Tomás Eloy Martínez y los premios adeudados


Conocí al enorme escritor que era Tomás Eloy Martínez a través de una amiga muy querida: Jennifer French, norteamericana, profesora de letras y estudiosa aplicada de los escritos surgidos en nuestra región después de la desastrosa experiencia carnicera de la Guerra de la Triple Alianza.

Jennifer había sido alumna  de Tomás Eloy en la universidad, en “Literatura Hispanoamericana” y tal fue el fervor que el profesor infundió a las clases, como todo cuanto hacía, que Jennifer quedó atrapada para siempre en la fantasmagoría de las letras de Hispanoamérica.

Leí que grandes escritores (recuerdo a Carlos Fuentes…) reconocieron que después del espaldarazo de la gente a la obra narrativa de T. E. Martínez (Santa Evita es la novela más traducida de la literatura argentina) los académicos no le dieron el mismo reconocimiento. No sé si a Tomás Eloy le habría interesado mucho una presea más, creo que ganarse la de la lectura masiva de sus obras es el mejor premio que un escritor puede merecer, es el único verdadero premio sencillamente porque para eso se escribe.

Como Tomás Eloy estaba terminando un libro sobre la muerte, y uno de los capítulos se refería a los últimos días de Augusto Roa Bastos, un día, a instancias de Jennifer, me llamó a casa y concertamos encontrarnos. Me mostró el borrador de lo que había escrito sobre Roa a quien conocía desde la juventud que reseñó en dos o tres frases como sabía hacerlo; luego los recuerdos del exilio común en Venezuela después del golpe militar en la Argentina del ’76 (Roa siempre decía que fue doblemente exiliado ya que primero tuvo que salir de Paraguay y después de la Argentina, siempre por la misma causa: ninguna, ya que no militaba en política ni era activista revolucionario…) y por último, los detalles que deseaba conocer sobre la muerte de Roa Bastos que fue a consecuencia de una caída en su casa, que generó un hematoma subdural, datos que después reflejó en el escrito que preparaba en ese momento sobre el inquietante tema de la muerte.

Casi imperceptiblemente pasamos de este tema a la literatura, entonces comprendí por qué Jennifer se había sentido imantada por el poder de interesar que podía generar Tomás Eloy Martínez en su auditorio. Hasta ese momento yo sólo había leído “La novela de Perón”, pero después de este primer encuentro lleno de frases que, siendo ingeniosas nunca perdían la profundidad y la capacidad de dar un vuelco a un concepto, salí de casa de Tomás con “Santa Evita” (que leí y recomiendo vivamente, enfáticamente a todo argentino/a que desee comprendernos) pasé por una librería y compré El cantor de tango y El vuelo de la reina.

Nos encontramos dos o tres veces más, en cada oportunidad Tomás Eloy volvía a sorprenderme siempre con frases como ésta que abre el capítulo 7 de Santa Evita: “El arte del embalsamador se parece al del biógrafo: los dos tratan de inmovilizar una vida o un cuerpo en la pose con que debe recordarlos la eternidad” o esta otra: “el hombre es lo que es, y también lo que está por ser”. Esos relámpagos de la verdad que uno no sabe si vienen del escritor, del periodista, de ambos, o de ninguno tienen la asombrosa capacidad de hacernos avanzar veinte casillas de un solo paso en el juego lleno de acechanzas que es el ajedrez de la realidad. Y más aún cuando esta realidad se refiere a la sociopolítica de Latinoamérica, tan enrevesada y atrabiliaria que vivimos en ella confundidos y en penumbras.

Puedo decir que en una semana de lectura recorrí de mano de Tomás Eloy desde el primer peronismo hasta la crisis del 2001 en una sucesión casi vertiginosa de hechos y personas debatiéndose en medio de esa historia argentina contemporánea desgarrada entre contradicciones, tal como la vemos hoy día en cualquier noticioso pero elevada a un nivel de conflictos que únicamente el arte puede transfigurar, hacerlos carne dentro de cada lector, ya que la maestría de Tomás Eloy Martínez consistía en situarnos dentro del conflicto, hacernos decidir por el villano, por el héroe gastado de la contemporaneidad, por el indiferente que ve pasar las cosas y se encoge de hombros. Pero allá, al final de la obra, cuando cerramos el libro, tenemos la honda explicación de por qué estamos como estamos.

Este inmenso escritor que falleció dejó detrás de sí un hondo ejemplo de virtud cívica y compromiso con la información, por eso nuestra deuda con su obra irá creciendo en un futuro cercano para todos los hispanoamericanos, cuando empecemos a comprender de verdad nuestra historia, nuestro periodismo,  y el más profundo valor de nuestra cultura común, dividida por espejismos.

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Acerca de Alejandro Bovino Maciel

Médico psiquiatra / escritor nacido en Corrientes, Argentina. Mi CV está colgado en la red, quien quiera verlo: http://curriculumweb.net/talomac