Siete Tentaciones. Varias autoras

Siete Tentaciones. Varias autoras Siete Tentaciones de Nagore Robles; Mónica Martín; Maribel Ortiz; Raquel G. Íñiguez; Paz Quintero; Susana Hernández. Editorial Stonewall.

Me enamoré por completo de la ciudad cuando llegamos a Central Park, donde Macaulay Culkin se hizo amigo de la señora de las palomas“.
Página 31.

Parece Alfred Hitchcock en versión poligonera: con sus extensiones, su pelucón al estilo Dolly Parton, las tetas a punto de reventar dentro del escote, su culo panadero totalmente sacado de contexto”.
Página 66.

En los últimos años parece que el relato empieza a tomar fuerza como género alternativo de peso frente a la otrora todopoderosa novela. También da la sensación de que las editoriales, frente a la crisis, están apostando por variedad de formatos y de voces. Sea ello una casualidad o no, Siete Tentaciones es una colección de relatos firmados por seis autoras diferentes, que pretenden acercar el mundo de las lesbianas al lector y que tienen la frescura y el descaro como entramado común.

Es la hora del fin del drama trágico. Los problemas existen, el amor, el desamor, las mentiras, los miedos, las infidelidades… Pero no es cuestión de dejar que nos paralicen, que la obra de teatro griego acabe con los hijos asesinados y la mujer escapando por el cielo en un carro mientas el infiel marido se la pega con otra por conseguir poder; ni de que la poetisa se tire de lo alto de los riscos. Y eso parecen querer decirnos estas protagonistas: una viajera por amor internáutico; una peluquera poligonera; una competidora profesional del mundo de las artes marciales; una estudiante; una cantante folclórica y su fan fatal; una madre enamorada; y una escritora y una estudiante perdida en una carretera.

Si bien cada uno de los relatos tiene su alma propia, su personalidad, comparten un cierto desafío, un deseo de romper las normas de los siesos, de los que fueron educados por la señorita Pepis. Así, muchas de las autoras comparten términos juveniles y dotados de humor erótico como “pechotes”, sin perjuicio de llamar a las cosas por su nombre cuando el sexo llega y lo arrastra todo por habitaciones de ensueño en Nueva York; vestuarios de gimnasio; carreteras comarcales; u hoteles de lujo.

Los relatos comparten, además, un estilo directo, sencillo, accesible para todos los lectores al no implicarse en acrobacias técnicas ni flashbacks complicados que apenas tendrían cabida en el cuento. Las autoras se entregan a una narratividad sin complicaciones, que conecte rápida y visceralmente con el lector (potencialmente lectora). Las mujeres son, por supuesto, las protagonistas. Los chicos, si acaso, personajes secundarios, fondo de una escenografía compuesta para ellas. El erotismo es, además, una omnipresencia que convierte -para lesbianas y hombres heterosexuales con cierto fetichismo- los relatos por momentos en literatura para leer con la mano izquierda, aunque al final la narración y su sentido ganan siempre la partida.

Es destacable y algo sorprendente que en varios de los relatos la “heteroconfusión” o los previos escarceos sexuales de las protagonistas con hombres sean asumidos con normalidad. Sin embargo, en el relato de Susana Hernández encontraremos un tono más reivindicativo al respecto.

Diferentes miradas sobre el lesbianismo contemporáneo, frescas, sensuales, directas, sin pelos en la lengua… Que no vengan de cierta parte al menos.

Laia se quedó pegada a la ventana de su cuarto, contemplando la calle oscura. El yonqui del callejón le cantaba a la luna. Dos siameses machos rivalizaban por el amor de una hermosa gata gris. Si al menos tuviese el valor de sincerarse, podría volver a ser libre; quizá magullada y rota, pero libre a fin de cuentas“.
Página 212.