Esencias culturales

Los políticos de las autonomías hablan con frecuencia de la necesidad de identificación que toda comunidad autónoma tiene, o debería tener, en relación con su historia, sus tradiciones y, en definitiva, con su raíz cultural diferenciadora. Asistimos, desde hace años, a un proceso acelerado de ingestión cultural casi forzosa basado, por lo que se ve y se nos explica, en una pretendida recuperación de antiguas tradiciones populares y festivas, con lo que se busca unificar el espíritu de las buenas gentes en torno a ciertas fechas concretas del calendario. De esta forma se quiere potenciar la participación popular en actos de moda o en celebraciones de sabor más o menos propio. No es que nos parezca mal, ni mucho menos. Pero se nos antoja peligrosa la tendencia a pensar que con eso basta, y que la cultura de una región o de una comunidad se salvaguarda limitándose a fomentar aquellas tradiciones y festividades que permanecieron vetadas durante otras históricas formas de gobierno.

Biblioteca del Diario de Navarra durante una sesión literaria

Biblioteca del Diario de Navarra durante una sesión literaria

La raigambre cultural que se pretende rescatar no deberemos buscarla únicamente en el subsuelo del pasado; se trata de una raíz adventicia que se va fortaleciendo sobre el tallo, sobre el esfuerzo, sobre la realidad y la buena voluntad de los gobiernos autonómicos, igual que ocurre con la hiedra trepadora. Estamos ante una raíz que actúa siempre como principal órgano de sujeción de la planta, de la infraestructura cultural de cualquier pueblo. Es necesario fortalecer y dar vigor a la cultura a base de rescatar pilares y revisar estrategias. La cultura de los pueblos de España ha de ser algo vivo, sentido, actual, pero sin perder por ello de vista las cunas auténticas de donde emerge la sabia de que se alimenta. Obviamos por momentos la identidad real y diferenciadora, nos impregnamos de linealidad y olvidamos que las esencias culturales no se crean o resucitan a golpe de decreto. Si no cuidamos la cultura de los distintos territorios de manera integral, tendremos a no tardar una raíz hueca, inservible y falseada.

Para evitarlo, es preciso que la cultura, en sus múltiples facetas, se presente al receptor de manera elegante, atractiva, sencilla y veraz; sobre todo veraz. Reconocemos que la mayoría prefiere irse a cenar cualquier noche con los amigos antes que asistir —pongamos por caso— a la disertación de un sesudo y encorbatado conferenciante. El ser humano, por cultivado que se halle, no consigue desprenderse de sus facetas más prosaicas, derivadas de su inevitable condición de mamífero erecto. Pero de ahí a sustituir las esencias —las raíces culturales auténticas— por las apariencias y conformarse con éstas, va un trecho.

Es de público dominio, y nada nuevo descubrimos al mencionarlo, que las diputaciones y ayuntamientos destinan todos los años presupuestos elevados a la promoción y mejoramiento de las fiestas locales: verbenas, iluminación especial, recitales de rock, encierros taurinos, grupos de animación alóctonos, adornos públicos y un sinfín más de cosas que, efectivamente —no vamos a negarlo—, llenan de colorido calles y plazas durante unos días, pero que no representan más que la cara desenfadada de un noble pueblo que se ve inmerso de pronto en la ilusión transitoria de un breve periodo vacacional. Si lo pensamos en frío, todo esto resulta muchas veces ficticio, inconsistente, falto de respaldo cierto. La fiesta sin raíces naturales se convierte en mera excusa para beber sin medida o hacer el gamba más de lo prudente. Y el enorme dineral que cuesta montar semejante decorado proviene del contribuyente, del ciudadano de a pie, de los padres de esos jóvenes que demandan lugares de encuentro fuera de los bares y discotecas; y proviene de todos los que pagamos, como es nuestra obligación, las innumerables tasas e impuestos a que estamos sometidos en función de una forma de convivencia libremente elegida.

No estamos en contra de la fiesta, de la simple distracción o de lo popular. Todo eso está muy bien, claro que sí, pero sin embargo deberíamos preguntarnos a la vez dónde se hallan los soportes, las columnas maestras, las raíces verídicas que sustentan esas alegres fachadas festivas y coyunturales de nuestras ciudades y núcleos rurales. Tristemente, la respuesta surge con rotunda claridad: la raíz no está en ningún lado. Y no está porque no existe, así de simple. La esencia cultural de muchos territorios se ha secado por falta de riego, de abono, de mimo y de fomento. Si hay suficiente dinero para el montaje de apariencias y decorados banales, también debería haberlo —valga el símil— para la formación concienzuda de los actores, que a fin de cuentas es lo más interesante con vistas al futuro.

Resulta que los presupuestos que hacen algunos políticos no llegan para según qué cosas, como la creación de becas a estudiantes y posgraduados, el fomento de asociaciones culturales de iniciativa privada a través de subvenciones generosas, la apertura de nuevas bibliotecas en zonas desligadas de los centros urbanos, la donación de ayudas a los artistas, artesanos, escritores; campañas de fomento de la lectura para adolescentes y mayores, habilitación de fondos públicos con destino a publicaciones diversas, ciclos de conciertos y exposiciones didácticas, y también —algo fundamental— la promoción preferente, a través de los medios, de las ideas y la obra de pensadores, poetas, profesores, escritores y artistas nacidos en el entorno geográfico más próximo. Como quien dice, cuatro cosillas en las que malgastar los presupuestos de los departamentos y delegaciones de cultura.

Sin un empeño por descubrir con autenticidad la esencia cultural del territorio, el español de a pie no será capaz de vislumbrar la senda que le lleve hacia una plena identificación con la historia, con la tradición y con la raíz distintiva de su tierra, a la que seguirá siendo fiel sin conocerla ni sentirla en toda su grandeza. Y es que donde no se siembra, mal se puede recoger. Pretenderlo es de ilusos; y aparentarlo, de necios. Confiemos en que ninguna de estas dos especies se propague demasiado en los próximos años, aunque mucho nos tememos que serán plaga.

            «Nunca es mañana; siempre es hoy», escribió Ramón Gómez de la Serna. Hagamos nuestra su clásica greguería, reconozcamos los vacíos, los errores cometidos, la dejadez palmaria, y pongámonos a trabajar para subsanarlos sin esperar a mañana. La cultura —no lo olvidemos— es el cimiento de las sociedades. Y nuestra juventud, que demanda menos demagogias y más veracidad en todos los órdenes de la vida, no se merece la herencia injusta de un coloso con los pies de barro. Demos auténtica cultura a los ciudadanos y éstos la apreciarán conforme la vayan conociendo. La cultura de los pueblos no es botellón, ni fútbol diario y alienante, ni fiesta loca y superficial, sino otra cosa bien distinta que se consolida con lentitud en el espíritu de las personas. Merece la pena intentarlo.

Sobre Ricardo Serna

Ricardo Serna
Ricardo Serna es Licenciado en Filosofía y Letras, Diplomado en Estudios Avanzados de Literatura Española y escritor. Ha publicado hasta la fecha quince obras de géneros varios. Fue profesor de Literatura Española. Es Máster en Historia de la Masonería y miembro del prestigioso Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española [CEHME, Universidad de Zaragoza].

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