Aborto y violencia estructural

Quizá sea algo exagerado hablar de “violencia estructural” como factor que empuja a las mujeres a abortar. Sin embargo es cierto que existe una presión estructural sobre las mujeres para que contemplen al aborto como la solución más adecuada ante un embarazo no deseado.

La libertad para abortar, es decir, la capacidad para decidir la extracción del feto –un “ser vivo”, según la Asesora Especial de UN Women, Bibiana Aído- del vientre de una mujer embarazada, matándolo, es considerada por numerosas mentes como un logro en el difícil proceso histórico de liberación de la marginalidad que sufren las mujeres en esta sociedad patriarcal, machista y retrógrada.

El autocontrol reproductivo es, para algunos grupos feministas, uno de los cuatro elementos simbólicos quizá más utilizados para reivindicar los avances en pos de la tan deseada igualdad entre sexos. En otra ocasión abordaremos los otros tres: la paridad representativa, el lenguaje no sexista y el control de la descendencia.

La postura abortista se sostiene sobre el axioma de que el feto es parte del cuerpo de la mujer y, como consecuencia, la mujer tiene derecho a decidir libremente su extracción.

En el lado contrario, la postura antiabortista sostiene que el feto es un ser humano independiente de la embarazada, y que por tanto la susodicha no tiene capaz de elección sobre la vida de aquél.

Las derivaciones perversas de la postura abortista pueden apreciarse, por ejemplo, en la existencia de protocolos –caso de Holanda- específicos para la eutanasia activa a recién nacidos, a los cuales no se les aplica la normativa general de eutanasia -eufemismo para referir el homicidio legal por causas médicas-.

Los partidarios de practicar la eutanasia activa a los recién nacidos –es decir, los partidarios de matar a niños recién nacidos en ciertas circunstancias- basan su postura en un argumento muy sencillo: no existe diferencia entre lo que hay en la placenta justo antes del parto y lo que ha salido de la placenta justo después del parto; ergo si hay causa aceptable para matarlo antes, hay causa aceptable para matarlo después. [Un observador muy malvado vería en este argumento un respaldo absoluto a la idea de que el feto no es solo un ser vivo, sino un ser humano vivo; puesto que nadie puede negar ¿o sí? que un recién nacido viable ya no está en la placenta de su madre y, por tanto, la madre ya no puede decidir libremente sobre su vida alegando libre disposición de su propio cuerpo].

La existencia de dolores insufribles o taras físicas o psíquicas graves e irreversibles suelen ser los argumentos recurrentes para defender la posibilidad de acabar con la vida del recién nacido, si bien es cierto que las posturas extremas dan una vuelta de tuerca a los motivos y sostienen que matar al recién nacido es aceptable también cuando las minusvalías del niño afecten radicalmente a su calidad de vida y de su familia. Sin ánimo de agredir, esta última postura coincide particularmente con algunos argumentos sostenidos durante algunos años del siglo pasado en ciertos países de Europa, y es el argumento básico de la eliminación de fetos de niñas y de niñas recién nacidas en la actualidad en algunos países superpoblados de Asia.

En el otro lado, las derivaciones perversas de la postura antiabortista suelen centrarse en la consideración extrema de lo que es “vida humana independiente”, extendiendo la misma a todo óvulo fecundado. Esta gente se pasa de la raya, ya que la viabilidad del embrión no está garantizada hasta que el óvulo fecundado anida en el útero generando una placenta en un lugar donde el embarazo pueda llevarse a término. Hablar de un óvulo fecundado en términos de vida humana es, por tanto, como mínimo cuestionable desde el punto de vista científico.

Otra derivación perversa de la lucha antiabortista se nos ha presentado en algunas ocasiones a través de los medios de comunicación: los episodios de violencia contra los abortistas –especialmente en Estados Unidos-; asesinatos de médicos que practicaban abortos, bombas dirigidas contra clínicas abortistas etc. No obstante, la violencia no parece ser la seña de identidad de los antiabortistas españoles, salvo que se considere violencia montar un tenderete con carteles en defensa de la vida justo frente a las clínicas abortistas.

La tercera derivación perversa antiabortista es atribuir un valor idéntico a la vida de la embarazada y a la del feto, rechazando la práctica de abortos incluso cuando está constatado un grave peligro para la vida de la embarazada o existe una gran seguridad de que el embarazo no llegará a buen término.

La literatura abortista está caracterizada por tres elementos muy llamativos: el uso de una batería de términos eufemísticos para soslayar el hecho de que el feto de una embarazada es un ser vivo que se mata; la invocación de que detener artificialmente el embarazo es un derecho producto de la libertad reproductiva femenina; y la declaración solemne de que la interrupción de un embarazo es una decisión difícil y emocionalmente desequilibrante para las mujeres –que se ven forzadas a ello-.

En todo caso, el aborto siempre se plantea como la solución natural a un embarazo no deseado.

La literatura antiabortista se centra en las declaraciones de defensa de la vida del no nacido y en la existencia de alternativas al aborto: apoyo económico para la crianza del hijo y facilidades para la entrega en adopción.  Por algún motivo, la publicidad de la existencia de estas alternativas al aborto pone de los nervios a las defensoras de la libertad reproductiva.

Lo que casi nunca se muestra en los medios de comunicación es el enorme negocio que hay detrás de las interrupciones de embarazo; pero tampoco hay información sobre la cantidad de recursos que se ahorra el Estado gracias a la liquidación de esa enorme cantidad de muchachitos -y muchachitas- que nacerían si sus eventuales madres no hubieran puesto fin a su gestación.

Nuestro equipo de prospectiva divergente en funciones de guardia se ha planteado la hipótesis de que en una sociedad subvencionada, el aborto es una estrategia política de reducción de los costes, por lo que las medidas alentadoras del aborto son coherentes con el sistema y funcionales en sí mismas -obsérvese que la eutanasia a recién nacidos con tara y a enfermos terminales también lo son-. Quizá por este motivo, los partidos que tienen aspiración de mayoría no suelen mostrar en público mucho entusiasmo con las tesis antiabortistas, como si se estuvieran cuidando de escupir hacia arriba.

Salvando las distancias,  a veces ve uno trazas de Mundo Feliz y de la  Fuga de Logan en lo que nos está sucediendo.

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Acerca de Fernando Moreno

Nacido en 1960 y residente en Madrid, Reino de España. No importa ni quién eres ni de dónde vienes. Importa lo que eres capaz de argumentar.

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