EL MONO CIBERNÉTICO – Una Blognovela de Pablo Paniagua
EL MONO CIBERNÉTICO – Blognovela
EL MONO CIBERNÉTICO se publicó como blognovela en esta dirección del diario digital El Librepensador, entre el 14 de abril y el 28 de septiembre de 2009, con un total de 60 capítulos de los cuales se pueden leer, a continuación, los primeros 20.
El libro completo ya está a la venta en Literatura Indie* http://www.literaturaindie.mex.tl
EL MONO CIBERNÉTICO
(contra la banalidad supermoderna)
Pablo Paniagua
1.
¿Libros? Éste puede ser un libro que empieza… un libro digital dentro de un diario digital. ¿Quién soy? El de cara de chimpancé, de mona Chita sin Tarzán simulando su grito por aquí. Es la compulsión por escribir igual que un grito interior que no sale por la garganta, sino de los dedos que pulsan estas teclas. Para ello me afané en dejar la banana a medio terminar, aunque no soy yo el que escribe porque los monos no saben leer y mucho menos escribir; es éste que me suplanta, que tomó mi foto de Internet para decir que soy yo, que es él, que es un chimpancé pensante…
Es difícil vivir sin identidad, pues todo ha de ser nombrado para existir, además de tener una imagen reconocible. Yo sólo me reconozco en esa fotografía robada para suplantarme a mí mismo, un ser agazapado tras la pantalla de una computadora, un escritor sin rostro que con estas palabras se mete dentro de tu cabeza, dentro de tu casa… Existo y no existo, soy un algo virtual, un racimo de palabras que se entrecruzan buscando un significado, ente de sustancia efímera… nada más.
Acabo de cenar y una mona me espera para esta noche. No sé cómo se darán las cosas, si es que se dan; de cualquier modo trataré de pasarlo bien. Ahora ya son dos vidas paralelas las que tengo (si acaso no son más): la virtual que me invento y la real que no paro de inventar. Así es el devenir, algo que en parte nos viene dado de acuerdo a una caída como de fichas de dominó, de un efecto pocas veces predecible y que termina, a saber, con la muerte. Pero hoy no he de preocuparme por ello, pues un libro acaba de nacer. El resultado tampoco es predecible, como ese devenir que mueve los hilos de la existencia, pues escribo esta historia sin saber su final ni recorrido: toda una incógnita; he ahí lo emocionante de la apuesta, del experimento de acumular palabras e ideas en busca de un significado, y tú, lector, eres mi cómplice, el destinatario de un mensaje que se precipita en un universo fractal de enlaces cibernéticos, algo que dicen ciberespacio.
2.
Me llamo Li Ming. Con este nombre me pueden imaginar con cara de chino, o sea, con los ojos rasgados y el pelo lacio. Trabajo en un circo y me dedico a amaestrar monos. Tengo entendido que por aquí anda uno suelto. Si lo ven o tienen señales de él no duden en avisarme. No es normal que un chimpancé esté pululando en Internet. Sería algo insólito, hecho impensable. Además los primates no escriben, y éste parece ser un caso especial y por tal razón lo necesito para el circo.
Me pregunto por dónde entrará en la web. ¿Ustedes lo saben? Le llevo siguiendo la pista un tiempo, pero siempre se me escapa. Ya es un asunto de orgullo atrapar al chimpancé que escribe, que asume el nombre y apellido de otra persona para hacer sus fechorías. Sería mejor, desde luego, tenerle como espectáculo en un circo, para que los niños se rían y le echen cacahuates. ¡Maldito mono! ¡Lo atraparé para meterlo en una jaula! Los monos están para hacer monerías y para escribir, en todo caso, ante otro tipo de audiencia. Tengo un mal presentimiento, de que este mono se mezcle entre nosotros los humanos y otros primates le puedan secundar, y ya saben cómo acabó la película: a la de El planeta de los simios, me refiero. Está en juego, quizá, la supremacía de nuestra especie. No podemos permitir que este mono cibernético tome su lugar como si estuviera en la selva, ¿quién sabe las ideas extrañas que pueda tener? Si lo ven, no duden en avisarme; les pagaré por ello. Vivo en el circo de la esquina, allí donde doman pulgas. Tal vez el mono las tenga; todo está por ver…
3.
Soy la pulga del mono y ayer por la noche me tuvo de aquí para allá, dando saltos de un bar a otro. Había quedado con una mona y yo esperaba que ella tuviera algunas pulgas, pero era muy limpia y no las tenía. Ya se pueden imaginar, ¡qué aburrimiento!, sin nadie con quien comentar la jugada y sin la probabilidad de llevarme a una linda pulguita a la cama. Y el mono, que con su amplio pelaje es mi mundo, no hizo nada más que platicar y platicar, aunque también se pegó unos bailes y le dio a la mona unos cuantos besos, pero de acostarse con ella, nada de nada… “Qué para otro día”, le dijo la mona… Entonces nos fuimos de la fiesta donde habían quedado y me tuvo dando vueltas, como ya dije, de aquí para allá. En verdad no sé qué pensaría el mono, pues yo sólo habito en él y de vez en cuando me asomo para ver lo que hace, aunque siempre escucho lo que dice. Ya llevo bastante tiempo con él y a veces lo paso bien, aunque casi todo el día escribe y escribe… Quizá fuera mejor estar en la selva o en el circo del chino que siempre le anda buscando. En el circo podría conocer a alguna linda pulguita, para ya se imaginan… llevármela a la cama.
Por ahora seguiré con el mono, aunque sea para estar en este libro digital, en esta cosa extraña; a lo mejor por aquí conozco a otra pulga, a otro mono o a otro chino… Nunca se sabe las vueltas que da la vida, quizá algún día me vaya con el chino para hacer un espectáculo en el circo, bajo una lupa gigante… Entonces, ya no seré la pulga del mono y podré tener un nombre más artístico de estrella circense. Por si acaso, lo iré pensando: la Pulga Saltarina, la Pulga Contorsionista, la Pulga Payaso o la Pulga Domadora de chimpancés…
4.
Todavía no sé si el mono me suplanta o yo suplanto al mono, dualidad personal, vidas paralelas que se desarrollan detrás de una misma imagen, dos fuerzas que no están en oposición, que se complementan cuando una toma de la otra lo que necesita; pero, aun así, siento la confusión de no saber exactamente cuál es la esencia de mi identidad: un simulacro de otredad, de saber que existo en otro plano virtual, y digo simulacro porque el mono soy yo y yo soy el mono, pero no somos iguales, el reflejo no es idéntico porque el espejo está trucado, hay una refracción que duplica pero a la vez otorga la diferencia, pues ya somos dos en vez de uno los que están fuera de la imagen reflejada.
Y ayer, en compañía de esa imagen que también soy yo, estuve con la mona, muy mona ella, porque en este caso el dicho de “aunque la mona se vista de seda mona se queda” no se cumple, será porque ella no suplanta a ninguna mona, aunque sea mona. Ya saben, las historias necesitan de personajes para que les den continuidad, y aquí el mono necesita de una mona, una Chita sin Tarzán y sin Jane. Ésta no daba el grito cuando bailaba, lo hacía con elegancia (el baile, no el grito irrealizado), dando vueltas al son de la música, entre mis brazos que la sostenían por su espalda desnuda. Y así, mirándonos de cerca, sus ojos los percibía enamorados con la sonrisa que por debajo los acompañaba, arqueándose en su rostro de piel clara.
El baile lo dimos en una fiesta de la que me fui porque la música no me gustaba, pura cumbia y ritmos del estilo, sones populares de estas latitudes que mi oído no soporta, y la mona se quedó con sus amigos, después de salir para despedirme con un beso.
Luego caminé por las calles, a asomarme en los bares, a bailar otras canciones, dando saltos y saltos de chango, trepándome a los árboles de las plazas para gritar, en la noche, el grito de Tarzán que sonaba como un aullido de lobo.
5.
No creo que el escritor suplante al mono, sino a la inversa. Él nos crea y nos inserta en una historia, en una ficción, y nos da la vida. El mono es un personaje como yo; bueno, no igual, siempre hay clases, ya me entienden. Eso es sabiduría china, como la de Lao Tse y la de Confucio, pues si el escritor suplantase al mono otra cosa sería de la historia. El mono es el mono y el escritor el escritor, eso es lógico, pero el mono no puede ser escritor y el escritor sí puede ser el mono. ¿Me entienden ahora? El mono es el mono y el escritor todos nosotros: el mono, la mona, la pulga y yo. Conclusión: No le hagan caso al mono, es un impostor en impostura constante, un mentiroso, un simulador de identidad. Pero como todos salimos de la imaginación del escritor, al final espero no acabar siendo el mono. ¡Oye tú, el que escribe esta historia! ¡Quiero seguir siendo el chino! ¡No te hagas líos!
Yo soy el gran Li Ming, domador de monos, y del mismo modo que me hago entender con mis razonamientos enseño a los primates, ya sean orangutanes, macacos, titíes, mandriles o chimpancés. La verdad, éste es el primer caso que escucho de un mono que sabe escribir, de un chimpancé que se hace pasar por escritor. No lo puedo imaginar como humano, aunque sí como una alfombra peluda con el trasero pelado, pegando saltos como un enajenado en busca de su premio: una simple banana. Así es el método Pavlov, el que utilizo para amaestrar a mis criaturas; y ahora debo pensar qué será mejor para el mono cibernético: si una mona en celo, un bolígrafo, una computadora o una patada en su culo pelado. Alguna manera habrá para domarlo, aunque lo primero, claro está, es atraparlo. Para ello le tenderé una trampa, y a este respecto no puedo ofrecer detalles…
Así es el juego en el que nos ha abocado el creador de esta historia, cuando estoy seguro de que el escritor no suplanta al mono, sino a la inversa. Bueno, eso ya lo dije al principio.
6.
Con mi vieja Sony Vaio portátil del 98, que me regaló una ex novia japonesa, entro en el ciberespacio como lo haría el capitán Solo con el Halcón Milenario (en este caso, prefiero no ser el primate supermoderno Chewbacca, el de piel de peluche y hablar gutural, porque ése no se comía ni una rosca –Han Solo, al menos, tenía enamorada a la fea princesa Leia, y eso es mejor que nada–). Desde un lugar remoto, con tan viejo aparato, me interno en Weblandia a través de chips y conductos de fibra óptica, señales satelitales y demás ingenios cibernéticos, para pilotar por entre un rizoma casi infinito. Somos millones y millones los que vivimos en Weblandia, pero yo soy el único que se transforma en mono para hacerlo. Ya parece que se va entendiendo la cuestión dual o de la doble personalidad: el escritor web camuflado para el combate cibernético de las letras… Por ahí están los editores Lord Vader que quieren implantar la “literatura chatarra” a través de su Imperio, pero la resistencia surge en Internet.
Éste es el salto del mono, la apuesta arriesgada de un escritor, siempre inconformista e iconoclasta, que hace su revolución contra el Imperio Antiliterario por aquí. Sé que estoy prácticamente solo porque nadie se atreve a perder la compostura frente a los Lords Vader, esperando que algún día les caigan las migajas, pues no es bueno enfrentarse a los poderosos. Pero yo soy así, no lo puedo evitar, no me gusta arrodillarme para ir sacando lustre a los zapatos, no me gusta el desprecio de casi todo un sistema frente al arte, y por eso me rebelo. Seré egocéntrico, arrogante y todo lo que quieran, pero tengo el valor y el entusiasmo para hacerlo…
Adversidad, escribir desde la adversidad, ahí es donde se gestan las grandes obras, el espacio genuino para la creación mientras se camina por el borde del abismo en un equilibrio mortal, porque están en juego los sueños, tu vida y tu futuro, cuando lo apostaste todo a una sola carta.
7.
Sí, nos encontramos de casualidad, y él, nada más verme, dijo: “Estoy harto de ir con pendejas, necesito una mujer inteligente como tú.” Y yo le contesté: “Yo también estoy harta de ir con pendejos, necesito un hombre inteligente como tú.” Luego, me pidió el número telefónico, que apuntó en la carátula de un cuaderno, y nos despedimos.
Así, se puede decir, es como empezó nuestra relación, aunque la primera cita sería para una semana después. Me vestí muy mona para la ocasión, con un vestido rojo escotado y los labios a juego, y de tal modo me presenté a la hora indicada. Él estaba esperándome, sin flores y sin chocolates (así es, hay de aceptarlo como tal, muy práctico y poco detallista).
Sí, esa noche salimos a bailar y le entregué mis labios, porque así lo deseaba y de no haberlo hecho sería una pendejada, y él y yo, precisamente, ya no queríamos tener más relaciones sentimentales con pendejos. Sí, nos besamos y me gustó.
De nuestra segunda cita no voy a contar nada (esos detalles prefiero guardarlos para mí), pero sí de la fiesta y de cuando él se marchó. La música, he de reconocer, sonaba bastante arrabalera, pura cumbia de la que le gusta al populacho, y él estuvo ahí aguantando lo que pudo. El caso es que nos pusimos de acuerdo, pues yo debía quedarme por compromiso al ser el cumpleaños de un buen amigo y porque ahí, también, estaba mi mejor amiga. Pero así es el asunto: la libertad es buena y tener a las personas atadas es de pendejos; él lo sabe y yo también. Bailamos una canción abrazados, y sentí sus manos en la espalda mientras nos mirábamos a los ojos. Nos besamos y me siguió gustando, cada vez más, no lo puedo negar. Al final le acompañé a la calle, para despedirle con el último beso, y entré de nuevo a la fiesta. Luego, cuando ya todos estábamos borrachos, apareció un chino extraño, alto y delgado, preguntando con cierta insistencia por un mono; pero nadie supo darle indicaciones precisas sobre su paradero; quizá en el zoológico, le dijeron.
Sí, el resto de la fiesta seguí pensando en él, en mi nuevo amor, pues le siento como alguien especial y no quiero perderlo por nada del mundo, a pesar de que se transforme en un mono peludo cuando hacemos el amor…
8.
Me acabo de levantar y tengo los ojos más oblicuos todavía.
Resulta que el mono tiene una mona y una pulga, ideales los tres para el circo. Creo que con ellos podré iniciar por cuenta propia, junto con mi hermano Fu, el Circo de los hermanos Ming; yo domando los chimpancés y las pulgas, y él haciendo diversos saltos y acrobacias. El mono, por lo visto, también salta, pero con un tipo de salto que dice literario; cuestión de apuesta existencial, arguye el muy bellaco, y todo para seguir con sus desmanes. Maldito mono… ya te atraparé para que brinques en mi circo mientras te llueven cacahuates.
La otra noche estuve cerca de atraparlo. Llegué después de que abandonara la fiesta donde, al parecer, estaba la mona. A ella creo que la identifiqué entre tanto borracho, todos extrañados de ver a un chino preguntando por un mono. Los muy estúpidos decían que lo buscara en el zoológico mientras bailaban una música horrorosa, de tal modo que me marché para no aguantar semejante espectáculo de tercera.
Luego fui por los bares y no pude reconocerle, pues siempre anda camuflado con su apariencia de humano. A este respecto todavía no tengo datos fidedignos y me guío por la intuición, aunque ya sospecho quien es la mona, pues la vi en aquella horrible fiesta con su vestido rojo. Más tarde, al amanecer, pude escuchar el grito de Tarzán pero emitido de una manera extraña, como si lo hiciese un lobo, y supuse al mono, todo marihuano, trepado a un árbol.
¡Mono! ¡Escúchame! ¡No creas que siempre vas a tener tan buena suerte!
9.
Las novelas de caballerías regresaron con fuerza al panorama literario, cuando parecía que con el Quijote se iniciaba un camino definitivo. Alonso Quijano ha de salir de nuevo a los caminos, pero esta vez disfrazado de mono y con una pulga como escudero, cuando son otros los tiempos y otros los lugares por donde cabalga ahora sin rocín. Su musa, el motivo de su locura y su búsqueda, sigue siendo Dulcinea, la coartada para que el escritor se vaya directo a través de la literatura, a través del arte. Si Miguel de Cervantes arremetía contra todo un género narrativo en predominio, yo, el que está detrás del mono, hago lo mismo ahora con todos mis actos y afirmaciones. En realidad soy una mezcla Cervantes y Marcel Duchamp, un provocador en pos de la esencia artística, un chango que salta por la jungla cibernética con ese grito de Tarzán que suena como si fuera aullido de lobo, Aullido como el de Allen Ginsberg, pero anunciando a otra generación el final de los tiempos.
Hoy, que vivimos caminando directo hacia la distopía, casi ningún escritor es capaz de estar en su tiempo, de enfrentar esa distancia entre el presente y el futuro, para conformarse con asimilar y narrar exclusivamente lo banal; ahí está la verdadera derrota de la literatura. Y ya no son las actuales novelas de caballerías, de un historicismo suplantador para lograr mejores ventas, lo es todo, una narrativa vacía de contenidos que no viene diciendo, salvo excepciones, nada nuevo, que no sobrepasa ese costumbrismo galdosiano: la misma novela escribiéndose una y otra vez es la novela española del siglo XX. ¿Serán capaces los autores españoles de escribir algo distinto en este siglo? ¿Y qué harán los autores hispanoamericanos? “La novela, ahora más que nunca, ha de indagar en los problemas esenciales del hombre, en su tiempo y en lo que se avizora en el horizonte y más allá de él.”
El mono arremete contra los gigantes del mundo editorial, que son esos molinos de viento, mientras la literatura se ahoga en un pozo profundo. Nadie hace nada y todos se miran al ombligo, no hay una ruptura… porque la misma crisis de la Humanidad se ve reflejada en todas sus manifestaciones, cuando ni siquiera los que deberían alzar su grito, a través de la palabra, lo hacen.
El escritor, hoy, es menos que nada… un burgués complaciente, un derrotado, pues son muy pocos los que asumen el peso de una responsabilidad evadida por la mayoría.
(Este Quijote-mono, que ya no utiliza lanza, acaba de arrojar un cóctel molotov).
10.
¿Ven?, ya lo decía yo. El mono es peligroso, sus palabras están cargadas de un ímpetu subversivo. Sería mejor que estuviera encerrado en una jaula esperando su número circense, eso sí, atado con una cadena para que no se escape. Ahora, resulta, que se queja de los best sellers que tanto entretienen. Yo, aunque sea chino, siempre leo novelas de literatura rosa, especialmente las de Corín Tellado (que en paz descanse), pero también las de misterio como El Código Da Vinci y todas aquellas de monjes y templarios. Julia Navarro, Magdalena Lasala, Javier Sierra, Matilde Asensi, Ildefonso Falcones, todos y todas ellas son autores fabulosos, de primera; y tampoco hay que olvidar a los inventores de la estrategia, a los que escriben en inglés. También me gustan los libros de autoayuda y superación espiritual, sobre todo los de Paulo Coelho, los de Ramtha y los de Jorge Bucay.
¡Qué se habrá creído el mono para dictar lo que debemos leer! ¡Cómo si él fuera el depositario de la inteligencia! Literatura es toda la que está escrita sin faltas de ortografía, y la mejor es la más fácil de leer. ¡Qué no me quieran hacer pasar por tonto!
Maldito mono, maldito mono, ya te atraparé para que sepas lo que valen dos palillos… Te voy a vestir con un traje de colores chillones, para que hagas monerías y se rían de ti, para que escribas: a e i o u.
Distopía… ¿Qué querrá decir con esa palabreja que ni viene en el diccionario? Además, ¿quién es Marcel Duchamp? ¿Ustedes lo conocen? ¿No será otro subversivo de su calaña? Y luego nos viene con Allen Ginsberg, con ese drogadicto…
Malas influencias las del mono, para luego señalar lo que no debemos leer. No le hagan caso, les llevará por el mal camino…
11.
Tardé en aparecer porque me estaba maquillando para estar guapa. Sí, la belleza no debe estar peleada con la inteligencia, porque yo no soy pendeja y al mono le gustan así: guapas y no pendejas. Perdonen que me repita, con lo pendejo y las estancias del estar. Es que soy una chica estudiante de literatura, precisamente lo que hace el mono y no lo que cree el chino. Sí, soy guapa y también inteligente. Sí, ya sé que me repito, pero con mi vestido rojo y un libro bajo el brazo me veo perfecta. Así le gusto al mono.
Hoy le espero en la noche. Le invitaré a cenar en mi casa. Le cocinaré unos spaghetti al pesto que acompañaremos con un vino tinto de Navarra, y luego iré a dormir a su casa. Sí, a su casa; ése es el plan.
Ya el otro día lo hicimos por primera vez y estuvo maravilloso, me llevó entre algodones al orgasmo. Él tiene bastante experiencia porque es mono viejo, y yo tengo veintidós añitos nada más. El mono me gustó desde la primera vez que lo vi porque parece actor de cine; y ya quisiera el chimpancé Totó (el compañero estelar de la mona Chita), tan apuesto y simpático, ser como él; aunque de parecerse físicamente, en su versión primateril, lo es más al chimpancé malo de la última versión de El planeta de los simios, la rodada por Tim Burton, ése que al final se lía a golpes con el protagonista humano, el que comienza a disparar con la pistola de rayos láser contra la pared de cristal, el de la perilla canosa que enloquece pegando saltos contra todo lugar.
Sí, así es el salto de mi mono, salto enloquecido de pasión en la jungla de Internet, con el eco de un grito que se esconde detrás de sus palabras, de los actos, la irreverencia y subversión a través de la cultura, el arte: como cuando hacemos el amor.
Esta noche, supongo, será mejor que la anterior…
12.
El mono se fue con la mona y yo con ellos encima del mono. La cena estuvo bien. Ella cocinó para él y se bebieron una botella de vino tinto. El rito dionisiaco ya estaba en marcha. Se miraban a los ojos y hablaban de cualquier cosa. Yo preferí asomarme para ver a la mona. Iba con su vestido rojo, medio enseñando los pechos por el escote (no muy grandes, hay que reconocer). De vez en cuando se tocaban las manos por encima de la mesa, mientras que sus ojos chispeaban de alegría y quizá por efecto del alcohol. Durante la cena se besaron. El mono es muy cariñoso, ya lo conozco, ésta es una más de sus innumerables monas, aunque, cuando una le gusta de verdad, es capaz de ser fiel y estar un largo tiempo con ella, como sucedió con la japonesa. La conoció, también, cuando ella tenía veintidós años. Debe ser que dicho número, por ser capicúa, le trae suerte, a pesar de lo mayor que es, pues siempre las duplica y algo más por edad. De eso tiene fama el mono, y por su apariencia muchas mujeres desconfían.
Ya en la casa la desnudó rapidito. Sabían a lo que iban. Yo, según la postura, cambiaba de posición para ver mejor… Cuando metía la cabeza en el sexo de ella, ahí estaba yo en lo más altito; cuando comenzaba a penetrarla, ahí estaba yo sobre parte baja de su vientre o en los mismos huevos. Sentía estar en un carrusel o en la montaña rusa, con ese movimiento a veces suave y luego impetuoso. El tiempo fue largo, muy largo… El mono cuando empieza tarda mucho en terminar: una eternidad.
Por la mañana, según es su costumbre, siguió con la fiesta de la noche hasta que la mona se marchó a la universidad. Creo que para él todo esto es como hacer deporte, pues en el gimnasio nunca ejercita las abdominales.
La verdad, esta última noche lo pasé muy bien, aunque mejor, mucho mejor, se lo pasó la mona.
13.
Universos paralelos me habitan y yo habito en ellos. Allen Ginsberg habitaba en una nube alucinógena, siempre con su cara flotando sobre una espesa barba rizada. Durante unos meses viajó por los EEUU en un camión repleto de hippies, y al llegar a cualquier localidad invitaban a la gente a una dosis de LSD. Eran los tiempos del movimiento psicodélico, de aquellos seguidores de Timothy Leary, profesor de psicología de la Universidad de Harvard, que experimentaba con alumnos, profesores, artistas, presidiarios, escritores beat, actores de cine y millonarios, todos ellos bajo los efectos de la psilocibina, la mescalina o el LSD. Corría el año 1959 y todavía no se daba ninguna prohibición respecto al uso de las drogas, nunca habían sido un problema. Aldous Huxley creía que era conveniente continuar los experimentos siguiendo patrones médicos y científicos, pero, por contra, Allen Ginsberg quería extender su uso al resto de la sociedad para promover una revolución de libertad sexual y un cambio político de orden mundial, pues los experimentos, en un alto porcentaje, arrojaban resultados alentadores: las personas se volvían más espirituales y amaban a sus semejantes.
Y ya se abren las puertas de la percepción del poeta William Blake:
“Si las puertas de la percepción se depurasen, todo aparecería ante los hombres como es: infinito. Pues el hombre se ha encerrado en sí mismo hasta ver todas las cosas a través de las estrechas rendijas de su caverna.”
Un universo fractal se esconde ante nuestra mirada, universos paralelos donde habitan aquéllos que luchan por sus sueños. Ya no es la materia, es la ilusión por aprehender las estrellas. Esto lo supe en un desierto mexicano bajo los efectos del peyote, y a partir de ese día mi vida cambió y me convertí en mono. “¿Por qué no luchar por mis sueños? Sólo tengo esta vida para hacerlo”, me dije. Y la felicidad, a pesar de todas las incertidumbres y dificultades económicas, radica ahí, en hacer lo que debes hacer.
¡Qué más se puede pedir a la vida! ¡Soy nada más que un aventurero dentro de un universo fractal!
14.
Allí, en el desierto, fue donde precisamente conocí al mono. Vivía yo en la piel de un conejo y antes lo había hecho en una cabra, cuyo hedor no pude soportar. Subirme al conejo no fue tan fácil, porque estos animales, en lo que ven algo moverse, se asustan y salen corriendo. Pero allí estaba la cabra, comiendo unas briznas de hierba reseca, y apareció el conejo. Yo lo vi, y, justo cuando pasaba por debajo, aproveché para saltar sobre su lomo. Así, es como cambié de domicilio.
Lo que me gustaba del conejo era su velocidad, que en otra escala de valores es como pilotar en un Fórmula 1, aunque en este caso más se asemejaría un coche de rally. Pero luego apareció el mono, que todavía no era mono, y allí lo vi tumbado bajo la leve sombra de una yuca, y me dije: qué tal subirme en un humano, así podría viajar a la ciudad y conocer un poco más el mundo. Entonces, salté hacia la tierra y pegando saltos me metí en la cabeza del que, en el transcurso de unas horas, se convirtió en mono.
Desde allí me llevó a la ciudad de México y luego a Oaxaca, para regresar otra vez a la capital donde tomó un avión para volar a su lugar de origen. Durante algunos años no hizo nada más que pintar cuadros, bailar música ácida en las discotecas y acostarse extasiado con mujeres, hasta que tomó la decisión de abandonar su país. Así, el mono se convertía en un aventurero por siempre. Más tarde, con el paso del tiempo, fue cuando le dio por escribir, lo que supone, en sí, otra aventura para él, la que ya recrea en su mente para que perdure en una memoria compartida. Es lo mágico de su vida.
Ésta, en pocas líneas, es la historia del mono, la que yo conozco, aunque hay mucho más, demasiado más… pero el residuo de esa experiencia, poco a poco, va quedando en sus libros.
Algún día, también, me gustaría abandonar al mono para subir en un halcón, y ver, desde las alturas, el horizonte circular de la Tierra.
15.
Amo al mono, pero no sé si él me ama. Siempre se le van los ojos detrás de otras monas. A veces se comporta como si formara parte del jurado de un concurso de belleza y fuera catedrático de “Nalgología” (ciencia que estudia la forma y posición de las nalgas femeninas). Eso me tiene desconcertada. La mayoría de los hombres, cuando se cruzan por la calle con una mujer, primero la miran de frente y luego tuercen la cabeza para verla por detrás, fijando su atención en las nalgas, con una revisión tal como si fueran inspectores de hacienda. Sí, así se comportan, como machos en celo en busca de una hembra; instinto animal. Y nosotras, que ya sabemos de esos ojos que pretenden despojarnos de las ropas que nos visten, no tenemos más que el contento o el enfado dependiendo de quién sea el que nos recorre con la mirada, y el mono, presiento, tiene rayos X en la suya. A fin de cuentas, este mono en la web es una especie de súper héroe y algún tipo de poder extraordinario ha de tener.
Siempre le noto inconforme con el mundo, lo cual tiene su lógica, pues por dónde lo mires todo está muy mal, y en la literatura de hoy pasa un tanto de lo mismo (lo sé porque soy estudiante de dicha materia). Es la banalidad que impera en nuestra civilización, como la mirada antedicha que no es la misma que trata de ordenar los símbolos impresos en las páginas de un libro. El mono se rebela contra esa sociedad de consumo que rebaja la literatura. Sí, al mono le enfada el arte diluido por la simulación (él ya me lo explicó alguna vez); y cada cual es libre de escribir y leer lo que quiera, pero no se vale el aluvión de literatura consumible que pretende inundar el mercado, mientras se desprecian a autores que enfrentan su trabajo con honestidad. Sí, eso es lo que me dice el mono y grita al mundo a través de sus escritos. Es la apuesta arriesgada de la denuncia, de mi amado mono antisistema. En eso, de hecho, sí se parece a Allen Ginsberg.
16.
El mono salió a caminar por la ciudad y yo a caminar sobre él, entre la selva de su pelaje. Los edificios y las gentes pasaban por nuestro lado, quedando atrás. El sol centelleaba entre los pelos, como si fuera primavera. Un día tranquilo se auguraba.
Es una sensación extraña ser pulga y nada comparable a ser un chimpancé-humano o un humano-chimpancé (no sé, en este caso, si el orden de los factores alterará el producto), pues mi planeta, en vez de dar vueltas, avanza a trompicones con un ritmo que no siempre es regular: el de los pasos del mono. Con el conejo era diferente, un mundo demasiado pequeño, como un meteorito o una estrella fugaz, pero con el mono tengo la sensación de que todo orbita a nuestro alrededor.
A lo lejos divisé una librería, y supuse que nos encaminábamos hacia allí…
El mono entró y comenzó a curiosear por entre las mesas de novedades, puro libro de autoayuda y novelas de las que tanto detesta. Tras el mostrador, en la caja, había una joven con dos grandes bultos asomando por el escote. Esa visión, esas formas voluptuosas, fue lo que más llamó mi atención y me distrajo por unos instantes, mientras el mono seguía a lo suyo. La dependienta, para hacer honor a la verdad, no era muy guapa, pero sus tetas sí lo eran: verdaderamente cachondonas, relucientes con la luz artificial… Y en esto, el mono se acerca al mostrador. ¡Qué panorámica! Tanto que me daban ganas de saltar sobre ellas (pero me contuve, con mirarlas me bastaba). El mono le preguntó si tenían Cosmos de Witold Gombrowicz, y ella, después de consultar en la computadora, dijo que no. Luego preguntó por otro libro del mismo autor, por Ferdydurke, y dijo que tampoco. Yo ya sentía cómo se acrecentaba el calor corporal del mono, y entonces ya pude sospechar que algo malo iba a suceder. “¿Y cómo tienen tanta basura en las mesas de novedades y no tienen ese par de libros?”, le espetó el mono a la portadora de aquellas voluminosas tetas, que palpitaron en contenida respiración.
Lo que vino después es fácil de imaginar, pues el mono, pegando saltos y alaridos, comenzó a desbaratar y a lanzar por los aires todos los libros que antes reposaban, tranquilamente, en las mesas de novedades, y por ahí, entre tanto estruendo, se oían los gemidos asustadizos de la dependienta, saliendo desde el interior de sus formidables pechos. Ya me sentía otra vez como Sancho Panza en una escena de corte quijotesco, donde Alonso Quijano arremetía contra la antítesis de la obra magna que protagoniza.
¡Ay del mono! ¡Qué interrumpió la panorámica de tan bellas montañas!
17.
¡El mono se volvió loco! ¡El mono se volvió loco!
Ya les dije, ya les dije… Hay que hacer algo urgente para atraparlo. Yo le amaestraré para que salte y entre por el aro. Así será lo más parecido a nosotros: las personas normales. Cuando me enteré de los desmanes en la librería, acudí para obtener detalles sobre su apariencia, pero la dependienta renunció al trabajo después del incidente. Le echó la culpa al dueño por no tener los libros del tal Witold Gombrowicz (aunque quizá la culpa la tuvo ese escritor, con el nombre tan raro, por escribir tales libros), y adujo que trabajar en una librería era muy peligroso, que los lectores de cierto tipo de literatura están enajenados. Eso le pasa al mono por leer lo que lee y quiere que lean los demás. Ya les decía que el mono se equivoca, que está loco y es peligroso. Lo malo, es que no obtuve ningún dato sobre su apariencia. Esperaré a otra oportunidad o bien seguiré la pista de la mona, por allá en la Facultad de Filosofía y Letras. Sus señas físicas ya las sé: joven (como de veintidós años), de piel blanca, con cara de enamorada y con un vestido rojo escotado por la espalda. ¡Ah!, se me olvidaba, y con los pechos no muy grandes. Ya la vi en aquella fiesta pero no la recuerdo bien, aunque estoy seguro de que al verla de nuevo su imagen se aclarará en mi mente.
Hay algo del mono que me repele, esa arrogancia de creerse juez y parte para gritar sus incoherencias, sus babosadas de escritor suplantado, que proclama en la web sin ningún recato. ¡Es un sinvergüenza para hacer lo que hizo! Qué hasta la dependienta renunció al trabajo, y todo por culpa de esas lecturas perturbadoras; igualito que Don Quijote, el otro enajenado que salió a los caminos con un caballo viejo y una escudilla de barbero en la cabeza. Tal para cual…
Sólo esperemos que éste no se haga tan famoso como el otro, sería de temer, pues todos hablan de Don Quijote como si fuera el mismo Buda. Ese libro no lo leí porque es muy raro y demasiado grueso, prefiero El Alquimista de Paulo Coelho, que es mucho mejor escritor que Cervantes a juzgar por el dinero que gana, pues el autor del Quijote sólo pasó penurias en la vida.
Ser éxito de ventas es sinónimo de calidad, pues no van a estar equivocados tantos lectores, por ejemplo, de El Código Da Vinci (que también me encantó).
El mono está desfasado, nada más, es un marihuano.
18.
Voy entrando con el Halcón Milenario en el ciberespacio, y recorro los cables de fibra óptica de este universo fractal. En la pantalla veo letras e imágenes que resplandecen como carteles publicitarios de neón, y me acuerdo de las palabras pronunciadas casi al final de la película Blade Runner:
“Yo, he visto cosas que vosotros no creeríais…
Atacar naves en llamas más allá de Orión;
he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de las puertas de Tannhäuser.
Todos esos momentos se perderán en el tiempo,
como lágrimas en la lluvia.
Es hora de morir.”
Y el replicante albino, que permanece con el torso desnudo bajo la lluvia, agacha la cabeza y una paloma blanca sale volando hacia las alturas, como el alma que acaba de abandonar su cuerpo.
Ésta debe ser una de las escenas más bellas de la historia del cine, de una película dirigida por Ridley Scoott al principio de la década de los ochenta y basada en una novela de Phillip K. Dick, escritor estadounidense que llevaba a cabo su labor literaria bajo los efectos de las anfetaminas. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? es el título de la novela que dio origen a la película Blade Runner, aunque las palabras pronunciadas a la hora de morir por el replicante albino no fueran escritas por Phillip K. Dick.
Phillip K. Dick sufría de alucinaciones, visiones de universos fractales, de rayos láser y patrones geométricos, que más tarde le conducirían a asumir la personalidad de un cristiano de la época romana del siglo I d.C. Quizá Phillip K. Dick fuera esquizofrénico y creyera, por ello, tener una doble personalidad o estar poseído por un espíritu, pero, a pesar de ser un consumidor habitual de drogas psicoactivas, es uno de los escritores más prolíficos, influyentes y reconocidos, de la ciencia ficción.
En eso me parezco a Phillip K. Dick, y no por escribir bajo los efectos de alguna droga sino por lo de la doble personalidad, pues yo estoy poseído por un Mono Cibernético que busca su transmutación en la selva supermoderna de Internet, en una ciudad llamada Weblandia que es, a su vez, el lugar de convergencia de toda una civilización.
Phillip K. Dick murió el 2 de marzo de 1982, antes del estreno de Blade Runner el 25 de junio del mismo año.
Y con el Halcón Milenario continúo recorriendo las arterias de Weblandia, entre luces parpadeantes, circuitos plateados impresos sobre tarjetas verdosas, donde los chips sobresalen como edificios de ciudades tecnológicas, y las señales eléctricas se entrecruzan en todas direcciones. Al otro lado, en el mundo real, se conectan y entran a Weblandia millones de personas con sus naves, para recorrer las arterias entre luces parpadeantes, circuitos plateados impresos sobre tarjetas verdosas, donde los chips sobresalen como edificios de ciudades tecnológicas.
El hombre de tiempos pasados jamás pudo imaginar que sus semejantes, en el futuro, vivirían en la ciudad supermoderna de Weblandia.
19.
Sigo preocupada por el mono; le noto extraño y lo extraño. No me comentó nada sobre la escenita de la librería y creo que no comparte conmigo todo lo que debería compartir. Bueno, en realidad, tan sólo llevamos saliendo juntos diez días, algunos de los cuales acabo en su cama para hacer el amor. Sí, no puedo evitar pensar en él; estoy enamorada, pero en situación desventajosa porque siento que él no lo está de mí.
Todos los días me paso por su casa al salir de clase, y allí le encuentro sentado frente a la computadora escribiendo esta historia y lo que ahora estoy hablando. En este instante el mono y yo somos uno como cuando hacemos el amor. Él habla por mi boca como narradora de este libro digital, pero yo sigo siendo la mona. Soy como un personaje de cómic. Sí, con el cuerpo embutido en mi vestido rojo y los pechos no muy grandes. Soy la mona del mono, la chica que algún día estará en peligro, y él, como si fuera un súper héroe, vendrá a salvarme. Están los dibujos y las imágenes a todo color, y en la portada dice con letras grandes: El Mono Cibernético. Ya ni siquiera Batman puede competir con él, cuando en Weblandia el mono persigue a los traidores de la palabra, los que promueven la banalidad y el vacío de pensamiento; sí, el encefalograma plano de la Época Supermoderna. Y al abrir el cómic, en la primera página aparezco yo con mi vestido rojo y mis pechos no muy grandes, siendo espiada por un chino domador de monos.
Ayer algo me inquietó, pues vi al mismo chino que apareció en la fiesta rondando por la universidad. Desde entonces, tengo la sensación de que me persiguen. No sé si será paranoia o un acto premonitorio, pero así lo siento. Por esa razón, ahora más que nunca tengo ganas de caer en los brazos del mono; sé que él me protegerá… Ya estoy en su casa y lo encuentro sentado frente a la computadora, escribiendo estas mismas palabras.
“Hola, mi amor, ya llegué.”
20.
Y nos besamos…
Acaba de oscurecer y sigo pulsando las teclas en compañía de la mona. Ahora no hablaré de ella porque puede leer estas letras y eso me condiciona, escribiré, mejor, sobre cualquier otra cosa. Y es que mis personajes habitan, a la vez, el mundo real y el virtual hasta el punto de buscar una fusión, siendo, además, conscientes de que yo los escribo. ¿No será la vida una ficción que construimos día a día?
Y son las voces de cuatro personajes las que construyen esa realidad que también es ficción, una vida que transcurre en estas líneas y en tu cabeza cuando las lees, que mutan en ideas después de haberlas descifrado. Pero, a pesar de tener un origen común, cada una de ellas ha de mantener su independencia y desarrollar su propia identidad. Y esto me recuerda cuando abandoné la lectura de Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, porque después del inicio con un solo narrador luego cambia, de repente, a una polifonía no del todo bien resuelta, pues los distintos narradores tienen la misma voz, incluso con igual construcción sintáctica, porque es la voz del propio Bolaño, aspecto que hace poco creíble el desarrollo de una historia que pasó, técnicamente, de la sinfonía al “popurrí”. Se dice que tal polifonía es el gran logro de dicha novela, pero ni siquiera resulta una novedad porque ya William Faulkner, por ejemplo, en Mientras agonizo, utiliza la misma estrategia narrativa. Decía Roberto Bolaño que ya no tenía sentido escribir historias lineales, pero menos sentido tiene cuando se hace lo contrario con una misma voz para todos los personajes. Además, lo importante de cualquier novela es la conjunción entre el contenido y la forma en busca del fondo, e independientemente de su estructura.
Roberto Bolaño, a pesar de todo, es un gran escritor, pero una vez muerto es el producto de una campaña de mercadotecnia, y, en cuanto sus herederos cambiaron de agente literario, de la noche a la mañana le convirtieron en Mickey Mouse. Ahora buscan sus escritos hasta por debajo de las piedras, aunque estén a medio acabar o descartados por su autor, con tal de publicarlos para generar ingresos.
¡Bolaño, bienvenido a Disneylandia!
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