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Internacional

Si yo fuera rey

Última actualización: 07/01/2010 19:16
Jordi Sierra Marquez
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Jordi Sierra Marquez
PorJordi Sierra Marquez
Jordi Sierra Márquez, Comunicador y periodista 2.0 – Experto en marketing digital. Licenciado en periodismo por la UCM y con un máster en comunicación multimedia.
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(Monólogo leído al comienzo de la última entrega de Dragolandia. Se emitió el domingo)

Si yo fuera rey… ¿Quién no ha soñado alguna vez con eso? Pero rey absoluto, porque los reyes constitucionales no son reyes. Son como presidentes de la república vitalicios, hasta que los destronan, pero sin mando. Si yo fuera Luis XIV, Carlos V o Felipe II, impondría por real decreto en la España de hoy las siguientes medidas. Enumero desordenadamente algunas… No son un programa de gobierno, sino de desgobierno. O sea: de libertad juiciosa, trufada de sentido común. Los gobiernos sobran. Municipalizaría la vida pública. Pondría coto a los excesos de las autonomías y a los abusos de los reyezuelos de taifas que se han apoltronado en ellas. Pasaría de la democracia partitocrática a la presidencialista. Mi modelo serían los Estados Unidos, cuya revolución se hizo para proteger al individuo frente a los desmanes del Estado. Proscribiría las listas cerradas. Impediría que gobernase el país, por medio de coaliciones, quien no haya ganado en las urnas. ¿Cómo? Incrementando su representación parlamentaria con un plus de diputados. Eliminaría todas las subvenciones en todos los segmentos de la Administración y, en especial, la fácil demagogia clientelista de los gastos sociales. Cerraría varios ministerios, entre ellos el de Cultura y el de Igualdad, y reduciría los demás a su mínima expresión. No cubriría las plazas vacantes de los funcionarios. Suprimiría el sistema de oposiciones y la jubilación obligatoria. Lo privatizaría todo, incluyendo la sanidad, con dos excepciones: la acción cultural exterior y la defensa del patrimonio. Aplicaría a los impuestos directos una tarifa única del diez por ciento, sin escala móvil en función de los ingresos, y cubriría las necesidades del sector público recurriendo a los impuestos indirectos. Rebajaría los sueldos de los políticos. Prohibiría la financiación con dinero público de los partidos, los sindicatos y las iglesias, entre otras mendicidades y mendacidades. Prohibiría el aborto no terapéutico o por razones de violación, aunque sin penalizar ni criminalizar a las mujeres que lo practiquen, y daría en adopción o acogería en orfelinatos a los niños nacidos en contra de la voluntad de los padres. Legalizaría las drogas con una sola excepción: la del tabaco, cuyo uso quedaría vedado en todos los lugares públicos, incluyendo los parques, los estadios y las plazas de toros. Recordemos que el tabaco es la única droga dura, por sus efectos sobre la salud, que perjudica no sólo al usuario, sino también a quien no fuma, violando así la vieja y sabia ley de Bakunin: “Mi libertad termina donde empieza la libertad de los demás”. ¿Leyes? Pocas, y que se cumplan. Aboliría el noventa por ciento de las existentes y ensancharía los vacíos legales para permitir que la sociedad respire, transpire y prospere. Cerraría todos los programas de telebasura y desposeería del derecho al voto a quienes los organizan o acuden, como público pagado, a ellos. Me iría de la ONU y de todos los organismos internacionales. No presentaría la candidatura de Madrid a los próximos Juegos Olímpicos. Impondría una tasa de mil euros a quienes nos visiten con el exclusivo objeto de hacer turismo de alpargata y playa. Prohibiría el uso de los automóviles privados en el centro de las ciudades o les cobraría un peaje por entrar en ellas. Perseguiría implacablemente la contaminación, incluyendo la acústica. Aboliría el garantismo judicial, ampararía a los inocentes y no a los delincuentes, y castigaría el delito en sí mismo sin tomar en consideración las circunstancias de quien lo comete. Introduciría en el código la cadena perpetua. Recurriría al referéndum para todas las decisiones políticas que tengan implicaciones morales, como, por ejemplo, las tiene el aborto. Restablecería el libre albedrío en lo concerniente a los usos y costumbres. Autorizaría sin limitación alguna el ejercicio de la medicina naturista, vendería los fármacos sin receta y no me prestaría a los manejos de los laboratorios en lo relativo, por ejemplo, a la proliferación obligatoria de vacunas innecesarias, cuando no dañinas, y al inmundo negocio de la gripe A. Devolvería a la enseñanza el uso obligatorio del usted, la tarima, el principio de autoridad, el respeto a la jerarquía, el criterio de excelencia y los estudios de latín, griego y filosofía. Y así hasta mil… Luego, al darme cuenta de que la estúpida corrección política imperante en la sociedad me impide la aplicación de todas y cada una de las medidas mencionadas, no intentaría convertirme en presidente de la república, como muchos de ustedes estarán pensando, porque tampoco me gusta la república y prefiero la reprivada, sino que abdicaría. Y, como a un rey absoluto que abdica no le sirve de nada la corona, ni el cetro, ni la bandera tricolor, voy a tirar metafóricamente esos tres objetos a la basura. Lo hago en son de paz e invocando el sentido del humor. Quienes ahora están en la Zarzuela no son reyes absolutos ni esgrimen cetro ni calzan corona. Á‰sta es de mentirijillas, la regalan en el Burger King y, ya de paso, aprovecho la ocasión para tirar al cubo, simbólicamente, todas las hamburguesas de fabricación industrial y demás productos similares. ¡El fast food no pasará! ¡La estúpida cocina creativa de Ferrán Adriá, sus pinches y sus compinches, tampoco! He dicho. Yo, el Rey.

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