A vueltas con la novela

            La novela es una cosa rara. Rara hasta la saciedad, porque dentro de su definición han de entrar todo tipo de experiencias y de clasicismos, un buen número de sueños y un millón y medio de recursos de estilo.

            En realidad, para ser un poco razonables, deberíamos decir desde el comienzo que la novela es un género literario; al menos, yo soy de los que todavía creen en que lo sigue siendo, aunque a continuación diga que en su seno caben multitud de extraños ecos y de indefinibles y portentosas herramientas.

            Me viene a las mientes la última etapa del franquismo. Por aquel entonces aún éramos bien jóvenes los de mi generación, y veíamos con esperanza el nuevo panorama cultural que parecía esbozarse con algunos temores razonables en el horizonte de aquella España nublada. Y allí fue donde tuvo su nacedero ese río de narrativa que pretendió incendiar el panorama tradicional.

            ¿Cómo habría que definir la novela? Creo haber dicho alguna vez que la novela es un arte difícil de concretar. Resulta que en la novela actual se confunden los parámetros. Y así calificamos de novelas obras que no responden taxativamente a la noción tradicional que hace años se tenía del género.

 

cada-novela-es-una-historia-irrepetible

 

Una novela honesta es siempre un relato irrepetible

 

 

            Vengo definiendo personalmente la novela como un relato, más o menos extenso, en cuyo seno se desarrolla una historia conexa. No me negarán que es un intento juicioso, creo, de renovada definición. Respecto a la extensión –algo nada baladí-, habría mucho que decir. La novela no es un género estático. Es como un desierto de arena en el que las dunas, en continuo movimiento, van modificando el paisaje ante los ojos atónitos del viajero. En la novela se precisa, o conviene al menos, la existencia de personajes sólidos que le den vida, que mantengan el devenir de los argumentos y que, al mismo tiempo, sostengan los tres pilares de la sabiduría, la fuerza y la belleza, columnas inviolables que un narrador nunca debe minusvalorar a la hora de atacar unas cuartillas en blanco.

            La novela moderna surge como género de pasatiempo, de divertimento. Tampoco es un género delimitado por normas o reglas exactas. Toda narración que nos arranca de la vida cotidiana, de la monotonía, es aceptada de buen grado por el lector medio. De ahí el éxito del relato de viajes.

            Lo que puede haber de común en todas las novelas, sean del tipo que sean, es que son narraciones ficticias. La inventiva del escritor resulta esencial en este punto. No concibo la novela fuera de los cauces imaginativos. Contar una historia real sin miras literarias, sino sólo testimoniales, equivale a ejercer de cronista, y eso es cosa bien distinta, lo que no me invalida para señalar que surgen a veces novelas que, aun perteneciendo al género por su hechura y construcción, desarrollan un argumento que responde a hechos reales. De inventar, de recrear ambientes y espacios, Miguel Delibes sabe lo suyo. Es en esos años grises a los que hacía referencia antes cuando aparece su Parábola del náufrago (1969), novela desconcertante que me dejó, mediada la década de los setenta, una huella indeleble en la cabeza.

            Una novela ha de tener, además, vida interior. Aquí es donde mi opinión se aproxima a la clásica definición que del género han dado algunos autores. Fotster distingue, dentro de la novela, la forma de narrar del hecho narrado. La novela empieza en la relación narrativa, en la continuidad causal o motor de la acción vital de la pieza. El encadenamiento de relatos forma una historia o una novela.

            Muchos autores han hablado sobre este asunto tan interesante como difícil, e incluso más de uno ha intentado ofrecer una definición con la que -como es lógico- no todos comulgan después. Roland Barthes afirmaba que la novela es una gran frase dividida en secuencias. Magnífica definición, aunque también incompleta. O poco precisa, si se prefiere. En el fondo, las definiciones no importan. Lo que cuenta de verdad es la forma literaria, el alma del relato. Y de manera especial, el lenguaje constructivo y la intencionalidad de los escritores.

            Queda otra cuestión de importancia capital: ¿cómo escribir una novela? A mi entender, existen dos formas distintas de novelar en lo que concierne a la formación del contenido literal. Una primera, a la que denomino planificada, y en la que incluyo toda novela escrita en respuesta a un previo, premeditado y racional control. Sería el caso, por ejemplo, de la mal llamada novela histórica. Y una segunda forma, la espontánea, que suele dar como resultado obras narrativas con reflejos líricos o personales bien marcados. Es el caso del relato intimista. De lo dicho se puede colegir fácilmente que entre una y otra se da un vacío intermedio en el que tienen cabida la mayor parte de las novelas actuales, que mezclan ambos tipos de tácticas formadoras.

            Sea como fuere, ahí sigue la novela: una cosa rara, pero que muy rara, en la que los escritores embutimos nuestras historias, vergüenzas y personajes, nuestros mundos, ensueños y lágrimas. La novela sigue de moda, llenando sin pudor con sus cuerpos de papel –obesos o flacos- escaparates de librerías y anaqueles de bibliotecas. La novela, la definamos a diestras o siniestras, sigue siendo lo que siempre fue: un misterio inenarrable, una historia irrepetible, un mundo aparte.

 

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Sobre Ricardo Serna

Ricardo Serna es Licenciado en Filosofía y Letras, Diplomado en Estudios Avanzados de Literatura Española y escritor. Ha publicado hasta la fecha quince obras de géneros varios. Fue profesor de Literatura Española. Es Máster en Historia de la Masonería y miembro del prestigioso Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española [CEHME, Universidad de Zaragoza].

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