Los pequeños detalles

Me van a permitir los lectores que hoy no utilice el plural de cortesía que suelo usar cuando escribo mis artículos. No lo quiero utilizar porque me apetece dirigir el mensaje de la manera más directa, llana y personal posible, de tú a tú. Pretendo hablarles de sentimientos, de poesía, de pequeños detalles de la vida que no valoramos lo suficiente o que nos pasan desapercibidos en medio de la vorágine de nuestra cotidianidad. Hoy les quiero confesar que estoy vivo, sin más, y que necesito contarlo. Pero no se me asusten, por favor, que voy a ser breve.

Verán: hace dos días me dieron la noticia del fallecimiento de un buen amigo y compañero de adolescencia. No pude asistir a su funeral porque se celebró en un lejano país americano. Su muerte me trajo a la cabeza un ciento  de experiencias vividas a su lado durante el bachillerato. Aprendimos juntos muchas cosas, intercambiamos amistad, buenos y malos ratos, y fuimos leales durante décadas. Él se ha ido ya, y con él parte de mí mismo, porque en cada pérdida que sufrimos quedamos un poco fallecidos también, algo huérfanos; es como si el agua de la vida se fuese derramando entre los dedos mientras uno camina azorado por las trochas de la existencia.

[Foto de Á. Férriz]. Nuestra vida es breve. No es cuestión de malgastarla en mediocridades y materialismos.

[Foto de Á. Férriz]. Nuestra vida es breve. No es cuestión de malgastarla.

Es breve la vida, demasiado efímera como para no atender a lo que de verdad importa: los sentimientos positivos, la estabilidad serena, el amor.

Ayer mismo, leyendo un poema muy sentido de Andrés Eloy Blanco —recomiendo leer poesía para entender mejor el sentido de la vida—, volví a confirmarme a mí mismo que lo esencial en este pasar nuestro por el mundo es el amor y sus diversas expresiones, el amor en doble sentido: el que somos capaces de ofrecer, por un lado, y el que necesitamos recibir, por el otro. Resulta curioso comprobar cómo se ve la vida cuando se la contempla desde las atalayas del sentimiento, cuando uno se convence de que el trayecto dura dos días y de que uno no es indispensable para nada, excepto para sí mismo en todo caso.

Perdemos a los padres, a familiares y amigos, nos vamos quedando solos en la vida como islas en un mar proceloso. Y aún así somos tozudos: no queremos entender que la existencia es un pasar veloz y a la vez formidable, y que no tenemos tiempo de negatividades ni de búsquedas estériles de hueras grandezas.

En lo sencillo está la autenticidad. Estamos aquí para dar amor, para recibirlo, para observar la galanura de lo natural, de lo que nos rodea.

Vamos siempre corriendo sin saber el porqué; nos matamos a trabajar para prosperar en lo material mientras descuidamos de manera bochornosa y nociva el espíritu y sus necesidades. Hay que tomarse un respiro a fin de aprender a pensar en lo que somos, en lo que buscamos, en lo que nos haría un poco más felices. Hemos de gestionar mejor nuestros mínimos poderes, sobre todo la libertad individual. Debemos hallar un rato al día para estar con nuestros seres queridos, para hablar con ellos francamente mirándoles a los ojos mientras damos un paseo o tomamos una taza de té. Dejemos un poco de lado el televisor, las malas noticias de los medios, las costumbres insanas y la prisa. No es bueno vivir tan deprisa.

En una de sus últimas cartas, Alonso Zamora Vicente —un sabio humanista donde los haya— me decía que lo mejor de la vida eran sus detalles, sus pequeñas cosas en apariencia intrascendentes. Y tenía razón. En los detalles está la sal de la existencia, pero escapan de nuestras manos porque no les prestamos la atención debida. Dejemos lugar al espíritu en detrimento de lo material y pasajero, hagamos un hueco a los sentimientos, a los sentidos, a la palabra que brota del alma. Aprendamos a observar la belleza de los pequeños gestos, de los detalles que parecen nimios. Fijémonos mejor en las personas y cosas que nos rodean a diario, penetremos en la esencia de los objetos y valoremos el detalle, la pincelada suelta en el lienzo inacabado de nuestro peregrinaje. En esto se halla la clave del bienestar y del sosiego. Es cuestión de hurtar atención a lo banal y grosero, a lo que no nos enriquece espiritualmente, y hacer más caso en cambio a lo que nos dicta el interior desde el fondo de nuestro templo, ese que debemos construir a diario con el afán de mejora como herramienta principal.

El ser humano no es solo un pedazo de carne con ojos, sino mucho más. El llegar a conocerse de verdad, el conseguir altura espiritual, es iniciarse en la senda de la serenidad y el crecimiento. Eso nos da la paz y nos hace comprender el privilegio de la vida, de la que somos simples arrendatarios.

Dentro de un rato, cuando concluya la escritura de este artículo, voy a irme a pasear, a contemplar la magnificencia del cielo gris que me acompaña esta tarde. Y procuraré sentir mis piernas al andar —hay personas que no pueden hacerlo— y me fijaré bien en la espuma que nace a borbotones de la fuente redonda del parque grande. Oiré los últimos cantos vespertinos de los gorriones que pernoctan en los árboles del paseo y sentiré la necesidad, seguramente, de rememorar episodios pretéritos compartidos con este buen amigo cuya huella material se me acaba de alejar impensadamente. Lo recordaré a él y con él a mis padres, que tampoco me acompañan físicamente desde hace años, y me convenceré de que todos ellos me aguardarán un día al otro lado de la línea roja. Continuaré mi paseo y se hará la noche sobre mis pasos en apenas unos minutos. Regresaré a casa luego con una leve sonrisa en el espíritu, sintiéndome privilegiado por infinidad de cosas buenas que soy capaz de disfrutar todavía, y sabiendo que además, por añadidura, alguien me espera con cariño tras la cancela del hogar: otro regalo pasmoso en el camino.

Un poema, unas gotas de agua rozando la piedra, un esfuerzo en beneficio ajeno, un descanso reparador a media mañana, un café compartido, una sonrisa llena de afecto… Todo eso vale la pena, y hay que aprender a sentirlo en el alma para evaluarlo mejor, para sacar mayor provecho de nuestras experiencias. Y es que las grandezas de esta vida —que nadie lo dude— están sumidas en los pequeños detalles.

.·.

Sobre Ricardo Serna

Ricardo Serna es Licenciado en Filosofía y Letras, Diplomado en Estudios Avanzados de Literatura Española y escritor. Ha publicado hasta la fecha quince obras de géneros varios. Fue profesor de Literatura Española. Es Máster en Historia de la Masonería y miembro del prestigioso Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española [CEHME, Universidad de Zaragoza].

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