10 o más refranes sobre la gastronomía española

Excepto el que hace como aquel perro del hortelano, que no comía ni dejaba comer y que fue inmortalizado por Lope de Vega; el resto de los mortales nos complacemos en degustar y compartir los alimentos y les concedemos a estos no solo la importancia de la supervivencia física, sino también el valor social de los encuentros que propician. Ahora que se acercan las Navidades la publicidad nos atiborra de estampas familiares en torno a una mesa bien provista: gambones, pavo, turrones y mazapanes, entre copas de cava… aquellos pecados que serán expiados en el gimnasio a partir de Año Nuevo. Por suerte o por desgracia, estas ingestas a menudo indigestas se celebran de mucho en mucho; esto es, de higos a brevas. Sin embargo, he aquí el problema: ¿cuánto tiempo dejar pasar entre los las brevas y los higos?

refranes-gastronomia

Al igual que sucede con otros refranes, las construcciones idiomáticas con motivo gastronómico pueden conducir a malentendidos. O peor aún, a no entender nada de nada.

Imaginemos: el jefe aprovecha la cena de empresa para soltar alguna de estas joyas de la tradición castellana y nosotros nos quedamos pasmados, dedicando la hora siguiente a desentrañar el misterioso refrán. De esta manera, la cena concluye y la cuenta llega sin que hayamos tenido ocasión de probar ni un plato ni una bebida. En otras palabras: sin comerla ni beberla, debemos apoquinar. Con el fin de evitar grotescas situaciones como esta, resolveremos algunas frases hechas.

Comenzaremos por la que nos ocupaba anteriormente: la de los higos y las brevas. En primer lugar, debemos tener claro que no todas las higueras producen ambos frutos, tan solo algunas (denominas bípedas o reflorecientes). El resto es sencillo: la cosecha de brevas llega con la primavera, mientras que la de los higos tiene lugar en otoño.

Prosiguiendo con la circunstancia de la cena empresarial, no son pocos los que aprovechan el ambiente distendido para solicitar un aumento del sueldo. No obstante, es probable que el jefe, sin perder la sonrisa, responda aquello de no le pidas peras al olmo. ¿Pero quién quería peras? ¿Es que acaso alguien acaba de hablar con un olmo? Nada más lejos de la realidad. Y es que al igual que el olmo, el jefe es capaz de procurarnos una cantidad excelente de madera (trabajo), pero según parece no es el responsable de subirnos el sueldo (darnos las peras).

Obviamente, nadie tendría el coraje de responder. Eso sí, más de uno estaría pensando en mandarle a freír espárragos, y no precisamente porque los espárragos se frían, sino por alejar a esta persona, por tenerle bien distanciada, encomendándole una misión no imposible, pero si inútil. Al fin y al cabo, es lógico pensar que a quien corta el bacalao se le debe exigir que lo reparta de manera equitativa, al igual que los jefes de familia (sobre todo los de las familias pobres) se preocupaban por distribuirlo democráticamente entre sus hijos, asegurando el crecimiento acompasado de los pequeños. No obstante, ya se sabe… casi siempre el que corta el bacalao, más que saciar el hambre de los demás, está dándole vueltas a aquella otra expresión relacionada también con la cocina: tener la sartén por el mango.

Abandonemos ahora la tensión y embriaguez de las cenas de trabajo y sentémonos a la mesa de la no menos vibrante comida familiar. En concreto, centrémonos en la de Navidad, banquete tradicional y nacional por antonomasia, que a primera vista puede parecer pan comido. ¿Por qué pan comido? Bueno, ¿alguna cosa más sencilla que comerse un pedazo de pan? Quizás alguna se nos ocurra, pero no demasiadas. Veremos, contradiciendo lo anterior, que la comida de Navidad no es una de ellas y que la televisión, los carteles de los grandes almacenes y las comedias románticas americanas nos las estaban dando con queso. Es bien sabido que la publicidad se comporta como una trampa para ratones: más allá de la vista de un sabroso emmental (el cebo), se esconde el latigazo implacable de un martillo metálico. Y es que salir ileso del banquete nunca está asegurado.

Que si el primo ahora es vegetariano, que si la tía no tolera la lactosa, que por qué nadie avisó a la abuela antes de que se pusiese a cocinar, que tal vez sea mejor pedir unas pizzas, que de eso nada y que en mi casa mando yo y todo el mundo a comer y a callar… En dos segundos la violencia se mascará en el silencio, el ambiente estará enrarecido, caliente como un horno puesto al máximo, un horno que no estará para bollos; ni para bollos ni para ninguna otra cosa, al menos hasta que los ánimos se calmen. Abandonados en mitad de la multitud, náufragos tras la gran batalla naval de la Navidad, solo quedará rezar por que a nadie se le ocurra eso de a falta de pan, buenas son tortas y se dedique a repartirlas a diestro y siniestro, traicionando además el significado de un refrán bienintencionado, que nos recomienda conformarnos con lo que tenemos.

A pesar de todo, al final todo suele quedarse en nada. Mucho ruido y pocas nueces, como suele decirse, algo exagerado que no llega a tener demasiada trascendencia. El origen de la expresión está en las tropas españolas que tomaron la ciudad de Amiens, disfrazadas de labradores, con sacos de nueces a las espaldas. Algo así como los nietos, madres, abuelos y tías que por un momento se disfrazan de soldados de bandos opuestos, para después volver a ponerse las galas navideñas e intentar convertir el encuentro en una auténtica luna de miel familiar. Un sintagma, luna de miel, normalmente usado para designar la temporada de intimidad conyugal inmediatamente posterior al matrimonio (según el DRAE), y que procede de un antiguo proverbio árabe.

Con esta frase idiomática concluimos y también con un consejo: usar refranes y frases hechas puede resultar simpático y melódico, pero hay que emplearlos adecuadamente. Asimismo, y a pesar de las muchas veces se ajustan a la situación que vivimos, es mejor no abusar de ellos, no sea que vayamos a matar a la gallina de los huevos de oro.

Sobre samadi

Un comentario

  1. Aquí en México, a un Asturiano nos trajo muchos dichos de España,:me cago en dios, pocos pedos y a cagar, me vengo en tu madre. (no del verbo voy). atascarse que hay lodo. en su tienda tenía un letrero que decía.la mujer pide dinero,y el borracho que beber,no me pidais fiado porque no se va a poder.

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