La periferia del solipsismo

0
28
narcisismo
Foto: A6U571N

Hagamos un ejercicio de empatía; miremos por un momento con los ojos del egocéntrico: para él, todo lo que empieza donde acaba la frontera de su yo, es un mundo de obstáculos y posibilidades en escena tan sólo para dinamitar o enaltecer su ego, algo así como un sucedáneo de su yo que lo pone a prueba para perjuicio o beneficio de su vanidad. El prójimo se reduce para él en pura estadística, un mal reflejo de su yo que se interpone entre él y sus fines con la descarada desfachatez de querer sobrevivir. Para alguien así, el prójimo no es más que el arrabal de su identidad, una presencia ajena de la que puede obtener, de vez en cuando, algún provecho o perjuicio. De modo que, teniendo en cuenta esto, tan sólo recurrira a él en la medida en que le sea útil, sin analizar ni tomar conciencia de su realidad.

Esta actitud no sería digna de mención si constituyera la excepción y no, como es el caso, la regla. Desde el mito de Narciso hasta los grandes banqueros y empresarios de nuestros días, pasando por esos jóvenes que llenan los muros de las redes sociales de fotos posando frente al espejo, nunca la sociedad ha resuelto el problema del solus ipse.

Sin embargo, cuando este tipo de personaje llega al poder (con indeseable frecuencia, y aún podría decirse que a causa de dicho carácter) demanda una actitud frente a la vida totalmente inversa: la del hombre-masa que acata órdenes sin cuestionarlas y que carece del filtro reflexivo y moral por el cual debiera pasar toda orden. Como resultado de esta demanda surge la alienación, que es la carroña de la cual se nutre el ego cada vez más insaciable del poder. Estas dos caras de la moneda, en tanto están alternándose en el aire de la historia, movidas por el impulso de la oligarquía, gozan de una aparente estabilidad, hasta que la moneda cae en la dura realidad y sólo queda visible una cara y la que queda oculta (casi siempre el hombre-masa que sale de su letargo) inicia la revolución.

Queda una tercera vía; estrecha pero queda: la del hombre que se emulsiona en la sociedad, conservando su forma y ayudando a conformar el tejido social. Para evitar la atrofia moral en la que nos sumerge la egolatría, debemos recurrir de nuevo al ejercicio de la empatía: concentremos la conciencia hasta fallar en favor de la existencia de nuestro prójimo; porque en efecto, esa persona que espera junto a nosotros en la cola, o pasa a nuestro lado pensando en otra cosa, tiene nombre y apellidos, y en los bolsillos llaves que abren casas o candados. La tierra giró también por él y soplo velas con la boca a flor de deseos, y ahora lo recuerda y quizás sonríe solo en cualquier demacrado banco de parque; pero tiene primos primeros y segundos, y las uñas y la barba que le crecen, y esperanzas y frustaciones, y propensión al enamoramiento.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here