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EL LIBREPENSADOR > Blog > Opinión > Von Hayek y los sombreros mexicanos
Opinión

Von Hayek y los sombreros mexicanos

Última actualización: 08/09/2010 13:51
Tomás Salas
Tomás Salas
PorTomás Salas
Álora (Málaga)1960. Profesor de Lengua en la Enseñanza Secundaria. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Málaga. Colabora con artículos de opinión en prensa y...
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El asunto parece sacado de un periódico del día de los inocentes o  de uno de los geniales esperpentos de Valle-Inclán. Sin embargo es una noticia común y corriente que un día aparece en la prensa y seguramente ha pasado desapercibida para la mayoría. Un consejero del gobierno catalán era partidario de prohibir las muñecas flamencas, los toros y toreros de plástico (peligrosos iconos de la españolidad más rancia), esos objetos de tan mal gusto que compran los turistas como souvenirs. La cosa la comenzó  un concejal del Ayuntamiento de Barcelona que, en 2006, anunció una campaña para prohibir los sombreros mexicanos de los puestos de las Ramblas, argumentando algo que parece evidente: la nula relación de dichas prendas con la cultura catalana. La eliminación de estos nefastos productos iría acompañada de la promoción de productos que sí estén de acuerdo con los parámetros culturales establecidos.

La noticia parece una chorrada más de las muchas que nos asaltan sobre todo desde la televisión y cada vez más desde la prensa escrita. Sin embargo, me parece que encierra cierta gravedad. Esta actitud supone dos cosas, ambas de sumo peligro: (a) Desde un ámbito público y con dinero de los impuestos, se tratan de imponer  los gustos (que en el fondo suponen una perspectiva ideológica concreta) de un grupo. (b) Esta actitud conlleva la creencia que hay gustos y modos que hay que combatir y otros que tienen el don de la bondad eterna y la infalibilidad. El punto (b) supone una inmoralidad y el (a) añade el agravante que se  haga con  mis impuestos, es decir, con mi trabajo.

Es un hecho que el Estado, magnífica creación del mundo moderno sin la que no sería posible la vida civilizada, tiende a expandirse (casi independientemente del color político de los que lo dirijan)  a veces más allá de donde parecería lógico; y se mete en el terreno de los gustos y las preferencias personales, de los hábito y creencias; en lo que constituye nuestro ser individual. El Estado nos dice en qué lengua tenemos que hablar,  que productos tenemos que comprar y a qué espectáculos tenemos que acudir; qué productos debemos comer y qué vicios nos hacen daño. El Estado regula cosas que tendrían que regularse solas por eso que Von Hayek llama el “orden espontáneo”.  La sociedad funciona por una multitud de acciones entrecruzadas que se determinan unas a otras y que dependen de uno factores tan aleatorios (valores, gustos, modas, creencias, precios, calidad…)  como impredecibles.  Es tan compleja esta olla a presión donde bullen miles de seres libres, que el Estado no puede regular la oferta y demanda de productos y servicios (de actos humanos, en última instancia), sino que ella misma se autorregula en eso que von Hayek llama el “orden espontáneo”. Dicho con un ejemplo: si veo que rotular mi kiosco de  pipas en catalán o en chino o en castellano hace que yo venda más pipas, lo haré así, porque depende de ello mi modo de vida. Los compradores de pipas (movidos por unos resortes que no puedo predecir ni calcular), no los legisladores, decidirán, en última instancia el idioma del rótulo de mi negocio. El mercado, desde la libertad,  es así el gran mecanismo que regula los gustos y valores al  regular la oferta y la demanda. El mercado es el gran mecanismo de libertad, no sólo económica. Si los sombreros mexicanos dejan de venderse, ya buscarán los comerciantes otros productos. Si siguen en los expositores de las tiendas, es porque alguien (algún turista despistado quizá) los compra.

Con esto no quiere decir que el Estado no intervenga, pero que lo haga en su ámbito. Otro ejemplo para terminar: que me hagan buenas y seguras carreteras y organicen una eficiente policía de tráfico, pero que no me digan a donde tengo que ir con mi coche. Porque iré (con perdón) donde me dé la gana.

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PorTomás Salas
Álora (Málaga)1960. Profesor de Lengua en la Enseñanza Secundaria. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Málaga. Colabora con artículos de opinión en prensa y en algunas webs. Publica, además, poemas y trabajos de investigación literaria, histórica y religiosa en algunas revistas.
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