Mitos de la Escuela: Interpretaciones reduccionistas del fracaso escolar para soslayar la responsabilidad política.

LA ESCUELA SUSTENTADA EN OBSOLETOS MITOS (7)

 

El fracaso escolar es un fenómeno endémico en los actuales sistemas educativos de los modernos países industrializados, a pesar del esfuerzo de la mayoría de los gobiernos, que o bien intentan ocultarlo suprimiendo dicha terminología de sus respectivas legislaciones, o bien tratan de enmascararlo midiéndolo a través de criterios que ocultan la realidad del problema. Un dato perfectamente demostrativo es que el fracaso escolar existe en todos los sistemas escolares del mundo. La única diferencia entre unos y otros sistemas reside en el porcentaje de alumnos que no logran alcanzar los objetivos mínimos, fijados por las administraciones para cada materia en cada uno de los niveles y etapas escolares, aunque los datos empíricos demuestran que las diferencias cuantitativas entre unos y otros países tampoco son demasiado significativas.

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El fracaso escolar, debido al extraordinario conjunto de variables que inciden en el mismo, resulta difícil de definir, lo cual explica que cada gobierno intente apoyarse en las definiciones y criterios que le son más favorables para evaluarlo y, por tanto, para hacer públicas estadísticas apoyadas en datos que, sin ser falsos, enmascaran el problema. Por ejemplo, algunos gobiernos, independientemente de su signo político, toman como criterio los porcentajes de repetidores de curso en la enseñanza obligatoria cuando tienen que ofrecer informes ante organismos internacionales. Evidentemente, como la repetición de curso está muy limitada por ley en la práctica totalidad de los países, las cifras que ofrecen sólo indican una pequeñísima parte del problema. A pesar de esa complejidad, suele existir unanimidad entre los expertos en que para poder afirmar que un alumno fracasa escolarmente es necesario que se constate de forma clara y precisa que posee suficiente capacidad intelectual para alcanzar los objetivos mínimos fijados en el currículum oficial y que, sin embargo, no alcance dichos objetivos, bien por falta de motivación, bien porque existe una divergencia entre la cultura escolar y la cultura familiar, bien porque el sistema escolar no permite que cierto tipo de alumnos progresen adecuadamente según sus capacidades, bien por la falta de motivación social y profesional de una parte del profesorado.

Los datos empíricos procedentes de la investigación existente demuestran que en todos los países, independientemente de cómo se defina y de cómo se mida el fracaso escolar, más de dos tercios de los estudiantes que lo padecen pertenecen a familias con niveles culturales y de renta muy bajos, y desestructuradas emocionalmente. Igualmente, esos datos evidencian que las soluciones psicopedagógicas centradas exclusivamente en los alumnos (refuerzos pedagógicos, deberes para casa, repetición de curso, adaptaciones curriculares, etc.) no solo no mejoran la situación, sino que la empeoran, tal y como lo demuestra el hecho de que el porcentaje de estudiantes que padecen esa lacra es acumulativo de un curso al siguiente. O dicho de otra manera: las cifras muestran que el porcentaje de fracaso aumenta de un curso al siguiente, formándose una especie de bola de nieve que se hace más grande a medida que se asciende en la pirámide escolar, lo cual evidencia que nadie, o casi nadie, se recupera: en el curso siguiente están los mismos alumnos que fracasaron en los cursos inferiores más los nuevos que fracasan en ese curso. Ese aumento progresivo del fracaso escolar a medida que se avanza de curso, se produce desde el primer año de la enseñanza obligatoria hasta el último.

En el caso de España la situación llega a extremos que podrían calificarse de alarma social en la enseñanza secundaria obligatoria (ESO), donde los suspensos en determinadas materias se sitúan muy por encima del 50%. En cambio, en otros países de nuestro mismo entorno sociocultural y geográfico, ese elevado porcentaje de fracaso en los últimos cursos de la enseñanza obligatoria, aun siendo también muy preocupante, se da en proporciones más bajas, lo cual demuestra el papel tan decisivo que tiene la estructura escolar en la génesis del fracaso escolar.

Si, tal y como demuestran los resultados de todas las investigaciones sobre el tema, la mayor incidencia del fracaso escolar recae en las familias con menores recursos económicos y culturales y, por otra parte, la variable más relevante en la génesis de dicho fenómeno es la organización y el funcionamiento de la escuela, no hay más remedio que concluir afirmando que atribuir el fracaso escolar a la falta de capacidades de los alumnos es una falacia sin fundamento empírico alguno, a no ser que se admita que la mayoría de los niños de las clases sociales más bajas de la pirámide social son tontos. Todos los datos y argumentos expuestos en este artículo avalan que el grave problema que supone el fracaso escolar se debe a un modelo de políticas, consistente en culpabilizar a los alumnos y a sus familias del fracaso del sistema educativo, lo cual conlleva que las medidas para paliar dicho fracaso incidan solo en el alumnado sin cuestionar la responsabilidad que tienen los gobiernos en el mantenimiento de una escuela construida y organizada sobre la base de mitos que surgieron al finalizar el siglo diecinueve y que la investigación ha demostrado su total y absoluta ineficacia para el desarrollo saludable de los alumnos. Lejos de llevar a cabo ese abordaje sociopolítico, tanto el análisis de las causas como de las soluciones se circunscribe a una perspectiva reduccionista y mitológica, que explica perfectamente su inoperancia a la hora de resolver un problema social tan enorme como es el del fracaso escolar.