Anomia: la realidad oscura

Escenarios, 12

ANOMIAParece fácil llevar al escenario la corrupción política en los tiempos que vivimos. Pero se corre el riesgo de la soflama o del panfleto. Ninguna de estas cosas ocurre en ‘Anomia’, el texto de Eugenio Amaya que bajo su dirección se ha interpretado recientemente en el zaragozano Teatro de la Estación.

El Centro Dramático Nacional y la compañía extremeña Aran Dramática han conseguido plasmar de forma directa, contundente y al mismo tiempo elegante los oscuros vertederos por los que se escurre la presunta democracia que pretende gobernarnos.

La acción transcurre en el sótano de un ayuntamiento cualquiera, donde se ha instalado un despacho –por llamarlo así– para un funcionario defenestrado. Allí acuden dos concejales, el alcalde y un emisario del Comité nacional del partido para dilucidar la composición de las próximas listas electorales. El conflicto está servido.

El primer acierto del drama es situar la acción precisamente en ese sótano, símbolo evidente de los bajos fondos por los que transita la administración pública con mayor frecuencia de la debida. Las ambiciones personales, las intrigas para mantenerse en el poder, los trapos sucios, los expedientes manipulados, los chantajes, las grabaciones fraudulentas y toda la serie de operaciones delictivas que pueden darse en la gestión de los bienes públicos (prevaricación, cohecho, abuso de poder, blanqueo de capitales, etc.) comienzan a mostrarse descarnadamente en el sótano, implicando incluso a la vida familiar de Carmen, la concejala a quien se intenta ningunear.

Cuando la acción parece alcanzar su clímax, alguien trae inesperadamente al marido de la concejala, Arturo, un antiguo ejecutivo bancario, que padece una depresión catatónica. La tensión crece por momentos hasta que finalmente se resuelve planificando un nuevo contubernio al que se presta el concejal más joven, Matías, que parecía traer aires de renovación al consistorio al encabezar la lista del partido para las elecciones próximas.

El retrato de la situación es perfecto, algo muy sabido, algo muy repetido, por desgracia. El acierto del autor y director es haber conseguido que un tema tan manido interese cada vez más al espectador, lo implique racional y emocionalmente. Conviene destacar la precisión del lenguaje y la acertada distribución de los silencios.

Todos los actores viven intensamente su papel y lo trabajan con un gran sentido de equipo. El personaje de Arturo, interpretado por Cándido Gómez, entra en juego rompiendo la homogeneidad de la acción. Es un riesgo asumido por el autor, que el actor resuelve muy positivamente.

Como reconoce Eugenio Amaya en el texto que acompaña al programa de mano, la obra no pretende adoctrinar ni convencer a nadie. Simplemente plantea unos hechos inspirados en la realidad y propone al espectador que reflexione sobre ellos, porque forman parte de nuestra vida cotidiana y corremos el riesgo de inmunizarnos ante la injusticia y la corrupción, de cerrar los ojos o mirar hacia otro lado porque la toma de conciencia siempre es incómoda, y aún lo es más la denuncia.