¿Dictocracias? No, gracias

Miremos de frente la verdad. No tenemos democracias: sólo bocetos. No tenemos libertades reales, sino libertades vigiladas y encorsetadas por gerontocracias religiosas, o mafiocracias con cobertura política. ¿Por dónde comenzar a cambiar y hacia dónde?

Puesto que vivimos bajo sistemas democráticos aparentemente plurales y enormemente imperfectos donde se deciden a diario cuestiones que nos afectan  sin respetar la voluntad popular, parece  natural el  querer profundizar en esta imperfecta democracia formal y no real   que permite cada vez mayor injerencia ,desde hace muchos años, de los tentáculos de las grandes empresas multinacionales y financieras ( actuando juntas o por separado) en los ámbitos del poder político, social y cultural .La consecuencia de esto es la corrupción de los órganos de gestión política de las democracias, incluidos sus órganos judiciales. Y esto, que nos aleja cada vez más de la democracia real, que es la democracia participativa, es lógico que deba preocuparnos como personas, como ciudadanos y como trabajadores, pues en esos tres aspectos estamos siendo manipulados, ninguneados, arrojados al paro o estafados mediante este invento del capitalismo  que este ha llamado “crisis”, y que  no es otra cosa que un asalto planificado a nuestros derechos y libertades personales, políticas y laborales para hacer negocios y someternos.¿SON POSIBLES  OTROS PARLAMENTOS?

Ante esta situación de  emergencia democrática, un estado debería  contar con la presencia activa en los hemiciclos de  todo tipo de representantes  obreros, trabajadores  autónomos, sectores profesionales y grupos cívicos (ongs., etc) elegidos por sus compañeros. Deberían tener cabida desde las asociaciones de vecinos, a las  cooperativas de todo tipo, círculos culturales, y todas aquellas agrupaciones de colectivos que pudieran aportar su propia energía al conjunto, y que tuviesen que ver realmente con la vida pública, porque lo que nos muestra el presente es que no se pueden dejar los asuntos de interés general en manos de políticos profesionales que no representan los intereses de los pueblos, o en manos de  sindicalistas que tampoco representan los intereses de los trabajadores. Unos y otros viven sometidos a múltiples presiones por grupos de poder extraparlamentarios a los que se pliegan. Entre tanto, multitud de asuntos que podrían ser resueltos con la participación libre y directa de los ciudadanos son olvidados, pospuestos, desnaturalizados o reprimidos por los que se dicen sus representantes. Pero  ¿no son los ciudadanos los que legalizan el poder? ¿No son  ciudadanos los que forman los Estados? ¿No son los que llenan las abundantes cuentas corrientes y mesas de sus  políticos y empresarios? ¿No son, en definitiva, los ciudadanos  quienes justifican la existencia misma de los estados llamados  democráticos? Pues ¿quién con mayor justicia puede decidir  los asuntos deben ser resueltos por los gobiernos locales y nacionales y los modos de llevar a cabo las soluciones de los problemas colectivos? Y, por supuesto, ¿quién con mayor justicia que los trabajadores  puede exigir  que se hagan efectivas las necesidades de los trabajadores?

En el actual corrupto y decadente sistema impropiamente llamado democrático es práctica común de los partidos el hacer promesas electorales para engañar a la gente, y asegurarse mediante el engaño y la manipulación el uso de un poder inmerecido en manos de gentes sin ética ni moral. En tal caso, el ciudadano normal debería disponer de los recursos legales necesarios para expulsar de sus escaños a los que no cumplen sus promesas. Parecería lógico,- ¿no es cierto? –exigir que dimitan los irresponsables, los corruptos, los ineficaces, los que no acuden a cumplir sus horarios en los Parlamentos, y todos aquellos que eludan  la responsabilidad adquirida  al ser elegidos. Tan lógico como posible es esto  en una sociedad civilizada con una democracia real. ¿Quién se negaría a vivir en un país con los mencionados avances? Sin embargo, estamos tan lejos, que lo que tenemos actualmente  es tan sólo un esbozo pobrísimo de lo que podría ser.

Y SI ESTO NO ES POSIBLE, ¿DÓNDE ESTAMOS? 

¿No estamos en todas partes  bajo dictaduras camufladas? ¿Acaso no estamos, bajo la más refinada forma de un  poder dictador que nos hace creer que nos representa para que lo legalicemos  con nuestros votos, pero que una vez conseguidos nos impide participar adecuadamente para defender nuestros verdaderos intereses como personas y como ciudadanos? Miremos de frente la verdad. No tenemos democracias: sólo bocetos. No tenemos libertades reales, sino libertades vigiladas y encorsetadas. Y lo peor de todo: nuestra conciencia colectiva no ha llegado a ser capaz de encontrar mejor solución a tanta degeneración ética  como manifiesta la suma de  tantas conciencias individuales sin conciencia ética que gustan de imitar o acceden a aclamar a los mismos que les aplastan. Hay un tremendo déficit ético y moral que actúa envenenando  nuestras organizaciones sociales. Sería impensable que una sociedad de espíritus selectos y libres  pudiese tener organizaciones sociales tan burdas como las que exhibimos la presente humanidad miremos el país que miremos. Y eso en el mejor de los casos: no digamos cuando son regímenes totalitarios, jefaturas vitalicias obtenidas por violencia, gerontocracias religiosas, o mafiocracias con cobertura política.

Estamos lejos de ver la luz al final del túnel. La única que podemos aspirar a ver es otra en primer lugar: la luz de nuestra conciencia, para que nadie la pueda secuestrar en su provecho. Liberar nuestra conciencia de sus ataduras: miedos, dependencias, sumisiones, odios, rencores, envidias y ambición, tratar al semejante y al animal como uno mismo quisiera ser tratado es positivar nuestro modo de pensar, sentir y hacer. Convertirnos así  en personas libres, alegres, felices, cooperativas, y justas, es  ¿por qué negarlo? La principal tarea de nuestra vida. Entre tanto, tendremos que soportar dictocracias y pobreza, no nos auto engañemos.

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Acerca de Patrocinio Navarro

Exprofesor de primaria, poeta,ensayista interesado en el cristianismo originario.Me gusta mirar la vida de frente y contar lo que veo.

4 respuestas

  1. Con Chema estoy de acuerdo: hay que sacudirnos de una vez esta lacra eclesiástica que este año se va a llevar 10 mil millones de los españoles mientras el gobierno que nos administra tan ejemplarmente como el anterior anda recortando nuestros sueldos, subiendo impuestos y todo ese cúm,ulo de disparates que coloca con el nombre de “Reforma Laboral” con el beee de los sindicatos, que estos son otros.

  2. Nosotros, María José, podemos salvarnos del mundo si somos capaces de aplicar la vieja Regla de Oro: ” Lo que quieras que te hagan a tí, hazlo tú primero a otros, y no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a tí”. En realidad esta viene a ser la esencia del Sermón de la Montaña. Lo que el resto del mundo haga de sí mismo es su responsabilidad, ¿no crees? Si somos consecuentes con nuestros principios fraternales, lo único que podemos hacer es actuar como testigos de lo que pasa mientras nuestro mundo SI que cambia a nuestro alrededor.Experiméntalo si quieres.
    Saludos

  3. La expresión ‘gerontocracias religiosas’ parece aludir a bandas ultracatólicas instaladas en el poder de forma secular en esta España del siglo XXI. Para poder llegar a una separación real Iglesia-Estado, sólo un desmantelamiento completo del actual Estado que conllevase la desactivación de estas bandas podría conducir a una refundación de un Estado Moderno. Cualquier otra aproximación no es sino una simple pérdida de tiempo.

  4. Totalmente de acuerdo.
    Alguien que consiga poder y luego no se corrompa sino que lo use defendiendo a sus votantes.
    Un líder bueno y amoroso con los desamparados…
    Un rico que de su patrimonio a unos pobres en vez de a la familia Real, pero quién puede salvar al mundo del egoismo…
    Utopía real.

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