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Bruno Vlahek: “Mi música es una mezcla de imaginación personal, ideas, temperamento y emoción”

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Bruno Vlahek es uno de los artistas croatas más importantes de la generación de jóvenes. Nació en 1986 en Zagreb, donde recibió su primera formación musical con el profesor Mara Bolfek. Ganador de los concursos de Drubovnik (Croacia) de los años 1999 y 2001, también ha sido galardonado en otros certámenes de Italia, Noruega, Suiza y en 2088 el Concurso Internacional Ricard Viñes de Lleida. Ese fue el motivo por el que fue invitado por la Orquestra Simfònica del Vallès, una de las más prestigiosas del estado, a interpretar las variaciones diabólicas de Paganini. Hoy nos desnuda su corazón y su joven sabiduría para acercarnos con sus abrazos siempre abiertos a la música, a su música.

Déjeme decirle para empezar que de su piano uno puede percibir como fluyen las notas con un alto grado de visceralidad.

Me halagan sus comentarios (sonríe casi avergonzado mientras lo dice). Pero es una cuestión muy compleja. Yo creo que entregarte con el propósito de expresarte musicalmente es algo que se encamina hacia el verdadero arte. Pero también me gustaría decir que la forma en que percibimos la música se basa en la  sensibilidad. En ese sentido, yo entiendo la música como cualquier otra persona que no lo hace para vivir.  Sin embargo, como músico profesional, necesito percibir la música de una forma intelectual. Es decir, la música o cualquier otra expresión artística es como un ser humano, hecha de hormigón y parte del cuerpo dirigida por el cerebro muy racionalmente y una parte hecha con el alma. Nadie se dirige al alma, es lo que realmente somos. Creo que lo mismo sucede con la música. Uno no puede escribir una pieza sin utilizar el intelecto, pero lo que realmente está detrás de este proceso es la imaginación personal, la idea, el temperamento y el estado de emoción. Esas son las cosas que realmente me conmueven y que trato de mostrar en mi música. 

Ya que habla de emoción, Rhapsody on a theme of Paganini compuesta por Sergey Rachmaninov, la pieza que usted interpretó en sus últimos conciertos junto a la Orquestra Simfònica del Vallès (OSV), es casi un reto para cualquier pianista ya que, sin duda, se trata de una de las piezas más difíciles de tocar al piano y más emocionantes, desde mi punto de vista.

A lo largo de la historia, Paganini fue uno de los compositores más populares para establecer las variaciones. Algunos de los ejemplos mejor conocidos de estas variaciones en la literatura pianística son las contribuciones de Brahms, Liszt y más tarde Lutoslawski. En este sentido, escribir unas variaciones conlleva un reto para el intérprete. Rachmaninov no hizo ninguna excepción. La pieza está llena de pasajes difíciles y exploraba toda la técnica de piano. Pero en mi opinión el mayor valor de esta obra radica en el hecho de que el aspecto técnico de la obra nunca es la meta en sí misma sino que crea un amplio espectro de diferentes personajes, estados de ánimo e ideas. Analizándolo muy profundamente, me aturdió y fascinó como cada nota está ahí con una razón exacta. Esta obra de arte, por tanto, va mucho más allá del tema original y crea un mundo completamente nuevo, complejo y rico, que es tan típico de Rachmaninov.

Su tocayo el gran pianista argentino Bruno Gelber decía que el piano es su voraz amante.

Puedo entender tal afirmación aunque sinceramente no la comparto. Tal vez suena menos poético, pero personalmente me gusta pensar acerca de la relación entre el pianista y el piano como una relación entre el jinete y su caballo. El jinete es el que tiene el mando sobre el caballo, pero tienen que saltar por encima de la barrera juntos. Para obtener un verdadero éxito, su relación tiene que estar llena de comprensión y aprecio por los demás, así como tienen que saber exactamente los límites de cada uno. La cosa con el piano es muy similar. Es mi compañero más fiel y servicial que comparte conmigo el mismo camino que nos lleva al punto de la creación musical.

Un concierto o un concierto con orquesta, es un intercambio de energía con el público. ¿Usted lo percibe de la misma manera?

Para mí es uno de los fenómenos más interesantes que ocurren durante un concierto. Ese intercambio de energía que me gusta llamar Factor X no tiene la misma intensidad en todos los momentos de la actuación. A veces es menos intenso, a veces más pero, sin embargo, la conexión por arte de magia parece borrar la frontera entre el intérprete y el público. Los momentos en los que siento que todo el público respira conmigo, o incluso que no respira en absoluto son los que  permanecen en mi mente durante mucho tiempo después del concierto.

 Hay algo que me gustaría comentar con usted y es el hecho de porqué las composiciones modernas no terminan aún de llegar al público general, tal como sucede, por ejemplo, con los grandes clásicos. ¿Cree, en ese sentido, que la causa  radica en que somos muy conservadores dentro de la música clásica?

En mi opinión, tenemos una situación paradójica. En la programación de los conciertos en los siglos pasados siempre se incluían nuevas obras realizadas. Hoy en día, la situación es completamente opuesta, lo que podemos oír en los conciertos en su mayoría son obras de los últimos siglos, desde el barroco hasta la primera mitad del siglo veinte. Creo que la razón radica en que el público no comulga con la expresión artística de la música moderna. Vivimos en la era de los teléfonos móviles, de la comida rápida, del ruido del tráfico… De modo que, cuando la gente viene a la sala de conciertos, simplemente no quieren escuchar los mismos sonidos que oyen en la calle o en el metro. Para el público en general, la mayoría de la música contemporánea representa esos sonidos. Así que, después de un duro día de trabajo, la gente quiere relajarse y sentir algo de emoción.

Eso me lleva a preguntarle en dónde reside esa carencia de cultura musical contemporánea que parece que tenemos.

Yo creo que radica, en parte, en una carencia de compositores. Hemos de  ser conscientes de que la música es sólo la representación del tiempo en el que estamos viviendo. Entonces, una pregunta podría ser ¿qué tipo de arte tenemos hoy? Pero también creo que es muy importante señalar que algunas cosas necesitan un tiempo para ser evaluadas adecuadamente. Tenemos hoy en día obras maestras de la música moderna, en el mismo nivel que tenemos obras maestras del pasado. Yo creo que desde la distancia que da la historia, un día seremos capaces de tener una mirada sobre ellas y reconocerlas como se merecen.

En la actualidad, ¿cómo ha evolucionado el piano? ¿Cuáles son las diferencias que observamos entre los pianistas de hoy y los del siglo pasado?

El piano ha evolucionado mucho, pero no en todos los ámbitos. Hoy en día hay mucha más gente que ha decidido dedicarse al pianismo profesional que antaño. Pero es que, además,  los jóvenes estudiantes de todo el mundo tocan piezas extremadamente difíciles. Yo creo que estamos hoy demasiado determinados por diferentes tipos de perfeccionismo que se acaban convirtiendo en un objetivo propio, sobre todo en los aspectos de la técnica pianística pura. Eso es, en mi opinión, lo que  importa, y todos los demás aspectos son sólo herramientas para alcanzar esa idea. Vivimos en una sociedad donde la competencia es cada día más grande y la música clásica no está, por desgracia, exenta de este fenómeno mundial.

Finalmente, no me gustaría acabar sin mencionarle la ciudad de Lleida y que hace poco tuvo la oportunidad de revisitar junto con la OSV. Una ciudad, me imagino, muy especial para usted, ya que en 2008 ganó el primer premio en el certamen internacional de piano Ricard Viñes. ¿Qué recuerda de aquellos días? 

Lleida se sitúa en un lugar muy especial en mi corazón. En primer lugar, por el hermoso Auditorio Enric Granados, donde se llevó a cabo el concurso. Se celebró en julio y los días eran extremadamente cálidos, pero en el interior del edificio tuve la sensación de que se trataba de  un refrigerador grande (risas). Hubo un momento muy especial, cuando mi novia Dubravka Vukalovic me acompañó como piano segundo durante el Concierto para piano de Saint-Saëns, que fue mi elección para la final del certamen. Y, por supuesto,  un fabuloso monumento, uno de los lugares más impresionantes que he contemplado en mi vida – La Seu Vella. Ese lugar tiene una mística única.

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Acerca de Javier Montilla

Periodista liberal. Columnista de opinión, soy crítico musical de las principales salas de audición de Barcelona. Anteriormente fui columnista de El Plural y de Nueva Tribuna, con una visión liberal, además de colaborar puntualmente con el diario Público, La Verdad de Murcia, Hoy-Diario de Extremadura o El Periódico de Extremadura, entre otros medios. He ...