El jardín como lugar de paseo y meditación

Más de una mañana, durante los días tórridos del pasado verano, y aprovechando la luz naciente del alba, me dio por caminar a mis anchas por el espacio ajardinado del amplio cortijo en el que pasaba unos días de asueto, a la vez que tenía la oportunidad de poder contemplar la sobrecogedora salida del sol por encima de la cadena de montañas calvas y romas que se divisaban a lo lejos, bajo un cielo completamente azul turquesa.

Como había sucedido en alguna otra ocasión y en circunstancias parecidas, el paseo por un jardín atiborrado de setos, olivos y árboles frutales no fue en vano, dado que ha medida que caminaba no dejaba de meditar, de barajar ideas que me venían a la cabeza, y hasta llegar a concretar proyectos que hasta entonces no eran más que ocurrencias embrionarias, lo más seguro destinadas al olvido.

El hecho, pues, de tomar la costumbre de realizar ese mismo itinerario día tras día, aparte de madrugar  y recrear la vista en el amplio abanico de colores que brindaba la naturaleza, me dio la ocasión de apreciar en su justa medida los solaces que ello me transmitía.

No cabe duda de que el jardín – como espacio recreativo, de paz, y de confort – ha desempeñado un papel de primera en la vida del hombre y a través de las diferentes etapas históricas de la humanidad

El efecto beneficioso que la belleza del paisaje y por lo mismo, del jardín, ejerce sobre la mente humana es indiscutible, en cuanto a que es fuente de relajación, estimula con generosidad el poder de la imaginación, y no deja de eliminar la fatiga acumulada a lo largo del tiempo.

Como es bien conocido, en la antigua Grecia filósofos como Sócrates y Platón enseñaban filosofía a un conjunto de discípulos que se reunían en espacios o recintos ajardinados y a la intemperie, y que pronto tomaron la costumbre de ir caminando en grupo al tiempo que el maestro impartía las lecciones. Pese a ello, no fue hasta mediados del siglo ilustrado que el jardín se concibió como un espacio abierto al paseo, y a su vez a la posibilidad de poder dar rienda suelta al acto de pensar, desligado de su entorno natural y de los condicionantes arquitectónicos y de inquebrantable geometría operados hasta entonces, y que por tanto daba ocasión de experimentar por uno mismo toda una serie de sensaciones e impresiones que hasta ese momento no se conocían.
Como si de una música orquestal sabiamente sincronizada se tratase – en el acto de pensar – cuerpo y mente promueven una suerte de alianza en la que la meditación que tiene lugar por parte del paseante, discurre paralela al elemental goce de caminar, o como también se ha llegado a decir “pensar con los pies”. Así, pues, la frontera entre jardín y entorno natural que hasta entonces había sido determinante, acabó viniéndose abajo, estableciéndose la naturaleza toda como un jardín en si mismo.

Como ya se ha señalado, en el correr del siglo XVIII la marcha o paseo se consagra definitivamente como actividad cultural, trascendiendo en el curso de las ideas filosóficas de pensadores de altura, los también llamados pensadores errabundos que no dejan de hurgar en su ocupada mente mientras pasean por un jardín.

Es Nietcsche, uno de los filósofos habituados a la vida errante, al fantasma de la soledad, y a la cohabitación con el entorno natural en sus últimos tiempos, dominado ya por la enfermedad, quien declaró: “No se debe prestar fe a ningún pensamiento que no haya nacido al aire libre“.

De la misma manera, cien años antes, el escritor ginebrino J. J. Rousseau, errabundo y nómada desde sus años de juventud, llevado de su afán de herborizar y clasificar las plantas, recorría largos senderos boscosos en los que le asaltaban prometedoras ideas que retenía estrechamente en la memoria, llegando a concluir, que su cabeza andaba al compás de sus pies.

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Jardines de Aranjuez

En verdad, pues, las andanzas campestres, y por recintos ajardinados, sin tener con quien conversar ni intercambiar ideas, supone el encuentro con uno mismo, y con  un estado de felicidad y de sana armonía interior difícilmente explicables, por lo que de todo ello asimiló Rousseau buena experiencia tal como nos refiere en más de una página de Las ensoñaciones del paseante solitario.

El ensayista estadounidense Thoreau, deja subrayado en “Walden“- uno de los libros más sobrios y bellos que se han escrito acerca de la vida solitaria en los bosques – su rechazo sin concesiones a la vida en sociedad, su condena a una sociedad armada de hipocresía y carente de los más elementales valores morales y culturales, embarcada en un materialismo sin freno, lo que inevitablemente conduce a la disolución formal del individuo como estado de conciencia, por lo que buscando la libertad como meta, se retira al corazón del bosque, viviendo por si mismo y de lo que el medio natural le proporciona.

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Robert Walser

No puede caer en el olvido el escritor alemán Robert Walser, tan dotado de honestidad y sabiduría, como ser auténtico artífice de la poética del paseo, quien desde que se recluyó en un sanatorio mental en Suiza, no dejó ni un solo día de salir a pasear por los alrededores, hasta la fatídica tarde del día de Navidad de 1956, en que fue encontrado su cuerpo sin vida tendido sobre la nieve.

En nuestros días, llevados por un modo de vida desenfrenada, abusando del sedentarismo con sus consecuencias, se aconseja cada vez más el sano ejercicio de andar y pasear, y si es en pleno corazón de la naturaleza, podremos afirmar sin temor a errar que nuestro espíritu y nuestra capacidad tanto física como intelectual, ha terminado enriqueciéndose con creces.

Como muy atinadamente sentenció Jacob Buckhardt : “!Qué mal nos sentimos entre las ruedas de la gran maquinaria del mundo actual, si no damos a nuestra existencia personal una consagración propia!“.

 

 

 

Sobre José Luís Alós Ribera

Médico, escritor y pintor. Miembro académico de la Sociedad Española de Médicos Escritores y Artistas. Ha realizado diversas publicaciones literarias, así como, exposiciones artísticas.

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