Entrevista a Javier Quevedo Puchal o de lo gay al terror.

              Javier Quevedo Puchal se dio a conocer de la mano de Editorial Odisea con dos obras El tercer deseo y Todas las maldiciones del mundo una de las cuales fue incluso finalista de los Premios Sanghai. Después menudearon sus apariciones en obras colectivas con relatos de terror, para publicar después de forma gratuita en Internet Abominatio, conjunto de nanorrelatos de género, y llegar hoy a la novela Cuerpos descosidos, que está cosechando muy buenas críticas y que le consolida como autor “de miedo” en clara evolución. Los personajes homosexuales o con experiencias homosexuales siguen estando presentes en la obra, pero su protagonismo (nunca del todo tiránico) se va diluyendo en obras cuyo mensaje va más allá de una orientación concreta para hacerse aplicables a todos, y en cuanto tales consiguen enlazarse con la Literatura que responde a las inquietudes del ser humano y su devenir. En este camino el autor encuentra la ficción como un arma poderosa para explicar la más cruda realidad de la culpa y los sentimientos.   

              Ellibrepensador: De género en género, pasando de un “sambenito” a otro: la novela gay y la novela de terror. ¿Cómo has vivido esta transición?

            Javier Quevedo Puchal: En realidad, no la he vivido en absoluto. El término “novela gay” no me gusta demasiado. Me parece inexacto, tendencioso y a veces incluso malintencionado, como si con él se pretendiera encasillar un libro que no tiene por qué estar encasillado y, de este modo, restringir el acceso de determinado público a ese libro. Obviamente, cuando me refiero a determinado público, me refiero a un público heterosexual. Es como si, en el fondo, dijeran: “¡Cuidado, que este libro no es para ti, es para gays!” Se me antoja una situación absurda, y más si hablamos de mis dos primeros libros, donde el componente gay está asentado de forma perfectamente natural, sin cargar las tintas en algunos de los lugares comunes quizás más recurrentes en este tipo de libros. En determinados pasajes de El tercer deseo sí es posible que hablara de forma más abierta e inequívoca sobre qué supone ser gay en nuestra sociedad… pero todo eso se esfumó en Todas las maldiciones del mundo, donde se habla de cosas bien distintas y universales, y donde Gabriel, el protagonista, si es gay lo es de forma totalmente circunstancial (de hecho, este personaje era heterosexual en el primer borrador del libro, y apenas tuve que cambiar cuatro cosas cuando decidí modificar su orientación sexual, todo lo cual no hace más que reforzar mi idea sobre lo absurdo que resulta hablar en términos de “literatura gay” frente a una, por otro lado, inexistente etiqueta de “novela heterosexual”). Por lo que concierne a Cuerpos descosidos, podría decirse que, en este sentido, es una evolución lógica dentro de mi carrera: se trata de una novela esencialmente de terror con un protagonista bisexual, otros heterosexuales, alguna lesbiana… e incluso uno más bien asexuado. No veo por qué dentro de una novela debe tener tanta importancia la orientación sexual de sus personajes, o por qué determinadas orientaciones sexuales se ven excluidas casi por norma, o por qué cuando aparecen esas orientaciones sexuales lo hacen punteadas a base de clichés. Una historia es una historia, independientemente de con quién se vayan a la cama sus personajes. Así que, en realidad, yo diría que la transición que he vivido con esta tercera novela es el paso de unas historias quizás más amables y melancólicas (si bien no exentas de mala uva) a una abiertamente oscura, que sigue hablando del alma humana pero desde su lado más tenebroso, más aterrador.

            El: ¿Eres un autor de géneros? De alguna forma puede decirse que han llegado a mezclarse con personajes “homosexuales” o “bisexuales” en tus cuentos y en tu última novela, aunque sin que su sexualidad monopolice la historia.

            JQP: De esto he hablado mucho con Libertad Morán, una de mis compañeras en Odisea Editorial. Ambos consideramos que la sexualidad de un personaje debería ser tan sólo un componente más en su construcción, no algo que atraiga toda la atención de la historia. En ese sentido, quizás el impedimento con el que yo me encuentro es que, casi por tradición, las novelas con personajes gays han tendido a focalizar la atención en la gran “problemática” que supone el hecho de que a alguien le gusten las personas de su mismo sexo, así como el modo de sobrellevar y asumir adecuadamente ese “problema”. Pero, desde el momento en que no ves dónde está el gran problema de la sexualidad, ese punto de vista desaparece de forma automática y lo que queda debajo es el personaje, su historia. Todos hemos crecido leyendo historias con personajes heterosexuales, sin que las tintas se cargaran en “cuán heterosexuales” son esos personajes. Simplemente, la heterosexualidad es un componente más de personalidad, que en ningún caso ahoga todas las demás facetas que lo componen. No veo por qué en el caso de personajes bisexuales u homosexuales tiene que ser de otro modo. En Cuerpos descosidos me burlo un poco de esta actitud reduccionista, sólo que a la inversa: presento a Lucio como un chapero que se acuesta con hombres, para a continuación romper las expectativas mostrando que su pareja es Renée, una mujer de la que está enamoradísimo.

            El: ¿Qué significa la culpa en la historia? Juega un importantísimo papel en la novela. La culpa se “materializa”, se hace física mediante el castigo…

            JQP: La culpa es un yugo que nos ponen desde la infancia a los educados en el catolicismo y que no sé si se entiende del todo fuera de esta religión. Ya sabes, el pecado original y todo eso: se supone que, recién nacido, uno sale de fábrica con la culpa de serie… ¡vamos, que venimos a este mundo marcados como ganado! A mí es un tema que me dejaba estupefacto incluso de pequeño, y que ya por aquel entonces cuestionaba. Supongo que, en última instancia, es una forma de ejercer control, de conseguir que la gente agache la cabeza desde su nacimiento y no la levante ni después de muerta. Sea como fuere, y dejando de lado el componente religioso del asunto (si bien en Cuerpos descosidos lo hay, y mucho), entiendo que la culpa, o al menos los remordimientos, es algo con lo que todos vivimos a nuestro pesar. Ese echar la vista atrás y arrepentirse de no haber hecho determinadas cosas, o tal vez de no haberlas hecho mejor. Ese gusanillo al dar con las palabras adecuadas demasiado tarde, cuando ya no puedes verbalizarlas. Son cosas con las que vivimos a diario, tal vez en pequeñas porciones, pero que en mi novela amplifico y llevo a sus últimas consecuencias, las más terribles. En cuanto a expiar la culpa mediante el castigo físico, esto sí es un elemento muy religioso, y que a mí me parece aterrador. Ahí tenemos el tema de las purgaciones, o esos devotos que en las procesiones de Semana Santa se flagelan en público o incluso se crucifican, como ocurre en algunos países… A mí todo esto me parece escalofriante, y es algo que intenté llevar a mi novela pasándolo por un tamiz de horror y de situaciones extremas.

            El: Los poderes “especiales”, fantásticos, de dos de los personajes parecen hablar de la somatización de lo que se reprime, de las consecuencias corporales del malestar emocional y psicológico. ¿Cómo se te ocurrieron?

            JQP: Es algo que siempre me ha dado mucho miedo: cómo nuestra mente, nuestros estados de ánimo, pueden influir en nuestro cuerpo hasta el punto de ponerlo en peligro. Y no estoy hablando de un problema al que damos vueltas en la cabeza de forma obsesiva hasta que nos acaba provocando una jaqueca, sino más bien de una situación sostenida de estrés extremo que influye en el desarrollo de un cáncer, por ejemplo. Ese modo extraño en que cuerpo y mente están unidos se me antoja inquietante. Y creo que el género de terror es perfecto para hablar de ello. Ahí tenemos Cromosoma 3, uno de los films más célebres de David Cronenberg, donde la ira contenida de una mujer se manifiesta desarrollando en su cuerpo una especie de tumores que se convierten en niños malvados y que, a su vez, se encargan de dar rienda suelta a esa ira contenida cometiendo por ella actos atroces. Es muy tremendo, sí. En mi libro, voy un poco más allá y hago que sea no la mente propia, sino nada menos que la de otros, la que tenga efectos sobre el cuerpo de alguien. Lo vemos claramente en Renée, a quien las culpas y pecados ajenos afectan hasta el punto de dejarle el cuerpo lleno de estigmas y lesiones terribles. En realidad, Cuerpos descosidos juega constantemente y de formas muy diversas con esa unión letal entre cuerpo y mente. No sólo hablo de cuerpos descosidos, sino también de “mentes descosidas”.

            El: Comentaste durante la primera presentación en Madrid, que algunos lectores habían mostrado su sorpresa por la inclusión de tu obra en el género del terror, y tu correspondiente sorpresa por lo reduccionista del género para algunos. ¿Te consideras un especialista del terror psicológico en vez del terror de sangre y vísceras? ¿Crees que todos son elementos del género?

            JQP: Bajo mi punto de vista, el mejor terror debe tener un poco de ambas vertientes, de psicológico y de físico. No en vano, tal vez aquellos dos elementos a los que más tememos son precisamente la locura y el dolor físico (en su variante más extrema, la muerte). De algún modo, en ambos casos se pone de manifiesto una pérdida absoluta de control que deriva en una situación nada positiva para nosotros. Yo creo que Cuerpos descosidos explora precisamente estas dos vertientes del terror. Se habla de la locura, la tortura, la enfermedad, la mutilación, la pérdida absoluta e irremediable de nuestra identidad, de aquello que nos hace ser quienes somos. Lo que ocurre es que en el libro cargo más las tintas en el lado psicológico del asunto, mientras que las escenas escabrosas tiendo a dejarlas en “off”. Estar, están ahí, pero no las pongo en un primer plano, sino que más bien las observo de soslayo. No me interesaba regodearme en los momentos más sangrientos, sino más bien indagar en las consecuencias derivadas de esos momentos. Estoy convencido de que, al menos en lo que a esta novela concierne, cargar las tintas en los pasajes truculentos hubiera tenido el efecto contrario al buscado. Los hechos que ocurren en la historia son tan espeluznantes de por sí que mostrarlos en primer plano supondría no tanto inquietar al lector como caer en el morbo por el morbo. Me parece que en Cuerpos descosidos tiene más fuerza imaginar cómo determinado personaje ha llegado a determinado estado, o qué es lo que ocurre cuando tal otro personaje cierra la puerta tras de sí. ¿Acaso no son las cosas que se cuentan en susurros las que más perturban? En cualquier caso, como autor no sé si soy más de terror psicológico o físico. Supongo que el que exija cada historia.

            El: ¿En qué medida la estructura de la obra ayuda a producir miedo en el lector? ¿Por qué has elegido un comienzo tan “decimonónico”, como de novela por entregas, para transformarlo en una novela a una voz?

            JQP: En realidad, yo no era consciente de estar escribiendo una obra con formas tan “clásicas”, al menos durante su primera mitad. Simplemente, me gusta la idea de acabar los capítulos con una especie de “cliffhanger”, una guinda que deje al lector con la intriga y con ganas de saber qué va a pasar a continuación. Por otro lado, me parece que formalmente tiene mucha elegancia, marca un buen cierre de capítulo y, a su vez, lo engarza con el siguiente. En cuanto al cambio más o menos inesperado a una novela de una sola voz, me gusta que hayas hecho esta observación, porque poca gente me la ha hecho. Se trata de una decisión que atiende a razones muy conscientes, tanto en forma como en fondo. Por un lado, me encontré con el problema de que la segunda mitad de la historia dependía mucho más de los personajes con los que dialogaba Lucio, y que en ese sentido su voz no era tan importante como la de ellos, que al fin y al cabo son los que, durante estos encuentros, tienen que ir desenredando con sus testimonios la madeja de la historia. Por eso decidí que una voz en tercera persona era la más adecuada para esta parte, pues era más neutra, dejaba mucha vía libre a los diálogos y no interfería en nada. Por otro lado, quise darle a este cambio cierta justificación más allá de lo meramente formal, y por eso, en los últimos capítulos donde hablan en primera persona Lucio y Eva, justo después de esas vivencias respectivas y más o menos catárticas que cada uno tiene, comento que ambos sienten como si les hubieran drenado el alma, como si se les hubiera aguado la conciencia y la voluntad se les hubiera escapado. Incluso empleo exactamente las mismas expresiones para hablar de ello en ambos casos, si te fijas. De modo que se trata de una pérdida literal de “voz”, de punto de vista, y que lleva inevitablemente a esa tercera persona de la segunda mitad de novela.

            El: ¿Qué personaje de los protagonistas te ha costado más desarrollar? Todos ellos tienen unas psicologías complejas y son figuras atormentadas por su pasado, por su infancia…

            JQP: El más complicado fue Eva, seguramente. No sólo por ser tal vez el personaje principal más extremo, sino porque, de entrada, era tan desagradable que me fue difícil evitar que se me fuera de las manos y el lector acabara por odiarla. Había que saber ir mostrando atisbos de lo que yacía debajo de su rudeza, porque en su caso hay mucho no sólo de verdugo, sino también de víctima, y lo que quería era mostrar ambas facetas de forma sutil, sin que una ahogara a la otra. También te puedo decir que en el último capítulo donde aparece Eva, justo antes de que cometa el acto terrible que ya sabes, me resultó muy duro meterme en esa mente torturada que tiene. De verdad me afectó, al menos durante un buen rato. Por otro lado, quizás también sea el personaje en el que más he profundizado de todos. De hecho, tengo que decir que es mi favorito (la niña de mis ojos… je, je). En el caso de los demás personajes, fue algo más sencillo, pues tenían quizás algunas asperezas menos y, por tanto, dejarse llevar no era tan inasequible. Pero a Eva hay que entenderla muy bien y no sucumbir a la tentación de juzgarla. Fue complicado, la verdad.

            El: Hay un personaje, sin embargo, de quien se nos escapa su infancia, pero que tiene un don asombroso. Quizá no una protagonista pero sí una clave en la historia. ¿Qué nos puedes decir de la estrella del “Cabaret de los pecados”?

            JQP: A decir verdad, sí doy ligeros atisbos de lo que fue el pasado de Renée, claro que mucho más superficiales que en el caso de otros personajes. En el último capítulo donde aparece, durante ese sueño en el que habla en voz alta, nos deja entrever algo de lo difícil que pudo haber sido su infancia por culpa de ese don sobrenatural que posee. Cierto es que no queda claro más allá del significado que le asigna Lucio, pero podría ser algo así. Tengo que decir que, en general, la Papisa Renée es el personaje que más miradas está convocando. Supongo que se debe no sólo a esa portada fantástica de Felideus, sino también a que tal vez sea el personaje más enigmático y carismático de todos, con esos ecos casi mesiánicos que le imprimo. Si te soy sincero, nunca pensé que fuera a adquirir tal protagonismo, pues de hecho siempre la he considerado más bien un medio para desencadenar una historia que, al fin y al cabo, ni siquiera es la suya propia, pero lo cierto es que está suscitando mucho interés entre los lectores. Hace poco, mi amigo Victor Alós incluso me sugirió que escribiera una especie de “spin-off” centrada en el pasado de Renée. No sé si me gusta mucho la idea, la verdad.