Aquellos viejos amigos

imagesCAFCAUP2Dicen los expertos que cada siete años renovamos todas las células del cuerpo. Dicen también, los que dicen que saben de esto, que según del órgano del que se trate, las células que se van deteriorando son sustituidas por otras nuevas en apariencia idénticas, pero que en realidad no lo son; de ahí el proceso de envejecimiento.

Cabe entonces preguntarse, si uno es la misma persona que hace, por ejemplo, veinte años. Según estos parámetros, hemos cambiado tres veces de cuerpo en todo ese tiempo (huesos incluidos  en un proceso imparable de construcción y destrucción) y la persona que creemos ser no es sino un clon de aquella que fuimos. Si sumamos este hecho a que el entorno que nos envuelve también ha cambiado sustancialmente, que las circunstancias personales no son las mismas, que la forma de aceptar las ideas y nuestra visión del mundo tampoco son iguales, nos encontramos ante la evidencia de que esa persona que vemos en el espejo no es, en absoluto, la que podemos contemplar en una foto de años atrás. Sólo los recuerdos almacenados en la memoria nos garantizan que seguimos siendo los mismos, que la persona que somos no nos traiciona y que la memoria puede continuar acumulando nostalgias que nos aseguren una certeza que quiere huir a cada momento.

A veces cuesta reconocerse a uno mismo en aquellas locuras de juventud o en esas decisiones, entonces palmarias, que se tomaron con plena conciencia y ahora consideraríamos cuando menos, temerarias.

Sin embargo, no pensemos en eso que se nos escapa y admitamos la vida con todos sus embrujos y enigmas. Porque, ¿qué es la vida sino un misterio poderoso que finalmente acabará con nosotros? Por eso, entre tanto, busquemos en otros esa solidez y esos episodios felices de antaño, a través de esos amigos únicos que lo son desde la niñez, en aquellos con los que compartimos secretos y confianza.

Todo esto viene a cuento por la reunión de antiguos camaradas de que celebramos hace poco entre aquellos que fuimos incondicionales muchos años atrás y en la que, entre tapas y jarras de cerveza, recuperamos por unas horas la magia de un tiempo pretérito en donde aquella confianza que hubo, parecía mantenerse incólume. Tratamos de ver, en el hombre de ahora, a aquel muchacho, amigo y confidente que un día fue, buscando en él aquellos resortes que hicieron que nuestra unión estableciese  aquella cordialidad y junto a quien pensamos que el mundo se rendiría a nuestros pies sin remisión, armados únicamente de nuestro valor, coraje e infinita ignorancia. Recordamos antiguas correrías, viejos amigos no presentes y amores difusos que tratamos desdeñar envalentonando el tono ante el grupo, pero que guardamos, de alguna forma, una especie de dulce recuerdo en alguna parte del corazón.

La vida, concluimos al fin sentando mesura sobre la mesa en medio de soluciones más reflexivas, nos ha tratado de forma desigual. Para algunos, sus esfuerzos se han visto recompensados, no así para otros a quienes la salud, la fortuna y el trabajo personal han desdibujado de su alrededor ese aura que fue en otro tiempo luminosa. Unos, conservaban mejor aspecto figura, pelo y vitalidad, mientras que otros habían sido atacados por la alopecia, o la obesidad, o el fantasma del paro, o los desengaños amorosos. Del mismo modo que recordamos actos pasados, también trazamos algunos planes de futuro, con nosotros mismos como protagonistas, que tal vez nunca se lleguen a cumplir debido a las ataduras que nos ligan a responsabilidades que entonces siquiera imaginábamos y cuyo concurso menoscaban esa libertad de pensamiento y obra de entonces de la que todos gozábamos y que de algún modo echamos de menos.

Sin embargo, y por mucho que cambiemos por fuera y por dentro, sin advertir que día a día nos acercamos cada vez más al desastre, los amigos de la juventud mantienen unos lazos de amistad que podemos sentir que son indestructibles, porque los recuerdos amables que compartimos son el origen de esos días que son la explicación a lo que fuimos y tal vez a lo que somos.

Por eso, no perdamos nunca esos vínculos y ese espacio en nuestra mente que dedicamos a aquellos que fueron importantes para nosotros porque, aunque lo que vemos cambia, lo que no vemos siempre permanece con nosotros.

Sobre Luis Martínez Pastor

Considerado a si mismo escritor por accidente, comienza su trayectoria literaria allá por el 1997 publicando "La dueña del paraíso" (Egido Editorial). Observador de la realidad y crítico contumaz con cuanto le rodea, espera publicar en breve otra novela y un libro de cuentos.

Un comentario

  1. Alicia Fernández Molina

    Excelente relato sobre el camino de la vida, que comparto ampliamente. Felicitaciones.

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