Expuestos. Ernesto Calabuig. menoscuarto. 2010.

    “Aquélla era una mañana luminosa que anticipaba el verano, que exaltaba, que hacía desear vivir al aire libre, una luz recordatorio de proyectos y tareas que habían hibernado todos estos meses desapacibles y oscuros”.
Páginas 16-17.
    “Pero Anne no atiende a su fraseo solitario, a su predicar en el desierto, a su pegar noventa y cinco tesis sobre un gran portón de Wittemberg en la noche nevada, sólo llora, sin parar, a veces con un aullido ascendente que procede de muy dentro, muy profundo, de dolor real, de daño verdadero”.
Páginas 22.
    “El alemán no es una lengua sagrada ante la que debas arrodillarte acomplejado o pedir perdón. No es la lengua del Ser, por mucho que Heidegger y otros muchos lo pretendieran. Utilízala, maltrátala, aprovéchate de ella sin miedo, ¡métele mano! -reía-. Es sólo un idioma, un vehículo para entenderse”.
Página 53.
    “Los ingenieros de ahora han perdido la imaginación, la creatividad, la idea de un coche personal, hecho para el hombre concreto que va y viene por el mundo, que acude al trabajo o lleva a sus hijos de vacaciones. Antes un coche se cuidaba, era un objeto sólido que había de durar”.
Página 107.
 
    Ernesto Calabuig es un autor honesto. Un autor que pone los riñones y el hígado. Que pone su propia carne cuando escribe Expuestos. No cabe duda alguna (ni siquiera hace falta leer la solapa del libro con sus datos biográficos) de que se nos cuenta algo que se conoce bien, y que se ama: el alemán, el trabajo del traductor, la ilusión del escritor novel, el deseo de encontrar una voz propia que merezca la pena ser oída. Todo ello está descrito desde dentro, con la sinceridad continua como bandera. Un baño de realidad escrito con una sensibilidad extraordinaria por poco común.
    El arranque de la obra resulta sorprendente, el lector puede verse confundido por una serie de anécdotas que dan la correcta sensación de trivialidad. Sin embargo, al igual que en La flor de mi secreto, aquella película hoy casi olvidada de Almodóvar, esos primeros planos (unas botas que no quieren salir de unos pies; la rememoración de una discusión de pareja o el ansia de un escritor en ciernes) son absolutamente esenciales para comprender la obra y al escritor. Toda relación de hechos está fundamentada, y tiene su valor de pieza clave sin la cual el edificio se desmoronaría. De igual forma que algunos dibujantes cuya labor parece caótica hasta que se ve el resultado final, Calabuig va poniendo piedras, trazos, pinceladas y arcos sin que a uno le acabe de cuadrar el sentido final. Pero lo tiene. Vaya si lo tiene. Las diez últimas páginas, Literatura con mayúsculas, explican todos y cada uno de los acontecimientos y dan una fuerza sobrecogedora al conjunto. Y una belleza delicada.
    A diferencia de escritores que pintan Sevilla sin haberla pisado jamás, en Expuestos encontramos a un sabio en la materia, a un amante de las palabras, a un devoto de cuanto hace. Y eso, sin duda alguna, se nota.
    A Calabuig se le radiografía también la inclinación por lo filosófico unido a lo filológico, como si algo del espíritu alemán se le hubiera ido metiendo en los huesos para sustituir el tuétano español y valenciano. Sus disquisiciones sobre el dolor del mundo y el dolor individual hablan de un pensador que no se conforma con la intelligentzia  y sus poses. Un corazón sensible que quiere sentir y sufrir por sí mismo, ajeno a modas o a lo políticamente correcto. Expuestos no es un libro corriente, y supone un gran paso tras la colección de cuentos Un mortal sin pirueta primera incursión del autor en las librerías españolas,. La novela nos presenta a un protagonista inocente, aún sin malear por el mundo, a un creyente (y no en el término religioso) en el hombre y su historia particular; alguien que conoce el dolor y sabe transmitirlo, sorprendiendo al lector con su pirueta final, por otra parte completamente lógica y coherente con el resto.
    Hay en el libro, además, un evidente homenaje a la literatura alemana que, lejos de resultar pedante o pesado se deja sentir como un amor puro y sincero, expuesto con corazón blanco al lector para que lo analice o juzgue, o lo disfrute sintiéndose picado por la curiosidad hacia unas obras que muchos otros han dejado caer en el macilento marasmo del olvido.
    Un libro dolorosamente dulce con una historia de amor que crece cuando muere, como todas las grandes semillas.

Sobre Guillermo Arróniz López

Guillermo Arróniz López
Tuve la suerte de nacer en 1977, el día de san Antón, por más señas. Por tanto bajo el signo de Capricornio y con Saturno danzando alrededor. Desde muy pronto me sentí atraído por las sirenas de las palabras y garabateé hojas y libretas. Desde entonces he estudiado cosas variopintas y trabajado en profesiones extrañas y corrientes, pero siempre ha permanecido la Literatura. Publíqué en septiembre de 2004 "Epitafio del Ángel", novela corta sobre las vidas contemporáneas en punto de metamorfosis. Entre otros temas estaban la colisión generacional (incluso la cercana), la endometriosis como enfermedad maldita, los errores, y la experiencia trágica de la muerte inesperada. Desde hace algunos años he colaborado con algunos medios como las revistas "Mundo Joven" de Fundación Triángulo, "Gehitu Magazine" de la mano de Óscar Hernández, "Eccus", "Adiós", "Iguazú" o "Generación XXI" y su continuación "Generación.Net". Entre otros lujos he tenido la ocasión de entrevistar a Luis Antonio de Villena, Octavio Aceves, Espido Freire, Juan Manuel de Prada, Nuria Rita Sebastián... y de publicar junto a fotógrafos como Eduardo Fernández. Me he decidido a participar en este proyecto por invitación de Raúl Tristán y espero poder aportar visiones gratificantes y artículos que inviten al placer de la lectura y al dolor de la reflexión.
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