La mudanza

Que el ser humano es un animal de costumbres es algo evidente. Uno se acostumbra a todo, incluso a lo que no le conviene en absoluto, y en ese hábito acaba por sentirse cómodo, tranquilo y ubicado. Así que mudar de casa viene a ser, sobre todo a la casi provecta edad de quien esto escribe, una insufrible pesadilla. Te despiertas un mal día con la odiosa noticia de que has de levantar el vuelo necesariamente hacia otro lugar, y entonces el mundo empieza a derrumbarse en derredor como un castillo de naipes. Pero como dijo Ortega, las novedades en la vida generan un cierto espíritu de aventura, y uno piensa con inocencia pueril que el irremediable cambio de domicilio puede conllevar un estupendo episodio lleno de positividad y de novedades gratas. Nada más falso. Cambiarse de casa es un episodio demoniaco, algo así como caminar hacia el averno mientras te flagelan con saña los demonios.

Una mudanza puede llegar a ser un verdadero infierno

Una mudanza puede llegar a ser un verdadero infierno

Veinte años quedan atrás, entre esas añoradas cuatro paredes viejas y reconocibles, y con ellos se te van también vivencias y momentos pasados que se adhieren a los muros que uno deja atrás. Lo peor de una mudanza no es el traslado de muebles y enseres, que también tiene lo suyo, ni el enorme roto que produce la operación en el fondo de los bolsillos, sino el proceso de recolocación de tus cosas de siempre en el nuevo entorno. Esto desquicia a cualquiera, y más a un servidor, que es el colmo del orden y de la organización. Debo reconocer que nada me fastidia más que el desorden y la anarquía. Soy de esos maniáticos que notan hasta el más leve cambio de sitio en sus objetos personales. Imagínense pues lo que uno sufre en una mudanza radical.

Pero debo apuntar que esto de la mudanza también enseña ciertas cosas de indudable interés, sobre todo que lo importante no es vivir en una casa estupenda, sino hallar entre las paredes de tu hogar esa seguridad confortable del nido o la madriguera. Lo ideal es sentirse rodeado de la sensación de hogar, incluso aunque las condiciones de la vivienda no sean las idóneas. Me costaba reconocerlo, pero es así. Seguro que todos conocemos a alguien que, aun habitando casas con notables carencias en sus instalaciones, afirman que no se moverán de ellas sino con los pies por delante. Lo dicen de verdad, con sentimiento y franqueza. Y me parece que no se equivocan lo más mínimo, porque una mudanza pura y dura es un proceso que hace enfermar a cualquiera de los nervios y que pone los pelos como escarpias; todavía más si uno ha vivido a gusto entre esas cuatro antiguas paredes que han sido las suyas durante lustros.

Algunos psicólogos —una minoría errada, desde luego— afirman que las mudanzas frecuentes son muy recomendables para garantizar la higiene mental porque ayudan a no amontonar objetos inútiles, evitan lastres y son fuente de renovación espiritual y material para el individuo. Pero quien haya sufrido una mudanza grande y forzosa como la del que suscribe, no creo que comulgue con esta teórica opinión psicológica. La mudanza es un agobio, un tremendo incordio, un trauma indecible y un episodio indeseable que conviene evitar en la medida de lo posible, sobre todo a partir de los cincuenta; me recuerda el asunto a la incómoda y antiestética muda de piel de algunos animales, un despellejarse vivo que acaba siendo lesivo para mentes organizadas y para seres con sensibilidad notoria.

Lo dicho: antes muertos que de mudanza. Y si no hubiera más remedio, que nunca falte en el bolsillo un buen tubo de tranquilizantes. Por lo que pudiera acontecer.

.·.

Sobre Ricardo Serna

Ricardo Serna es Licenciado en Filosofía y Letras, Diplomado en Estudios Avanzados de Literatura Española y escritor. Ha publicado hasta la fecha quince obras de géneros varios. Fue profesor de Literatura Española. Es Máster en Historia de la Masonería y miembro del prestigioso Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española [CEHME, Universidad de Zaragoza].

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