Clima artificial de primavera. Ignacio Vleming.

 V Premio de Poesía Joven “Pablo García Baena”.

“Tal vez haya pasado una tercera parte de nuestra vida. No sé si tú te has dado cuenta ya de esta noticia, que es sumamente triste”.
La dura luz del metro.

“En cualquier caso creen en el amor, sea o no efímero, y lo demás carece de importancia”.
Crucero.

“Es tanta mi emoción que mis ojos derraman lágrimas de Murano.

Y La muerte en Venecia es la muerte de un ácaro cuando suspiro por añoranza”.
La melancolía del turista.
  
 
¿Es posible que un autor tan joven acumule tanta nostalgia, tanta melancolía? Sí, la prueba está en Ignacio Vleming, cuyo lenguaje poético nos deja la impresión de mirar al Océano Atlántico desde un cementerio lisboeta. Se podría decir que hay incluso nostalgia de aquello que no ha conocido o lo ha conocido ya cuando moría, cuando dejaba de ser, como esas habitaciones, salones y salas de estar de la clase media -e incluso baja- española, donde los cuadros de ciervos eran casi ley:
 
“Eran los dioses lares en la penumbra. La garantía estética de la felicidad”
Vintage.
 
El libro Clima artificial de primavera da mucho de sí porque es un conjunto cuyo título parece guardar muchas claves de una diversidad lírica que a priori podría parecer desunida o reunida sin un leitmotiv único. Pero no es así. Si la primavera, con su aumento de las horas de luz, y el reverdecer y florecer de la naturaleza parece algo grato y alegre, con sus temperaturas cada vez más cálidas, pero aún templadas, dulces; la artificialidad a la que alude el título parece quitarle parte de su encanto natural. Estamos en un invernadero donde siempre es primavera, donde la felicidad o el calor no son reales, sino reproducidos a la fuerza, a voluntad. Quizá por eso mismo, por ejemplo, en las fotografías nos empeñemos en parecer contentos, recuerdo de un gran momento que quizá no lo fuera.
 
“Hecho un pincel sabe posar como una mariposa herida o disecada […]
Que todo tu dolor valga por un segundo de popularidad”
El tedio se esconde detrás de las fotografías.
 
Quizá también por eso mismo no nos importe (o queramos que no nos importe) qué artificiales pastillas azules (¿ha visto alguien en la naturaleza muchos seres azules o sólo lo son el cielo y las aguas, reflejo de algo que tampoco es azul?), qué tratamientos brutales haya de sufrir el cuerpo del hombre para transformarse en el “héroe” clásico, lleno de fuerza y vigor. Aunque, cuidado, el mismo poema, en su honestidad inmensa y perfecta nos avisa que ese cuerpo heroico es sólo (adverbio que añado por mi cuenta) la promesa de la felicidad, es decir, la artificialidad que se nos vende como portadora de ese estado de bienestar con nosotros mismos y con los otros.
 
“Que al despertar tome un batido de pastillas azules, que su boca contenga tantas úlceras como una erupción […] no nos importa,
porque su cuerpo heroico es la promesa de la felicidad”.
La belleza no está en el interior.
 
También es artificial organizar un crucero de solteros donde encontrar el amor o el sexo o el juego de la seducción. Más aún que una discoteca o una biblioteca. Porque está preparado y pensado sólo para eso. Pero es que la vida moderna tiene mucho de superpuesto de antinatural, de innecesariamente complejo. De ahí que la poesía del libro resulte a un tiempo contemporánea y nostálgica, presente y pasada, puente entre lo que fue y ya no es o lo que es y debería ser. Lo que debería ser es frío, caliente, lluvioso, gélido, nevado, tórrido… pero sólo es primaveral. A fuerza de artimañas, engaños o aparatos tecnológicos que congelen el momento y nos mientan sobre el mismo. Pero siempre primaveral.
 
No hay palabras gratuitas en estos versos. Cada una tiene su peso específico. Por eso cuando dice “y pensar durante horas en las horas perdidas pensando en ti”, <<perdidas>> es crucial. Porque el subconsciente traiciona al que no es romántico. Nunca son <<perdidas>> para un auténtico enamorado romántico, pero sí para quien quiere serlo.
 
“Quisiera ser altamente romántico recuperar los tópicos del amor cortés; no darme apenas cuenta de la gravitación universal que sostiene a los hombres pegados a la tierra; convertirme en estatua que espera el golpe de los iconoclastas
y pensar durante horas en las horas perdidas pensando en ti”.
Deseo de ser romántico.
 
Y aunque hay un deseo y un intento de humor en esta poesía, para mí queda eclipsado por la añoranza, por una sensación delicada de tristeza que puede ser muy profunda pero se presenta también algo “primaverizada”. Así, cuando parece que la ironía nos hace sonreírnos de la pose algo ridícula del turista coleccionando (y emocionándose) souvenirs hechos en serie, se lloran lágrimas de Murano, nada menos.
 
El libro se deja leer con facilidad, y seduce, a pesar de su notable profundidad, y de su versículo larguísimo, de su análisis de la tristeza que rodea el universo actual que hemos creado a partir de muchas cosas que nos separan o que nos hacen sentir como “Perro sin dueño” aunque en una eterna primavera:
 
“Solo me basta un golpe
que cubra mi alma de hormigón armado”.