Lana. Pedro Víllora. Octavio Aceves. éride ediciones. 2010.

“Aplaudimos, claro que aplaudimos, pero ya no con el entusiasmo de antes, no con el placer ni la admiración, sino con el ánimo de hacer el mayor ruido posible para alejar de nosotros el fantasma de la vejez; nuestro aplauso era el desesperado hechizo contra la degeneración”.

Página 23.

“A los diecisiete años perdí la virginidad pero nunca la he echado de menos. Para entonces llevaba año y medio en Hollywood, así que no puede decirse que fuese precoz. Es más, creo que tiene mucho mérito -para quien valore estas cosas- que hubiese estado tanto tiempo resistiéndome a la tentación”.

Página 38.

“Los jóvenes de hoy tenéis la costumbre de cuidaros y no seré yo la que os critique por ello, pero hay veces que tanto músculo deja de ser natural […] No, los chicos de hoy ya no sois como los de antes. No sois galantes, no tenéis conversación, no sabéis seducir a una dama, no tenéis imaginación para divertiros. Pero tenéis más músculos, eso sí. Lo que os falta en actitud lo ganáis en mejores cuerpos. Lástima que, en el fondo, todos parezcáis iguales. Más personalidad, eso es lo que necesitáis hoy, más personalidad, la que entonces nos sobraba […] Eso es el glamour, una falsedad que, de tan falsa, parece real. Los jóvenes habéis perdido el concepto del glamour. Queréis ser naturales y se os nota demasiado que no lo sois, que estáis adocenados, respondiendo a un cliché repetido una y otra vez. Tenéis tantas ganas de ser diferentes y tan poco que aportar que no podéis disimular que no lo sois. Iguales. Muy guapos, sí, pero todos iguales”.

Páginas 52-53.

“La Metro lo arregló todo y me preparó lo que las revistas describieron como un viaje de descanso tras un rodaje agotador, que es un bonito eufemismo para referirse a un aborto. Al regresar, continué con mi habitual vida de fiestas y clubs, y se me ocurrió poner celoso a Tyrone con Frank Sinatra para ver si finalmente se animaba a divorciarse”.

Página 57.

El teatro es un género cuya impresión resulta poco frecuente. Y, si bien es cierto que se trata de un género que es escrito para su representación, no es menos cierto que la profundidad de ciertos diálogos o monólogos sólo puede disfrutarse plenamente mediante la lectura sosegada del texto. De ahí que haya que celebrar que Octavio Aceves siga teniendo, como ya mostrara con son sus precedentes teatrales, el gusto por el papel y su tradición. Esto nos permitirá, en lo que la obra llega a nuestros escenarios, disfrutar de esta especie de “auto”biografía, casi monólogo que Pedro Víllora y el propio Aceves nos hacen llegar después de muchos meses de proyecto.

Lana es una especie de biografía y un homenaje a las actrices, a las estrellas de aquel Hollywood que vendía glamour y que controlaba no sólo unos significativos millones, sino los modelos a imitar por medio mundo (el occidental) que suspiraba con el arte de Bette, la belleza salvajemente perfecta de Ava, la elegancia dulce de Audrey, la fortaleza de Katherine, la provocación sexy de Marilyn, la intelectualidad de Ingrid…

Contada en primera persona, la historia se aborda desde la perspectiva de la madurez de la actriz, o incluso mejor dicho, desde su atemporalidad como arquetipo o como persona cuya vida ya se consumó. Frente al espectador la actriz desnuda su auténtica existencia, sus romances, su forma de llegar a la fama, el drama vivido por su hija… y su percepción de un mundo hoy absolutamente perdido: el de aquellas pantallas de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, incluso algo de los setenta, que constituían el mayor placer, la primera alternativa de ocio y fascinación de millones de personas, no sólo de los americanos.

Impidiendo que se trate de un monólogo encontraremos un contrapeso masculino en una figura sin nombre, una especie de ayudante, o incluso amante, personaje de compañía, que dará voz a las cartas de admiradores atesoradas por la estrella. Y frente al striptease psicológico de Lana el hombre sin nombre irá desprendiéndose de su ropa, hasta mostrarse desnudo, en su plenitud joven, al espectador. Eso es precisamente lo que hace la actriz, desprender de todos suntuosos ropajes del glamour y el marketing, sus circunstancias en los momentos más cruciales y plenos de su carrera y su vida personal, fueran buenos o terribles.

El texto fluye con una gran naturalidad, siendo muy difícil diferenciar las partes que cada uno de los autores ha liderado, consiguiendo una unicidad (propia del Creador) en la voz narradora resultante. De esta forma se navega por unos recuerdos, traumáticos la mayor parte de las veces, por la desordenada memoria de la protagonista, que lo mezcla todo sin que por ello el espectador/lector se sienta perdido en ningún momento: se trata del caos propio de quien habla del pasado, un pasado amplio e intenso, o especialmente amplio por intenso.

La especialidad de la obra radica no ya quizá en que las dos voces se fundan perfectamente en una (algo que debía esperarse de dos autores consagrados, uno de ellos de forma destacada en el teatro); ni en poner de manifiesto la alocada vida real de aquellos protagonistas de las películas que construyeron la leyenda del cine (algo que ya han hecho artículos, biografías y entrevistas desde hace al menos veinte años); sino en la conjugación simbólica de un mundo femenino y ya pasado (aunque eterno) con un mundo masculino y presente (aunque totalmente banal), cuyos desnudos son tan contrarios como espiritual y material, como glamour (falsedad intelectual y artística, especie de trampantojo de la personalidad) y músculo (falsedad material y vanidosa basada en la propia inseguridad de una especie que ha confundido cantidad con calidad).

Una hermosa obra cuya lectura hará las delicias de muchos. Una obra de teatro de calidad cuya representación esperamos ansiosos.

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