Para qué sirven los libros

 

            Observará el lector, que para eso es tan despierto y no pierde detalle, que no he titulado mi artículo de hoy con interrogaciones, sino a palo seco. Lo hago así porque soy de los convencidos de que los libros (esas cosas con un título en las tapas y un montón de letras dentro) sirven para un millar de cosas. Para leerlos y disfrutar con ellos, ante todo. Y también para soñar que la vida te hace embarcar sin destino conocido por los mares procelosos de la aventura cotidiana.

            Me acuerdo que de chiquillo, cuando iban a medir mi altura en la revisión médica escolar que nos hacían cada primavera en el colegio, yo  procuraba colocarme bajo los pies –sin que me viese la enfermera- un par de pequeños tomitos, un pie sobre cada uno, de las mejores novelas de todos los tiempos. Era una colección de volúmenes diminutos, de ocho centímetros y medio de longitud y moderado grosor, escrupulosamente impresos en papel biblia, que mi madre había heredado de su padre y que yo, a mi vez, heredé de ella. Eran, y son, auténticos libros de bolsillo como no he visto otros jamás. La enfermera -una francesita rubia, simpática, con melena corta y falda de tubo que le marcaba el trasero más de lo prudente- ponía a toda prisa el tope metálico del medidor sobre mi cabeza infantil y me regalaba entonces un par de centímetros sobre mi cota real como por arte de birlibirloque. El truco era infalible.

            -¡Mon Dieu! –exclamaba ella-. Hay que ver cómo crecen estos críos.

            Y es que a mí, desde pequeño, la cultura me ha dado la alzada justa que la naturaleza me racaneó con denuedo en los primeros estirones del crecimiento.

 

 

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           Los libros sirven, además, para otras muchas cosas. Para educar el gusto, si uno sabe elegir convenientemente autores y títulos. Para aprender a ver la existencia desde la perspectiva de los demás, que siempre es cosa buena y educativa; o para crecer en tolerancia y dignidad, que tampoco es moco de pavo.

            Los libros, como dice mi amigo José Manuel, profesor de bachillerato, sirve para que los alumnos –los suyos al menos- se dediquen a pasearlos, sin abrirlos siquiera, de las aulas a casa y viceversa, hacinados en esas incómodas, antiestéticas y horrendas mochilas que a los estudiantes les endilga el dictado consumista de las modas pasajeras.

            Sirven los libros para mil cosas varias, la mayoría beneficiosas. Es verdad que a fuerza de leer, uno puede precisar algún día los servicios del oculista, gente que -cómo no- tiene la mala costumbre de comer a diario.

Mas se me antoja que los beneficios de la lectura superan con creces los posibles inconvenientes. A los padres de familia recomiendo que tengan esto en cuenta, y que sepan que algunos libros sirven, incluso, hasta para arrojarlos a la cabeza de sus hijos si los susodichos vástagos se empecinan en no leer y se encanan como bobos durante horas muertas ante la pantalla de los juegos de ordenador. Porque esas horas sí que acaban muertas de verdad, y no las que pasamos con un libro entre las manos.

 

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