascales
Como si en vez de alegres camaradas
Se dijese que fueran dos rivales.”
Esto es pintura o poesía, se han de preguntar, seguramente, ustedes, que me escuchan. Casi me atrevo a asegurar que Demetrio Fábrega ha escrito sus poemas con un pincel. Cuando va a la playa, el oleaje le hace tomar de nuevo su paleta para trazar sobre el blanco papel el siguiente cuadro:
“Lanzando roncos, fieros rugidos,
el mar furente las costas baña
y al retirarse deja esparcidas
entre la espuma, sobre la playa,
pequeños conchas de mil colores,
que la desnuda ribera esmaltan.”
Luego, cuando se acuerda de los hombres, pinta otro, pero ahora con elementos humanos. Es la tragedia del Pierrot. La escribe- ¿por qué no decir mejor la pinta?- en una serie de cuadros. He aquí uno:
“¡Bravo Pierrot! Gritaba complacido
el populacho, que de gusto escaso,
arrojaba sombreros al payaso,
al Gran Pierrot de todos aplaudido,
Y aquel clown al sentir las ovaciones
Y los aplausos de la turba loca,
Haciendo extrañas muecas con la boca
Se agitaba en grotescas contorsiones”.
El poeta-pintor va al jardín zoológico. Pinta lo que ve. Aprisiona los animales en su verso. Viaja. Llega a Toledo. La Catedral posa para su pincel. Aquí tenemos el resultado en catorce pinceladas:
“En la antigua y vetusta catedral de Toledo
en la puerta que se abre hacia el lado de Oriente
he visto una cariátide, que al decir de la gente,
de un hereje famoso era vivo remedo.
Cuando la lluvia cae por entre el fino enredo
De los frisos que adornan esa mole imponente,
Una gota resbala sobre la faz doliente,
Y al llegar a los ojos se detiene con miedo.
El sol, al levantarse en su marcha gloriosa,
En la muerta pupila, como lágrima viva,
Hace rodar la gota que rodó silenciosa.
Y es como ha siglos, sepultada entre yedra,
La cariátide que del mundo se esquiva,
Viene llorando a solas con sus ojos de piedra.”
Ahora bien, estudiamos estos poemas encontraremos que hay exceso de paisajismo en ellos. Falta alma, acento personal. Yo creo con toda sinceridad, señoras y señores, que esta clase de poesía objetivista es aburridísima. O se pinta o se escribe. El poeta, el verdadero creador de poesía, nunca procede descriptivamente sino por síntesis metafóricas.
Por ejemplo, Miró, en el “Poema del Ruiseñor”, sintetizará poéticamente: “hunde el pico en el agua transparente, y se bebe la luna, trago a trago”.
Esto es poesía. Hacer lo contrario, es decir, describir minuciosamente el momento en que el ruiseñor se engaña, será literatura, todo lo que ustedes quieran, pero no arte poético.
Por suerte, Demetrio Fábrega era un espíritu comprensivo. Cuando sus compañeros de generación decían desatinos del arte nuevo, comenzó a indagar lo que había de verdad en el nuevo movimiento. El, que cuidaba como nadie las formas tradicionales, no vaciló en aceptar como justas las innovaciones que se imponían.
Fue el primero de su generación que se hizo conflicto su propia obra. Yo recuerdo siempre, con respeto y profunda simpatía, sus palabras comprensivas. “Laurenza- me dijo una vez- yo no entiendo ese arte de hoy, pero comprendo que ustedes tienen razón.”
¿Se puede pedir mayor nobleza? Cuando Sinán, nuestro joven lírico, publicó su libro de versos, “Onda”, después de Méndez Pereira, quien escribió desde Europa, el primero en decir algo justo en nuestra prensa fue Demetrio Fábrega.
“Las innovaciones, al principio, chocan, pero acaban por imponerse”. “El arte nuevo al principio me pareció alambicado, falto de sinceridad, de un efectivismo pirotécnico, mas poco a poco, he ido comprendiendo su razón filosófica. No es sino la interpretación justa de la vida actual…”
¿Cuántos de nuestros académicos de facto son capaces de tal comprensión? ¿Cuántos son capaces, como Demetrio Fábrega, de conocer el propio error de su obra y escribir estas siguientes estrofas, prometedoras de una renovación que la muerte no quiso permitir?
“Voy atado a la vida como bestia a la noria;
pisando, a cada vuelta, sobre mi propia huella,
sin nada que me diga de un canto de victoria,
y viendo en el espacio brillar la misma estrella.
Un día- cualquier día- yo sentiré la extraña
Sensación de que se abre este círculo estrecho,
Sentiré una luz nueva que mi pupila baña
Y un grito de aleluya brotará de mi pecho!”
GASPAR OCTAVIO HERNANDEZ O EL DESEO
Nace en Panamá en 1893. Desde pequeño tiene que enfrentarse con la vida, duramente. Trabaja en los más humildes menesteres y, por su trabajo personal, llega a poseer una cultura libresca, extensa y poco uniforme. Lleva una sórdida y sin elegancia. A los veinticuatro años es nombrado redactor Jefe de un periódico, que en ese entonces aún significaba algo entre nosotros. Un año después, en Noviembre de 1918, muere de un violento ataque de hemoptisis, al escribir una cuartilla sobre los letreros ingleses de nuestras calles.
Sus libros que son tres- “Melodías del Pasado”, “Iconografía” y ” La Copa de Amatista”-, muestran una uniforme expresión poética que hace pensar en la existencia de un propósito común. Musicales sobre todo, están llenos de cadencias que a veces, por el exceso, llegan a molestar. El poeta ha leído a Poe, al Baudelaire de la primera época y a Valencia y a Darío, entre los hispanoamericanos. De Poe, tiene los motivos del recuerdo:
“Nunca supe en qué sitio, ni a qué hora
vi por primera vez aquel doliente
mirar lleno de paz; aquella frente
serena y alta, nivea y soñadora.”
De Charles Baudelaire, el gusto por las mujeres tristes. Pide a su amada lo mismo que el poeta de “Las Flores del mal” a su Juana Duval: “¡Sé bella y triste!” Hernández dice:
“Sé emperatriz de la melancolía
y haz que tu labio carmesí no ría!
Seduce más tu pálida belleza
Cuando ciñe corona de tristeza…”
De Valencia, el gusto por los temas bíblicos- “Cristo y la Mujer Sichár”-; de Darío, el afán verbal de Prosas Profanas:
” Todo vibra con músicas: los mares
que al cielo afrendan su cantar sonoro;
el oro de la citara de oro
del cantor del Cantar de los Cantares…”
Mas para apreciar el resorte íntimo de la poesía de Gaspar Octavio Hernández, hay que indagar un poco en el hombre cotidiano. Hernández era negro y le dolía la piel. A pesar de su inteligencia y su cultura, tuvo siempre como una desgracia su color. Nutrido de historias griega y latina, de lecturas francesas con abates rubios y princesas pálidas, viviendo en Panamá, donde todavía a pesar del poco de Africa que se lleva en el alma y en el cuerpo se tienen esta baja clase de conflictos, no tuvo la suficiente rebeldía como para echar por tierra todos los prejuicios, y sucumbió ante ellos.
Tuvo siempre como obsesión la blancura. En toda su obra poética no habla más que de los níveos brazos, de las blancas manos, del ebúrneo cuello y de las pálidas mejillas …Cuando en su conocido soneto Ego Sum habla de sí, dice casi con melancolía:
“Ni tez de nácar, ni caballos de oro”
Sólo tres veces en toda su obra nombra a una mujer cuya color no es radiantemente blanca. De temperamento débil, se evadió por la literatura de la realidad. Vivió siempre en un completo auto-engaño, anhelando lo que no podía conseguir e imaginándose al escribir que lo conseguía. De aquí, ese tono falto de autenticidad que hay en su obra y que el lector acostumbrado a indagar el mecanismo de cada verso, se podrá explicar teniendo en cuenta su perenne deseo insatisfecho. El deseo es el sutil resorte de la voluntad.
Y cuando la voluntad no responde a la llamada, por incapacidad de cumplir lo deseado o porque no tiene medios donde actuar, el deseo, en lugar de extinguirse, se nutre de si mismo, desesperadamente. Esta insatisfacción dolorosa llevó a Hernández a una especie de rebelión pintoresca, puro gesto y pose.
Cuenta su más autorizado biógrafo. Demetrio Korsi, compañero suyo de bohemia y canción, que acostumbraba llevar siempre, en el bolsillo de la americana, pétalos de rosas que luego humedecía en al copilla de whiskey que tomaba en los bares frecuentados, frente a la mirada absorta de nuestros pacíficos ciudadanos.
Otra de sus rebeldías era el vestirse, muy dandy, con un absurdo chaleco de color verde o rojo. Pero esto primero es una imitación inofensiva de lo que hacia Remy de Gourmount y que Darío dio a conocer en América; y lo del chaleco un eco retrasado del que usó Gautier en la noche del estreno de “Hernani”, el famoso drama de Víctor Hugo.
Pero Gautier tenía razón para usar tan inverosímil prenda. El formaba parte principal del grupo que iba al asalto del gusto del público tradicionalista de la época. Todo ejercito necesita una bandera y Gautier era el abanderado de los primeros románticos que se batían con el público burgués de la Comedia.
Pero Hernández aquí era admirado como poeta desde un principio y respetado como tal. Su inconformidad, su deseo insatisfecho, su protesta, han debido traducirse en un gesto más consono con su inteligencia; no limitarse a esa revancha de los versos y a la pueril de las rosas y al chaleco. Fue un Julián Sorel de color sin voluntad. Ya decía Oscar Wilde que había hombres que escribían la novela que no podían vivir. Pero Gaspar Octavio Hernández pudo escribir y vivir una novela más bella aún que la que quiso: la de una rebeldía social.
Volvamos al poeta. Su verso es siempre sonoro. La forma del poema, cuidada. Pero tiene un defecto importante: relata mucho, con lo que pierde la fina y subterránea emoción poética. Más que la síntesis de la creación pura, le interesa la voluta retorcida de la palabra musical, como por ejemplo:
“Huérfana virgen; niña errabunda;
presa de males hondos y extraños
que contemplabas meditabunda
cuál se extinguían tus veinte años;
huérfana virgen atormentada;
pálida enferma de ignotos males,
que reflejabas en la mirada
sombra de asilos y de hospitales;
yo tu amargura compadecía
y- enamorado de tu tristeza-
regué en la oscura melancolía
que era cual manto de tu belleza,
todas mis rosas de simpatía;
todas las rosas de mis ternezas!
Yo tu amargura compadecía,
Pálida reina de la Tristeza!”
Muy bien. Pero esto no es más que repetir una idea, sucesivamente, en un mero deleite verbal. En su poema de “Cristo y la mujer de Sichár” hay bellos momentos como también algunos en los cuales el poeta se olvida del buen Jesús para deleitarse con lo vocablos. Este es su defecto principal: el exceso de paramento.
Muchas veces persigue la palabra por la palabra, hasta llegar, como en “La Balada del Campanero de la Campana de oro”, a la estridencia. Si embargo, es el único poeta de su generación que muestra un poco de cultura literaria. Y si se tiene en cuenta que toda su obra la realizó en muy pocos años, pues murió de veinticinco, se puede pensar que con el tiempo hubiere perdido un poco de su encanto verbal, ganándolo en esencia.
RICARDO MIRO O LA POESIA
Nace Miró en 1883 y desde entonces un hombre camina bajo la luna. Miró y la noche. Su poesía, lo que se puede llamar en él puramente poesía, está creada de noche, entre el sueño y la vigilia, sonámbulamente, guiada la mano temblorosa por el ángel de los buenos versos. Yo le he visto, a la hora en que del fondo de cada hombre salen los fantasmas, cruzar las calles silenciosas, sin rumbo, hasta dar con versos así:
“Anoche deambulaba por la orilla del mar
y me encontré conmigo y me puse a soñar…”
Poesía! Yo quiero encontrar la profunda diferencia que hay entre el Miró poeta oficial, con cédula ciudadana, y el Miró poeta angélico y sonámbulo, entre el que escribe de día, cuando han perdido la palabra los silencios, y el que lo hace de noche, acompañado nada más que por su musa preñada de emoción. Pero desgraciadamente, es el cantor oficial el que cuenta con el aprecio de la crítica nativa. A Ricardo Miró le han otorgado aquí reiteradas veces el laurel del triunfo, pero siempre por sus cantos en tono mayor, épicos y ditirámbicos, y nunca por los poemas de “Los Caminos Silenciosos”.
Y al recordar esta injusticia, esta falta de apreciación, se me viene a los labios una blasfemia que no voy a callar: Los célebres poemas escritos por Ricardo Miró con el propósito, no sé si deliberado, de exaltar la historia de Panamá, así como sus poemas patrióticos- a excepción única de “Patria”- me parecen indignos del “Poema del Ruiseñor”, por ejemplo. Escuchen ustedes:
“Patria que me estremeces dulcemente;
Patria de mis amores; patria mía:
Yo quiero saludarte en este día
En que la libertad besó tu frente.
Todavía la lengua de Castilla
Ensalza a Dios bajo tu limpio cielo
Y en tus noches de seda y terciopelo
La misma estrella de la raza brilla.
Patria que me estremeces dulcemente;
Patria de mis amores, Patria mía:
Dios, como un talismán, te puso un día
La libertad de un mundo en la alba frente!”
¡Hay que convenir, señoras y señores, en que esto lo escribe cualquier poetilla oficial de Hispanoamérica! ¿Qué hay aquí? ¿Cuál es la novedad, la belleza, que hace acudir las lágrimas a los ojos de nuestro buen público? ¿Por qué se quiere insistir en admirar solamente al autor de estas cosas? Para olvidar un poco los anteriores versos, voy a sustraerle unas gotas de poesía al Miró nocturno:
Voló como la garza; voló cual la gaviota;
Como la nube errante, como la errante nota
que llegan se detienen y siguen en el viento
dejando la inquietud en nuestro pensamiento. Como vino
A dónde fue?…Quién sabe!…Se fue tal a cumplir la consigan fatal de su destino,
A rodar por las calles, tal como rueda una
Moneda, o como cae en un charco la luna…”
Este es el acento grato en Ricardo Miró.
El acento del poeta menor que escribe de noche, deambulando al azar; del Miró que en Panamá no se ha sabido querer en todo su valor; del calumniado por ese otro Miró común, miembro de Academias.
En Panamá se ha creado una falsa idea que no perjudica a nadie más que al propio poeta. Se cree contar con un poetazo, en mayúsculas, autor de las glorias nacionales y, a su vez, gloria de resonancia continental. Y esto es una tontería. Panamá no tiene un poeta continental ni grandioso, porque su mejor galardón literario es un poeta lírico, de un amable tono íntimo, que no quiere saber del bullicio de los aplausos ni las lenguas sabihondas de loa académicos de la suya, sino de los rincones lunados y quietos de su pequeña ciudad.
De este último Miró es de quien yo quiero hablar. El otro, el falseado por el entusiasmo de la tribu republicana, se lo dejo de mil amores a los necios, a los que no saben apreciar la belleza en voz baja.
En la obra de Ricardo Miró hay el mismo error que en la de los otros dos mejores poetas de la generación republicana: el exceso de palabras. En Miró la cuestión es excusable, puesto que ignora, risueñamente, muchas cosas. En él la emoción poética, de la cual está todo lleno, al traducirse en versos se diluye.
La fina belleza del “Poema del Ruiseñor” pierde mucho de su perfume en el aire al detenerse el poeta a pintar el cuadro. Todo el poema, lo que hay en sus líneas de verdadera y pura poesía, es, según mi parecer, el final en que cuenta el engaño del pájaro, parte final ésta en la que consigue primorosamente la síntesis artística:
“Ante el dulce deliquio que le miente
la Luna, riendo del cristal del lago,
loco de amor el ruiseñor se siente,
y respondiendo al amoroso halago,
hunde el pico en el agua transparente
y s bebe la Luna trago a trago”
Como también en aquel otro poema:
“…dolorosa y muda lo mismo que uno herida.
Brillaba sin saberlo lo mismo que una estrella.”
Y como en su magnífico poema de la “Alta Noche”, en el que hay un juego poético de esos que la ignorancia enciclopédica de por aquí llama “vanguardista”, y que voy a citar:
“El humo voluptuoso del cigarrillo turco
subía en espirales haciendo lento surco,
y por la escala azul bajaba una hebra loca
de la luna, en sigilo, y se entraba en mi boca;
y en la alta noche llena de paz y de fortuna,
yo, por dentro, me iba encendiendo de Luna…”
Algunos críticos nacionales han comparado a Ricardo miró con su compañero de generación Gaspar Octavio Hernández y han dicho que éste último resulta superior. Y me han contado que allí por los pintorescos días del año de 1916 llegó hasta haber dos bandos literarios irreconciliables formados por los amigos de los poetas.
Más, personalmente, creo que Miró es el único lírico, el único auténtico poeta de esta generación.
Para Gaspar Octavio Hernández la poesía es sólo “una cuestión de palabras”. Es sólo la música verbal, la sílaba acariciadora lo que le importa y hace en el poema. Antonio Marichalar, el fino crítico de “Mentira Desnuda”, cita el testimonio de D. H. Lawrence sobre esto: “estas combinaciones más o menos gratas y seductoras, estarán siempre en boga y atraerán a la gente; pero la verdadera poesía es otra cosa: su auténtica calidad estará en conseguir un mundo nuevo, dentro del viejo mundo conocido.” Gaspar Hernández ofrece como sumo juego poético el musicalismo de:
“Todo vibra con músicas: los mares
que al cielo ofrendan su cantar sonoro;
el oro de la cítara de oro
del cantor del Cantar de los Cantares….”
Y el de:
“…un bruñido puñal
de la más bruñida plata
mata
como un puñal de cristal
o como un puñal de agata:
que el metal precioso mata
cual mata vil mineral.”
Por su parte, Miró brinda una realidad insólita, “un mundo nuevo”, cuando descubre el engaño del ruiseñor:
“…hunde el pico en el agua transparente
y se bebe la luna trago a trago.”
Lo mismo que al decir de una mujer que era:
“…dolorosa y muda lo mismo que una herida.
Brillaba sin saberlo lo mismo que una estrella.”
Y a mí me parece que “a mayor creación, más poesía”.
Lástima grande que las posibilidades poéticas de Ricardo Miró no cuenten con la ayuda de una seria cultura. Porque si la poesía es rapto, frenesí, ímpetu, el que lo sea no excluye la sujeción d ese rapto, de ese frenesí, de ese ímpetu a la consciencia estética del poeta. Lo espontáneo sometido a lo consciente, según el postulado de Juan Ramón Jiménez, máximo creador de poesía. Y es que indudablemente todo poeta debe ser un poco “agrimensor d su selva lírica”. Por no serlo, por no pode serlo, es que Ricardo Miró ofrece unto a sus “Nocturnos” la cascada doméstica del monólogo “La Huerfanita”.
En fin, quiero terminar mi indagación de los poetas porque todavía tengo algo más que decir y debo ajustarme a los límites precisos de una conferencia. Mas permítaseme que les invite a saludar en Ricardo Miró al mejor poeta de su generación y a un gran poeta que pudo ser….
JUSTIFICACION Y PROPOSITO
He repasado los valores más cotizables de la llamada generación republicana. Siguiendo aquel dicho de Nietzsche de que las verdades calladas se vuelven venenosas, he descorrido el velo halagador que cubría muchos ojos. Y hasta donde puede, con mis escasos medios, he llevado el examen, difícil porque acercarse a la obra de estos hombres es como llamar a un cuarto vacío.
Que no hecho más que destruir, dirán algunos. Que no hay derecho para tal empresa mientras no se cuente con una extensa labor personal. Pero es que yo hablo aquí como integrante de un grupo de jóvenes que sí tiene derecho a manifestar su opinión. Y, además, ¿se puede pedir mayor obra que destruir la falsa gloria? La destrucción lleva en su seno la creación como la noche al día. Con el examen presente se ha demostrado que la mayoría de los que aparecen como grandes son de una grandeza como la del balón del niño, vacua y aparente; y que los que figuran como inconmensurables no son más que modestos artistas con pequeñas grandezas y grandes miserias…
Esto es doloroso, pero es la verdad. La desnuda verdad que ha encontrado una generación que trae los ojos limpios de toda nube convencional y que quiere afirmarse sobre realidades rotundas. Si hoy nosotros los jóvenes andamos “faltándole el respeto a las cosas tradicionales”, como dice un intelectual panameño, es porque la tradición- ¡ay tan costosa!- d que se habla no lo es para nosotros, escrutadores de un pasado hecho por los hombres de la talla de los que hoy, en lo literario, motivan esta crítica.
La nueva generación quiere disparar la vida panameña hacia un nuevo horizonte, preñado de promesas, y esa tradición estorba por que pesa sobre la conciencia nacional con su aparente suficiencia.
El panameño es un hombre para el cual la vida consta de una sola dimensión. Para él vivir es sencillamente existir en la circunstancia fortuita en que le ha tocado nacer, y nada más. Mientras puede vivir en un sitio, ahí permanece. Es el hombre que no tiene casi necesidades, pues su mayor empresa es, en muchos casos, el conseguir un Ford o un aparato de radio. Y con tal tipo de hombre, de tan peculiar psicología, hay que decidirse a construir una nación.
Pero hay antes que enseñarle que no debe estar tranquilo en el orden de cosas actual. Por eso se ha emprendido un examen riguroso de la vida istmeña tanto en lo cultural como en lo económico: para demostrar a todos su podredumbre y agitar lo entusiasmos que forjen un Panamá distinto, más noble y más cierto.
Conferencia leída en el Instituto Nacional de Panamá, la tarde del 17 de Enero de 1933.
Ediciones del Grupo “Pasaje” Panamá-1933. (121p) Por invitación del Prof. Manuel Roy.
Segunda edición suplemento cultural Talingo, del diario La Prensa….
Un Cuento de Roque Javier Laurenza, publicado en el Semanario Mundo Gráfico, el 15 de septiembre de 1934.
La Espera
Irene está por llegar. La espero. Mientras llega, pasaré unos minutos escuchando la radio. Me siento junto a ella. Muevo sus mecanismos….Y me llega un rumor. De mar? Continúa el rumor. Ahora, más cerca. Sí, es de mar. “¡El mar, el mar, recomenzando siempre!” Avanza la primera ola. Luego, otra, y otra, desenvolviéndose acompasadamente, a medida que doy vueltas al manipulador. ¡ El mar! Ya llegan hasta mi sus olas. Me arrastran suavemente, lejos del aparato. Lucho, un momento, y vuelvo a él. Sigo moviendo el mecanismo mágico. ¡Ya está! Ha crecido la marea invisible, sonora, rítmica. ¡Qué placer!….Mar, te reconozco: eres de Debussy……
Mar sin sirenas, mar de música, mar puro….Conozco tus olas precisas, correctas. ¡Qué agradable caricia la de tus aguas, mar!…..
Las siento llegar, envolverme, y me dejo, complacido….Es un placer….Cierro los ojos voluptuosamente. Poco a poco, va desapareciendo la visión familiar, disminuyendo su cuadro, hasta ser nada más que un diminuto punto negro. Una gotita de tinta, que luego, misteriosamente, comienza a crecer, a crecer….Ahora, todo es negro. Me veo pequeñito, rodeado de grandes nubes, rodeado de grandes nubes negras, sobre las cuales unas enormes letras de un extraño color. Hay una I, una R, una E, una N, y otra E: IRENE…..
Siento miedo. Quiero salir de ahí. Por dónde? Busco, desesperado, inútilmente. No hay por donde salir. Tendré que resignarme….
No, es mejor que siga buscando. Negro, negro, negra….¡Al fin! Encuentro una salida. Es pequeña. Seguramente, no podré pasar. Es entre la I y la R….Trataré. Me subo a la nube. Hago un esfuerzo…y salgo. Estoy en una playa llena de sol. El mar tiene el mismo rumor del otro. Llegan sus olas a besar la blanca arena…
De pronto oigo una voz: ROOOQUEEE…Es Irene, que se acerca corriendo por a playa. Llega junto a mi. Vibra todo su cuerpo.
Sobre los escritores jóvenes
Un alto funcionario, que además figura como historiador distinguido y cuyo nombre aparece en las gloriosas listas académicas y en las prosaicas, pero gratas filas administrativas, me preguntaba ayer sobre la escasa producción de los escritores jóvenes y, aunque su cortesía quiso velar el reproche, casi llegó a mostrarme el ejemplo de los mayores con el orgullo y la satisfacción de la obra numerosa y frecuente. Alabada sea su musa, que es Clío la de la Historia, por su vientre fácil y fecundo. Pero no puedo aceptar su reproche sin que antes me permita una breve reflexión sobre el asunto.
Hubo un día en que al hombre de pluma se le imaginó desmelenado, sin aseo, miserable y oprimido por las necesidades cotidianas. Se llegó a idealizar el hambre y no faltó quien creyese que la falta de nutrición era el estímulo perfecto para la obra de arte. La buhardilla, el mal olor, la penuria y la casa de empeños se presentaron como el escenario ejemplar del escritor.
En la suciedad y el hambre trabajaban los forzados de la pluma, hasta que en la hora de la muerte, la vanidad y la tontería organizaban uno de esos homenajes póstumos de los cuales se benefician más los vivos que los muertos. Según esta versión, este ambiente hubiera hecho del amigo historiador una celebridad mundial y su obra, en verdad modesta, habría llegado a ser el testimonio de un genio. Sin embargo, él rechazaría, a lo mejor, esa espléndida oportunidad de hacerse célebre y se conformaría con su modesta aureola local y con su tranquilidad burocrática. Pero ya los tiempos son otros. El intelectual de hoy, escritor o artista, es un trabajador más, al lado del ingeniero y del arquitecto, del agricultor y del obrero industrial. Esa bohemia pintoresca e insalubre queda para los días de las flores y los desmayos románticos. La obra intelectual es un producto más en el mercado. Pero en Panamá en este Panamá nuestro, desgraciadamente la cosa es bien distinta.
Aquí resulta que eso de vender una obra se ha convertido en una labor de beneficencia y los amigos contribuyen a ella con el mismo espíritu de las damas piadosas que hacen la caridad entre suspiros e invocaciones al cielo. Hay, en verdad, quienes se encogen de hombros y salen por esas calles a colocar sus libros como quien coloca billetes de una rifa, de esas rifas que, por tácito acuerdo del vendedor y el comprador, no se efectúan nunca.
Así, pues un escritor que se respete será incapaz de ofrecer su obra sino es tras la transparente, pero infranqueable muralla de los escaparates de las librerías, donde se quedan los libros hasta que el autor decide obsequiarlos a los amigos.
Por otra parte, los jóvenes, claro está que me refiero a ciertos jóvenes, son olvidados, despreciados y obligados a la angustia cotidiana de las necesidades elementales. Si no hay, pues, posibilidad de que las obras lleguen al público por el camino digno de las librerías, y si, por otra parte, el valor, el esfuerzo, por el estudio y la propia superación tienen que ceder a la cortesanía, entonces, cómo extrañarse, cómo reprochar, por la falta de obras de los escritores jóvenes?
Yo, por ejemplo, sé cuáles son los caminos del éxito y la fecundidad literaria. Quizás podría publicar en un año tantas obras como el amigo historiador. No tendría más que pallar, que aceptar, y pensar, para excusarme ante mi propia razón, aquella frase de un personaje de Moliére que decía que la culpa no es de los que se dejan aplaudir. Me vería entonces, tal vez, citado y comentado. Con un pequeño discurso sobre Bolívar o cualquier otro lugar común continental, quizás obtendría la atención de los académicos y la consideración de los políticos. La paz, una paz burocrática o diplomática, me daría el tiempo y la tranquilidad para recordar los viajes de San Martín, y aumentar así la bibliografía nacional.
No, no es por tontería por lo que algunos jóvenes no contamos con el aprecio que todo esfuerzo espiritual merece. Es por lo que Erasmo de Rotterdam llamaba el orgullo necesario.
Quede, pues, rechazado el reproche del fecundo, feliz y distinguido historiador. Y quede también dicha el reproche de los jóvenes a todos los que miran ineficaz coro ditirámbico. Cada cual con su carácter, decía Voltaire. Y Voltaire, amigo historiador, sólo ha dejado un libro, “El Cándido”, para la eterna bibliografía el mundo.
R.J.L.
(Publicado en la Estrella de Panamá, el 17 de enero de 1937.)
Carta Abierta al Director de ” La Estrella de Panamá.”
Se nos ha traído para su publicación la siguiente carta:
Sr. Director de “La Estrella de Panamá”,
Presente.
Señor Director:
Son estos días que corren tan graves y significativos que exigen de todos los hombres que los viven una sensibilidad y responsabilidad sumas. En momentos así, hay que agregar la tontería a los pecados capitales. Y los comentarios a la situación internacional que está publicando esa hoja de usted son el mejor apoyo de esta afirmación. No se trata de izquierdas y derechas, ni de rojos y blancos.
El problema del mundo, del cual la lucha de España, de China, y de Austria son los puntos más agudos, atañe a cosas más profundas que la simple clasificación partidarista. No se trata de Negrín, el gran español, ni de Franco, la vil marioneta de Roma. Se trata del hombre, señor director, de la persona humana.
El Ejército de la República Española defiende, no solamente a España, sino a los valores más fundamentales del hombre civilizado. Esos soldados heroicos son la vanguardia de una lucha contra los enemigos de la libertad y la dignidad humana. Compréndalo usted así, señor director. Yo no puedo exigir que usted tenga puntos de vista iguales a los míos. Yo no pertenezco a esos demócratas que han hecho su mayor profesión de fé doctrinal en Sajalises. Su destino es ser fascista como el mío es estar al lado del pueblo español.
Esta breve carta no tiene como objeto polemizar con usted sobre los puntos particulares de sus escritos, atacando esta o aquella frase desbocada. Le escribo a usted, no para rechazar las monstruosidades que dice, aunque sean como esa de que Goya es odiado por el pueblo español, lo cual indica un desconocimiento absoluto de los valores esenciales de la obra goyesca, sino para exigirle, en nombre de eso que se llama inteligencia, que someta a la más elemental reflexión sus palabras.
Diga lo que quiera, pero pensando siempre que n habla usted solamente de Negrín y de Azaña, de Prieto y Hernández, sino también y principalmente de ideas y valores fundamentales. Ese lenguaje de los últimos escritos de “La Estrella”, en el cual la tontería va del brazo con la más completa ceguera histórica, no puede justificarse ni en esa columna de “Leopardo”, ya sólo piel de alfombra, donde la razón y la cultura salen siempre malheridas y mostrencas.
Defienda usted a la traición, al crimen, a la barbarie, pero hágalo con plena responsabilidad, haciendo sentir al lector que usted es responsable de lo que dice. Hasta el momento, nadie puede hechar sobre sus espaldas la responsabilidad de los editoriales de “La Estrella”, por que se expone a que usted le diga, defendiéndose, que son párrafos escritos a vuela pluma, entre la prisa y el bullicio de la redacción, sin ninguna inteligencia ni asomo de espíritu.
Y si ese lenguaje y esa sensibilidad y ese sentido histórico son los únicos de que usted dispone, entonces, señor director, tendré que soportar pacientemente la diaria lectura que me es impuesta por obligación que estoicamente cumplo, de esas líneas con que “La Estrella” parece honrarse hasta que un día la justicia llegue a nosotros y a cada hombre exija la responsabilidad de sus palabras y sus actos.
Roque Javier Laurenza.
(Publicado en El Panamá América, el 21 de Marzo de 1938.)
EL CAUDILLO DE LEVITA
Publicado por primera vez en la revista Lotería, número 56 de enero de 1946.
…Un symbole de ce que peut accomplir, dans un univers hostile et froid, une longue jeunesse de coeur…
Maurois
Ha sido aquí, frente a esta bahía de Guanabara, que él admirara un día acompañado del Barón de Río Branco, que un amigo me ha dado, hace unos momentos, la noticia de la muerte del Doctor Porras el telón del tiempo ha caído inexorablemente sobre la última escena de una época. Ya no se verá más por nuestras calles al viejo caudillo de levita gris, sombrero en mano, siempre saludando, ni se escuchará a las gentes murmurar, al responderle, “ahí va el Doctor, ahí va el Doctor”, como el eco cordial. Que despertaba el paso del dandy octagenario.
Fin de una época, nota final de un aria, última frase de un capítulo de historia, la muerte del Doctor Porras cierra una parte de la vida política y sentimental del istmo y deja a los panameños un poco más huérfanos de las cosas del ayer. Así es la vida. Con cada nueva muerte familiar, algo muere en nosotros también y sentimos, con más dolorosa certeza que nunca, que vamos envejeciendo y que nada detiene la caída irremediable de las hojas secas de los días. Esta sensación, que se repite en cada hora de duelo, se intensifica más cuando el que muere ha sido fiel imagen de un pueblo, vivo resumen de un momento de su historia.
Hay alguien, por ventura, que pueda imaginarse al Panamá de hace cuarenta, treinta o veinte años sin la figura del Doctor? No fue su nombre el que escuchamos siempre en labios de nuestros mayores para las diatribas y para los elogios, para culparlo por las malas horas o elogiarlo por los buenos tiempos? No fue él, acaso, el poderoso taumaturgo en cuyo honor las gentes del campo encendían lámparas votivas para que su numen tutelar les fuera propicio y el mismo a quien se acercaban las de la ciudad para que decidiera, con un golpe de su vara mágica, los conflictos íntimos? Júpiter de levita, dueño indiscutible de la vida pública y privada de los panameños, sólo le faltó trocar sus prosaicas ropas burguesas por la túnica solemne de un dios antiguo.
De 1856 a 1942, cuántos hechos, cuántos recuerdos! Lejos quedan ya los días tumultuosos de Correoso y Aizpuru, del General Albán y el General Herrera, de Carlos Mendoza y Eusebio Morales, de Ramón Valdés y Rodolfo Chiari, y aquellas horas inquietas y preñadas de futuro de comienzos del siglo y las de los años de 1910, 1916, 1920. Ya podemos ver esas imágenes de nuestro inmediato pasado con la amplia perspectiva que ofrece el tiempo.
Los cuadros históricos se forman, se organizan obedeciendo al pincel, mágico de ese gran pintor que es el destino. Verlos en conjunto, armoniosamente, como grandes lienzos de un museo, melancólica recompensa con que la vida paga el ir mutilando nuestros corazones!
Yo recuerdo ahora, después de dieciocho años, la primera vez que vi al Doctor Porras. Fue en la inauguración del Santo Tomás, yo solía vagar por las playas de Bella Vista durante las horas en que mi familia me creía en la escuela. Una mañana vi a numerosas gentes reunidas frente al nuevo hospital. Un hombre de levita gris, cabellos blancos, blancos bigotes borgoñones y tez rosada leía un discurso. Era el Doctor.
Explicaba a los presentes que había ordenado construir ese hospital porque un amigo suyo (su amigo “Toto, que era alto, rubio, musculoso y fuerte”) no había querido ir al antiguo centro de salud “porque estaba cerca del cementerio”. Se había negado rotundamente. El Doctor encontró justificadas las razones de su negativa y dispuso entonces que se empleasen unos cuantos millones en la construcción de un moderno hospital, de modo que todos los Totos de Panamá pudiesen ir a remediar sus dolencias, sin tener frente a los ojos la sombría visión de ese lugar postrero donde mármoles y cruces anuncian el severo reino de la muerte.
Esa imagen lejana se une hoy, en la saudade del recuerdo, a la última vez que vi al Doctor Porras. Ya Ricardo Miró estaba mortalmente herido por la enfermedad tenaz y sólo abandonaba su habitación por breves momentos. Una tarde, Rodrigo Miró y yo examinábamos unos libros nuevos cuando, de pronto, sin anunciarse apareció el Doctor Porras en la sala, acompañado de su esposa “Vengo a ver a Ricardo, hombre, al pobre Ricardo”, dijo a guisa de saludo. El poeta salió a recibirlo y los dos viejos amigos se abrazaron conmovidamente. “Estás muy bien, Ricardo, estás muy bien”, decía el viejo caudillo al poeta enfermo, como queriendo transmitirle el secreto de su propia juventud perenne, de esa fuerza suya que le permitía, pasados los ochenta años, subir por dos largas escaleras, sin cansarse, hasta el piso de la familia Miró.
Doña Alicia conversaba con la esposa y las hijas del poeta. El Doctor, Miró, Rodrigo y yo formamos un grupo aparte, en el balcón, Caía la tarde. A lo lejos, se alcanzaba a ver el lindo panorama de la bahía del Mercado, como la estampa primorosa de un abanico de colores fuertes. “Mira, Ricardo, allá está mi Exposición, hombre, mi Hospital, mi elefante blanco, hombre”, decía el caudillo. “Lástima que no pueda volver a la Presidencia. Pondría en práctica unos proyectos que tengo, grandes proyectos…..” El poeta fumaba, en silencio, lleno de recuerdos. “Qué lástima, hombre! Sin embargo, hemos hecho algo, Ricardo. Tú tienes los “Preludios”; yo tengo estas cosas….”- y el Doctor extendía los brazos como queriendo abarcar toda la ciudad de Pedrarias. En ese momento, Rodrigo le escucho murmurar una frase latina, entre dientes, surgida del fondo de su memoria de bachiller del Rosario. Quizás sería el orgulloso Non omnis moriar, no he de morir del todo, dicho con la justa jactancia de quien construye los propios monumentos a su fama.
Después de un rato. Doña Alicia se acercó a nosotros para decir al anciano que ya era tiempo de despedirse. Y en ese momento, como un truco dispuesto por invisible director de escena una bandada de pájaros cruzó frente a nosotros, en vuelo tembloroso. “Tus gaviotas, Ricardo, tus gaviotas!- exclamó el Doctor. Miró sonrió tristemente. Y como en los viejos días de la Presidencia, en aquellas animadas tertulias del Palacio de las Garzas, cuando el Doctor se paseaba por los salones apoyado en el hombro de Berlín Mina o en el del mismo Ricardo Miró, el caudillo de levita se apoyó ligeramente sobre el hombro del cantor de Lía para murmurarle en voz baja, con melancólico dejo: “Mi poeta, hombre, mi poeta!”- y se quedó mirando el viejo paisaje familiar de la bahía que los dos vieran una vez unidos en las horas triunfales de la edad madura, y que volvían a ver de nuevo, otra vez juntos, en la hora triste y sin remedio del ocaso.
Como suele acontecer con los hombres que por su propio esfuerzo alcanzan el poder político y que se convierten en el objeto constante y reiterado del homenaje de sus conciudadanos, el Doctor Porras llegó a pensar que el Gobierno era algo que le pertenecía por derecho propio, por galantería del destino, como diría Bueno do Prado, y que el pueblo panameño no era otra cosa que la prolongación de su propia familia. “Mi Hospital….Mi Exposición…..Mi poeta……” Aún después de abandonar la Presidencia, el Doctor siguió considerándose el árbitro supremo de Panamá y estaba sinceramente convencido de que Chiari y los demás Presidentes eran solamente los tolerados Virreyes que administraban por él y en su nombre el pequeño reino tropical que le pertenecía.
No se paseaba acaso por nuestras calles con un aire orgulloso de Rey en exilio? De ahí le venía tal vez esa fuerza que le mantenía invencible a pesar de las humillaciones y las derrotas que sufrió en su larga vida política, como el precio indiscutible que él pagaba por sus constantes triunfos y renovadas glorias. Qué otro político panameño hubiese podido sobrevivir políticamente a la pérdida de sus derechos ciudadanos? Quién hubiera podido, como él, sobrepujar la terrible oposición de 1921 y 1922? Frente a las amenazas, frente a los peligros, ante los aplausos y los homenajes.
Porras sonreía, escéptico, superior, por que pensaba, como suelen pensar los Reyes en días de peligro, que los pueblos son criaturas caprichosas que construyen un día Versalles y Alcázares para sus soberanos para intentar levantar, a la mañana siguiente, guillotinas y picotas sobre la plaza pública, y que todo estriba en saber manejar, con sabia y maestra mano, las riendas del poder de modo que sólo se ocupen de lo primero y olviden lo segundo.
Rey sin corona, y fiel amigo de las citas clásicas, al Doctor le hubiese gustado seguramente que se pusiera, bajo su nombre, en el mármol de la tumba, aquello que D’Aubigné dijo de Enrique IV: “Digne du royaume s’il n’eut point régné”. Pero tal vez el viejo Bachiller de Bogotá recordando sus queridos latines, nos hubiese corregido, con exacta erudición rosariana, y nos hubiese dicho: “Eso es una paráfrasis de mi querido Tácito que decía: Imperii capaz nisi imperasset!”
En nuestra historia, el aso del Dr. es único. Entre las primeras figuras de la política panameña de estos años pasados, ninguna guarda con él marcadas semejanzas psicológicas. Buscarle un paralelo histórico no es cosa fácil. En cuanto al mecanismo sentimental, tal vez podría ser…Digamos, con Núñez.
Pero sólo allá, en el fondo, recóndito, donde están las fibras del alma, en cuanto a lo puramente psicológico, como dos relojes de la misma alta finura y precisión se pueden parecer, aunque marquen horas distintas y sus sueños caminen bajo signos contrarios. Pero tampoco. Quizás, en un plano ya mundial, con las inevitables diferencias de escenario, ideas, etc., el paralelo psicológico sea más exacto con Disraeli, el Lord de Beaconsfield.
Como Disraeli conoció terribles dramas íntimos y se vio cubierto de los mayores insultos y de los más exaltados elogios. Lo mismo que Disraeli fue profundamente honesto. A él también sólo le interesaba el libre ejercicio del poder, la docilidad de los hombres y los partidos, como instrumento de su voluntad de capitán y Adelantado. Porras también, lo mismo que el gran Primer Ministro, aprendió a ser orgulloso cuando quisieron enseñarle a ser humilde.
Era igualmente escéptico y tenía, en el fondo un cierto desdén por los hombres y una gran opinión de sí mismo. Como Disraeli llegó a ser lo que fue porque él era él y nada más. Porras fue el heredero de Porras, fue el Pigmalión y la Galatea de sí mismo, así como Disraeli se fue formando él mismo, a imagen y semejanza de Disraeli; pirandellianamente, Porras fue un personaje creado por un novelista que se llamó Belisario Porras.
Le faltó, sin embargo, odiar tan profundamente o despreciar tan elegantemente como Disraeli. Y no tuvo tampoco el don que él más admiraba- el de un estilo literario de primer orden y que dio al Cisne de Hunghenden la lira de Apolo junto al laurel de César.
Por todas estas paradojas de su carácter, por los muchos errores y los muchísimos aciertos de su carrera, por los contrastes y los matices de su personalidad robusta, la biografía del Doctor exigirá habilidades diversas para escribirla; método flexible y espíritu ágil, y una pluma de punta fuerte y a la vez delicada. Ni el frío resumen cronológico ni el exaltado elogio de su vida; ni el ditirambo ni la diatriba. No la estatura de bronce o mármol, de actitud fija, sino el retrato al óleo de diversos cambiantes; ni el metal ni la piedra, sino los colores opuestos y a al vez correspondientes del arco-iris. En lugar del cincel de trazos definitivos y firmes, el pincel dúctil que puede utilizarse con mano fuerte pero también con suavidad de pluma.
No se puede hacer un retrato del Doctor Porras con solo un color. Cómo reflejar, entonces, al hombre diverso que fue a la vez generoso y egoísta (“Este Ardila, hombre, este Ardila!”), que fomentó virtudes y estimuló vicios (“Escríbeme una carta, hombre, una carta”), que fundó escuelas, abrió caminos y construyó hospitales y sometía, al mismo tiempo, a sus enemigos vencidos a las horcas caudinas de las visitas a la Presidencia? A un ser así, tan complejo y cambiante, cómo aprisionarlo con sólo un acento, con sólo una pincelada, con sólo un golpe de cincel?
Por otra parte, la biografía del Doctor Porras tiene que ser algo así como un Retrato con un pueblo al fondo. Al par que los trazos individuales del caudillo de levita, hay que pintar también el escenario en que se movió aquel hombre. Quien intente escribir la biografía de Porras deberá ir trazando, a lo largo de los distintos episodios de la vida del Doctor, las graciosas estampas de ese Panamá de ayer con su Plaza de Santa Ana, turbulenta y alegre, y su Cantina de La Plata, llena de recuerdos, con su Llorent verboso y sus liberales viejos.
Quizás, así, pueda lograrse reflejar la imagen del ilustre hijo de Las Tablas, de quién fue, sin duda, la mejor estrella de nuestro escenario político. Nijinsky indiscutible de ese primoroso ballet que fié nuestra primera época republicana, donde él reinó como una Cecile Sorel de juventud eterna. Cinco generaciones de panameños le vieron surgir desde el anónimo hasta las cumbres del poder.
Durante muchos años, en Panamá no se escuchó otra cosa que no fuera su nombre: su nombre repetido por tirios y troyanos, con acentos de amor unas veces, con acentos de odio las otras, pero siempre su nombre, como esas frases que forman el leiv-motiv de una sinfonía y que, a lo largo de los varios movimientos, van indicando la presencia del tema en el son vibrante de los metales, en el largo y lento de los cellos o en el dulce y melódico de los violines.
Ojalá se pueda contar más tarde con los papeles privados y con el archivo del Doctor, ese temido “archivo de la dignidad nacional”, como él lo llamaba con vanidad no escondida y que es algo así como el almanaque Gotha de nuestra política. Ojalá su familia permita que las Memorias inéditas que el Doctor decía tener puedan ser consultadas por el futuro biógrafo. Muchos secretos de su complicado mecanismo psicológico se conocerán entonces, pues quién sabe si Porras, conversando a solas con Porras, se reveló a sí mismo algunas de las complejidades de su carácter y su corazón.
Tal vez podríamos, así, verlo de cuerpo entero y a través de los rayos X de esa confesión a la posteridad que son las Memorias, género literario que cultivan los de fuerte orgullo. Conoceríamos mejor a este hombre que utilizaba a los enemigos y a los amigos como instrumentos de su voluntad y para quien los unos y los otros fueron tan necesarios como la sístole y la diástole de su corazón de hombre público.
Porque no es pecar de epigramático el decir que tan porristas fueron sus partidarios como sus opositores. Tan porrista fue don Francisco Arias Paredes como lo fuera don Enrique A. Jímenez, por ejemplo.
El Doctor Porras necesitaba de los dos, se apoyaba en los dos. Arias y Jiménez: violín de dos cuerdas; melodía y contrapunto con que se expresaba este Paganini de la política, este virtuoso de los sentimientos. Los que le conocieron saben que él era así. Qué hubiera hecho el Doctor, en las tertulias de los Domingos, si no hubiese tenido frente a sí a un enemigo tan fiel, tan digno, tan viril y desafiante? Sobre qué hombro se hubiese reclinado entonces para lamentar “esos ataques, hombre, esos ataques?” Porras hubiera creado la Oposición por decreto, siguiendo los impulsos de una necesidad psicológica, si no la hubiese encontrado espontáneamente formada.
Quizás esta aquí el aspecto más interesante del carácter del Dr. Porras. Porque tal vez no sea aventurado decir que él guardaba, en el fondo de su corazón, igual gratitud por los editoriales de don Samuel Lewis que la que sentía por los Cristóbal Rodríguez. Porras pensaba, como Oscar Wilde, que el silencio es la forma peor de insulto.
Como en las tragedias clásicas, él exigía el amor o el odio. Siempre una pasión cálida y fecunda. Y así, entre el ditirambo y la diatriba, entre el halago y el vejamen, entre los aplausos y los silbidos, Porras estaba como el pez en el agua, en su elemento, porque sólo temía a la soledad y a la indiferencia, esa antesala del olvido.
Así era Porras. Así fue toda su vida. Genio y figura hasta la sepultura, como dice el viejo decir español. Es fácil imaginar una última escena. Si el Doctor le hubiese sido posible contemplar el cortejo fúnebre que acompañaba sus restos, al ver entre los acompañantes a los antiguos enemigos junto a los amigos de siempre, reunidos todos ahora por el recuerdo común y ante la presencia solemne de la muerte, quizás entonces se hubiera visto al anciano político, fiel a sí mismo, acercarse a los primeros para decir a uno de ellos, con la mejor de sus sonrisas y con el más fraterno brillo de sus sonrisas y con el más fraterno brillo en los inteligentes ojos claros: “Tú también estás aquí, hombre, tú también! Qué gusto me das, hombre, qué gusto me más!”…
“Car, bien que vou m’ayez abandonné, Seigneur- hubiera podido decir el Doctor Porras en sus últimos momentos, con la voz armoniosa de un poeta ilustre- Ma ferveur d’ autrefois ne s’est point apaisée!”
Río de Janeiro. Septiembre 5 de 1942.
P.S.- Ignoro si Clío preside realmente el túmulo azaroso de los hechos humanos. Pero lo que me acaba de contar don Enrique A. Jímemez, a su legada a Río de Janeiro, me hace pensar que sí puede existir, en verdad, un genio caprichoso y oculto que mueve los hilos de toda historia.
Cuenta el señor Jiménez que el Doctor Porras no pudo recibir los auxilios médicos del Hospital Santo Tomás porque no había habitación disponible para alojarlo. El Hospital estaba colmado. Añade don Enrique que al conocerse este detalle, ya muerto el doctor, el público hizo ciertos comentarios adversos y que el Ingeniero Zárate andaba desolado y disgustado doblemente como funcionario y caballero. Nadie, al parecer, sintió el empeño invisible de un alto designio estético, que movía los hilos secretos de la trama. Se olvidaban de que el Doctor no era un personaje cualquiera. Ninguna mise-en-scene mejor que ésta.
El Hospital Santo Tomás, obra exclusiva de la voluntad del viejo caudillo, aquel “monstruo de cemento”, “el elefante blanco”, como en oriental y retumbante hipérbole lo llamaba la Oposición de entonces, aludiendo a sus “exageradas” proporciones, ese mismo hospital no puede recibir al Dr. Porras por que no hay espacio, porque están colmadas sus salas y cuartos! Y el Doctor Porras tiene que ir a un Hospital extraño, desde donde puede ver, por la ventana, lejano, al ahora pequeño “Hospital de Toro”. Magnífica escena! Qué mejor justificación para toda la obra del ilustre panameño que su propia aventura de anciano moribundo? La última escena de la vida de Porras justifica toda la vida de Porras.
La historia tiene estos caprichos. Ha sido este genio, esta musa de que hablamos la que hizo que no se conociera bien el estado de gravedad del Doctor Porras y quien le jugó esa mala partida al Ingeniero Zárate, caballero perfecto y admirador ferviente del viejo político.
La vida de un hombre como Porras no podía terminar así y nada más, sin ningún elemento dramático-político?-. De ninguna manera! Allí estaba, vigilante, mañosa y artista la musa de la historia. Nadie más, ella sola sería quien arreglase los últimos momentos del gran hombre. Y a pesar del amor que todos los panameños sentían por el Doctor Porras, a pesar de que el Gobierno hubiera hecho lo imposible por solucionar la situación y a pesar del propio Superintendente del Hospital y de las de un día llamadas “exageradas proporciones” del Hospital, ese centro de salud no puede recibir al hombre que lo construyó. Gran finale!
El “no” que se pronunció en la Dirección del Hospital Santo Tomás, redondo como un punto; el punto final de un magnífico párrafo de historia, de un párrafo donde el oído alerta puede percibir claramente esa vibración patética del estilo con que el destino escribe sus más bellas páginas…
R.J.L.
Un Cuento Selecto
Biografía de un Fantasma
Por Roque Javier Laurenza.
Ham.-Alas, poor ghost!
Ghost-Pity me not, but
Lend thy serious hearing
To what I shall unfold…
Hamlet. Act. I-Sc. VI. 4-6
Existen notables antecedentes del caso. Un erudito podría citar, con familiaridad orgullosa, nombres ilustres que afirman igual sucedido. Yo, no: yo debo relatar mi terrible experiencia sin el auxilio ritual de las citas.
Se sabe, se ha comprobado que los personajes literarios, a fuerza de reales, pueden vivir y moverse como nosotros, por que son dueños de una misteriosa energía vital que las trasmite su creador en esa cotidiana imitación de Dios que es la creación del genio artístico. Hay mas, pueden morir y renacer mas tarde en circunstancias extrañas, siempre inesperadas. Yo soy el testigo asombrado de esta posibilidad extrahumana.
Puede decirse, sin temor de exagerado entusiasmo, que no esta lejano el día en que esta verdad sea tan clara que nadie pueda negarla y en que un sabio cualquiera, desde las paginas sabiamente dogmáticas de una revista solemne, nos anuncie la comprobación absoluta de que la vida de estas criaturas es mas durable, mas intensa; mas complicada y, por lo tanto, mas completa que la nuestra. Ese día, muchas señoras, que hoy acuden en vano a las clínicas de los cirujanos estéticos para corregir perfiles o borrar las huellas del tiempo, visitaran llenas de segura esperanza a los poetas y ofrecerán su dinero o sus encantos para que las transformen en personajes literarios, en dueñas felices de esta perfecta longevidad sin arrugas.
Pocos panameños han de recordar a un hombre- o mejor dicho, a un personaje- que fue durante anos, el núcleo cordial de una tertulia de trasnochadores que solía encender el vivac de su charla bohemia frente al antiguo Arzobispado de Panamá. He nombrado a Emiliano García de la Cotera y Specc, conocido de todos por el apodo falsamente elogioso de Conde Finete. Con este titulo todos le llamaron, muchos le quisieron, pero pocos lograron conocer la intima condición de su persona, la dramática realidad- o irrealidad- de su vida pirandelliana, ni el mas asiduo de sus contertulios pudo sorprender entonces, con plena certeza, la verdad de Emiliano García. Para unos fue un chusco, un bohemio divertido y libresco, y para otros nada mas que un mendigo de lujo, una especie de Embajador Extraordinario de la Corte de los Milagros, a quien compraban semanalmente vinos franceses y otras curiosidades gastronómicas.
Solo dos de sus amigos sospecharon vagamente que algo extraño había en el y que el fondo de su vida era un secreto hinterland inalcanzable. Los datos biográficos que se poseían eran escasos. Se decía, por ejemplo, que era natural de Santiago de Cuba; que pertenecía a un distinguida familia criolla venida a menos cuando la guerra de Weyler; que había viajado por todo el mundo y que su llegada a Panamá se debió a la circunstancia fortuita de haberse equivocado de barco. Pero Enrique Ruiz Vernacci no recuerda haber oído de sus tías santiaguinas, en las evocaciones de su exilio madrileño, alusión alguna a la familia de los La Cotera y Specq. Y los amigos de García tampoco le escucharon rememorar, en sus horas de charla, alguna escena remota de su hipotética niñez cubana, con hamacas en primer termino y palmas y cañaverales al fondo. Comprobaron, por lo contrario, que sentía un desdén europeo por las maracas y que el golpe del tambor le exasperaba.
He dicho que dos amigos sospecharon algo. Es verdad. Una noche en que García lanzaba sus paradojas, el Licenciado Don Luis de Caicedo (colaborador de García en una obra infelizmente inédita sobre los misterios órficos) (1) se acerco y me dijo: “Has observado, por ventura, que García parece un personaje de Eca de Queiroz”. Esa observación quedo bailando en mis oídos por algún tiempo, pero luego no volví a pensar en ella. Sin embargo, ahí estaba, en esa frase luminosa y exacta, todo el misterio, el abrete-sesamo de Emiliano García.
Nadie sabe como ni cuanto apareció García. Se ignora la fecha de su llegada a Panamá y se desconoce el curioso itinerario de sus pasos desde las sórdidas callejuelas que dan refugio a los marineros hasta las puritanas esquinas del Correo Central. Lo cierto es que García apareció súbitamente, tal como luego ha recogido su imagen la historia: bien estirado el traje tropical, peinado hacia arriba y el cano bigote mosquetero, tocado con un sombrero de paja italiana, maneroso y galante, como un majo de los buenos días, y con un no se que en las líneas del rostro que hacia pensar en una edición ala rústica y con muchas erratas del Duque de Alba.
Parecía tener sesenta anos, pero su andar nervioso y felino desmentía esa edad. Bien pronto, comenzaron a llamarle Conde Finete, apodo que acepto con sonriente ironía, pero insistiendo siempre en que se pronunciase sin la plebeya E final. Finet y no Finete, con una E larga que se empina un poco pero que no llega del todo a la T.
Ya estaba instalado en los bajos de la Cafetería Parada. El cuarto era humilde, incomodo. Unos pobres y escasos muebles eran todo su riqueza. Unos cuantos libros y una vieja lampara de kerosin completaban el cuadro. Un hombre real no hubiera podido soportar tales privaciones materiales. El estaba por encima de toda miseria corporal, su “reino no era de este mundo” sino del otro, sublimado y eterno, de la ficción artística. Que importan la bolsa flaca, el manjar escaso o la ropa humilde para quien no vive sino por la imaginación y en función de la imaginación? Al hablar de su cuarto, por ejemplo, García usaba siempre de expresiones elegantes como esta: “La otra tarde, en mi Quinta de Los Molinos…” Alusión hiperbólica a los humildes molinos mecánicos del señor Parada. Allí, en ese cuarto, recibía la visita de las mozas de servicio de los alrededores; allí las festejaba con buenos vinos que robaba a su propio sustento, como un millonario en esa pobreza de franciscanos extremos. Sus amigos solo éramos admitidos hasta el umbral. El cuarto de García fue siempre un castillo de insalvables muros. Y todos respetamos ese limite severo como el precio tácito de su amistad preciosa.
Poco a poco, las frecuentes visitas de tantas mujeres fueron creando, entre los vecinos curiosos, la leyenda de su vitalidad fantástica. Se preguntaban cual podía ser el encanto que este hombre de cabellos canos ejercía sobre estas jóvenes. Algún pedante inoportuno cito los execrables nombres de Galiostro y de Sade; se hablo de una extraña colección de filtros misteriosos y no falto quien hablase de hipnotismo y de magia. Pero García ignoraba, con superior desdén inconmovible, el ruido de tal fama y el susurro comadrero de las lenguas.
Cuando se reunía a nosotros después de estos diálogos horizontales, solía decir con desdeñosa indiferencia: “Estuve almorzando con Madame de Stael” o con suave ternura: “Tuve una ligera discusión con la Montespan”…Todos nosotros sonreíamos sin comprender que, gracias a García, estabamos respirando la atmósfera de las grandes creaciones literarias, en ese alto clima estético donde se transforma la esencia de toda cosa vulgar y se logra el oro perenne de la belleza. Ninguno comprendió entonces, y muchos aun no lo comprenden, que aquellas mujeres acudían a el y se le entregaban apasionadamente a trueque de mimos y galanterías desconocidas antes por ellas y que eran la dulce miel con que las embriagaba este caballero andante.
La alusión al Quijote no es del todo inconsciente. Así como Don Quijote supera la realidad ambiente y la transforma, convirtiendo a la ruda moza del Toboso en noble dama, así también García vence la realidad y la supera, y hace de las oscuras muchachas chorreranas y tableñas, cortesanas de los tiempos áureos de los Luises.
Ahora bien, podría alguno de nosotros, miserable hombre de carne y hueso, hijo de hombre común, mortal y terrestre, poseer esta fuerza, esta capacidad trasmutadora? No lo creo. Los casos que conozco pertenecen todos a seres creados por el genio de algún artista. Ahora puedo ver claro, ahora que ya se que García es también un personaje, un fantasma del espíritu que aparece y desaparece en avatares múltiples. Pero sigamos.
Los anos fueron pasando, García se hizo conocido de todos, al menos exteriormente. Una noche de verano, inesperadas sirenas anunciaron el pavor de un incendio. La Cafetería Parada. ” la quinta de los Molinos”, ardía por los cuatro costados. Yo acompañe a García. Llego jadeante y patético. Atravesó el cordón de guardias y penetro por el patio en llamas hasta su cueva. Cuando regreso estaba sereno. Traía bajo el brazo unos libros. No comprendí bien el extraño salvamento. Pense que había desafiado el peligro para salvar sus ropas. Pero unos libros? Eran las obras de José María Eca de Queiroz. La primera, incisiva sospecha me gano nuevamente. García salvaba el secreto filtro de su vida, su único alimento de personaje, la única sangre que nutria su cuerpo de criatura de la imaginación.
Meses después, García enfermaba. Ninguno de nosotros acudió en su auxilio. Fu viviendo quien sabe como y una mañana lo encontramos muerto o mejor dicho, en circunstancias tales que parecía estar muerto. Lo enterraron en la tierra común. Muerte de estoico fue la suya, sin conmovidos testigos ni adioses lastimeros. Nuestra indiferencia le salvo de un discurso. Y cuando el Licenciado Luis de Caicedo, recordando a Horacio, maestro de ambos, quiso erigirle un monumento, fueron estos versos los escogidos:
Absint inani funere reniae
Luctusque turpes et querimoniae
Compesce clamoren ac sepulcri
Mitte supervacuos honores.
Pero la generosa empresa conmemorativa de Caicedo fracaso por falta de apoyo y no quedaron, sobre la parda tierra de la tumba, ni latines ilustres ni funerarios mármoles para recordar a García.
Como en toda historia, el tiempo fue dejando caer la lluvia de los días y el polvo espeso del olvido. La vida me llevo a otras tierras, donde pude saborear en su propia salsa la bella prosa de Eca de Queiroz… Repetidas veces recordé a García y sonreí de mis vagas sospechas de entonces, aunque me intrigaba el hecho de que la lectura de este escritor coincidiera o, mejor dicho, suscitara el recuerdo de García. Y así, entre sonrisas y viejos recuerdos, quedo la imagen del viejo Conde, hasta que hace unos días la terrible verdad, intuida ayer, se ha hecho clara, patente, inexorable. García esta vivo, digo vivo porque no se como decirlo de otro modo. Esta aquí, en Río de Janeiro, escapado del Cementerio Amador, fantasma en vacaciones. Houdinini de ultratumba.
He aquí los hechos estupendos y el resultado de mi pesquisa policial. Existe en la antigua Rua de Ouvidor, arteria de Río donde están los principales establecimientos, una librería portuguesa que adorna su vitrina con un busto horrible del gran Eca de Queiroz. La calle es estrecha, colonial, y los ociosos elegantes, las niñas bien, los literatos de moda y los políticos de nombre, es decir toda la alta fauna carioca, suelen frecuentarla. Pues bien, hace pocas tardes fui a esa librería. Un novelista brasileño, amigo mío, compraba libros. Terminadas nuestras compras, nos dispusimos a situarnos en la puerta y contemplar la marea elegante de la Rua.
De pronto, observo unos pies pequeños, unas breves patitas de fauno sometidas al rudo tormento de unos zapatos de charol cubiertos por grises polainas bulevarderas.
Despaciosamente, con morosa curiosidad, fui alzando la vista: pantalón listado, morning-coat, chaleco blanco….y Emiliano García de la Cotera y Specq me estaba también mirando. Me estremecí. No pude soportar su fría mirada de fantasma. Le atisbe de reojo. Entro a la librería.
-”Interesante tipo- dijo mi amigo. Y añadió, mientras yo palidecía: Parece un personaje de Eca de Queiroz”.
Le observe conversar con uno de los empleados. No había duda. Era García. Esa piel rosada, ese bigote cano peinado hacia arriba, esa pulcritud en la ropa…y hasta el mismo amaneramiento cortes al hablar. Era García. La curiosidad, el temor, me devoraba. Decidí seguirle.
Pero antes de continuar debo advertir al lector, que soy un apasionado lector de novelas policiales, vicio que comparto con muchos idiotas y no pocos talentos. Invoque, pues, a mis maestros Lord Peter Wimsey y Ellery Queen: recordé las reglas del juego y apercibido de esta manera me dispuse a esperar la salida de García. Demoro poco. Tomo un autobús. Llegamos a un barrio elegante. Descendió y camino cuatro minutos. Entro en una casa colonial de macizos portones. A la entrada, un letrero de tinta aun fresca proclamaba este sorprendente y extraño aviso: “LIGA CONTRA EL EXCESIVO PRESTIGIO DE LA MUERTE” Y en letras pequeñas: ” Entrada franca. Hágase Ud., miembro.” No vacile. Un portero mulato salió a recibirme. “Casualmente, el Presidente acaba de llegar “, me dijo.
Aun palidezco al pensar en ese instante. Una sala clara, sobria, servia de despacho. García me recibió cordialmente. Le manifesté mi interés por la Liga y mi deseo de colaborar. Me explico que había que llenar ciertos requisitos, que salve al punto, y me invito para la próxima reunión, dos días mas tarde.
Eramos unos treinta, hombres de edad la mayoría, con aires de funcionarios públicos, jubilados. García o, mejor dicho Ermindo Gomez da Costa Spell (pues este era el nombre actual de García) pidió la palabra para explicar los proyectos de ejecución inmediata. Se publicaría una hoja semanal, mimeografiada, como órgano de la Liga, iniciándose la campana con un ataque contra las acostumbradas imprecaciones litúrgicas con que los oradores oficiales colman sus discursos y, sobre todo, contra ese tuteo funerario, especie de familiaridad póstuma, que suele iniciar los tenebrosos párrafos de esta oratoria enlutada. Se combatiría también el uso del color negro como símbolo de la muerte y se insistiría, de modo particular, en la sustitución inmediata de la Marcha Fúnebre de Chopin por el Allegretto de la Sonata en La de Mozart. Después, en apoyo de sus proyectos, diserto eruditamente sobre el estoicismo; mostró una admirable familiaridad con los temas de esta escuela; adorno su discurso con armoniosas citas (“ta petite gloire ne fera pas ta nuit moins secrete et moins noire”) y termino pidiendo apoyo para su singular y extraña empresa.
Al cabo de dos horas, nos despedimos. A la salida hice amistad con uno de los dos socios. Había sido de los primeros, pero ignoraba sin embargo, la procedencia de García. Sabia, como muchos otros, que este era dueño de una renta, que era soltero, que nadie podía visitarle en sus habitaciones particulares, que leía a Eca de Queiroz, y que recibía frecuentemente la visita de “girls” de los casinos de Copacabana. Y nada mas. Mi tarea se hizo difícil. Procure, pues, acercarme a el mismo, atacar su intimidad por la retaguardia, por sitios insospechados. Creo haberlo logrado.
Al mismo tiempo, lleve mis pesquisas por otro lado. He arrojado luz sobre los orígenes de García. Eca de Queiroz estuvo de Cónsul en Cuba. Allí escribió el borrador de una novela que nunca publico. Algunos capítulos fueron enviados a esta ciudad de Río de Janeiro, donde se perdieron con el tiempo, y los personajes se vieron libres de la tutela del autor, siguiendo el camino opuesto a los de Pirandello. El origen, pues, esta claro. Es posible que alguien dude; yo no. Lo sobrenatural no es mas que no natural no explicado todavía, ha dicho Paul Morand en un momento de seriedad, recuérdese, además, que García siempre hablaba de Río. Nada mas justo que, al terminar el episodio panameño, volviese al lugar de su vieja residencia.
Séame dado advertir en este punto que el otro día, tratando de suscitar algún eco, una vieja emoción, en García, le mostré unas fotografías de la Plaza de la Catedral y el Arzobispado de Panamá. Las miro interesado y murmuro, con un aire sonador y perdido, como quien deja escapar una burbuja del alma, estos versos de Shakespeare:
When to the sessions of sweet silent thought
I summon up remembrance of things past….
Así, pues, desde la dramática semejanza de los nombres (Emiliano García de la Cotera y Specq y Ermindo Gomez de Costa Special) hasta los mínimos detalles físicos y otros sorprendentes como el modo de hacerse la corbata (detalle importante según Balzac) todo, absolutamente todo, me ha dado esta plena, rotunda y terrible certeza de la identidad de García.
En fin, no quiero alargar los pormenores. Ofrezco mi asombro en prueba de buena fe. García esta vivo. Soy su amigo; hablo con el, le siento moverse a mi lado. El misterio esta roto. Pero no se hasta cuando podré soportar esta situación violenta. Yo se que esta muerto, o por lo menos, que murió una vez allá en mi lejana ciudad tropical. Por mas que los datos inmediatos de la conciencia me digan que el existe como un ser real, mi memoria, la mitad de mi conciencia, hinca su afilada duda en el corazón y en la inteligencia y me dice que Gomez da Costa es un fantasma.
Naturalmente, la hipótesis lamentable y absurda de que pueda tratarse de un simple caso de parecido físico no ha sido considerada por mi por que la estimo una ofensa al lector.
Además, la consideración de esta posibilidad fantástica me hubiera alejado de otras pistas mas reales y exactas, y el situar mi investigación objetiva en tal plano inverosímil me hubiera distraído de mis pesquisas positivas. Por otro lado, todos los que conocimos- conocemos?- a García sabemos su desde aristocrático por las formas comunes, por el tipo standard, su frenético orgullo, y estamos convencidos de que el no toleraría que nadie se le pareciese, pues se ha considerado como una edición de lujo, limitada a un solo ejemplar numerado y exclusivo.
De todos modos, mis amigos de Panamá son felices. Ellos pueden sonreír, superiores, irónicos. En cambio, yo tengo que cargar con mi terrible secreto. Como estar seguro de que no voy un día de estos a causar un escándalo, de que cualquier noche de reunión de la LIGA CONTRA EL EXCESIVO PRESTIGIO DE LA MUERTE, al escuchar a Gomez de Costa disertar sobre la poca importancia de morir, no le gritare a la cara su falso estoicismo haciéndole ver que nada tiene de valeroso la indiferencia por la fragilidad de la vida cuando se posee una poliza de inmortalidad asegurada, cuando cada muerte no es mas que “cette moprte apparente en qui revient la vie”, cuando se renace y se pasa a un nuevo avatar, como un turista en el infinito del tiempo.
Aquí estoy, pues, con este clavo ardiendo en las manos trémulas. San Sebastián atravesado por las flechas de la duda. No se si guardar silencio o si llegare a el y decirle: “Gomes da Costa: su nombre es García. Usted no es un hombre, es un fantasma, un personaje de la imaginación, una creación literaria. Además, usted murió ya una vez en Panamá, y yo tengo las pruebas.”
Pero mientras dura este titubeo hamletiano, voy a rezar en silencio por su alma de fantasma vagabundo, porque el silencio es la única oración que sabemos los desafortunados que no aprendimos a rezar.
(1) En memorable estudio que hará historia, Rodrigo Miro, siempre exacto y oportuno, sostiene que no fue una obra sola sino tres el resultado de la colaboración entre García y Caicedo. El joven investigador señala la existencia de una copiosa historia de los grandes proyectos literarios que no han tenido realización y que solo fueron anunciados por sus autores en títulos prometedoramente incluidos dos en esas “Obras en Preparación” con que se suele adornar la primera pagina de un libro. De ser esto cierto, ellos se han adelantado a la invitación hecha recientemente por Guillermo de Torre, quien propone una “Historia de la literatura inédita” Miro establece también la identidad de otro trabajo, una novela cuya acción se desarrolla en un cuarto de baño. La idoneidad absoluta y la magnifica paciencia erudita de mi amigo Miro me obligan a dejar constancia de tales primores por si acaso un Fergunson emprendedor se decida a editar esas obras, salvándolas del doble ultraje del tiempo y del olvido.
(Tomado de la revista Epocas, número 18, del 10 de septiembre de 1947)
ODA SIMPLE
Poesía publicada en el diario La Nación, el 22 de noviembre de 1947, en la columna Fluoroscopio de Raimundo González. Que dice así:
Laurenza
Roque Javier Laurenza, pertenece también al grupo de poetas y escritores de la nueva escuela. Fue uno de los primeros, después de Rogelio Sinán, en cultivar la moderna lírica. Se inicio en las letras bastante joven y aunque un poco inconstante (posiblemente es más soñador de lo que aparenta) su aporte a la literatura nacional es considerable y digna de los mayores elogios. Su “Oda Simple”, una de sus mejores producciones, así lo confirma plenamente.
ODA SIMPLE
Parcus deorum cultor….Horacio: Odas, I-34.
A tu claro caudal vuelven mis aguas
Después de las tormentas, sometidas,
Las olas se apaciguan
Hasta ser un rumor de caracoles;
Un rumor de recuerdos musicales,
De rostros y palabras,
Que me llega del fondo de los años
En el Morse precioso de las venas.
No eres el vino fuerte del orgullo
De los viejos blasones
Que amarillos guardianes funerarios
Conservan, cuidadosos,
Entre sedas y sables de museo.
Eres lo que me dice la memoria
Y el ritmo de la sangre;
La fraterna presencia del amigo,
La sencilla bondad del pan seguro
Y la virtud elemental del agua.
Eres la rumorosa, la constante
Colmena de las plazas
Y los terribles odios pasajeros
De los ásperos diálogos civiles.
Y eres también dolor de litorales,
De campos y caminos
Al destino del mar encadenados,
Donde la voz del viento se convierte
En sonoro silencio de prisiones.
Siento ahora los ecos de tu nombre
En un libro de carmenes latinos,
Cantando repitiendo
La verdad que los años olvidaron
Bajo el polvo de tierras extranjeras.
Y otra vez mis lebreles reconocen
El rostro de su sueño
Los morenos perfiles de sus flancos
El ademán resuelto que domina
Por la ley del amor irrevocable,
Y de nuevo sujetos
A los perennes númenes nativos,
Humildemente lamen,
Para calmar la sed de su destierro,
Un recuerdo de mieles y tinajas
Con sabor de tamal y tamarindo.
(Otros dirán los himnos consagrados
a tus posibles glorias
y otros también te ofrecerán guirnaldas
de sáficos cantantes y rotundos
hexámetros soberbios,
pero mi voz no tiene tal adorno
de ritmos, ni se viste
de rutilantes veste ditirámbicas,
sino del pobre manto de nostalgias
con que vuelve cubierto el hijo pródigo).
Quiero, pues, las más simples y propicias
Palabras de cristal para brindarte,
Patria de sol y palmas coronada,
Mis sílabas filiales.
Una ofrenda de amores mantenidos
En el aire más puro de mi vida
Y que vienen volando por mis sueños
Con temblor de paloma mensajeras.
Roque Javier Laurenza.
INTERMEDIO FÚNEBRE. LA MUERTE DEL POETA KORSI. LA FAMA LITERARIA.
Publicado en el semanario Mundo Gráfico, del 2 de Noviembre, 1957.
Demetrio Korsi es ya pasajero de Caronte. Y el tenaz barquero irresistible, al llevarse también, junto a su carga de sombras, los episodios de la vida del poeta, que algunas veces no siguieron el rumbo fijado por la Musa, nos deja, como herencia valedera, en esta otra orilla del lago inevitable, la lírica presencia de una obra personal y firme, a a cual liberta de sus posibles impurezas de acción purificadora de la muerte.
Cónsul de la República, bohemia de Montparnasse, periodista discutible, ¿qué importan ahora los títulos fugaces frente al permanente y limpio que significan, enlabios del pueblo, las estrofas sonoras de “Pancha Manchá;
Korsi ha muerto cuando ya había alcanzado la auténtica fama literaria, que esta hecha de recuerdo inconsciente, espontáneo y popular. La aventura literaria de un hombre que termina en triunfo y honor cuando logra el libro, el capítulo, la página, la estrofa o la imagen memorables .
Y Korsi ha dado al lenguaje panameño algunas expresiones decisivas y algunos de sus versos ya corren de boca en boca convertidos en burbujas líricas de la emoción nacional. El resto es silencio, como diría Hamlet, vana hojarasca de lo cotidiano, ceniza del tiempo que ni los soberbios monumentos de mármol y bronce logran defender contra el olvido.
¿Y el hombre; Si vivió en lo cotidiano, como dijo Darío, Korsi vivió con una sonrisa en los labios y supo crear alrededor suyo afectos perdurables. En una madrugada de París, hace ya largos años, un hombre y una mujer- de edad madura los dos- esperaban, al lado mío, en un café de Boulevard Montparnasse, a que cesara la lluvia. No éramos muchos los huéspedes de ese refugio y en un momento dado la conversación se hizo general. Una inevitable y clásica pregunta trajo el hombre de Panamá a la mesa y, entonces, el hombre y la mujer, iluminados por quién sabe qué recuerdos de su juventud, me preguntaron a coro: ¿Y Dimi? ¿Conoce usted al poeta Korsi? Y contaron anécdotas del amigo lejano.
Anónima pareja nocturna: si alguna vez os encuentro nuevamente, en laguna hora de París, ya podré daros noticias de vuestro Dimi de Montparnasse, nuestro Korsi panameño. El poeta ha muerto, pero su poesía vive y florece, perenne y soberana, en esa forma primera de la inmortalidad que es la fraternal memoria de los hombres.
Roque Javier Laurenza.
EL DRAMA DEL PANAMEÑO Y LA NACION
Este ensayo apareció en la revista/papelografo Letras de Panamá, número 2, año 1, de enero de 1958.
Conferencia dictada el 26 de julio de 1957 en el Auditorio de la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá.
La vida es algo que se hace hacia adelante…. Ortega y Gasset.
Elogio del Percontator
Si antes de admitirme en este recinto y concederme el uso de la tribuna, un inspector de la aduana ideológica de esta Universidad hubiese hurgado en mi modesta valija de conferenciante, habría encontrado en el fondo de ella, como único objeto visible las retorcidas virutas de innúmeras interrogaciones. Llegado el caso, me justificaría ante el curioso aduanero de la manera siguiente: Existen hombres- y yo soy uno de ellos- a quienes no les es dado alcanzar por sí mismos el continente del conocimiento positivo. Los Americos Vespucci del pensamiento, que van por los mares ideológicos, oteando la costa de temas interesantes, sin arribar nunca, bajo los cielos de la certeza, a la tierra firme de las afirmaciones absolutas.
Así, pues, estoy obligado a preguntar. Veo una línea de costa, el vago perfil de una posible verdad, y entonces pregunto qué es eso para que alguien desembarque, examine la realidad entrevista y tome cabal posesión de ella.
Claro está que el preguntar atinadamente es una alta función de la inteligencia. Además, nada es tan urgente en Panamá como el preguntar. La urgente y anhelada reforma de la vida pública panameña comenzará el día en que el aire nacional se llene de interrogantes y los panameños, aguijoneados por una patriótica curiosidad las enarbolemos sobre cada problema, sobre cada circunstancia. Por qué, cómo, para qué? Breves cápsulas de alto poder explosivo, que son el ábrete- sésamo de una nueva vida, el punto de arranque de nuestras mejores posibilidades como individuos y como ciudadanos de una nación.
En verdad, lo que hoy nos amengua como personas y nos menoscaba como titulares de una nacionalidad no es la existencia de incontables problemas en torno nuestro, sino la pasividad frente a ellos, la resignada pereza moral que nos lleva al rodeo, a buscar caminos fáciles, o a la inmovilidad acidiosa que nos mantiene donde estamos.
Porque toda vida digna está hecha de problemas y es problema. La diferencia radical entre el hombre culto, de vida superior, y el que apenas presencia biológica, reside, precisamente, en esto. Es decir, en que para el primero la existencia es problemática, un transcurso en el cual cada cosa le hace signos, desde el brote de la flor hasta el parpadeo de la estrella. En cambio, el simple ignora este casi juego erótico de la inteligencia, que es el preguntar y el responder, y pasa ante la realidad y sus problemas como el tímido frente a las mujeres bellas, sin aceptar la insinuante invitación de las cosas.
Vivir es, pues, un constante preguntar y un continuo responder. Y viven auténticamente el hombre que pregunta y el que responde, como la más alta categoría vital es la de aquel que tiene la máxima facultad de preguntarse y responderse así mismo, actuando, como quería Goethe, de acuerdo con este íntimo proceso dialéctico.
He aquí la que hubiese sido mi explicación al aduanero universitario para justificar la ligereza de un equipaje formado únicamente de preguntas. Y en este punto, antes de iniciar mi discurso, deseo valerme de la benevolencia de los que me escuchan para rogarles que me permitan extenderme sobre el tema propuesto y que vean siempre en todo momento, al término de cada una de mis frases, y aunque las inflexiones de mi voz puedan confundirse con las de una afirmación, el tácito y crispado signo de unas interrogaciones anhelantes.
Magnifico Rector de la Universidad de Panamá,
Señor Director de los Viernes Universitarios,
Señoras y Señores:
Al recibir la honrosa invitación de la Rectoría, pensé en unos de los temas literarios y artísticos que forman mi repertorio habitual de aficionado a las artes y a las letras. Una exposición, por ejemplo, de las actuales corrientes literarias o algo semejante; un tema, en fin, que me fuera fácil y me permitiera el lucimiento de una cierta información cosmopolita. Pero inmediatamente, el fondo más íntimo y puro, de mi persona, me alcanzó una pregunta, casi una censura. Al pensar en un tema literario, ¿ no estaría yo evadiendo la realidad, el urgente deber del momento? Ese deber es claro y terminante: reflexionar sobre la vida panameña, diagnosticar males, enunciar problemas; en fin, dar un nombre a los obstáculos que existen en el camino del progreso nacional.
Claro está, no se trata de anunciar novedades o descubrir paisajes insólitos. Todo lo contrario. Se trata de cosas que están ahí, a la vista de todos, y cuyos perfiles están, desde hace tiempo, reflejados en la trastienda mental de cada panameño consciente.
Mas acontece que una curiosa costumbre social hace que una cosa no exista plenamente mientras no se convierta en enunciado, en comentario transmitido en alta voz. Así, por ejemplo, e señor X tiene tal o cual hábito condenable que es del conocimiento general, pero el señor X continúa gozando de sus privilegios sociales, como si fuera un Carmelita Descalzo. De pronto, en un club, alguien dice en voz alta que el señor X es tal cosa ¡Y ya está! La Directiva del club toma una decisión, las relaciones del culpable deciden cortar sus lazos con éste, y la maquinaria del constreñimiento social se pone en marcha.
Igualmente, en el campo de la cultura, un problema adquiere verdadera presencia cuando alguien hace un comentario en voz alta. Y lo que yo deseo es, apenas, atraer la atención sobre ciertos puntos para que alguien parta al análisis minucioso de los mismos y ofrezca las soluciones respectivas. Mi tarea es, pues, como ha sido desde hace muchos años, la de acomodar la mesa de operaciones y disponer los instrumentos quirúrgicos.
EL Método y la Ficha Biográfica
Naturalmente, enfocar un problema es cuestión de perspectiva, como enseña el filósofo, y toda perspectiva es, en el fondo, biografía. El aparato óptico de un espíritu reflexivo está compuesto por la serie de lentes de las ideas y los modos de la cultura de donde han surgido esas ideas.
Con los años, se va depositando sobre el cristal de esos lentes el polvillo precioso de las viviendas hasta que llegan a adquiere el color de los paisajes del periplo vital de ese espíritu. En realidad, iniciarse en la cultura, adoptar un sistema de ideas, es como ir a la tienda de un óptico, medir los límites máximos y mínimos de la visión personal, establecer la dirección del rayo ocular, escoger los cristales debidos, pulirlos y ratificarlos de acuerdo con los datos precisos del examen, y calzar, en fin, la gafas convenientes.
Este es el caso general. Cuando se trata, claro está del extraordinario genio y el talento superior, la operación consiste en examinar los lentes de la tienda, tomar algunos y simplemente utilizarlos para construir otros nuevos, instalándose de modo imperial en el comercio de cristales de óptica.
En mi caso particular se trata de alguien cuya sensibilidad latinoamericana fue afinada por la “Revista de Occidente” y cuyos cristales de mirar la vida fueron pulidos, y adaptados a la visión particular, en e laboratorio mental de José Ortega y Gasset. Desde luego, más tarde, como es natural, hice mis propios ajustes dióptricos y los cristales tomaron el color de mi experiencia. Pero mi caso es el de innúmera gente de mi generación hispanoamericana y panameña.
Lo anterior quiere decir que es natural que yo vea todo problema en relación con el hombre o, mejor dicho, desde el hombre que vive ese problema, partiendo de su entraña ontológica para llegar luego al hecho extraindividual. Así, por ejemplo, frente a la multitud de obstáculos que entorpecen la organización efectiva de Panamá en una nación moderna y proyectada en a historia como resultado de una volición meditada, yo me refiero en primer término- y dejando los otros aspectos de la cuestión al historiador, al sociólogo y al economista- , al problema del hombre en sí, del panameño como entidad humana, como persona.
Más sería injusto y, sobre todo, ineficaz referirse al panameño de la muchedumbre para la diagnosis. La muchedumbre, en Panamá como en todas partes, va siempre en la cala de la nave nacional, con poca participación en la maniobra, aunque su griterío, a veces, obligue a un cambio de rumbo o de velocidad. En efecto, el arquetipo deseado hay que ir a buscarlo entre las gentes responsables, entre los grupos que constituyen lo que algunos llaman “las fuerzas vivas de la nación”.
Ser y hacer. Vocación y destino. La Cultura.
Hubo un día en que ciertos pensadores, en alas de un romanticismo plutarquizante y fanatizado por los prestigios del mármol, proclamaron el culto de lo heroico y descomunal. Se trataba de establecer como ideal de toda vida, el ejemplo desmesurado de los colosos del pensamiento y de la ación. La pobre criatura humana quedaba reducida a polvo quevediano y miserable. Toda existencia que no lograba las proporciones de la estatua era, según este criterio, empresa fracasada, barro indigno.
Hoy las osas han cambiado y los paradigmas contienen un poco más de realidad humana. En efecto, hoy se considera que una vida alta y plena, una auténtica existencia del hombre, es aquella en al cual el hacer coincide con el ser, es brote de éste, proyección del ser íntimo en el mundo. Vivir auténticamente es, pues, vivir de acuerdo consigo mismo con lo que se es esencial e irrevocablemente, de modo que la frase popular “vivir su vida” representa un programa cabal de existencia, ya se trate de un artista o político famoso, ya del humilde artesano o del ciudadano anónimo.
Además, este vivir auténtico y pleno no significa necesariamente alcanzar un triunfo en el sentido material e inmediato de la palabra. Hay derrotas que son victorias, decía Montaigne. Lo importante es que la ación coincida como se ha dicho, con el ser intimo.
Lo de “genio y figura hasta la sepultura” es un hermoso epitafio para cualquier vida humana.
Pero antes de continuar conviene hacer un alto brevísimo para precisar esto del Ser del Hombre. No se trata, claro está, de definir el Ser, sino de aludir a eso que sentimos que intuimos y experimentamos como vivencia plena, y que es algo que sabemos, pero que transciende nuestra capacidad de encerrarlo en la cápsula verbal de una definición; esta argamasa maravillosa de tejidos somáticos y fluidos que secreta humores y esencias espirituales; este animal espléndido, esta osa, que trata con las cosas, las piensa y las transforma; esta substancia cuyo predicado y hacer esencial es el pensar y cuyo pensar le permite dilatar el mundo con la invención de objetos ideales y enriquecerlo con la creación de valores.
En pocas palabras, el ser existencial del hombre. Y así, volviendo al camino, encontramos que este ideal de plenitud, de auténtica y profunda vida del hombre, por una paradoja metafísica, esta al alcance de todos. Obsérvese, eso si, que se trata apenas del hecho simple y radical de vivir plenamente, de “ser en el mundo“, en forma auténtica, eso por lo que se es alguien en particular y no otra persona. Por ello se dice, y la última filosofía lo tiene como postulado fundamental, que la existencia revela la esencia, es decir el hacer realiza el ser, el yo auténtico y profundo. No sé si mis palabras son lo suficientemente claras. Cuando escribía estos apuntes lamenté no poder citar textos ilustres que expresan con suma elegancia y claridad estas ideas; pero desgraciadamente mi vida de estos meses es como un naufragio momentáneo, donde voy asido a un madero, mientras mis libros y mis notas van en otros lejanos.
De todos modos, claros o no los conceptos, tenemos que la autenticidad de una vida reside en la equivalencia, en la conformidad del Ser y el hacer. Y aquí aflora el tema de la vocación y el destino.
Niño aún o ya adolescente, alguien sueña junto al mar. imagina ciudades , hombres, y paisajes remotos, climas y cielos distintos. El vasto rumor de la gran masas marina se convierte en canto de invisibles sirenas. Al borde del horizonte pasa una vela que, en el magín del que sueña, es como mano que saluda e invita a la aventura. Esto es lo que se llama la vocación, el misterioso llamado que viene de no sé sabe dónde, tenaz, imperioso, inevitable. Un día, ese niño o ese adolescente alanza la edad de las decisiones. Y una mañana se convierte en marinero, y parte a deshojar entre sus manos ávidas la rosa de los vientos, por los mil senderos del mar. la vocación ha encontrado su cabal destino, la forma de su realización; de su preciso hacer. Muchas veces, claro está, el destino aparece inesperadamente, en una circunstancia fortuita; pero lo importante es que, en ese momento decisivo, como lo llamaba el Cardenal de Retz el hombre se ha dicho a sí mismo: he aquí la oportunidad de ser lo que deseo ser, de actuar y vivir de acuerdo con la posibilidad humana que lleva mi nombre. La vocación ha reconocido el resto de su destino, como en esa anagnórosis o mutuo reconocimiento de los héroes en las tragedias griegas.
El drama posterior, las innúmeras peripecias en que consiste la vida, los accidentes y naufragios, los triunfos y fracasos son ya otra historia, que nada añade ni quita al hecho fundamental de la autenticidad y plenitud de la vida.
Ahora bien, que alguien viva auténtica y plenamente su vida en un hecho que indica intensidad y sinceridad, armonía vital, pero no necesariamente una excelsa y superior manera de ser hombre, de ejercitar las potencias humanas. Junto a la vida modesta, aunque auténtica, del oficial del Ministerio están las existencias de Miguel Angel, Bolívar, Einstein, Shakespeare.
Pero el hecho de que no todo el mundo puede ser Cervantes, San Francisco de Asis, o Beethoven, no significa que sea imposible para ese escribiente ministerial participaren las formas superiores y extremas de la vida humana. Porque el hecho real está en la posibilidad de ser heredero y usufructuario de estos grandes ejemplares de nuestra especie. Esa posibilidad, esa herencia o instrumento que permite al hombre elevarse, empinarse sobre sí mismo y alcanzar los dorados frutos del mundo, es la cultura y todas las formas de ésta, artística, filosóficas, políticas, jurídicas, científicas, etc.
Pero la cultura no está hecha solamente de ejemplos gigantescos, de cimas señeras. Junto a la soberbia montaña está la colina. Existe la cultura de la región, la nacional, y la otra, la del mundo en que esa región se encuentra y que, en nuestro caso, es la de Occidente. Hay, pues, una escalera de fáciles peldaños por donde nuestro hombre común puede ascender. Es decir, del ejemplo de Santiago de la Guardia al de Catón el Censor, de nuestros cantos populares a la IX Sinfonía Coral, de Ricardo Miró a San Juan de la Cruz, de las elecciones de 1932 a los cantores suizos. Pero este asunto de la cultura debe quedar, por un instante, en el aire, en espera de la última parte de mi discurso.
De todos modos, se ha fijado, pues, un tipo de humanidad corriente, el mínimo sine qua non de la condición humana, y no un alto tipo inalcanzable, que rebase las posibilidades de cualquier hombre de escasos medios.
Hacia una diagnosis metafísica
Si se utilizan los anteriores conceptos a manera de lupa, la vida del panameño típico de las clases dirigentes, que es la que nos interesa en estos momentos, aparece como discurriendo en el reino de la pura casualidad, como fenómeno de simple mecánica vital, constituido por actos que el instinto crea y la costumbre dispara; enjambre de reacciones elementales frente a cada incitación de la realidad inmediata y no la organizada respuesta, acorde con un proyecto previo de vida, del cual surgen las actitudes, como la música del disco cuando la aguja hiende los surcos premarcados.
Naturalmente, en un intento de diagnosis de esta índole, no es posible hacer salvedades a cada instante, establece limites, fijar excepciones. De hecho, se habla en tono general y obligadamente perentorio, ya que se trata de abstracciones, de transponer a un lenguaje casi algebraico, la móvil, palpitante.
Al examinar, pues, en el plano ontológico este ejemplar, la primera característica suya es, como se ha dicho, la repetición constante de sus gestos, los cuales no nacen en la intimidad del yo, como burbujas del alma, sino que son pura imitación y, por lo tanto, inefectivos.
Conviene precisar este punto. Cuando un pintor- y para el caso, el talento no importa-, cuando un pintor toma en la mano un pincel, ese acto es de una total autenticidad, pues ese pincel es, nada más ni nada menos, el instrumento ontológico del ser de ese pintor, de su condición humana, al usar el pincel, cada trazo corresponde a una voz interior y las líneas y gotas de color que emplea son como los signos taquigráficos de su yo profundo e inalterable. En cambio, si alguien me impone usar esos pinceles, o si yo decido tomarlos por un simple interés material, por ejemplo, yo puedo imitar los gestos del pintor, y, llegado el caso, puedo hasta obtener un resultado comprensible, y que alguien diga, frente a mi obra, es un caballo, es una mujer o es una palmera; pero esa obra, ese hacer, es falso, moralmente nulo, puro fenómeno exterior que nada tiene que ver con esta persona que soy yo y cuya vocación y destino no se hermanan en la tarea de crear con líneas y colores una obra de belleza.
Claro está que este ejemplo pictórico es extremo y plantea la cuestión del talento. Pero, en realidad, todo hacer, por humilde que sea, para que efectivamente sea lo que deber ser, exige talento especial, conocimiento técnico y es, en su última esencia, cosa de vocación y destino.
Ahora bien, la vida de este hombre, cuyo ser está funcionando bajo la lupa del imperativo vital ser- hacer, vocación- destino, es un caleidoscopio de haceres diversos y opuestos, algunas veces realizados con cierta efectividad, en los casos de extrema inteligencia y habilidad, pero casi siempre distante de la verdad moral de su ser auténtico. En efecto, el curriculum- vitae de este panameño típico es un continuo baile de máscara, una constante representación de papeles, en la cual de vez en cuando, en el caso de la fortuita coincidencia del ser y el hacer, suena una nota de autenticidad, que desaparece luego entre el barullo de sus otros haceres adjetivos y postizos.
Un político panameño, póngase por caso, tiene tantas vidas, tantos haceres, como años de existencia biológica. Corrientemente, ha sido oficial de las fuerzas armadas, notario, administrador de bienes raíces, profesor, técnico de hacienda, director de oficina, Ministro de Justicia, contratista de construcciones urbanas, comerciante al por mayo o por menor, diplomático de la República, y hasta delegado a congresos de geografía.
Aún en el vaso de las profesiones raras veces la decisión de una carrera técnica obedece al llamado de la vocación. Casi siempre el tipo de profesión ha sido impuesto desde afuera, acomodándose el sumiso yo a un falso destino. El caso es que nuestro hombre vive varias vidas sin vivir la suya, nómada ontológico, beduino de las circunstancias, alojándose aquí y allá siempre en tierras ajenas, y sin que jamás hinque la planta errabunda en su propia e irredenta patria moral, como esas tribus del desierto que van de oasis en oasis, transeúntes de todos los espacios, en busca del agua y los dátiles de su subsistencia.
Y he aquí que, de pronto, del subsuelo de estas imágenes pintorescas brota, al golpe de las sílabas, como de la entraña geológica el pródigo chorro de los juegos terrestres, la explicación, el por qué de la inautenticidad del ser de este panameño y de la transitoriedad de su hacer, como ya se verá.
La del hombre comparte con las especies secundarias la necesidad fundamental de subsistir, que el instinto dispara irrevocablemente. Pero subsistir, el afán natural de continuar viviendo, es cosa del instinto, potencia elemental y nada más. Y el caso es que, en el hombre, este impulso vital es apenas un medio para un fin, el fin humano perogrullesca y cabalmente dicho. Por que aquello de que no sólo de pan vive el hombre, es verdad definitiva y que no necesita demostración, ya que ser hombre significa vivir una vida cuya misión radical consiste en crear cosas que la trascienden y que son creadas según la pauta que le señala la idea que él tiene de lo que su propia vida es o debe ser.
Entre la cosas creadas por el hombre, y de las cuales vive, están los llamados valores. Claro está que ello no quiere decir que todo hombre crea valores, pues crear nuevos valores es una empresa superior, virtud de grandes individualidades; pero la verdad es que todo hombre, por humilde que sea, a particular de estos valores los está recreando, viviéndolos, como es le caso del amor o la belleza, valores eternamente repetidos y eternamente nuevos ad infinitum.
Este crear y recrear valores viviéndolos, es, precisamente, lo que hace que la vida del hombre no sea un mero acontecer biológico, sino fundamentalmente mucho más. Así las cosas es posible decir que le hombre busca los medios de subsistencia para poder continuar viviendo su vida de hombre que, como se ha dicho, consiste, entre otras cosas, en un vivir de acuerdo dentro de un sistema de valores, que es lo que da dignidad humana a su existencia, es decir, a su estar en el mundo.
Debo advertir que he caído insistentemente en pecado de tautología, con toda conciencia, para hacer resaltar con mayor vigor lo que sigue.
Esta claro, pues que el impulso que mueve a buscar los medios de subsistencia, el sostén físico del cuerpo, es necesidad y afán de toda vida, simple requisito biológico, pero que no es lo que da a la del hombre su particularidad, valga decir su calidad. Y dicho esto, conviene anotar, al paso, que si la cuestión de la subsistencia material, aquí, en el presente inmediato, en este espacio de ahora, es secundaria en cuanto al hecho de vivir una vida de hombre, aunque decisiva para poder vivirla, en cambio, la cuestión de la persistencia en el tiempo espiritual si es primordial en la vida humana, pues pertenece al mundo de los valores, que es donde el hombre vive cabalmente como tal y alcanza su dignidad y su esplendor.
Qué ha hecho nuestro hombre? Pues sencillamente, ha trastocado las cosas, y ha convertido una función subalterna, que es un medio, en un fin radical, en un valor de su vida, o mejor dicho, en el valor esencial de su existencia, con el propósito de su estar en el mundo.
En realidad esta transmutación de una faena biológica en un ideal , no es únicamente hazaña de nuestro tipo. El mundo y, sobre todo, el mundo moderno está lleno de hombres semejantes. Sin embargo, la abundancia con que se da bajo todas las constelaciones, no interesa para el examen presente, porque en otras partes, él no dirige la nación, ni los partidos, ni la artes y las letras, ni la cultura, y se limita a su mundo de afanes subalternos. Como es evidente, y allí está la historia que lo enseña, todo lo grande y noble que existe desde los frescos de Giotto hasta las normas del Derecho y las grandes estructuras nacionales, es obra de una minoría y que han mantenido intacta y levantada la tabla de valores por los cuales el hombre es hombre, “creador de mundos y de dioses“.
Naturalmente, lo anterior no quiere decir que este tipo de hombres no sea factor de progreso material. Al contrario. Como su preocupación es la subsistencia, y de muy especial manera, el subsistir cómodamente, su hacer, o, mejor dicho, su quehacer es una continúa fabricación de medios de riqueza, en el reino de porcentaje y la balanza cargada. No importa que no siempre sea él un capitán de empresa un nabab del interés compuesto, pues el funcionamiento de su alma, la dirección de sus actos son esencialmente iguales a los del hortera, escribiente o servidor subalterno de su clase, como el sistema de los motores es el mismo en automóviles de diversas fábricas.
Desde luego, como resultado de esta polarización de la vida en el sentido de la subsistencia como valor, y como valor supremo, nuestro hombre ha desarrollado un peculiar modo psicológico que se podría denominar complejo de Robinson, aludiendo al personaje de De Foe. En efecto, si se observa su acción y su conducta, en el puro acontecer existencial, se verá que para este hombre particular, cada circunstancia es una isla, done él está sólo, sin más ayuda que la de sus puños, sin más finalidad que la de subsistir bajo las estrellas indiferentes. Este complejo de Robinson es común al go-getter de todas las latitudes, claro está; pero en otras tierras, el Estado suele ser vigoroso y eficaz y constriñe al hombre isla a comprender el hecho obvio de que está rodeado por un mar de gente, que es la nación.
Este complejo insular caracteriza la conducta de nuestro hombre y explica la trayectoria anárquica de su vida y las diferentes máscaras de su rostro y su persona, ya que el atuendo de su personalidad no depende de su decisión autónoma sino de lo que ofrece irrecusablemente la naturaleza de cada isla donde se encuentra, hojas o pieles. Es propio que en una exposición como la presente no se llegue al ejemplo concreto, al detalle anecdótico. Todos los presentes tienen en mientes ejemplos de la vida diaria con que dar corporeidad a estas imágenes y a estas ideas que expongo. Sin embargo, no está demás una breve incursión en la tierra parda del dato documental.
Aquí por ejemplo, nuestro Robinson ontológico, como considera al mundo naturaleza hostil, como ignora cuándo aparecerá en el horizonte la nave salvadora que lo devuelva a la tierra de una realidad positiva y cómoda, considera toda circunstancia como un medio para su fin fundamental, que es subsistir. Y así se explica el tremendo y decisivo papel de la influencia de los vínculos familiares en la vida pública y política. El criterio, ya hecho costumbre, de que el político debe apoyarse en su familia, en su clan, donde cada miembro es como el Viernes de su isla moral.
Una de las cosas que llaman la atención del observador extranjero de nuestra vida, por lo curioso e inexplicable para él, es el hecho de que los accidentes de la vida de un político, de un hombre público no sólo son accidentes de su vida, sino factores decisivos en la de otros, principalmente en la de los miembros de su clan.
Se puede tomar, al azar, un caso entre los mil posibles. Yo tengo un pariente, cuya vocación profunda es la música popular. Perfectamente. Si yo llegara al poder político, la vida de mi pariente quedaría fundamentalmente alterada. De la noche a la mañana este posible músico se vería convertido por esos hombres- islas en poderoso personaje y nadie se extrañaría que yo hiciera de mi pariente un agente de negociaciones económicas, por ejemplo, aunque él no sepa sino de ritmos e instrumentos musicales.
Es la moral del hombre isla, el complejo de Robinson, funcionando en todo su desnudo egoísmo moral que da la tónica de nuestra vida pública y que explica, de acuerdo con este complejo de Robinson, la realidad de nuestros partidos, su estructura y mecanismo.
Si esta noche se tratara de una disertación de carácter histórico o sociológico, tal vez sería posible descubrir el origen de esta manera de ser hombre, pero aquí, por el momento, sólo interesa el hecho de que este hombre existe en esta circunstancia espacio-temporal inmediata, al alcance de nuestros ojos, de modo que únicamente se trata de una reducción fenomenológica del problema, como diría un adepto de cierta escuela filosófica de nuestros días.
De todos modos concluyendo esta primera parte de mi discurso puedo establecer lo siguiente:
Primero: El hombre típico de las clases dirigentes- y típico no quiere decir que sólo este ejemplar de hombre aparezca en ellas, sino apenas que se da en esas clases con frecuencia caracterizadora-, este hombre típico, digo, no realiza en sí mismo el destino humano, por excelencia, que es la identificación del ser con el hacer, el estar ene l mundo cumpliendo con una vocación particular encauzada dentro de una auténtico destino.
Segundo: Por una curiosa transposición, este hombre ha convertido una faena subalterna, una necesidad biológica,- la subsistencia-, en valor, en polo magnético de su quehacer de hombre, en única creación de su conciencia, y
Tercero: La auto-limitación de la consciencia, reducida en él a simple consciencia de la necesidad de subsistir, que no descubre valores, ha producido una atomización anárquica de su esfuerzo vital, ya que carece de ese punto de unión con los demás hombres que es la vivencia de esos mismos valores.
Y ahora ya es posible entrar en el laberinto cretense del problema de la nación.
El Panameño y la Nación
El Problema de la Nación
Me perdonarán ustedes si acaso comienzo por valerme de unas expresiones perogrullescas. La perogrullada, después de todo, es una verdad, que salta a la visa, pero que nadie toma en cuenta, aunque se valga de ella, como los cubiertos cuando estamos en la mesa familiar, frente a la sopa suculenta o el lomo aromático. Reparemos, pues, durante un segundo en este tenedor que forman las sencillas palabras siguientes: El problema de la nación panameña consiste, nada más ni nada menos, en que la nación aún no es problema de los panameños.
La solitaria meditación de unos cuantos, incluyendo la trágica de Lasso de la Vega, no ha rebasado nunca los límites de sus capillas respectivas y tiene aún algo del murmullo de una religión en el temblor y la sombra de las catacumbas.
Se dijo antes que toda la vida humana está llena de problemas y es, en sí, problema.
En alguna parte, Ortega y Gasset dice que “la vida es algo que se hace hacia delante”. Y es verdad. La misma palabra problema quiere decir, en su subsuelo etimológico, echar algo hacia delante. La chispa del deseo enciende nuestro motor mental. Pensamos. Nuestro ser está marcando el paso. Actuando ya; decimos lo que queremos y vamos a realizar y acordarnos cómo realizarlo, proyectamos nuestra acción y ejecutamos lo pensado. Hemos pasado de la subjetividad al plano de la experiencia real. En dos palabras, nos hemos desplazado, echando nuestra vida hacia delante.
Y la nación, ¿no es ella, acaso, también, vida? ¿la vida de todos los que viven en ella y, por consiguiente, una vida vivida por todos? La vida del hombre consiste, según el criterio filosófico que me sirve de máscara de oxígeno en el fondo de estos problemas, en el yo y la circunstancia. En efecto, mi vida de este instante consiste en el hecho de que mi persona está en una tribuna, y en que, desde ella, estoy haciendo algo que es decir mis pensamientos.
A esta faena me ha traído mi vocación y me lleva el destino que resulta de la suma de mi yo y las circunstancias. Hay, pues correspondencia entre mi ser y mi hacer de ese momento, y lo que hago es auténtico vivir de hombre. Por su parte, la nación es el yo que corresponde a esa gran circunstancia que es la historia. Y vida nacional auténtica es aquella que, hundidas las raíces en el pasado, tiende sus ramos hacia el porvenir, en una cabal existencia de persona, que proyecta hacia algo su hacer consciente, hacer y algo que están de acuerdo con su ser, etc.
Pero la de la nación, como la del hombre, no es vida cuando es simple estar físico, en un punto del espacio, o corcho a la deriva por aguas desconocidas o cuando el hacer su vocación en una palabra. Es decir, no hay vida nacional, de nación, cuando ella nos constituye un problema, y no es vivida como tal problema.
Y así sabe concebir que un país sea ya una posibilidad de nación y no sea nación efectivamente. Es el momento en que el país, con su posibilidad nacional en él, está en un remanso del río de la historia, la proa hincada en la arena de la orilla, mientras su casco es sacudido por el torrente del destino que urge y que con sus ondas insistentes, quiere decir a la nave inmóvil que si misión es navegar.
Y yo me complazco, una vez más, en verificar la milenaria virtud de las metáforas, fuente de exactas definiciones.
¡La nación como nave y el ciudadano como marinero! Aquí tenemos, en los términos de una simple imagen naval, la fórmula exacta del problema. La nave lleva al hombre al ciudadano, hacia el puerto de su destino trascendental, en tanto que pueblo, raza, etc: pero la nace no puede ir a ninguna parte si antes el marinero no cumple con las tareas inevitables del arte de navegar, calcula la posición de los astros, mide el fondo de las aguas y traza el rumbo entre los paralelos y las longitudes.
Hay quienes piensan que este complejo histórico que llamamos nación es algo que está ahí, a la altura de un tiempo determinado, al cual los pueblos llegan, como a la madurez el hombre en su discurrir biológico. La nación, sería, pues, según esta tesis teñida de romántica confianza en el progreso, algo que acontece en el plano de la pura mecánica social, en la periferia del hombre, como construcción hecha ex profeso en cuanto aparece la unidad elemental de la lengua, la religión, la raza y las costumbres.
Otros, como mi ilustre amigo, José Issac Fábrega, hablan de una nación que “se recibe y se capta”, que “penetra en nuestro yo personal, asimilada plenamente por nuestra cultura”, y además insisten en la importancia esencial de la comunidad de la lengua, la religión y las prácticas sociales. ¿Y dónde queda, entonces, el fenómeno suizo? ¿el belga? En un caso tenemos tres razas, tres religiones e innúmeras sectas, tres lenguas famosas y un diario dialecto superior; y en otro, dos pueblos antitéticos unidos, en cambio, en un todo nacional fuerte y actuante. ¿Cómo? ¿Por qué?
Sin embargo, es posible que mi tesis se aleje de la de Fábrega en lo puramente metódico y en el vocabulario. Fábrega se sitúa en un punto periférico y, desde una perspectiva de largo alcance, contempla el tembloroso hormigueo del problema.
Yo, en cambio, por obligada táctica de miope, he tenido que acercarme a la entraña ontológica del hombre que vive el problema, que es el problema. Es la mía una perspectiva casi filosófica y la de Fábrega una perspectiva política de hombre de Estado.
Las tenazas necesarias
Con todo, entre su rica prosa. Fábrega ha puesto una cita del pensador alemán Georg Jellinek, de cuyo vientre de kangaru van a saltar, unas tras otra, las razones de mi tesis. “la nación es más bien algo esencialmente subjetivo; esto es la característica de un determinado contenido de la conciencia”, dice el grave profesor, y luego añade exegéticamente: “la unidad subjetiva de la nación es, por su naturaleza, el resultado de una cultura elevada!. ¡Por aquí, señoras y señores, anda la cosa!
Naturalmente, estas dos frases citadas tienen un sentido filosófico y están compuestas con vocablos filosóficos, de modo que hay que triturarlas, con las tenazas correspondientes, para extraer de ellas su denso y abundante jugo germánico.
En efecto, la nación no es “asimilada por a cultura”, ni “penetra2 en nuestro yo personal”. La nación es cultura y sale de nuestro ser, como suprema flor de la conciencia. La Nación tiene raíces ontológicas y es objetivamente, cultura, ya que cultura es el conjunto de las formas que sirven para descubrir valores, como vida culta es aquella que transcurre dentro de la vigencia de esos valores, y que se desenvuelve de acuerdo con ellos y por ellos.
Así la nación es una objetivización de la conciencia como suma de los valores descubiertos por ella; cosa que nace en el hombre, que él vive, como intuición, como razón y como experiencia, y que existe, por lo tanto, como idea, como vivencia y como devenir, que es decir, historia.
Por ello, precisamente, la nación es la más alta manifestación de la vida social del hombre, porque si el hombre en las etapas superiores de su existencia, produce cultura y vive en la cultura; en las formas superiores de su cultura, produce la nación y vive en la nación. Aquí se hace necesario descender un poco en la entraña del problema.
Patria y Nación
El hombre, al encontrarse en el mundo, es acicateado por una serie de urgencias vitales de carácter somático, fisiológico, etc., en el plano de los impulsos y las causas elementales. Luego encuentra, en relación directa con esas urgencias primarias, la táctica emoción de la solidaridad de la especie. Es el momento en que su alma amanece a los efectos, a lo que Fábrega con exactitud llama “querencias”, el apego a la tierra nativa, la conformidad con el paisaje circundante, con todo lo que es de ese mundo- hombres y cosas- donde él encuentra los medios de subsistencia, la satisfacción de sus necesidades biológicas.
El amor a la patria nace en esta zona auroral del alma, esa emoción que Fábrega describe hermosamente, diciéndonos que es “la tierra física donde se hallan, hechos cruces en las tumbas, miles y miles de árboles que fueron, y miles de árboles que son, para tornarse en cunas”. En otras palabras son los pedazos de la existencia que están, como Miró decía, envueltos en jirones de amor o de dolor.
Ahora bien, al examinar este mundo y los destellos del alma de quien lo habita, se observa que es y que son consecuencia directa de las urgencias vitales inmediatas.
Pero luego, viene una etapa superior, ya alcanzadas ciertas formas básicas de la vida humana, en que el hombre hace el descubrimiento radical de que su vida es vida para algo cuya vivencia es, precisamente, lo que constituye su vida de hombre: es decir, el descubrimiento de que el auténtico y único destino humano es vivir para y de los valores, descrubriéndolos recreándolos, y ajustando su vivir al hecho de la existencia de esos mismos valores.
Y es aquí cuando surge entonces, como el aroma de las flores maceradas, la posibilidad nacional, el fenómeno excelso de la nación que no consiste en el imperio coercitivo de las leyes, esas como reglamentos de tránsito, sino en la plena vivencia ética de la ley. Por que una auténtica nación, es aquella en la cual por el juego armónico de voluntades y consciencias, se desaparecieran los semáforos de las encrucijadas, aún así el orden público se mantendría, por que cada ciudadano lleva con él un sistema inexorable de señales rojas y verdes.
Ahora bien, no es verdad que una nación auténtica esté constituida por la presencia decisiva de minorías potentes la que impone la tónica de la vida social. Y ya que se dice esto, no está de más observar que es, precisamente, después del Renacimiento, al extenderse la cultura y formarse las grandes minorías cultas, cuando aparece la nación moderna.
Se equivocan, pues, quienes piensan que la nación sólo es posible cuando la totalidad de los habitantes de un país ha comprendido que forma una unidad racial, idiomática y religiosa, y participa de las grandes creaciones artísticas. Esto es olvidar que España e Italia son ilustres naciones y que, sin embargo, existen en ellas miles y miles de hombres que ignoran la existencia de San Juan de la Crux y de Velásquez, de Piero della Francesca y Benedetto Croce.
La Cultura
Conviene recurrir a la anécdota. Las anécdotas suelen servir como los datos estadísticos y las fechas colgadas al pie de las palabras, a manera de lastre, para que el globo verbal no se aleje y pierda de vista la tierra de la verdad.
En una tarde de 1948, me encontré con unos amigos suramericanos e italianos en el rectángulo ilustre de Plazza Navona, en la capital italiana. La conversación se hizo animada y giró en torno al estilo de las fuentes de la plaza. Junto a nosotros, un grupo de bambinos jugaba, llenando el aire con su exuberancia lúdica. De pronto, uno de ellos, se acercó a la célebre fuente de los ríos, obra de Bernini, metió la breve cabeza en el chorro de agua fresca, que manaba de los belfos de mármol de uno de los caballos del grupo escultórico, y luego, haciendo de sus manos una concha propicia, bebió abundantemente.
He aquí una imagen perfecta del mundo de la cultura, del universo de la nación, visto en dos de sus dimensiones. Porque el grupo que reflexionaba sobre las formas estéticas, y vivía, por tanto el valor que en ellas encontraba bajo el dorado sol de la tarde de Roma, era la minoría que vive en la cultura; y, por su parte, el inquieto bambino era el pueblo que vive de la cultura.
Y así mundo culto es aquel donde es posible enriquecer el espíritu con la vivencia axiológica y, al mismo tiempo, como el párvulo romano de la anécdota, satisfacer una necesidad elemental como la sed en una fuente cuyas formas han sido transformadas en arte por la virtud suprema del estilo.
Las Coartadas
En realidad, ni la existencia de un quiste alienigeno en un flanco del cuerpo panameño, ni el peso muerto de las tribus inertes de kunas, guaymíes y chocóes, ni el incesante apetito de los buitres fenicios, pueden ser considerados como obstáculos decisivos del progreso moral de Panamá.
En su conocida tesis, Fábrega establece una jerarquía panameña, una especie de pirámide construida con tres clases de istmeños. En la base de ella, Fábrega coloca a la muchedumbre pasiva de los indígenas y a los hombres de alma extranjera; y en la cúspide a unos panameños capaces de sentir, captar y recibir a la nación, según él dice.
Ahora bien, en Panamá no existe una clase dirigente absoluta, totalitaria y excluyente. La verdad, en cambio, es que existen clases dirigentes, apenas separadas por leves y abordables muros, y dentro de ellas algunos hombres y contados grupos que si sienten, comprenden y sostienen la idea de nación.
El hecho real y evidente es que el hombre típico de estas clases dirigentes posee una maquinaria gnoseológica defectuosa y es un Ser incompleto cuya inauténtica vida transcurre en el plano elemental de las urgencias vitales.
De aquí, por ejemplo, la ocurrencia de que nuestro Estado- creación amorosa de esos hombres y grupos nacionales escasos- sea, a veces, un Estado anti- nacional, como observó agudamente Lasso de la Vega, por la simple y buena razón de que es un instrumento del hombre típico. Aunque en una conferencia de esta índole no son necesarias las alusiones connotas, conviene, sin embargo, señalar, al paso, que la presencia en Panamá de una masa de forma y contenido extranjeros se debe a que ella fue mantenida entre nosotros porque servía a las urgencias vitales del panameño que por ellas se caracteriza y se define.
No. El panameño típico de las clases dirigentes- y estas clases dirigentes, como ya ha quedado claro, van del industrial al periodista, pasando por el técnico y el negociante- no han llegado a la concepción nacional. y no hay que confundir a la nación con la patria, que es simple afecto y cosa de mundo de las urgencias vitales, virtud al alcance de todos, húmedo y tibio seno maternal de las “querencias”, que en nuestro caso suele ser excusada de deficiencias y desmayos. Es conocida la coartada de la limitación geográfica, la pobreza de medios y la pequeñez demográfica.
Vituperio de un Verso famoso
Por caprichoso destino, los versos más célebres de la poesía panameña sirven de táctica justificación de nuestros males:
Oh Patria tan pequeña, tendida sobre un istmo…
Quizás fuiste tan chica para que yo pudiera
Llevarte por do quiera dentro del corazón…
Si no fuera mutilar a la Musa Panameña, habría que encerrar a estos sonoros alejandrinos bajo siete llaves, como pedía Ganivet que se hiciera con el sepulcro del Cid.¿Quién puede negar que el panameño lleva la patria en el corazón? Lo grave- y ello constituye nuestro problema- es que el hombre típico está dispuesto a morir por la patria y no sabe aún vivir para la nación! Y necesitamos que, así como responde, unánime, a la cita con la patria, responda al llamado de la gran patria que es la nación.
Por que no hay nación sin patria, claro está; pero la patria es un camino hacia la nación, una etapa decisiva y fundamental en la conciencia que crea el complejo histórico nacional, pero una etapa, un medio, no un fin.
Y ahora se trata de la nación; y si la patria se lleva en el corazón, la nación se llevará en la cabeza, que es el centro de las objetivaciones axiológicas con las cuales se concibe y levanta la nación.
La Minoría Nacional
Ahora bien, si todo esto es así. ¿Cómo se explica que Panamá sea a veces una nación cabal y que frente a determinadas circunstancias, piense y actúe como una nación auténtica? Cómo puede conciliarse la negativa y la afirmación, siendo las dos justas? La respuesta es sencilla: Como el Jano mitológico, Panamá tiene dos caras. Voy a explicarme.
Desde hace mucho tiempo- de Justo Arosemena a nuestros días- existen en Panamá figuras solitarias y grupos aislados que han concebido a la Patria como nación y la han creado y mantenido como tal en su conciencia. Algunas veces, esas figuras o esos grupos ejercen el poder público o parte de él, y van dejando, entonces, huellas perennes de su paso, aquí y allá, al azar de sus destinos personales.
Más frente a esos ejemplares, el hombre típico pasa con la alegre indiferencia de quien transita por entre mármoles egregios cuyo prestigio ignora ya que carece por su deficiencia ontológica, de eso que Octavio Fábrega ha llamado el “sentido institucional”.
Por otra parte, existe el hecho de que también la cristalización nacional se produce cuando el país se enfrenta a problemas de carácter internacional; es decir, en el momento en que, por virtud de la presencia de un interlocutor extranjero, la vida panameña queda de suyo situada en la esfera de la nación. Y ¿qué sucede entonces? El hombre típico, el dueño de la vida panameña de todos los días, intuye que hay algo que le rebasa y, a la luz de ese breve relámpago axiológico, llama a esas figuras y a esos grupos aislados y les entrega provisionalmente, la dirección de las cosas.
Y entonces el país tiene la voz y los gestos de una nación!
Mas esta situación extraordinaria pasa, los conflictos se resuelven, las aguas retornan a su nivel cotidiano, ¡y ya está! El hombre típico asume su posición directora y reanuda el imperio de las urgencias vitales.
La nación ha existido, pues, y existe de modo intermitente como el pulso de un soldado, herido, o como la frase melódica de una sinfonía cuando únicamente la expresan unos cuantos violines y el conjunto de la orquesta permanece mudo.
Hacia la reforma necesaria
Mas ponderar un problema implica necesariamente la consideración de sus posibles soluciones. Fábrega propone medidas de tipo político. Pero ¿Cómo perder de vista el hecho de que los instrumentos de la política son los partidos y los órganos del Estado y que estos instrumentos son precisamente, las armas eficaces de nuestro hombre típico y las sólidas columnas de su trono social? Además, el problema no es únicamente político, ya que reside en un hombre peculiar, cuya entraña incompleta no puede gestar la nación definitiva y permanente.
Las posibles reformas deben comenzar, pues en ese hinterland del alma de donde surge, vencedora de la simple necesidad biológica, la conciencia. Y aquí, en este punto, asoma el áspero perfil de un tema inevitable: el de la educación como instrumento necesario de la reforma sustancial que hoy se pregona.
Desde hace veinte años más o menos, la educación panameña sufre un influjo despótico y excluyente. He nombrado al pedagogo. No a éste o aquel pedagogo, sino al arquetipo de los llamados técnicos de educación. Tal como existe entre nosotros, ese pedagogo, es el producto curioso de una tendencia norteamericana, ya superada, y que tuvo su momento de prestigio cuando aún se veía en las ventajas de la especialización a ultranza.
Las recientes indagaciones hechas por la Universidad de Harvard, Princenton, Illinois han puesto de relieve, aún en los mismos Estados Unidos la necesidad urgente de rectificar rumbos y entregar la dirección al humanista.
Breve Diatriba Filológica
En Panamá, el pedagogo ha adoptado un ideal de eficiencia, de rapidez, de producción cuantitativa, tendiente a la especialización desde los primeros grados de la segunda enseñanza, y se ha instalado, con su pequeña ciencia, en la posición de árbitro supremo, de filósofo de la cultura. Claro está que estos reparos al pedagogo no pierden de vista la necesidad de la pedagogía disciplina útil como rueda de carro de la educación, aunque perjudicial como auriga del mismo.
Cualquier diccionario griego enseña que paidagogos era el encargado de llevar a niño a la escuela, esperar por él y conducirlo nuevamente a casa. A tal punto su función era de carácter ancilar, que existía, junto al aula de clases, una sala especial, llamada paidagogoi, donde el pedagogo esperaba la hora de salida. Para el griego clásico, la tarea de este empleado era la de mantener el niño bien portado dentro y fuera de la escuela, y nada más. Para los escritores de la antigüedad, al hablar de la educación en sí y de todo lo que es conocimiento concreto o cultura, existía el término paideia; y para aludir al sistema general, el de paidemoisis; y para referirse al maestro o profesor el de paideno.
Esta breve e inocente diatriba filológica que dejo caer sobre la orgullosa testa del pedagogo, quiere decir que su misión es la de brindar el método, la manera más efectiva y cómoda de enseñar algo, pero no la de ordenar qué se debe enseñar ni hacia dónde debe ir la enseñanza.
Se ha visto que la casa moral del hombre que hoy nos preocupa posee una sola ventana y una sola puerta y que es necesario instalarlo en otra, de varias ventanas y muchas puertas, para que pueda tener diferentes perspectivas y, llegado el momento, escoger, entre diversas, la salida de su verdad auténtica, la que lleva hacía sí mismo. En pocas palabras el problema panameño no es de paidagogía, sino de poidemosis y ¡paideia!
Porque esta educación de hoy, que impone con mano implacable e impune el pedagogo, esa educación que se resuelve en ciclos, niveles y desniveles, en español básico y en materias optativas, corresponde, por misteriosos caminos al mundo de las urgencias vitales del hombre- isla y del nómada ontológico.
Y no hay escape al deber. La primera tarea en el camino del propósito nacional es la de reformar la educación en el sentido de la visión humanista del mundo. El problema inmediato es el de crear los medios de convertir a los grupos aislados que siente, conciben y sostienen a la Nación en minoría potente.
Y esa minoría debe ser formada por hombres de vida auténtica y plena, en los cuales existía la identidad del Ser y el Hacer de la Vocación y el Destino. En consecuencia, la educación debe tender a que la Universidad sea lo que siempre debió ser; cernedera de la vocación, cauce propicio del destino nacional, y lugar donde el adolescente, ya preparado por la segunda enseñanza, descubre que su vida es vivir para algo; que el vivir humano es trascender y no simple existir respondiendo apenas a la necesidad biológica.
El Minotauro Universitario
Obsérvese que la cuestión es mucho más profunda de lo que parece. No se trata de culpar a los responsables inmediatos de la Universidad. La Universidad hoy por hoy, debe funcionar de acuerdo con el estilo impuesto por la dictadura pedagógica; y el propósito de esa dictadura es producir, en las mayores cantidades posibles, esta alegre especie universitaria, cuyo símbolo justo podría ser el de un joven Minotauro que pasa, en veloz carrera, sobre los flancos ondulantes de la colina de la Universidad, cazando, aquí y allá, su magra ración de “créditos”, como se dice en la lengua meteca del pedagogo.
Naturalmente, la cultura y los problemas del hombre no pueden interesar al Minotauro. Una vez Stalin, durante una conferencia internacional, cuando alguien pensó en consultar al Papa, preguntó: ” ¿Y cuántas divisiones tiene el Pontífice romano?”. Igualmente, nuestro estudiante se pregunta, frente a las formas de la cultura: ” ¿Y cuántos créditos ganaré con ellas?” Como ven ustedes, es el mismo mundo de las urgencias vitales. El joven Minotauro es el equivalente, del hombre maduro que pasa, indiferente, frente a las instituciones y sólo se interesa por aquello que, en la vida política, tiene resultado práctico de un “crédito”, con un valor de cambio inmediato y que es medio tangible y eficaz para la subsistencia.
De aquí la necesidad urgente de reformar los programas universitarios con un severo criterio aristocrático. Debe ser universitario quien pueda asumir la responsabilidad de su vocación. El destino de una universidad no es resolver problemas doméstico, como si se tratara de una junta rotatoria, de beneficencia pública. Las universidades no tienen corazón; y el suelo del infierno, según dicen las mejores guías de turismo infernal, está hecho de buenas intenciones.
La Empresa Nacional
Señoras y señores:
La tarea de modificar el tono de nuestra vida, de lograr que la nación sea para los panameños vivencia constante y no apenas prenda dominguera para los días de fiesta o armadura eficaz para los de combate, es empresa ardua que exigirá, en el mejor de los casos, el tiempo histórico de tres o cuatro generaciones y la continúa acción de una minoría dinámica que, actuando dentro de la clases dirigentes y a medida que aumentan sus filas, vayas extendiendo su influencia sobre las formas sociales y políticas de país.
A esa tropa de choque nacional pertenecen y pertenecerán todos los hombres de vida auténtica, cuyo ser y hacer marchen acordes y que vivan por lo tanto en el mundo de los valores.
En efecto, la cuestión de la autenticidad de la vida, es decir del Ser, es la vara mágica a cuyo golpe brotará la acción eficaz y transformadora. ¡La autenticidad de la vida! Yo lamento no poder tratar esta noche, entre otros temas pendientes, el problema del intelectual panameño. Tanto del agnóstico como del que se dice católico: pero más reflexiones sobre el particular se convirtieron en densos apuntes que prolongarían esta velada más allá de sus límites normales. Hubiera deseado indagar con ustedes el drama de estos individuos cuyos modus vivendi debería construir un auténtico modus cogitandi como apuntaba hace poco en México.
Interesante sería, por ejemplo, examinar el caso del intelectual católico panameño, en quien la condición religiosa no ha llegado aún a la angustia, al temblor de quien tiene una verdad tremenda en la mano, su verdad, y se ha quedado y hablo del católico oculto y no del pueblo- en la simple costumbre de puntualidad dominical a los oficios.
Tal vez, encontraríamos que su caso explica por qué, en Panamá, una fuerza espiritual como el catolicismo, tiene, apenas, como vocero suficiente una publicación que no supera el tono de una hoja de parroquia campesina. Yo no soy un hombre de los extramuros de la Iglesia, y lo digo sin orgullo, con dolorosa humildad, pero un hombre a quien le gustaría que sus compatriotas católicos e intelectuales vivieran intelectualmente como tales.
Mas ¿Por qué esto es así?
Claro está que por la misma razón por la cual no existen partidos políticos panameños fundamentados sobre bases ideológicas. Todo está relacionado en este sistema de vasos comunicantes que es la vida del hombre típico de que hablo. Pero este tema me llevaría y ya me está llevando., hacia una larga y minuciosa indagación…
Mas toda acción implica una estrategia y una táctica, y también un sistema logístico como se dice en lengua de Estado Mayor. El grave y hermoso llamado de José Isaac Fábrega al planteamiento urgente del problema nacional, llamado que tiene como antecedentes inmediatos las obras de nuestros internacionalistas, los ensayos exegéticos de Rodrigo Miró y Gasteazoro, los polémicos de De La Rosa, los trabajos de Castillero, los estudios de Domínguez, Soler, García, y el trágico monólogo de Lasso de la Vega, entre otros, ese llamado, digo, debe continuar suscitando inquietudes y resonancias críticas.
A esta tribuna deben venir hombres de varias disciplinas para que apliquen al problema de la nación los precisos instrumentos de sus técnicas respectivas. Ellos dirán con qué materiales y cuáles herramientas, además de las ya señaladas, será posible construir el necesario Caballo de Troya con que podrá conquistarse la ciudadela imperial del hombre típico de las clases dirigentes.
Con todo, una cosa queda puesta en relieve: la primera y urgente medida que se debe poner en práctica es la de iniciar una campaña por la reforma de la enseñanza panameña, desde la escuela elemental hasta la jerarquía universitaria. Esa reforma debe tener en cuenta la necesidad de darle un sentido humanístico a los estudios, y queda entendido que humanismo no quiere decir viejos métodos, ni hacer hincapié sobre el latín y el griego.
No. se trata apenas de proyectar la enseñanza hacia un tipo ideal de hombre para el cual el descubrimiento de los valores y el vivir de acuerdo con ellos sea cosa necesaria, y cuyos años de aprendizaje escolar sean la sazón en que madure su vocación auténtica.
Yo, por mi parte, he procurado presentar el drama del panameño y la nación en su intimidad ontológica. Es un punto de vista, una perspectiva personal, cierta o equivocada, pero rigurosa en su discurrir y en su diagnóstico filosófico. No he indagado el por qué ni el cómo, tarea que atañe al historiador y al sociólogo.
He partido del hecho real de que, en esta circunstancia espacio temporal inmediata, existe un hombre X. Necesariamente, por ser teoría, he tenido que valerme de abstracciones precisas. En fin, como hombre de letras, como intelectual- e intelectual, decía Malraux, es aquel que vive de acuerdo con un sistema de ideas- pienso que la cultura es el principal ábrete-sésamo de este gran problema; la cultura, que no es simple cosa de más o menos libros, sino estilo de vida; el vivir por y dentro de un sistema de valores.
Y la cultura es el camino a lo más alto. Y lo más alto, por una paradoja metafísica es precisamente lo que está en nosotros: la vida y todo lo que ella implica cuando es vivir de hombre, de persona. Porque, en verdad, el hombre lleva en sí a la persona, como la patria a la nación. Y nación y persona son obra de ese que hacer agónico por el cual el hombre alcanza la plenitud ontológica, la plena sazón de su condición humana. ¡De la misma manera, los soldados de Napoleón llevaban, en el fondo humilde de sus mochilas, el áureo bastón de Mariscal de Campo!
Conferencia dictada en el Auditorio de la Facultad de Derecho, de la Universidad de Panamá, el 16 de julio de 1957.
” A NOSOTROS NOS TOCO DESTRUIR”
Entrevista de la revista de la nueva literatura panameña “El Pez Original” número 2, julio-septiembre, 1968.
El Pez Original:
1-Según Ismael Garía (en Medio Siglo de Poesía Panameña), alrededor de los años 20 el modernismo había echado raíces muy hondas en nuestro suelo. La lucha por desarraigarlo no cuenta, ni siquiera con la simpatía de los profesores de literatura de nuestros más altos centros de enseñanza. Ello, en aquel entonces constituía- pensamos nosotros- una verdad tan cierta, como lo es hoy la apatía en los mismos círculos, cuando una nueva generación trata no de barrer- como pudo haber sido la intención de la vanguardia del 30- todo lo que huele a alcanforina, pero sí de buscar un nuevo lugar dentro de nuestra literatura. pero el asunto que interesa es este: ¿Considera usted lícito el CHOQUE de generaciones, lo justifica, lo aprueba? Todas estas consideraciones en base al supuesto- claro está- de que esté considerando la nueva promoción de escritores, como una generación aparte, distinta, de la que nos ha precedido…
Roque Javier Laurenza:
1-El lamentable señor a quien usted hace referencia no hace más que repetir cosas sabidas. En cuanto al conflicto de generaciones, no cabe manifestar a su propósito juicios morales. Es un hecho de la historia, diría aún más: uno de los motores de esta. El combate de ustedes por imponer nuevas formas e ideas contiene al nuestro en su seno y la de ustedes es también nuestra canción. En realidad, este conflicto de las generaciones no es tal, pues estas, aún combatiéndose o explorando nuevos campos, se armonizan entre sí, como las partes de una fuga musical en que las frases se entrelazan y ascienden juntas para formar el edificio sonoro. Yo suelo complacerme en emplear como símbolo de nuestras generaciones literarias a las estatuas de Barriles que hoy están en el Museo Nacional.
Esas en las que una figura sostiene a otra sobre los hombros. Pues bien, el panameño es un pueblo que necesita llegar a ser una nación, como el habitante de Panamá debe llegar a ser persona, hombre cabal y no ese corcho que va a la deriva de la historia y a merced del interés de extraños.
De aquí el papel decisivo que toca desempeñar a los escritores y artistas panameños. Son ellos los que pueden dar una voz y un alma a esta tierra nuestra en al que reina impunes el coime, el muñidor y el energúmeno. Alcanzar una obra perfecta, una obra que conceda a Panamá esa especie de dignidad permanente que sólo confiere el arte en su más acabada expresión es la tarea tácita de las generaciones sucesivas de artistas y escritores panameños. Como en las escultura de Barriles, cada generación se apoya en otra. Repito ahora lo que dije una vez hablando de una antología hecha por Miró: así como los soldados antiguos montaban al asalto de las más altas almenas sobre los hombros de sus compañeros, así también los escritores y artistas de Panamá lograrán la cima de la obra perdurable.
El Pez Original:
2-Hace bastante años ya (35 para ser exactos) promulgó ud, con una vehemencia que muchos tomaron como irreverente, que no se podía pedir mayor obra que destruir la falsa gloria. ¿Sigue usted pensando lo mismo, en tal sentido? ¿Agregaría otros nombres a los señalados en la famosa conferencia. Los Poetas de la Generación Republicana? ¿Cree ud., que logró destruir la falsa gloria de los allí mencionados?
Roque Javier Laurenza:
2-La Tarea de mi generación fue esencialmente de combate estético. La batalla fue ganada en toda la línea. Ustedes encontraron el campo libre y asegurado el derecho de tránsito. A nosotros nos tocó destruir. Pero yo no veo frente a ustedes obstáculos estéticos o formas caducas que insistan en mantenerse vigentes. Mi generación no se opone a la de ustedes y sin discusión hay esta será cordial y en torno al vivac de la misma trinchera.
El Pez Original:
3-En aquel entonces, quienes propugnaban por un “nuevo arte” o “nueva literatura” en torno a ellos, consideraban más que justificada tal actitud por supuesto; y abogaban por torcerle el cuello, no al cisne, sino a tanta cosa inocua y baladí. Cree todavía ahora dicha actitud justa, aunque se estremezcan ciertas momias, en el fondo de sus estanques ya marchitos y cenicientos? Además ¿dónde están los que buscaban nuevas formas?
¿Qué validez le daría ud., a una promoción panameña que tratara, no de derribar falsos ídolos, pero sí de cortar ciertas cabelleras o calvicies que son ya demasiadas pastosas y aburridas, y que parecen no tener ya nada que decir?
¿Considera u., el nuevo arte, o la nueva literatura, deshumanizada? Recuérdese que la poseía vanguardista panameña la tildaron de demasiado cerebral, oscura y deshumanizada por añadidura… ¿Qué podría decirnos sobre su labor personal dentro de la creación?
Roque Javier Laurenza:
3- “Los que buscábamos nuevas formas” continuamos en tal empeño. Es cosa evidente, con pocas excepciones como Darío Herrera, por ejemplo, el hecho de que Sinán y yo representaramos en panamá la aparición de una literatura que es algo más que inspiración y “soplo divino”, como decían nuestros padres y abuelos.
Hay una voluntad artística -o kunstwollwen, como diría en tudesco universitario José de J. Martínez- unida a un saber de artesano. El endecasílabo de Rogelio está aún húmedo de sudor y en mi lenguaje son evidentes los golpes de cincel. Tanto la musa de Sinán como l mía saben de dietética y de combinaciones calóricas.
Después de nosotros no ha sido posible en Panamá escribir impunemente y como verso aquello de “lugares adyacentes y vecinos”.
Permítame usted unir esta tercera pregunta con las siguientes. No creo que la tarea esencial de ustedes sea la de “cortar cabelleras o embadurnar calvicies”. La que les pertenece, creo, es la de expresar literariamente la verdad personal incluyendo en esta verdad todo lo que va desde el sueño íntimo y la propia angustia hasta el conflicto con la realidad circundante.
No hay tal literatura deshumanizada, acontece tan sólo que el mundo del hombre tiene nuevos linderos y horizontes. Los progresos de la psicología ha ensanchado el campo de lo posible y el artista de hoy es buzo y aeronauta a la vez. A veces desciende tan hondo o asciende tan alto que la pequeña realidad inmediata se pierde de vista y los nuevos paisajes abisales o cósmicos puede parecer, de pronto, deshumanizados.
Mi labor personal? Yo soy un periodista y un periodista obligado a escribir diariamente a una cierta altura en razón misma de los temas, propósitos y problemas de la Organización Internacional a la que pertenezco. Sin embargo, a veces las frases cantan o la cuartilla se llena de metáforas personales, en fin, de cosas literarias.
Pero la verdad es que cada día el drama panameño se me hace lacerante. Los célebres versos de Quevedo vienen constantemente a mi memoria…No he de callar, etc…las cuartillas se amontonan y en su momento oportuno alzarán vuelo otra vez y en cerrada formación de combate.
Por el momento he vuelto a ver otra vez la ciudad donde he pasado la mitad de mi vida. Nuevamente, he sentido “la presencia segura del amigo”. Je suis de mon enfance comme d´un pays, ha escrito Rainer Maria Rilke.
RICARDO J. ALFARO
1882-1971
Biografía escrita para el libro “Firmamento del Espíritu” editado por la Oficina Iberoamericana de Madrid, España.
(Reproducción de la Estrella de Panamá, 3 de enero de 1982)
He aquí concentradas en las sílabas de este nombre, una vida y una obra que podrían servir a un moderno Cornelio Nepote para diseñar el arquetipo de prócer republicano, de repúblico por excelencia. Ricardo J. Alfaro nació en Panamá el 20 de agosto de 1882 y murió en esta misma ciudad, el 23 de febrero de 1971. Jurista, historiador, filósofo y diplomático, dedicó sus talentos al servicio de los intereses panameños y de la causas hispanoamericanas, defendiendo a los unos y a las otras en los más importantes foros internacionales.
De vieja cepa istmeña, con abuelos que lucharon en las campañas libertadoras de Bolívar, las virtudes cívicas le llegan por los caminos rectos de la sangre. Sus estudios académicos, en el estricto sentido de la palabra, no son muchos. Alfaro se forma por sí solo, servido por una voluntad severa, por una increíble capacidad de trabajo y por una penetrante inteligencia.
“Todo se debe aprender desde los comienzos” aconseja una vez a dos de sus colaboradores; al doctor Jorge Illueca y al autor de estas líneas. Así, fiel a este principio, cuando decide aprender a conducir un automóvil, ya siendo jefe de la misión diplomática de Panamá en Washington, lo primero que hace es seguir un curso de mecánica teórica y práctica, que le permitirá años más tarde, en su Diccionario de Anglicismos dar un nombre cabalmente castizo a cada pieza del motor de un automóvil y a cada función del oficio de conducirlo.
Este afán de minucioso conocimiento en cada aspecto de la disciplina que ejerce en un momento dado, le dará, al fin de cuentas, esa voz de serena autoridad con que interviene en la política de su país o en los debates de los grandes organismos mundiales.
El Prócer Panameño
Desde sus años mozos. Alfaro se destaca entre sus conciudadanos. Pública una ejemplar biografía del general Tomás Herrera, ensayos de índole jurídica o literaria. Al entonces joven República de Panamá le lleva a una Subsecretaria, donde Alfaro encontrará la disciplina de su predilección: el derecho internacional. Desde entonces, a pesar de los halados y recompensas materiales que puede brindarle la práctica privada como abogado y jurisconsulto, Alfaro se dedicará al servicio del Estado, especialmente en el campo de la diplomacia.
Año tras año, cuando no está al frente de la Cancillería panameña, Alfaro es su representante en Washington. Las bibliotecas y archivos de las grandes ciudades norteamericanas ven pasar a un hombre alto y gallardo, de cabellos cortos y de fino rostro en el que luce un bigote bien cortado y brillan unos quevedos de oro. Alfaro busca argumentos y datos con que alegar la tesis panameña de que el Tratado de 1903 entre Panamá y los Estados Unidos carece de validez y debe ser revisado sustancialmente. Así pudo descubrir importantes documentos que respaldan de hecho la posición panameña.
Sin embargo, el mismo piensa en al necesidad de limitar al mínimo la presencia de los EE.UU en Panamá y por ello suele abogar por algunas reivindicaciones fundamentales y otras de índole simbólica y moral. Esta actitud le llevará, con el tiempo, a chocar contra su propio Gobierno (en la época de la presidencia de Enrique A. Jiménez) de aquí el hecho de que, ya casi nonagenario aunque siempre lúcido y brillante, bien aprendida la dura lección de la historia reciente, se complaciera al ver la actitud radial que han asumido los panameños, desde hace unos cuantos años, frente al problema de la llamada Zona del Canal.
En 1931 como Presidente provisional, se encarga del gobierno. Su tarea primordial es la de organizar la elección de un nuevo Presidente. Uno de los candidatos es un amigo íntimo y todos los amigos de Alfaro apoyan a este candidato precisamente. Pero Alfaro es Alfaro. “Como ciudadano votaré por el partido de mis simpatías, pero como jefe del Estado niego a ese mismo partido todo apoyo oficial, cualquier especie de favoritismo”, dice abriendo así un nuevo capítulo en la historia panameña.
Al dejar la presidencia, Alfaro se consagra enteramente a las tareas internacionales. Su poderosa inteligencia, su saber, su cultura y sus dotes de escritor se manifiestan en cada cónclave internacional. Los representantes de los otros países hispanoamericanos le expresan reiteradamente su consideración y su confianza, designándole como su candidato a ciertas posiciones decisivas dentro del mecanismo de las Naciones Unidas.
Preside, por ejemplo, la comisión que redacta el texto español de la Carta de esta organización mundial o, dentro del sistema de los Estados Americanos, la que define el concepto de agresión- en lo que atañe al Hemisferio Occidental- y concibe y redacta el pacto o alianza de Río de Janeiro (o de Quitandinha, para ser exacto), en cuya elaboración sus conocimientos lingüísticos sirven de maravilla, explicando, aquí y allá, a los largo del anteproyecto, ya en español, ya en francés o inglés, un matiz, una ambivalencia, una contradicción o un error semántico.
En 1959, en fin, Ricardo J. Alfaro ocupa su último cargo internacional como miembro de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, donde una vez más da muestras de su calibre intelectual y de lo bien fundado de su fama.
Mas no es posible terminar esta noticia sobre el ilustre panameño sin añadir que todos estos títulos y cargos de una vida pública colmada de laureles van unidos, en el hombre cotidiano, en el padre de familia, en el amigo y en el maestro, un buen humor constante, una ironía sonriente, una elegancia de maneras, en que la cortesía es flor del alma, una bondad sin reticencias y una auténtica modestia que acrecen y afirman aún más la tácita autoridad de su talento.
“Cultura es aquello- dolía decir André Gide- que permite a un hombre asumir lo más de humanidad posible” difícil sería encontrar una mejor y más justa definición de la personalidad extraordinaria de Ricardo J. Alfaro.
Las Ideas y el Panameño Típico
(Tomado del suplemento Talingo, del diario La Prensa- reproducción- del 30 de mayo, 1999, número 314)
Words without thoughts never to heaven go… Hamlet
Las palabras sin pensamientos nunca van al cielo…
La paradoja existencial del panameño
Habitante del trópico ubérrimo; huésped perenne de un paisaje siempre verde, el panameño vive, en lo que toca al intelecto, en una tierra desértica, entre arenas y bajo un cielo tímido por donde jamás se ven temblar las alas de un pensamiento. Y de desierto, en verdad, se trata, porque ontológicamente, el panameño típico es un beduino, un hombre que va de circunstancia en circunstancia, al azar de los hechos, no de acuerdo con un previo proyecto de vida, sino según las oportunidades que se le presentan, como el hombre del desierto va, de oasis en oasis, en busca del agua y de los dátiles de su subsistencia.
Esta penuria espiritual se refleja, como es lógico, en la vida pública, donde todo suele responder a la improvisación, a la salida repentina, al hallazgo que facilita el ingenio o la casualidad ofrece. De esta vida entregada por completo al dominio de lo fáctico, de lo inmediato y urgente, se desprende un fenómeno intelectual que, por extraña paradoja, consiste en la ausencia de intelectualidad.
En efecto, raro es el panameño de las llamadas clases dirigentes que tenga hábito de replegarse sobre sí mismo a meditar sobre él y sobre el mundo. Profesional, técnico y, a lo mejor, muy capaz en su oficio, vive en el plano de las nociones, el conocimiento concreto, pero desconoce el de las ideas. Su mundo es el de la praxis, no el de la teoría. Cuando hace política, hace política politiquera y no historia. Y cuando alguien o un grupo le obliga a entrar en la historia (como ha sido el caso de los últimos años en lo que atañe a nuestras relaciones con los Estados Unidos), lo hace a regañadientes, o se opone francamente y se resiste.
Esta ausencia de ideas en la vida íntima se refleja, como he dicho, en la vida pública. No hay más que leer los programas de los partidos, sus manifiestos para darse cuenta de este desierto mental de que hablo. Hace algún tiempo, cuando un célebre político regresó a Panamá, al cabo de largos años de ausencia, fue recibido por miles y miles de sus partidarios, en medio de la balumba folklórica que era de esperar, ante los cuales pronunció un largo discurso.
Cuando recibí el texto me dije: vamos a ver qué proyectos nacionales, qué teorías, qué ideas trae este hombre, frutos de los años de soledad y de inactividad política. Nada. No había en sus párrafos una sola idea, el menor destello de pensamiento. Era una larga diatriba y nada más, un ejemplo dramático del panamenísimo vicio de no pensar.
La prensa misma sólo tiene una dimensión: la de la actualidad, pero la de una actualidad que es simple noticia, fenómeno puro, a matter of fact. Nadie, o casi nadie diré para ser justo, intenta llegar al trasfondo de los hechos que los telegramas anuncian. Sólo en el caso concreto de un problema que puede tener un cariz político inmediato (precio de la carne, etc.) el periodista se cree obligado a dar una opinión. Pero, en realidad, yo de lo que hablo es de otra cosa; es de la función de pensar en su forma más noble: la de teorizar, la de jugar con las ideas, con las hipótesis y los proyectos de vida nacional.
Se nos vienen encima los veinte años más importantes de nuestra existencia. Necesitamos organizar el repertorio de nuestro próximos y futuros actos nacionales, y esto exige diálogo, intercambio de ideas, de teorías para usar la palabra justa. Y acontece que el panameño típico tiene horror a esta palabra. Rodrigo Miró decía hace ya muchos años, en una frase tan exacta como hermosa, que el panameño cuando dice de alguien que es un teórico positivamente insulta.
Claro está que no me refiero al panameño de esa minoría que sí se interesa por las ideas y que vive con ellas y desde ellas. Esa minoría es tan pequeña que ni siquiera corresponde a nuestra escala topográfica y demográfica. Hablo de panameño influyente, del de los grupos de presión y dominio efectivo.
Pues bien, es a este panameño al que hay que decirle la terrible novedad, aunque se estremezca con la noticia: en Panamá se necesita pensar. No hay otro remedio. La sazón histórica nos impone el deber de poner en cada uno de nuestros actos una buena dosis de jugo mental.
Pero no lograremos crear el aire propicio a la tarea intelectual si antes el panameño, como individuo, no se acostumbra a reflexionar sobre sí mismo, sobre la vida nacional y sobre el mundo.
Para una teoría del bullicio panameño.
Claro está que el panameño no apareció sobre el haz del Istmo ya preso de este horror por el pensamiento. Como se ve claramente en los dos últimos e importantes libros de Omar Jaén Suárez y de Alfredo Figueroa Navarro, se trata de un largo proceso que ha determinado en él este angostamiento del aparato intelectivo.
El maldito determinismo geográfico y su zona de tránsito,- hecho que gravita sobre toda la existencia panameña- ha producido este tipo humano que sólo tiene ojos para las cosas inmediatas y tangibles. Después, a este fenómeno vino a injertarse extrañamente algo de la ética protestante del american -way-of-life y su indiscutible sistema de valores.
El hecho es que, desde hace años, me pregunto si no existe una relación íntima entre este desgano por las ideas y el gusto por el ruido, por el bullicio que tiene el panameño típico. En efecto, el panameño conversa; parlotea. Su intercambio de palabras, monosilábicas, casi siempre, es pura cháchara, sonajería y nada más.
Una reunión panameña transcurre siempre entre gritos e interjecciones, acompañados- los tiempos modernos obligan- por el incesante resonar de aparatos electrónicos que difunden ritmos de música de baile. El hecho es curioso pero verdadero. El panameño se complace en sumergirse, como el pez en el agua, en el ruido. Por ello escucha una música hecha para bailarla, pero que a él le sirve a manera de una extraña aunque eficaz defensa contra el pensamiento. Voy a explicarme.
Si se observa una típica reunión panameña, de diez o más participantes, lo primero que salta a la vista es la presencia de un inevitable aparato de radio, discos o cassettes, que inunda al ambiente de sones estridentes. En tales circunstancias, no es posible conversar, dialogar. El panameño, con esta coartada de la música o, mejor dicho, del bullicio está feliz, a salvo de tener que pensar.
La música sólo es detenida cuando llega la hora de comer. Entonces, cada quien atiende a sus platos, tenedores y cuchillos. La ocupación alimenticia ocupa a cada persona. Este es le único momento de silencio en la reunión. Cada participante deglutina su porción religiosamente, absorto en la faena, aislado de los otros, a su vez ocupados en la misma función.
Termina la comida e inmediatamente vuelve el bullicio. Pro hay más. Comparada con El Cairo o Estambul, Panamá es una ciudad silenciosa, casi muerta. Sin embargo, sus centros sociales y bares son más bulliciosos que un zoco árabe o que un mercado italiano. En todo sitio público, se encuentra, inevitable, soberano, un aparato de discos o un órgano (eléctrico, claro está) que nunca deja de sonar.
A ningún miembro del Club o cliente se le ocurrirá protestar. Por lo contrario, lo alimentarán con monedas en el primer caso o con sus aplausos en el segundo. El bullicio es el gran aliado contra el pensamiento. La conversación, si así puede llamarse el telegráfico intercambio verbal, queda reducida al mínimo, ya vecino del silencio.
Aislado, así, por esta cortina de ondas sonoras, el panameño se encuentra a sus anchas a salvo de la necesidad de hablar con su vecino de cosas serias. El diálogo se reduce a un chiste, a una noticia, a un rápido intercambio de baratijas verbales. En medio del ruido, es imposible exponer una tesis, expresar frases conexas y conceptuales, ideas, en fin.
Como su vida no es vida de persona, sino simple existencia de hombre que discurre en el plano inmediato de las necesidades biológicas, al razón profunda de esta falta de pensamiento puede estar, tal vez, en su carencia de dimensión metafísica, de problemática existencial. De aquí, por ejemplo, la ausencia de preocupación metafísica en la poesía panameña. Se cuentan con los dedos de una mano, los poetas cuyos versos tocan las zonas de misterio del drama humano.
Tiene, pues, la ausencia de ideas en el aire panameño una explicación que es necesario buscar entraña adentro de su gente. Y, cuando digo gente, me refiero a toda la del Istmo: del Gobierno o de la oposición, de izquierda o de derecha, rica o pobre, ignorante o instruida.
El alma histórica del panameño.
Empleando el lenguaje de Splenger, se puede decir que el panameño es el hombre del presente puro, sobre cuya alma no gravitan las memorias del pasado y, en consecuencia, no pueden surgir en ella las interrogaciones del futuro. Hace pocos días estuvieron en mi piso madrileño varios jóvenes panameños que necesitaban consultar de urgencia un diccionario politécnico inglés, pues siguen una de las más arduas carreras de la ingeniería moderna.
Ello quiere decir que no son tontos. Pues bien, uno de ellos, en el curso de la charla, me preguntó “cómo había sido eso de 1903“, si era verdad que ningún panameño había firmado el tratado de entonces. Pero no crea el lector que se trata de un caso aislado. Conozco a varios diplomáticos cuya memoria histórica no alcanza a más allá del gobierno de Marcos Robles.
Almas del puro amanecer, de un perenne día sin ayer ni mañana, el conocimiento de la historia les obliga a pensar, a soportar la indescriptible tortura de la reflexión. Por ello decía en estas mismas columnas que los historiadores panameños constituyen un club de lecturas mutuas, sacerdotes de un esotérico culto en el que no participa nadie más que ellos y unos poquísimos lectores poseídos de la “funesta manía de pensar”, como decían ciertos académicos de la época de Fernando VII.
El hecho es que el panameño es un ser paradójico, Gregorio, en apariencia, es un individuo hermético, ya que no descubre lo esencial de toda persona, que es su pensamiento. Su poco interés por el pasado y por el futuro, no es más, en el fondo, que una manera de evitar la necesidad de que su vida se la haga problema, es decir, materia de reflexión. De aquí la facilidad con que cambia de actitud política.
La política es para él un instrumento de sus intereses, no el resultado de una idea de la vida social, de una concepción de lo que deber ser su país, es decir, de una ética, de una filosofía. No se trata de una novedad. En Panamá, al excepción ha sido siempre el hombre de ideas. Si bien se miran las cosas, cabe decir que todos los males de 1903 tienen origen en el hecho de que sus principales actores carecían de ideas.
Los hombres de ideas sólo comienzan a aparecer después, ya cumplidos los hechos, cuando ya es tarde para remediar la ausencia de ideas en toda la organización del movimiento. Querían una cosa concreta- proclamar la independencia- y nada más. Se movían en el terreno de lo inmediato, de lo práctico. De aquí la ausencia de una idea nacional. el sentimiento de la patria les bastaba. Pero la patria es cosa del corazón. No se necesitan ideas para ser patriótico.
En cambio, lo nacional es algo axiológico, que pertenece a la cabeza, donde anidan las ideas. ¿Dónde están los discursos, las cartas, los diálogos ideológicos? Simplemente, no existen.
Vuelvo a repetir que hablo, en términos generales, del arquetipo panameño, del hombre que representa a la gran mayoría y que es el que da el tono y talante a la vida de Panamá.
Los partidos y la cultura
Se escribe y se dice mucho en estos días de política. Pues bien, ¿qué partido de izquierda o de la oposición, ha mostrado interés por las cosas de la cultura, del mundo de las ideas? Que yo sepa, ninguno. Y acontece que uno de los grandes problemas panameños consiste, precisamente, aquí y ahora, en la cuestión de la cultura.
Si no nos ocupamos de la cultura, ya lo he dicho, recuperamos el canal y su territorio pero perderemos nuestra alma. Con el tiempo, seremos los pochos de un Los Angeles tropical, espiritualmente híbridos y sometidos colonialmente a los ways and fashions de Norteamérica.
Claro está que el panameño típico me responderá diciéndome que nada puede detener el Imperium Mundi de Washington, que es un hecho de nuestro tiempo. Tal vez. Mas acontece que las nacionalidades, las auténticas nacionalidades, pueden escapar a la voluntad cesárea del árbitro mundial.
La historia está llena de ejemplos. Más, para afianzar nuestro nacionalidad, nuestros particularismos, necesitamos insuflar ideas en nuestra vida pública, nutrirnos de ellas, vivir desde ella y para ellas. Una nación no se mide en kilómetros cuadrados. No hay patria que no puede tener el tamaño de una nación.
La nación es osa de cultura y la cultura cuestión de ideas, sobre todo.
Los partidos y el Gobierno hablan, eso sí, de educación. Mas acontece que se trata de educación elemental, de conocimientos prácticos, de las herramientas que sirven para los oficios. El joven que me visitaba y no sabía nada de 1903 es un producto típico de a educación panameña de hoy. Se puede ser ingeniero, oficial de la Guardia, líder político, jefe de grandes empresas económicas, periodista o cirujano y continuar siendo, culturalmente hablando, un bárbaro, indefenso en todos los casos frente a la influencia norteamericana, porque faltan en su organismo los glóbulos salvadores de la cultura.
Y la cultura no esta hecha de conocimientos concretos y prácticos, sino de valores, de sensibilidad, de formas de estilo y de muchas otras cosas, que en apariencia, son inútiles, que no tiene un valor de cambio inmediato. La cultura comienza donde la educación termina, cuando dejan de funcionar las máquinas de un taller, se cierran las ventanillas de un banco, las puertas de un despacho público, de un laboratorio o de un bufete de abogados, es decir, cuando el hombre se queda sólo o en compañía de otros y conversa con sí mismo o dialoga con sus amigos.
La triste verdad es que la cultura no entra en el círculo vital del panameño típico. Y este hecho se refleja en todos los planos de la vida panameña. (Panamá, 1979)
EN LA MUERTE DE UN PANAMEÑO NECESARIO: OCTAVIO FABREGA
Now racks a noble heart. Good
Night, sweet prince…
Shakespeare.
Preces meae non sunt dignae.
De la misa de réquiem.
Si morir tenemos, como dice el texto canónico; si la fragilidad de la vida es nuestra primera y única certeza, nuestra diaria lección, ello no impide que, en ciertos casos, el hecho fatídico nos estremezca como algo inesperado e injusto y como una prueba más de que el hombre está solo sin divinos auxilios posibles bajo el guiño burlón de las estrellas distantes.
En esta hora sombría, no necesito preguntar por quien doblan las campanas, pues ellas también doblan por mi propio corazón de amigo y ciudadano. Porque la muerte de Octavio Fábrega es algo más que un episodio familiar y se convierte, por los servicios eminentes que prestara a la República, en duelo cívico, en el de todos los panameños. Me explico.
En el momento del fúnebre viaje, como lo sabían los antiguos egipcios, todo hombre deja tras de sí una doble imagen reflejada en la memoria de sus contemporáneos: la mundana y pública del mercado o el palacio o, para referirme tan sólo al universo de nuestra civilización, la del ágora o forum y, junto a ésta, la imagen cotidiana e íntima del familiar y el amigo.
En el caso de Octavio Fábrega esta doble imagen es una misma, pues las características del hombre de toga y tribuna nacían en la profunda entraña metafísica y se nutrían de las claras virtudes del individuo.
Octavio Fábrega era un panameño necesario. Pertenecía al linaje prócer de los creadores de la conciencia nacional, como lo atestiguan los archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores y sus discursos públicos. Un fino talento y una sólida formación jurídica sirvieron siempre, con cabal y docta eficacia, a un patriotismo que nunca tuvo eclipses ni sufrió desmayos en los combates que le tocó librar en defensa irreductible del derecho panameño sobre la Zona del Canal, derecho sin el cual la República no tendrá sentido, ni podrá ser protagonista de su propia historia. ¿Y cuál es, cabe preguntar, ese mensaje que la imagen pública de Octavio Fábrega nos hace presente en el momento en que él se aleja de nosotros?
Como en el caso de Ricardo J. Alfaro, la tesis básica de que el concepto de soberanía debe ser la piedra angular de la diplomacia panameña. Limitar un derecho soberano o compartirlo puede ser, en determinadas circunstancias, el lujo sin consecuencias de Goliath, pero siempre será, fatalmente, costosa y funesta debilidad para David. Y puedo añadir, resumiendo en rápido escorzo nuestras largas conversaciones, a lo largo de cuarenta años, en Panamá, Nueva York y París, lo siguiente: los panameños del siglo XIX y otros de comienzos del presente nos legaron la posibilidad histórica de construir una nación; pero, cuando se trata de Estado y de nacionalidad, el hecho obvio es que fuera de una estricta e inflexible voluntad nacionalista no hay salvación, porque todo aquello que prolongue y normalice el statu quo de 1903, todo, corroe hasta deshacerla nuestra posibilidad nacional.
Más, dejando en el ágora de la ciudad la imagen pública de Octavio Fábrega, quiero una vez más contemplar la otra, la que guardaremos, vivaz y perenne en nuestro afecto, sus amigos y familiares.
Octavio Fábrega poesía en grado sumo las tradicionales virtudes de su estirpe istmeña, esa vieja y panameñisíma raza de los Fábrega, en la que, a través de incontables generaciones, la chispa del ingenio y la pasión cívica van de par con la generosidad del corazón y la fortaleza del ánimo. Su cordialidad carecía de reticencias y su amistad de ambigüedades, atenta sólo al valor intrínseco de los individuos, sin exigir otra cosa que la misma sinceridad de afecto que él ofrecía con espléndida largueza.
Una vez, al lado mío, alguien observaba el hecho de que Octavio Fábrega, que era un hombre de su tiempo en muchos aspectos, mostraba un espíritu conservador y académico en cuestiones de arte y literatura. no importa, respondí yo entonces, porque Fábrega ha llegado a esa cúspide o propósito de toda gran cultura, como decía André Gide, al definirla magistralmente, el conjunto de ideas, valores y formas que permiten a un hombre asumir lo más de humanidad posible. Y esta hermosa definición me parece convenir sobre manera a la responsabilidad de Octavio Fábrega.
Claro está que el talento era la característica suya que se avistaba desde el primer encuentro y que, junto a los austeros laureles del jurista eminente, eran también visibles las gracias de su agudeza y arte de ingenio.
Pero, a la larga, cuando ya el tiempo iba acendrado nuestras impresiones, era la cálida humanidad de Octavio Fábrega la que nos unía a él con vínculos perdurables, en esa zona o plano de la vida en que desaparecen los signos exteriores, las proezas intelectuales, la pompa de los títulos y los instrumentos del poder y quedamos desnudos, elementales, en la radical y profunda verdad de nuestra condición humana.
El viernes 26 de enero de 1973, pocas horas después de la muerte de Octavio Fábrega en una clínica de Nueva York, comenzaron a llegar a mi casa, de las cercanías de París, llamadas telefónicas y telegramas enviados desde diversos y distantes lugares del mundo. Y en esta hora lúgubre y tardía en que escribo, me consuela pensar que esas llamadas y mensajes eran, en verdad, como antorchas que unos amigos, unidos por el duelo común, encendían a lo largo de la insomne vigilia fúnebre para iluminar por última vez el rostro del hermano muerto antes de que lo alcanzara la sombra inexorable.
“Death be not proud” ha dicho John Donne en un verso famoso, que yo repito ahora, con los puños crispados. “Muerte, no te jactes…”
¡Adiós, viejo amigo mío, gentil compañero de tantos años! Profunda cisterna de soledad es mi pena, porque hasta su fondo no lega la luz consoladora de la creencia en un posible cielo de los justos. ¿Podrás, acaso, verme, mi buen Octavio? Estoy solo en medio del silencio nocturno. Y mientras te alejas, no repaso, como el creyente, las cuentas de su rosario litúrgico, una a una, lenta y dolorosamente, las imágenes de nuestra lejana juventud perdida….
Roque Javier Laurenza.
(Boletín de la Academia Panameña de la Lengua, número 1, cuarta época, junio, 1973)
LUIS DE CAMÒENS, CUATRO SONETOS
Articulo publicado en la revista mejicana Vuelta, del director Octavio Paz.
En carta de Cambridge, Nueva Inglaterra, me pide Octavio Paz una noticia sobre los sonetos de Luis de Camoens que va a publicar la revista VUELTA. Mas acontece que, como la de Shakespeare, la vida de Camoens está llena de lagunas y misterios.
En lo que respecta a la obra épica, sí existen elementos biográficos relacionados con la lenta creación de Os Lusiadas, recogidos, aquí y allá, por la crítica erudita. Pero en el caso de la lírica y particularmente de los sonetos, se carece de noticias precisas sobre las circunstancias y fechas en que fueron escritas estas páginas espléndidas. Los investigadores parecen estar de acuerdo en que Camoens no daba mucha importancia a sus composiciones menores y la prueba de ello está en que no fueron publicadas en vida suya, dejándolas – rerum vulgarium fragmenta- al azar de los días y de la posteridad.
Los sonetos se dieron a conocer, primero, en copias de sus amigos y admiradores, lo que ha dado ocasión a errores, variantes y plagios sin cuento. El hecho es que Cervantes, Lope, Quevedo y otros españoles del XVII conocen y admiran los sonetos y don Francisco traduce espléndidamente algunos. ¿ Cómo llegan a las manos de éstos los sonetos dl portugués? Por el momento, lo ignoro, pues escribo esta nota en Madrid, entre dos aviones. Con todo, no tengo memoria de ninguna información al respecto. Camoens no ha tenido fortuna con la crítica española. Son rarísimos los estudios sobre él en nuestra lengua, como también las traducciones de sus sonetos. Don José María Cossío publicó, hace años, un trabajo sobre Los Sonetos amorosos de Camoens y traducciones de algunos .Recientemente, se ha reeditado el estudio del erudito español don José Filgueira Valverde, quien traduce varios y reproduce una versión de Quevedo y otra de Cossío.
En cuanto a los sonetos mismos, casi todos son de inspiración petrarquina, en torno a los topoi de la época, notándose en ellos, además de la huella italiana, las influencias reconocidas de Boscán (nosso Bosao, que disse tudo/ dos segredos que move o cego rei…) y de Garcilaso (o brando e doce Lasso castelhano…).
Camoens fue hombre que em varias flamas variamente ardía, como corresponde a quien fue poeta, soldado y cotesano, según la mejor tradición del Renacimiento. También aquí la posteridad carece de noticias precisas y se han mencionado diversos nombres de posibles musas reales (y en este caso la palabra real puede tomarse en su doble sentido de realidad y de realeza), pues, junto a su musa juvenil, doña Isabel de Tavares, y a otros amores africanos y orientales, se menciona a la infanta doña María, hija de Don Manuel el Afortunado y que fue prometida de Felipe II, y a Doña Francisca de Aragón, dama de Palacio que casó después con Don Juan de Borja. En relación con estas dos altas damas, algunos estudiosos asocian, sobre todo los sonetos en que Camoens se queja de su imposible amor, de desdenes o infortunios de su pasión no correspondida o imposibilitada por algún obstáculo social. Pero todo ello es conjetura, leyenda, madeja de suposiciones tejida por la imaginación de los eruditos, sin que datos positivos den precisión a la idea.
El hecho s que los estudios españoles sobre Camoens prácticamente no existen, a pesar de los vínculos del poeta con los nombres y las cosas de España. Fuera de los portugueses, hay que acudir a exégesis alemanas, francesas, inglesas e italianas. Extraño destino cuando se piensa en que Camoens es también un gran poeta español, pues son muchos los poemas- incluso admirables sonetos- que escribió en nuestra lengua, sin contar además el sentido hispánico de Os Lusiadas.
Con todo, de vez en cuando, Camoens suscita el interés y la admiración de grandes escritores nuestros, como es el caso, entre otros, de Unamuno, Reyes y Borges. Su obra lírica es numerosa. Según la edición de Coimbra- que es la que tengo en casa- sólo los sonetos son ciento sesenta y seis. Campo y extenso hay, pues, para que los poetas de hoy se acerquen a esta magnífica obra y traten de verter al español dignamente los hermosos endecasílabos camonianos.
Madrid 12 de febrero de 1977.
I
Pobre de mí, que lloro al par que río,
Espero y temo, quiero y aborrezco,
Que lo mismo me alegro o entristezco.
Vuelo sin alas; siendo ciego, guío;
Menos consigo en lo que más merezco;
Hablo de amor mejor cuando enmudezco
Y, sin contradicción, siempre porfío.
Posible me parece lo imposible;
Quiero mudar y estar al tiempo quedo;
Gozar de libertad y estar cautivo;
Ser a la vez visible e invisible
Y sin enredo…amando yo el enredo.
¡Tales extremos son en los que vivo !
II
Nunca dañó en amor atrevimiento
Favorece fortuna la osadía,
Porque siempre la torpe cobardía
De lastre sirve al libre pensamiento.
Quien se eleva al sublime firmamento,
Encuentra estrella que, puntual, le guía.
El bien que encierra en sí la fantasía
Es humo leve que se lleva al viento.
Los pasos deben ir a la ventura.
Nadie será sin su pensar dichoso.
La suerte loca los destinos mueve.
Atreverse es valor y no locura.
¡ Y por cobarde pierde el venturoso
que, al veros, a cantaros no se atreve !
III
Pues me tiene fortuna en tal estado
Y a sus pies me retiene tan rendido,
Nada puedo perder de tan perdido
Ni tampoco mudar de tan mudado.
Todo bien para mí ya es del pasado
Y doy lo que vivir por ya vivido,
Que donde el mal es ya tan conocido
Cabe dar el vivir por perdonado.
Si me basta querer, la muerte quiero,
Pues vivir desolado no conviene.
Mejor curar el mal con otros males.
Y si del bien tan poco bien espero
Y si este mal sólo un remedio tiene,
Culpa no habrá en buscar remedios tales.
IV
El tiempo acaba el año, el mes, la hora,
La fuerza, el arte y toda fortaleza;
El tiempo acaba triunfos y riqueza
Y el tiempo mismo de ser tiempo llora.
Busca y acaba el tiempo donde mora
Cualquier ingratitud, cualquier dureza,
Mas no puede acabar con mi tristeza
Si no le ayudáis vos, gentil señora.
El tiempo vuelve al claro sol oscuro,
Al más dulce placer en lloro triste
Y hasta la tempestad en gran bonanza.
Y de ablandar, con tiempo, estoy seguro
El pecho de diamante en que consiste
La pena y el placer de esta esperanza.
Traducción de Roque Javier Laurenza.
Tomado de la Revista mejicana mensual Vuelta, número 6, volumen 1, mayo 1977.
Página 4-6. Director Octavio Paz.
Poesía de Roque Javier:
1
SOMBRA
Prisionera en las aguas del espejo
Mi sombra es imagen que perdura,
Y entre las olas de cristal procura
Llevar los brazos hacia mí. Reflejo.
Inútil doble de mi cuerpo! Dejo
Crecer su talla en la materia dura…
Y, cuando vuelve a suplicar, ruptura
De la sombra presente con lo viejo.
Ha de vivir tan sólo lo que quiera
Mirar su angustia de muriente llama
En el cuadrado que da luz. Extraños
Gestos colmados de dolor. ¡Sincera,
Helada voz de vidrio que reclama
Multiplicar por dos mis desengaños!
2
PRESENCIA Y RECHAZO
Al recordar lo que tu nombre inicia,
Tus senos- ejes del minuto ansiado-
Marchitos quedan para la caricia
Más duradera que el placer logrado.
En vano llega la veloz noticia
De tu presencia al corazón gastado,
Exento ya de la pueril codicia
Del viejo fruto del amor pasado,
Que inútil dardo- bumerang exacto-
Rebotará del porvenir intacto
Roja su llama, tu tenaz deseo.
Quedas al borde de un presente puro,
Sombra sutil carente de futuro,
Inmóvil ya figura de museo.
“El Panamá América” junio 5 de 1938.
3
ELEGIA A JOHN FLANDERS
“Tu amigo, el mundo, ha muerto en N. Y.” De una carta.
Sería necesario comprender el dolor de una estatua derribada
Sin que pudiera decir su mensaje de piedra a los siglos
O mantener aún despierta en la memoria
La visión de una mujer despavorida
Con la cabellera feraz envuelta en llamas
O haber visto unas manos de artista
Mutiladas
En las cercanías del teclado de un piano
O haber sentido una vez los pasos de la muerte…
Sería necesario comprender todo esto,
Pero todo es inútil
Es tu caso, John Flanders,
Porque nadie dirá los suplicios del hombre que calló sus palabras,
De quien tuvo un mar de ternuras perdido en los pliegues marchitos de una voz imposible,
De quien supo la angustia de saber la palabra
que brotó de los labios del corazón, en tinieblas,
sin que pudiera llegar a las orillas del otro corazón que esperaba.
Ese tormento nadie lo dirá, porque siempre
La mudez y el olvido se pasearon del brazo,
Porque son las palabras las que anuncian la vida
Y las tuyas no fueron sino de sombras y humo.
Así las telarañas proseguirán su industria
Sobre las hojas blancas de los calendarios
Y vendrán otros hombres y otras nuevas palabras
A llenar el vacío de las voces que han muerto
Y nadie,
Nadie,
Nadie, recordará tu imagen,
Porque la memoria está hecha de acentos y de gritos
Y el recuerdo es la sombra, el eco y el fantasma de las palabras dichas.
Sin embargo, bien puedes
Esperar tu venganza
Mi paciente John Flanders.
Cuando llegue la hora definitiva de la muerte total e igualitaria,
Cuando los últimos supervivientes ya no puedan hablarse
Sino como ese disco de gramófono rayado que gira incansable,
Y cuando las aguas del silencio ahoguen las palabras
Y cuando las ramas ya no puedan danzar en el vals de los vientos,
Ni el ruiseñor pueda fingir de tenor en el bosque,
Y cuando las torres de los últimos rascacielos
Sientan el frío de la yedra inclemente que avanza,
Entonces,
Mi vengado John Flanders,
Entonces,
Pasearás por los campos tu mudez arrogante,
Y sabrás lo que dicen las hojas del árbol exangüe,
Y el mensaje de ese casco d navío sobre una playa abandonado,
Y el dialogar amoroso de las estatuas de piedra,
Y el patético gesto de las ruinas postreras,
Mientras los demás hombres que agotaron sus voces
Sufrirán, ya perdidos para siempre los ecos,
La derrota sin gloria de sus muertas palabras… (Revista Frontera, Número 3)
Estas Poesías, fueron tomadas de la obra de Rodrigo Miró; Indice de Poesía Panameña Contemporánea, Chile, 1941.
SABATINA
Sábados de la ciudad
En las noches. Las cantinas,
La ciudad.
Todo lo incendian los hombres
Que trabajan en la Zona
Del Canal.
Los billetes de a 10 dólares;
Las reyertas embriagadas;
El zigzag…
Y los hogares ayunos,
Pues que muchos derritieron
Sus dineros
En el bar.
Son las cantinas aprieto
De jauría que saloma.
¡Qué distinto el canto éste!
No se parece al que entona
Allá en la sierra el labriego
Que va subiendo la loma.
¡Sábados de la ciudad,
bullangueros! Las cantinas;
Panamá.
Todo lo incendian los hombres…
Esos hombres que vinieron
A la Zona del Canal.
(Tomado de la Antología Poética “Ancón Liberado” de Moisés Torrijos Herrera, Panamá, Centro de Impresión Educativa. 1979.)
De Campo de Juegos, su libro de poesía publicado en Chile (1973) por sus amigos y distribuido gratuitamente entre sus amistades, presentamos:
DECLARACIONES, XI
La sangre es la verdad, y las orillas de sus terrestres limites de fuego son la Tule postrera de mis manos, Ultima Tule de los sueños, Tierra, fatal nodriza de punzantes mimos, hacia tu piel de larvas y luceros vuelven mis manos su pasión de tacto. ¡Tú eres la paz y el reino de los hombres, tú la victoria, y el laurel, y el cielo, y la secreta envidia de los dioses!
ELEGIA
Tu amigo, el mudo John Flanders, ha muerto en Nueva York……de una carta
Sería necesario comprender el dolor de una estatua derribada
Sin que pudiera decir su mensaje de piedra de siglos,
O mantener presente la memoria
De una mujer despavorida
Con la cabellera feraz coronada de fuego,
O haber visto unas manos de artista cuando eran
De pronto mutiladas por un ángel colérico
En las proximidades de un piano estremecido
Por la invisible promesa de la música…
Sería necesario comprender muchas cosas
(mas las torpes palabras e los hombres no logran alcanzar las sumersas en el mar del silencio)
para decir entonces los suplicios, John Flanders,
de quien supo la angustia de saber la palabra
que brotó de los labios del corazón, en tinieblas,
sin llegar a la orilla rumorosa del otro
corazón que la voz del amor esperaba.
Ese tormento nadie lo dirá porque siempre
La mudez fue la noche que llamamos olvido,
Porque son las palabras las que anuncian la vida
Y las tuyas no fueron sino sombra y humo.
Así las telarañas proseguirán su industria
Sobre las hojas de los calendarios
Y vendrán otros hombres y otras nuevas palabras
Y llenar el vacío de las voces que han muerto
Y nadie, John Flanders, recordará tu imagen,
Porque la memoria está hecha de acentos y de gritos
Y el recuerdo es la sombra, el eco, y el fantasma de las palabras dichas.
Entrevista de Dimas Lidio Pitty a Roque Javier Laurenza
Aparecida en edición de entrevista a varios autores panameños Letra Viva, ediciones formato 16. Universidad de Panamá. 1986.
-Para usted ¿Qué es la literatura?
La literatura es una de las bellas artes. Al fin de cuentas, las letras aspiran a lograr las virtudes persuasivas de la música- como decía Walter Pater- y el efecto del chiaroscuro de la pintura. Naturalmente, ello no quiere decir que sea algo secundario. En verdad, es uno de los instrumentos esenciales de las potencias creadoras del hombre. Gracias a ella, se crean los grandes arquetipos- Don Quijote, Fausto, Hamlet, Tartufo y tantos otros- y se afianzan y sistematizan las lenguas- Comedia de Dante, verso de Shakespeare, prosa de Cervantes, lengua bíblica de Lutero, tec.-, es decir que, en consecuencia, se estructuran las naciones y cristalizan las culturas.
-¿Qué lo induce a escribir?
¿Misterio de la evocación de escritura y pensamiento! Creo que nadie puede responder cabalmente a esta pregunta. Con todo, le diré que la expresión verbal se produce en mí mediante un mecanismo hedónico. Anime alimentum, las palabras son algo físico; las siento en el paladar, las mastico y las regusto.
Por la oscura región de vuestro olvido…
Tityre, tu patulae recubans sub teamine fagi…
Yo soy aquel que ayer no más decía…
La fille de Minos et de Pasiphaé…
Most musical of mouners, weep again…
La boca solevo dal fiero pasto….etc, etc.
Función lúdica por excelencia, escribir para mí es un juego. Y el hallazgo de una metáfora oportuna o de una secuencia rítmica de justos compases, es una delicia perdurable.
-¿Cuál es el papel del escritor en la sociedad?
Polifacético y siempre cambiante, según su humor personal o el designio de la hora. No creo en una misión previamente señalada por los dioses de la actualidad. El verso, a veces, llega hasta los labios, como la lágrima a los ojos, sin decirnos su nombre, ni de dónde viene ni a dónde va. Eterno misterio platónico de la creación estética. Para el verdadero poeta, todo material es combustible, decía mi amigo León Felipe. La diatriba versificada contra Napoleón el Pequeño, no impide a Víctor Hugo escribir el poema sobre el fin de Satán. El hecho es que el papel del escritor en la sociedad está determinado, de manera tácita, por la propia condición poética. Antena para las ideas y los sentimientos, rada de imágenes, máscara de resonancia de clamores populares, el poeta habla desde su tiempo y para su tiempo, expresa las angustias, la agonía existencial de sus coetáneos y, en ciertos casos egregios, simplemente la del hombre en sí, sin limitaciones contingentes de tiempo y espacio. De ahí la orgullosa y justa célebre frase de Shelley en el sentido de que los poetas son los legisladores no reconocidos del universo: the unacknowleged legislators of the world.
-¿Qué opinión le merece la literatura panameña y cómo la juzga en el contexto latinoamericano?
Aquí, naturalmente, bajamos una octava. La literatura panameña es una voz armónica en el coro polifónico español. Como de una mujer, que no es del todo bella, se puede decir que es guapa, también cabe decirlo de la Musa panameña. La gran expresión literaria necesita de la sazón de los años y de la salsa de generaciones. A partir de ciertos relatos, como por ejemplo el de La isla mágica, podemos avanzar con paso cierto. La verdad es que ya contamos con páginas de verso y prosa dignas de las más severas antologías. Suelo complacerme con un ejemplo escultórico, el de las estatuas de Barriles: hombres sobre los hombros de otros. Así mismo los guerreros medioevales alcanzaban las almenas de las fortalezas. Generación tras generación de escritores panameños, recogiendo la herencia de la pasada y superándola, ascenderán un día hasta alcanzar la estrella de la página perfecta y capital.
-¿Qué opina de la literatura latinoamericana?
La literatura de nuestra América, es hoy una de las más interesantes del mundo y la más importante que se escribe en español. Cabe observar que sus principales capitanes, de Borges a Guimaraes Rosa, pasando por Octavio paz, García Márquez, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Jorge Amado y otros, son profesionales, dueños de todos los recursos de la ciencia literaria, sobremanera cultos, hombres en su punto y sazón, al día como se dice, terencianos, familiares de los grandes textos y testigos avisados de la historia en marcha.
-¿Cuál es, para usted, la cuestión capital de la literatura y del escritor panameño?
Grave pregunta. Porque trasciende el plano literario y se refiere al escritor como miembro de una colectividad, es decir, a su condición de ciudadano. Y el problema capital de Panamá (viendo las cosas por encima de las cámaras de comercio e industria y de organismos rotarios y de inspiración norteamericana) es de carácter ético.
Acaba de terminar una etapa decisiva en la marcha de la nacionalidad panameña hacia ese punto en que se transforma en nación. Porque no se debe confundir a la nación con la nacionalidad. La nación es la nacionalidad convertida en persona ética, en una entidad en al que cada ciudadano lleva consigo un semáforo de luces verdes y rojas que regula su vida cívica. Panamá está lejos de tal sazón. Diversos factores se han opuesto o han demorado y demoran esta transformación.
Cuando hablo de esta etapa decisiva, me refiero a la firma de los Tratados Torrijos-Carter y nada más.
Por otra parte, el camino hacia la nación cabal pasa por la reducción al mínimo de la presencia física y política de los Estados Unidos. Durante muchos años el interés de ciertos grupos hegemónicos y el ingenuo patriotismo de otros, aunque limitaron nuestras reivindicaciones a lo puramente simbólico, aunque acompañadas de alguna ventaja material. Los que querían algo más en un sentido nacional, estudiantes, intelectuales y algunas personalidades como Eusebio Morales, Ricardo Alfaro, Narciso Garay, Octavio Fábrega y otros, carecían de poder.
Tal estado de cosas, dio pie al fenómeno bonapartista. No me interesan los mecanismos iniciales del mismo. Yo no soy liberal, lo que me importa es el fenómeno en sí. Lo que Torrijos hizo sólo fue posible mediante una voluntad de César, que no tiene que rendir cuentas. Como veo las cosas desde un perspectiva histórica, justifiqué entonces al General Torrijos, aún sabiendo, desde el primer Imperio francés, que no todos los bonapartes son napoleones y que la mala yerba suele aparecer en los jardines de los Césares. La historia me ha dado la razón. Estamos en mejores condiciones para emprender la segunda gran etapa de nuestra empresa nacional, y gracias a la política exterior de los últimos quince años, Panamá tiene hoy una personalidad internacional.
Ahora bien, terminada la primera etapa, muerto Torrijos, el bonapartistmo, en cualesquiera de sus formas criollas y folklóricas, carece de toda validez y justificación. La vuelta al orden jurídico y constitucional es una necesidad capital para que Panamá prosiga su marcha ascendente. Y todo ello exige el imperio de principios éticos, sin reticencias ni ambigüedades.
De ahí la gravedad de la hora, y asimismo, la tarea que toca al escritor panameño como ciudadano y como parte de eso que se ha de llamar la conciencia de la época.
Los que tenemos vocación de pensar y escribir, debemos insistir en el examen de todos los factores que han concurrido para que Panamá sea hoy un país de religión católica y de moral protestante y pragmática, donde la riqueza material es el fin de toda existencia y la sola razón de ser, donde Miami es una especie de Atenas y el american Way of life el modelo y la meta de toda existencia. Doy a la palabra pragmática toda su capacidad de injuria.
Tal es la cuestión capital para el escritor panameño de hoy. Lo demás son pendejadas de Angarita, como decía Belisario Porras.
-¿Qué autores ha influido en lo que usted hace?
Decía Goethe que su historia era la historia de sus influencias. Frase válida para todos, en mi caso, puedo decir que tuve la fortuna de contar, desde mi adolescencia, con Virgilios eficaces que me llevaron, de la mano, desde la selva oscura de las ideas y los ismos hasta la perenne y fundamental. Guiado de tal manera, pronto me aficioné a los clásicos de las lenguas que me son familiares. Estos constituyen mis influencias capitales, junto a un buen puñado de franceses, ingleses y españoles contemporáneos. Entre los últimos y en cuanto a los puramente estilístico, al metiere, debo citar a Darío, a Alfonso Reyes, a Borges y a Ortega y Gasset.
-¿Usted produce sus textos a partir de un plan o éstos van tomando forma mientras escribe?
Toman forma a medida que avanzo en la escritura. De cada párrafo, van saltando las ideas y las frases como del fecundo vientre del kanguro los curiosos animalillos didelfos.
-¿Qué es lo más difícil, para usted, en la tarea creadora?
La sensibilidad intelectual, literaria en este caso, está hecha, como diría mi maestro y amigo don Alfonso Reyes, de simpatías y diferencias. Como es natural, prefiero a los escritores en los que puedo ver, elevadas a su máxima potencia, mis propias modestas cualidades. Como todo el que vive en una biblioteca, mis gustos son eclécticos aunque precisos. La primera característica de los autores que prefiero es al de ser maestros de su lengua, hombres que escriben, como dije una vez, a la sombra del árbol del arte, en cuyas ramas simétricas se posan, con rítmica alternancia, el búho símbolo clásico del pensamiento, y el ruiseñor, patrono tradicional del canto.
-¿Cuáles son sus autores preferidos…por qué?
No tengo preferencias apriorísticas, sólo exigencias de calidad.
-¿Le interesa algún género literario más que otros…por qué?
Supongo que se refiere usted a la realidad de nuestro país. Hay, un hecho característico. Como es evidente, modestia aparte, desde mis años mozos, suelo vestir con cierto aliño y calculada coquetería, es decir, sencilla pero cuidadosamente. Pues bien, llamo a un taxi y, como siempre, tomo asiento junto al chofer, que es un hombre de veintitantos años, que me mira en forma curiosa y obviamente simpática, de los pies a la cabeza.
-¿Qué pasa? – le pregunté.
-¡Ajo, mano, eres un Capone!
-¿Cómo un Capone?
-Sí, como un Capone. “Tas vestió como el carajo.
-¿Mal?
-No, te digo, muy bien. Como un Al Capone.
Pues bien, amigo mío, pondere usted el significado de este elogio insólito de mi taxista. Exprima usted sus frases para traerles todo el zumo semiótico de sus sílabas y verá como ellas responden a una visión muy panameña del mundo.
Se trata, como usted sabe, de alguien que adquirió poder y fortuna mediante el crimen en todo su vasto horror. El caso es que poder y fortuna son los máximos valores de panameño típico. Y , cuando digo típico, abarco a un amplio abanico social que va del plácido príncipe de la cuenta corriente hasta el chofer de taxi y el modesto empleado público. No importa para ellos cuál sea el origen del poder y la fortuna. El dinero está ahí, que todo limpia, y santifica. Hay aquí una total inversión de los valores tradicionales éticos.
Ciertos ingenuos amigos míos creen que la corrupción, que el enturbamiento moral de la óptica panameña y de su percepción axiológica es un fenómeno reciente. Pues, no. se trata del lento resultado de la penetración del american way of life. No me refiero a todos los Estados Unidos, pues existen dos Estados Unidos. Uno, que tiene su capital, por ejemplo, en las Tapasooollas giorgianas y otro ( que no llega hasta nosotros) cuya ciudad ejemplar está en Cambridge o en Princenton y que sería aceptable.
Panamá es ya un país de religión católica y moral protestante. Y hablo en el sentido weberiano, claro está. En próxima crónica ampliaré esta idea, de la cual mi taxista es vocero inconsciente pero cabal.
-Mencione una experiencia o acontecimiento, público o privado, que lo hay inducido a ver la realidad como la expresa en sus obras.
Nada tan fantástico como la realidad, decía el siempre oportuno Goethe. Y es verdad. La más alta fantasía trae consigo un lastre de verdad, de realidad. y el ángel literario tiene también dos alas.
-¿Qué importancia asigna usted a la realidad (o fantasía) en su trabajo?
El grupo panameño al que históricamente pertenezco- Sinán, Miró el Mozo, etc- aparece en el momento en que de Madrid a Buenos Aires, pasando por La Habana y Ciudad de México, se eleva un coro de voces concordantes en el propósito de renovación de las letras españolas. En 1927, el centenario de don Luis de Góngora y Argote brinda a todos la oportunidad de precisar, si no una doctrina dogmática, por lo menos, una doble pauta de progreso a las fuentes primordialmente clásicas y, al mismo tiempo, de voluntad de modernidad.
Las principales revistas que nos sirven de estandartes se llaman entonces Revista de Occidente, La Gaceta Literaria, Contemporáneos, de México, La revista Avance y Proa y Sur, de Buenos Aires, para tan sólo citar a las más famosas.
Mi generación, pues, creció a la sombra de Góngora y Quevedo, de Darío, Juan Ramón y Machado, etc.
-¿De que tendencia estética y de cuál generación forma parte, según el criterio de usted?
Permítame que me salte a la torera esta pregunta.
-¿Cuál considera usted que es su título más representativo o su mejor logro, hasta el momento? ¿Qué consejo daría a un joven que aspira a ser escritor?
Aprender su lengua; ahondar en el español hasta el meollo; leer con amorosa minuciosidad a los clásicos españoles y extranjeros. Y, sobre todo indagar en la vida panameña. El joven artista panameño debe repetir, como una ferviente oración, las líneas finales del Portrait of the artist as a young man, de James Joyce, que si mal no recuerdo, al cabo de cincuenta años, dice: “Antepasado mío, ayúdame, ahora y siempre, con tu espíritu para crear en la fragua de la vida la conciencia increada de mi raza.”
-¿Por qué la poesía es el género más cultivado entre nosotros?
La poesía es la primera manifestación de los pueblos, seguida del dibujo. Los pueblos cantan antes de pensar; porque las impresiones primarias de dolor y de gozo suscitan el grito, resumen de la pena y el júbilo. Canto, luego existo….etcétera.
Fuentes
-Academia de la Lengua lamenta fallecimiento, 8-12-84.
-Alvarado de Ricord. Elsie. Escritores Panameños contemporáneos. Panamá, 1962.
-Faúndez, José Manuel. Recuerdo de RJL por José Manuel Faúndes, 16 feb, 1985.
-Fisac Seco, Javier.. Comunismo Soviético y Socialismo español. España Revista Leviatán, de hechos e ideas. Otoño/invierno 2001, número 85/86, II Epoca:.
-Herrera Sevillano, Demetrio: Ventana. Concurso Ricardo Miró, 1949. Panamá 1950. 61p.
-Homenaje a Roque Javier Laurenza, Revista Nacional de Cultura, diciembre 1985.
-Guillermo Sánchez Borbón /Justo Arroyo La Prensa: artículos sobre RJL.
-García Lorca, Federico: Canciones (1921-24) Editorial Moderna, Chile, 1928, segunda edición.
-Laurenza, Roque Javier. Roque Javier Laurenza. El Panamá América, 21 julio, 1945.
-_______ Diario el Panamá América; poesía de Roque (página Artes, letras y Ciencias , Panamá 21 de julio, 1945.)
-_______ Letras de Panamá, suplemento cultural, número 2 Panamá, enero 1958.
-_______ Notas al margen de unos poemas de Eduardo Ritter Aislán, prólogo al tañedor de laud.1961.
-_______ Revista El Pez Original, Panamá, número 2, julio septiembre, 1968.
-_______ Campo de Juegos, versos festivos del poeta Roque Javier Laurenza. Revista Lotería, 212-1973.
-_______ Oda Simple a la Patria, 9 nov. 1981 (página c-9)
-_______ Del diario La República; Oda Simple, del 2 nov, 1977 y “Cuatro Sonetos de Luis Vaz de Camoens, 9 nov, 1980; y desde 1979 la columna Aire del Mundo, a partir de julio.
-Maples Arce, Manuel: Poemas Interdictos. Ediciones de Horizonte, Jalapa, Veracruz, México, 1927.85p.
-Miró, Rodrigo: Indice de la Poesía Panameña Contemporánea. Editorial Ercilla, Chile, 1941, 181p.
-_________ La Literatura Panameña de la República. Revista Lotería, número 51, febrero, 1960 y segunda reimpresión, 1980.
-_________ León Felipe Camino en Panamá. Panamá. 1988.
-Obras de Eça de Queiroz. Editorial Biblioteca Nueva, España, 1924.
-Poniatowska, Elena. Las enseñanzas de Torres Bodet. I y II parte. 5-6 de mayo, 2002. Sección cultura. La Jornada. México.
-Camoes. Poema traducido por RJL para la: Revista Mejicana Vuelta. Director Octavio Paz y Enrique Krauze. Colección Biblioteca Interamericana Simón Bolívar.
-Ruiz, Tenorio. La Estrella de Panamá: Un debate con RJL de Tenorio Ruiz, 8-12-84; Carta (poesía) 25-5-75.
-Ritter A., Eduardo. Del diario el Día, tenemos; columna vértice :Mi encuentro con RJL en París, 11 oct.1963; espacio Literario (poemas de Roque) páginas para un álbum de sombras del 24 nov, 1966; Rincón de Eros, 8 set, 1966.
-Suplemento Artes, Ciencias, Ideas, del diario La República, 23 dic. 1984 Homenaje a Roque J. Laurenza.
-Young Nuñez, César. Trabajo de graduación sobre R.J. Laurenza. Departamento de Español, Facultad de Filosofía Letras y Educación Universidad de Panamá.
-____________ Roque Javier Laurenza y la Rosada Celda del Caracol. (Recopilación de una parte de la obra de RJL) Revista Lotería, número 348-349, marzo-abril, 1985.
-____________ Conferencia en al cumbre sobre los primeros poetas de la República.
-Pitty, Dimas Lidio. Letra Viva. Panamá, Formato Dieciséis. 1986.
-Entrevista a Ricardo Pligia. Escribir una forma de darle sentido a la experiencia. La Jornada Semanal. Del diario La Jornada. México, número 437 del 20 de julio del 2003
-Sinán, Rogelio. Introducción a Campo de Juegos. Revista Lotería, número 212 septiembre, 1973.






