Christophe

Que piensen lo que quieran, pero no pretendía ahogarme. Tenía intención de nadar hasta hundirme, pero no es lo mismo”.

Joseph CONRAD

Verano de 2011. En la casa donde entonces vivíamos, la misma donde María Teresa vivió mucho tiempo, con su ex marido, le organicé una fiesta de cumpleaños. Era una noche cálida y los invitados se agruparon en torno a la terraza y al jardín. Un jardín largo y estrecho, como el de muchas casas clase medieras de este país. Pasamos algún tiempo transformando el aspecto de ese jardín. Deshierbamos, sacamos carretonadas de fierro y desperdicios que había ocultos entre montones de tierra, tumbamos las ramas de un árbol muy viejo, sembramos un cerezo chino justo en el centro del césped y lo rodeamos de piedras rojas y nos las ingeniamos para crear un pequeño viñedo junto a una de las cercas.

La mayoría de los invitados a la fiesta eran personas que María Teresa había conocido en su último trabajo. K., una amiga suya, llegó acompañada de su novio, al que nos presentó como C. Mi dominio del idioma francés en aquel entonces tiempo era aun más precario que el de ahora, de manera que fue un estímulo para mi que C. hablara un español tan fluido. Lo había aprendido en Ecuador o Bolivia, dijo. K. y C. llevaban algunos meses juntos y ella parecía sentirse muy contenta en la relación. Se habían conocido en las excursiones que C. organizaba en algunos bosques de Bélgica, con el propósito de enseñar a los interesados a comer plantas y hongos salvajes, oficio que él mismo había aprendido en alguno de los países sudamericanos en los que había vivido. C., era un hombre de aspecto desparpajado; el arquetipo del aventurero: alto, fuerte, pelo hasta los hombros. Mientras me hablaba de la forma como se puede reconocer un hongo comestible de uno no comestible, de los beneficios que eso podía traer para combatir el problema de la hambruna mundial y de un proyecto de ecoturismo que tenía planeado llevar a cabo en Bélgica, vació una hielera completa de cervezas Leffe que yo había comprado esa misma tarde. Me sorprendió su capacidad para beber tanto alcohol sin emborracharse y supuse que, como buen belga estaría, desde siempre, habituado a la cerveza. También me admiré debido a su enorme cultura y a su filosofía de vida.

Algún tiempo después María Teresa me contó que K. y C. terminaron su relación, pero siguieron siendo amigos. De hecho, ella continuaba acompañándolo con sus grupos de devoradores de plantas comestibles. Incluso tenía una buena relación con la madre de C., en cuya casa él vivía por el momento, una casa en el campo.

Un par de años más tarde invitamos a K., la amiga de María Teresa, y a su hija adolescente a cenar a La vie est belle, nuestro restaurante preferido en la ciudad. K. nos dijo que su hija había estado algo perturbada últimamente, desde la muerte de C. Preguntó si no nos lo había dicho antes. C. se había quitado la vida. Después del abandono de su última novia, C. se ahorcó en la terraza de la casa de su madre. Su propia madre lo había encontrado, suspendido de la soga, colgando de un viejo travesaño del tejaban.

Enterarme de lo anterior me dejó helado. Tal vez porque yo mismo había tratado de suicidarme un par de años antes. Sin embargo, que alguien como yo, que llevaba mucho tiempo deprimido, que había acumulado una gran cantidad de medicamentos psiquiátricos en el organismo y que había pasado mucho tiempo enfrascado en lecturas nihilistas era, hasta cierto punto comprensible que hubiera llegado a la ejecución de un acto suicida. Pero que alguien como C., un hombre que vive rodeado de la naturaleza, un hippie desapegado de las convenciones sociales, un hombre que proyecta un carácter pacífico y del que afloraba un evidente placer por la vida, la idea de que se hubiera matado y de que lo hubiera hecho por un abandono, me parecía inconcebible.

Sin importar lo que refleje en el exterior de las personas, nunca se sabe lo que en realidad sucede en su interior. Entonces recordé la avidez con la que bebía cervezas el día de la fiesta. Es probable que desde entonces padeciera una fuerte depresión y que utilizara el alcohol para auto medicarse.

Esa noche, después de cenar, me hice algunas preguntas sobre el suicidio de C. y sobre mi propio intento de suicidio que, dicho sea de paso, consideraba superado.

¿Qué es el suicidio? ¿Un acto de libertad? ¿La derrota de uno mismo? ¿La capitulación del mundo?

En mi experiencia matarse es un acto desesperado para aliviar el sufrimiento vital. Y un acto errado. El suicidio proviene de la percepción distorsionada que se tiene de la acumulación de las pérdidas y de la idea de que éstas son irreparables. No obstante, el suicidio, al final de cuentas, es un reflejo de la fragilidad de la psique humana.

C. me ha vuelto a recordar la importancia que tiene buscar cada día y en cada una de las cosas el sentido de la vida. Estar atento a la tristeza que cae en el invierno con la intención de quitarle la sonrisa al depresivo.

Juan Francisco Hernández Rodríguez

Sobre Juan Francisco Hernandez

Un comentario

  1. Guillermina Monroy

    Me gustó mucho el relato-crónica-ficción-realidad. La reflexión sobre el suicida y su dolor. Acercarse a ese abismo que los empuja al acto desesperado es comprender que la depresión no es realmente un padecimiento serio que requiere algo más que la compasión. Sin embargo, a través del tiempo el suicida ha tenido el derecho irrevocable de decidir ponerse la cuerda o no. En un acto de plena humanidad el suicida se inflinge el daño irrevocable pero a sus seres cercanos y a la sociedad entera les deja el vacío inmenso de no entender la miserable condición del suicida. Gracias por el texto!!!

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