De Gabriel a Jueves. Juan Flahn. Editorial EGALES.

De Gabriel a Jueves. Juan Flahn. Editorial EGALES.
“Así que, a pesar de llevar saliendo por los mismos antros un par de años, desde que se  mudó de su Vitoria natal a Madrid, como no tenía muchos amigos siempre se sentía desamparado y se lanzaba a la barra a por litros de cerveza, que bebía con creciente ansiedad hasta que notaba el efecto del alcohol en su cabeza, y entonces ya se tranquilizaba”.
página 14.
“Supongo que los que no tenemos gran autoestima nos sentimos más cómodos rodeados de mediocridad: siempre el coche de gama media, a más no podemos aspirar; un piso ni grande ni pequeño. ¿El amante? Que no sea perfecto, por favor, si siquiera aunque paguemos por él”.
Página 30.
“[…] luego derivamos hacia las operaciones de cirugía estética. Algunos de los chaperos me confesaron que tenían pómulos, mandíbula, nariz y labios hechos. Uno hasta se había injertado silicona en los glúteos. A mí me recomendaban un toquecito en la nariz y definitivamente labios. Los tenía demasiado finos”.
Página 151.
“Porque un cliente no se debe enamorar de un chapero, es como de novela barata, muy cutre, muy antiguo”.
Página 193.
“Pero en vez de eso sólo había lluvia, luces de Navidad cegadoras, gentío atestando las calles con bolsas repletas de objetos inútiles, con las que me golpeaban en las pantorrillas al pasar, y paraguas que me daban en la cabeza, clavándome las varillas mojadas en la sien”.
Páginas 196-197.
La novela De Gabriel a Jueves podría malinterpretarse como la historia que describe el proceso de metamorfosis por el que el homosexual que utiliza los servicios de los chaperos se transforma en uno de ellos y, por consiguiente, en una mera descripción de escenas de sexo morboso, drogas de diseño, alcohol y mucha fiesta. Pero el libro es muchísimo más que eso, y tras la máscara o la piel de esa primera historia subyace la auténtica serpiente, lista para ser analizada y para llenarnos con su veneno (en el mejor de los sentidos). Hay que decir que Juan Flahn ha escrito un libro excelente, diferente y profundo, en el que asistimos a un procesos destructivo y autodestructivo impecable.
En este proceso acudimos a la pérdida de memoria, identidad, nombre, amigos, patrimonio, trabajo, sentido común, prioridades, apariencia física, valores (y no lo digo en ningún sentido de moralina o religión), y capacidad de razonar. Nada menos. La espiral, que empieza, como todos los grandes males, los que se enganchan en las raíces del hombre, con una realidad aparentemente positiva, que no es sino un seductor encuentro y una buena sesión de sexo morboso, termina en una situación cercana a la aniquilación total del individuo que por el camino ha ido perdiendo todo aquello que hemos indicado ya. ¿Por qué? Según mi forma de entender lo que Flahn quiere decirnos lo importante es la inseguridad del protagonista que termina llamándose Jueves, un estado anterior al del indígena Viernes de Crussoe. Precisamente porque se queda en el instante anterior a ganar la entidad de ser humano por lo que este se caracteriza: la capacidad de raciocinio y comunicación, la identidad misma. El personaje, incapaz de creer en sí mismo, temeroso de los fracasos, es incapaz de enfrentarse al rechazo de los otros a la hora de ligar, e incluso de exponerse a las relaciones humanas. A lo largo de todo el libro sólo le conocemos un amigo que se preocupa por él, que comparte su profesión: docente universitario. Un amigo cuyos consejos van cayendo cada vez más en el agujero negro de esa inseguridad, y que por lo tanto es cada vez más reacio a seguir.
El prólogo merece una mención individual por cuanto una de sus afirmaciones está en clara relación (o contradicción) con el mensaje mismo del libro. En general es encomiable esa labor de Boris Izaguirre al comentar De Gabriel a Jueves, pues demuestra no sólo que ha leído el libro y lo ha entendido, sino que se ha tomado la molestia de pensar en él y en lo que debe destacarse del mismo (mucho más de lo que puede decirse de muchos prologuistas famosos). Sin embargo afirma también: “me ha permitido elucubrar sobre un nuevo tipo de literatura: la literatura gay anti gay”. Ignorando el posible debate sobre la existencia anterior de ese género literario; me preocupa que se entienda que la crítica contenida en el libro sea “anti gay”. Porque lo que Juan Flahn parece querer poner en tela de juicio es la inseguridad y la pérdida de identidad… y la forma que tiene el protagonista de llegar a esa pérdida de identidad es una posible entre muchas, pero la suya (gastar su dinero en sexo, drogarse, beber hasta perder la conciencia, ignorar a los amigos, hacer caso omiso a la pérdida de memoria, someterse a la cirugía estética) no me parece ni exclusiva ni propia en esencia de los gays. Gays hay que no van de fiesta todos los fines de semana, que no se drogan, que no son adictos a los anabolizantes, que no viven para el sexo comercial y que se preocupan realmente de su cerebro, su cultura y su formación. ¿Es consustancial a los gays drogarse, o salir de marcha o ir al gimnasio a todas horas? Entiendo y espero que no.
El libro, que nos lleva con un lenguaje directo, pero muy inteligente, a través del penoso proceso de la “idiotización” del protagonista, sobre cuya locura algún personaje cree ver indicios, es escalofriante. No obstante ese nivel del idioma que ha escogido el autor no es vulgar sino cuando tiene que serlo, y alterna con una descripción del personaje que abunda muy bien en su retrato más íntimo, al esbozarlo con afirmaciones y pensamientos propios de un profesor universitario de su rama, lo que vuelve la obra mucho más interesante y menos plana, menos prototípica que si hubiésemos estado frente a un peluquero o a un bailarín o a un escaparatista, por citar alguna de las profesiones que se entienden como propias del “colectivo”.
Como síntesis de ese proceso general valga el siguiente fragmento de la obra:
“Quedaba bastante gente, las luces estaban encendidas por completo, revelando la cantidad de basura del suelo, las negras y rugosas paredes desconchadas, el cansancio y hastío de los camareros que ruidosamente reponían las cámaras, las caras sudorosas y enajenadas de los que no podían contener el subidón  seguían bailando sin música. La discoteca, sin luces parpadeantes y sin sonido, estaba desnuda y daba pena, asco y pudor”.
Página 232
Exactamente la discoteca, como el protagonista, estaba desnuda y daba pena, asco y pudor. Una novela digna de ser leída, pensada y digerida con atención, sin perder de vista que la identidad la puede perder cualquiera cuando se deja en manos de la inseguridad y se entrega a obsesiones que intentan maquillar o llenar ese agujero negro que no se cubre ni se colma con ninguna cirugía estética, ni con litros de alcohol, ni con millones de euros invertidos en sexo o en droga. Un acierto.