Y se llamaban Mahmud y Ayaz, de José Manuel Lucía Megías

Y se llamaban Mahmud y Ayaz. José Manuel Lucía Megías. Editorial Amargord.

Y se llamaban“Y llegaron como dos cachorros asustados,

temblando entre el frío de tantas miradas,

ante el abismo del final de su vida

antes incluso de haber intentado imaginarla”

Página 11.

“Llegará un día

En que podamos mirarnos a los ojos

Sentados en la plaza de nuestro pueblo”.

Página 22.

La materia de este libro era muy poco dada a la poesía. El riesgo de fracaso era grande porque estamos ante un tema político, social, humanitario, que parece reclamar más una acción internacional, una repulsa de la sociedad, una contestación institucional, que un verso. Hacer una entramado lírico sobre las ejecuciones de dos personas, las ejecuciones determinadas por un Estado, se me antoja de una dificultad extrema, especialmente si se quiere evitar el panfleto.

Pero José Manuel Lucía Megías lo consigue, y reivindica la Poesía como forma de queja, como llanto útil, como belleza con finalidad. Lo suyo es lo contrario del silencio contra el que lucha. Lo suyo es grito de hermosura. Porque habla del amor, del sexo, de la entrega, del peligro, de la vida y de la muerte. Todos temas primordiales, arcanos con los que continuamente lucha y sufre y disfruta y siente y vive el ser humano. Su valor, al tomar este toro por los cuernos de la versificación, es enorme. No sólo porque puede tener una respuesta por aquellos que defienden las legislaciones de sus estados, tremendamente entrelazadas con sus preceptos religiosos, sino porque el reto literario era muy grande y la barra estaba muy arriba, en una extraña altura donde sólo la pértiga de los temas sustanciales al hombre podían ayudar al autor, aunque también podían quebrarse, ser una trampa de tópicos que se hiciese añicos al poner su peso sobre ella.

Salta el autor el propio objetivo que se había puesto y lo hace con limpieza, con honestidad, con un estilo directo que no renuncia a las metáforas más bellas y osadas. Y la sombra de las grúas (nuevos patíbulos del siglo XXI) nos persiguen, como lo hacen las sombras que acechan.

Hay muchos aciertos en su obra, como por ejemplo la repetición de los nombres de los ajusticiados o la repetición de poemas que, como una salmodia, nos traen el recuerdo una y otra vez, nos reiteran una realidad que no quiere Lucía Megías que se nos olvide, que se vuelva carne de silencio. Porque el silencio es lo que hace falta para que esta situación se repita. Y la repetición es como un clavo que se va adentrando en nuestra carne, como una gota que choca con la piedra… hace mella, molesta hasta que enloquece o deja un hueco, una señal.

Otro posible acierto sería contar el dolor de la ausencia del otro, algo que es universal al amor. Si alguien pone una venda sobre el género, el sentimiento de amor es el mismo, el deseo es el mismo, la pérdida y su sentimiento voraz son los mismos.

Estremecedores los momentos que describe cuando, colgados unos junto a otro, toman conciencia los ajusticiados de su cercanía aunque los ojos vendados no les permitan ver al otro y el aire que media entre una grúa y otra tampoco les permita sentir que están ahí. Ellos lo saben, sin embargo, y al sufrimiento propio se une el de saber al otro sufrir, y la incapacidad para transmitirse la presencia. En este sentido la película Bent, sobre dos homosexuales en un campo de concentración en la Alemania nazi, explica muy bien cómo, en las peores circunstancias, la presencia del otro nos mantiene vivos, nos sirve de soporte. Verse, incluso sin poder tocarse. Tocarse. Poderse hablar en la oscuridad de la noche da sentido a una existencia miserable, en harapos, comiendo apenas nada y transportando piedras de un lado al otro y después del otro al primero. Ese sentimiento de desolación y soledad que queda cuando falta el apoyo del otro se transmite maravillosamente en este libro como se transmite el miedo a las delaciones, a las sombras. La necesidad de esconderse, el terror de ser descubierto… y al final la apuesta por la vida a la luz de algunos, aunque sea breve, aunque ello conlleve una sentencia a muerte porque, lo otro, es, sencillamente, una muerte en vida.

Estremecedor texto que llena de belleza un acto atroz como lo es siempre una ejecución allá donde se produzca. Poesía para reclamar el valor reivindicativo de la poesía pero también su hermosura, que es gran parte y esencia de su fuerza.

“Fue necesario un juicio

Y la rápida sentencia de muerte.

y nuestros silencio,

no lo olvidemos.

Fue también necesario nuestro silencio”.

Página 15.