Alejandria, un largo poema

Hay un hombre anciano, de semblante demacrado, que permanece asomado al balcón de su casa con la mirada puesta en  una traspapelada carta o en una vieja fotografía descolorida que retiene entre las manos, pretendiendo escuchar en silencio y a la caída de la tarde, rumores que han recorrido cientos y cientos de años, que parecen provenir de épocas muy remotas, evocando sus días triunfales y sus días de decadencia y capitulación, conviviendo con el fantasma de la soledad y con el temor de que ya nunca más vuelvan a desatarse esos mismos rumores, esos “amigos del pasado”. En su cabeza todavía resuenan estos versos:

Guárdalos tú, memoria mía, como eran.

Y, cuanto de mi amor puedas, memoria,

cuanto puedas, traémelo de nuevo esta noche.

Al instante, alza la vista, y se queda contemplando – con el corazón encogido – la gran urbe que ante sus ojos se despliega. Recuerda, entonces, cuando en sus buenos tiempos vagaba, libremente, al terminar su jornada de trabajo, por su amada Alejandría, a través de callejuelas tortuosas y casas medio en ruinas, hasta alcanzar el puerto, expuesto por lo común a los vientos del norte y de levante, y sobresaliendo un poco más adelante la destacada presencia del Faro moderno.

Ahora, al cabo de los años, es un anciano enfermo, exhausto, y encorvado, que recorre a paso lento el entramado de las cales, y de regreso a su hogar – ocultando su vejez y su decadencia – medita largamente acerca de su juventud desvanecida y sepultada. Ya no es posible evitar que sus versos anden de boca en boca, las más de las veces entre jóvenes hermosos, de cuerpos robustos y atrayentes, conmoviéndose aún por medio de la expresión de su belleza.

Este anciano, decrépito y enfermo, que está siendo víctima de la memoria más cruel y despiadada, es Constantino Cavafis, exfuncionario y poeta, misántropo y homosexual, quien ha sabido hermanar como nadie su alta obra poética con el espíritu de la ciudad de Alejandría, fundada por Alejandro Magno en el año 331 a. C. Cavafis es, sin género de dudas, el poeta de Alejandría, lo mismo que Joyce ha sido el fiel retratista de Dublin. Nacido en 1863, y pese a tener una infancia acomodada, y pasar varios años en Inglaterra recibiendo una esmerada educación, regresó luego a Alejandría en donde llevaría una existencia marcada por las privaciones y el trabajo rutinario de funcionario.

A lo largo de su obra, el poeta alejandrino recrea y mitifica su ciudad, desplegando una caterva de personajes originarios  principalmente del periodo helenístico, configurando con ello una obra uniforme y singular, y dando lugar a la contemporización del mundo antiguo, como bien expresan estos versos,

Marco, aquel Lanis que amaste no está aquí

en la tumba donde vienes a llorar, y pasas largas horas.

Aquel Lanis que amaste lo tienes más cerca de ti

cuando te encierras en casa, y miras su retrato

ese que algo ha conservado de cuanto en él valía

ese que algo ha conservado de cuanto en él habías amado.

Toda su obra descansa en una refinada cultura grecolatina, no carente de cierta ironía, habiendo sida corregida incansablemente a lo largo de su vida. Sus textos retratan con esmero estampas realistas de un pasado no demasiado conocido, el oriente helénico, la Grecia postalejandrina, el auge del cristianismo, y las pugnas entre lo pagano y lo cristiano. Si bien un hecho fundamental en el trascurso de su obra, es llegar a recomponer la atmósfera cotidiana de los tiempos pretéritos. En muchos de sus poemas asoma la flaqueza y la debilidad que acecha y compromete al espíritu humano, la desenfrenada atracción sexual vinculada al sentimiento cristiano de culpa, el emergente amor homosexual, y la resignada impotencia ante el paso del tiempo.

De hecho, en sus poemas – como buen testigo de la vida cotidiana y decadente de su ciudad – desfilan jóvenes ingenuos y descarriados, personajes históricos mostrando su lado más humano al tiempo que sus flaquezas, gentes anónimas y rastreras, y hasta objetos corrientes que, rodeados del aliento poético, adquieren un innegable valor simbólico. Sobre lo mismo, uno de esos días sombríos y desapacibles de finales de otoño – pensativo y reclinado ante su escritorio – contempla como arde y se inflama un vistoso candelabro, y en cada una de sus llamas descubre una pasión impúdica y un lujurioso ardor, despertando a partir del objeto el sentimiento erótico, así como, el fluir monótono de los años, y así toma la pluma y escribe:

A un día monótono, después

le sigue otro monótono, inmutable. Pasarán

las mismas cosas, que suceden otra vez.

Momentos similares nos encuentran, y se van.

No es partidario de la expresión demasiado emotiva, evitando el tono afectivo, y por medio de sus versos pueden seguirse las huellas que van dejando la melancolía del pasado y el sentimiento de temporalidad, siendo a su vez el sentimiento de la vejez y de la muerte, elementos reiterativos. Como muy bien lo expresó Lawrence Durrell, Alejandría sostuvo que este hombre solitario, de vida sencilla y rutinaria, era su poeta, su mentor, realzándose la ciudad en símbolo e hilo conductor de su voz poética y experiencia personal.

Más de una vez,la primera luz de la mañana penetrando en su habitación le traía a la memoria las imágenes diáfanas de las calles, los teatros, y las tabernas que había frecuentado en su juventud, y también los perfilados semblantes de aquellos seres – amigos, amantes, unos cuantos admiradores de sus versos – que ya habían abandonado este mundo:

Las doce y media. Cómo ha pasado el tiempo.

Las doce y media. Cómo han pasado los años.

En muchos de sus poemas aflora claramente el sentimiento amoroso, componiendo un mundo propio y particular del siglo XX, que no anda lejos del decadentismo del mundo clásico, en el que los amantes se dan cita en prostíbulos cochambrosos, en tabernas en penumbra, en trastiendas malolientes, o en lechos desvencijados y nada limpios, … seres denostados al borde de la tragedia, y sin otra meta que el fracaso. Él mismo, no dejaba de sentirse en cierta medida como esos seres marginados de la antigüedad, por lo que no persiguió la fantasía de buscar la felicidad en otros lugares, permaneciendo así en Alejandría toda su vida, errando por sus calles, envejeciendo en sus barrios, y viendo encanecer sus cabellos a la par que componía sus versos.

Poco antes de morir en 1933, cuando iba a salir de su casa por última vez, para ingresar en el hospital aquejado de un cáncer de laringe, Cavafis prestó atención a la maleta que llevaba, y sin poder retener las lágrimas tomó un cuaderno de notas que siempre llevaba – ya que no podía hablar – y anotó: “Hace 30 años compré esta maleta para ir a El Cairo en un viaje de placer. Entonces, yo era joven y fuerte, y no mal parecido”. El objeto desvencijado evoca los recuerdos, la juventud del poeta, y ahora, el anciano, la serie encadenada de momentos fugaces y los amores efímeros, no dejando de sentir como la vida le abandonaba, lo mismo que se deduce de “El dios abandona a Antonio”, uno de sus poemas más celebrados.

Más de una vez, recorriendo los barrios de la ciudad vieja, y entrando en uno de los cafés que aún conservan su corte clásico, uno es testigo de algún cliente que sentado en un rincón mal iluminado, lee y recita en voz baja uno de los poemas del recordado poeta alejandrino. El espíritu de Cavafis parece flotar todavía en los rincones más humildes y retirados de la Alejandría actual, como una llama que no quiere apagarse.

Jose Luis Alos Ribera

Sobre José Luís Alós Ribera

José Luís Alós Ribera

Médico, escritor y pintor.

Miembro académico de la Sociedad Española de Médicos Escritores y Artistas.

Ha realizado diversas publicaciones literarias, así como, exposiciones artísticas.

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